21 de diciembre de 2010

Aquello que olvidé en Kenia


      Recomiendo no leer este relato sin haber leído los anteriores capítulos:
          Cuando subí al coche le di al conductor la dirección de nuestra antigua casa. Sabía que Paul se enfadaría cuando descubriese que no había entregado la carta de Eva, pero pensé que tampoco tendría por qué enterarse. Y si algún día lo descubría, sería tarde y entendería que lo hice pensando en su bien y el de su familia. Pero… ¿qué estaba pensando? Paul me conocía lo suficiente como para notar en mi cara que le estaba mintiendo, en cuanto me preguntase si la había entregado y le dijera que sí. Tenía que pensar en algún plan mejor, como que la había perdido… pero eso no le impediría volverla a escribir… o tal vez esa fuera la solución, podría reescribirla yo, y zanjar el asunto definitivamente. El trayecto se me hizo muy corto, y mientras pensaba en el asunto de la carta, evité mirar por la ventanilla el recorrido que hacía el coche, me sentía inquieta y me asustaba más de lo que imaginaba, enfrentarme a los recuerdos. Nairobi en mi cabeza constituía la alegría y la tristeza a partes iguales, pero la parte negativa era tan dolorosa, que inconscientemente obligué a mis recuerdos felices a esconderse, y me centré en Londres, aquella ciudad que me daba la paz interior. En Londres un accidente no les había quitado la vida a mis padres. En Londres me esperaban mi marido y mis hijos. Londres era un lugar perfecto para cerrar una puerta que me producía dolor abrir.

          El coche paró justo en la puerta de casa. Por un momento pensé que si tocaba al timbre, quizá se abriera la puerta, y con ella la sonrisa de mamá al otro lado, pero no lo hice. Me dirigí a casa de los Sherman, para pedirles la llave que Paul les había dejado. El paso del tiempo había hecho mella en aquellos rostros tan familiares, que me transportaron  a las fiestas de jardín que habíamos compartido, cuando sus hijos Philip y Joey, eran los amigos inseparables de Paul, y los tres se pasaban la vida fastidiándome. En aquella época, Paul y yo no nos podíamos soportar, para mí era el niñato insoportable que me había tocado como hermano, empezamos a llevarnos bien cuando él volvió de España, y se vino a estudiar conmigo a Londres. Nuestra infancia estaba pavimentada con peleas y riñas entre nosotros, no podíamos pasar más de quince minutos sin discutir, y nunca nos poníamos de acuerdo en nada.

          Abrí la puerta de entrada, con la mano temblorosa. Mientras caminaba por el pasillo, miles de imágenes pasaron por mi cabeza, como una presentación de diapositivas, pero a la velocidad de seis imágenes por segundo. Todo estaba en su sitio como dijo Paul, todo menos el olor. Faltaba la calidez de aquel olor de mi hogar, que no lograba traer a la memoria pero que en ese momento echaba en falta. Tampoco estaba la fruta que a mamá le gustaba poner en un recipiente, en medio de la mesa de la cocina, y el bote de cristal de las galletas, sobre la encimera, estaba vacío, al igual que la despensa. Comencé a sentir aquella angustia que durante tantos años me había impedido volver, quizá Paul no tenía razón, para mí  no servía lo de enfrentarme al pasado, quería cerrar los ojos y encontrarme en Londres al abrirlos, junto a mi familia, aquel sitio donde me encontraba no podía ser mi casa, era tan frío como el decorado para una película. Las lágrimas comenzaron a amontonarse en mis ojos y corrí a mi habitación como cuando era niña, y me disgustaba por algo, sólo que esta vez nadie corría detrás de mí para consolarme. Mi habitación me recibió como si el tiempo nunca hubiese pasado por allí y al poner mi cara sobre la almohada, lo percibí, era el olor de siempre, el olor de mi infancia, el que durante tanto tiempo acompañó mis sueños. Y al recuperar el aroma de mi infancia, encontré el sabor de mis recuerdos, de los buenos, de los que había enterrado junto con los que me producían angustia.

          En la estantería, junto con mis libros, reposaba una fotografía de mi graduación, en ella aparecíamos los cuatros. Al verla, recordé por qué decidí no llevarla conmigo a Londres, allí se reflejaba el fin de aquellos tiempos en los que los cuatro vivíamos juntos en casa, después de aquello me marché a estudiar fuera, una año más tarde lo hizo Paul, y ya comenzamos una vida independiente de encuentros en fechas señaladas.

          Tenía un nudo en la garganta, quería salir de la casa, necesitaba tomar el aire que allí dentro no encontraba, y decidí centrarme en la carta que me había entregado Paul, y que tenía que reescribir para entregarla. Me senté en mi viejo escritorio y abrí la carta con cuidado de no romper el sobre, y al desdoblar el papel me encontré con algo que no entiendo por qué no se me había pasado por la cabeza, estaba escrita en español, y no tenía ni idea de traducir aquel idioma. Pensé en la posibilidad de traducirla con el portátil en mi hotel, pero mis ojos volvieron a encontrase con aquella vieja fotografía de mi graduación, y con la cara de felicidad que todos teníamos, y me crucé con los ojos Paul,  irradiaban la alegría de aquel niño que más tarde marcharía  a España, y se convertiría a su vuelta en el hermano y amigo de confidencias, más maduro, porque había dejado de ser el niñato que me había tocado por hermano, para convertirse en un hombre enamorado, que repartía su cariño a raudales con todos nosotros. Y luego pasó lo del accidente, y jamás volvió a ser el mismo, por la gran pérdida y porque se sentía el culpable de que aquello hubiese sucedido. Y a mí sólo me quedaba preguntarme, quién era yo para interferir en su vida, cuando la vida ya le había dado la espalda más veces, y yo no podía permitirme hacer ahora lo mismo, la persona en quien había confiado.

          Introduje la carta en su sobre y la cerré, me dirigí al Protea hotel Cairo Road y la entregué en recepción. Y en ese momento, por primera vez, deseé con todas mis fuerzas que aquella carta llegase a su destino.


          (Vale, sí, lo reconozco niñas, no me matéis, ya sé que estoy mareando la carta y que estáis deseando abrirla… pero la culpa es de las jefas por no dejarme usar mis personajes a mi antojo ¬¬… al final yo no sé a quién demonios voy a inventar para que entregue la carta… lo mismo le robo a Tolkien a Frodo Bolson o al mismísimo Gollum… o ya puestos a Aragorn jajajaja y así me perdonáis el mareo de la carta :P)

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