13 de junio de 2010

Una puesta de sol


En la Travesía literaria participo en una liga titulada “Letras que forman países”. Nos han propuesto escribir sobre un país que nunca hayamos visitado, a mí me tocó escogerlo de la parte de África de este a sur. En esta primera fase de la ronda, tengo que retratar el país desde el punto de vista de alguien que lo visita por primera vez. Ahí os dejo lo que ha salido.

      Me desperté sobresaltada por un griterío formado en la calle que atravesó el silencio que habitaba en mi habitación. Me desorienté por unos instantes al abrir los ojos, aunque reconocí de inmediato dónde me encontraba al ver las maletas a los pies de la cama. No había sido un sueño, después de tantos años dándole vueltas y barajando todas las posibilidades, me había decidido a emprender aquel viaje, sin saber lo que la vida allí me depararía ni si lograría encontrarle.

      La llegada había resultado menos complicada de lo que imaginé. Quizá el haber encontrado una compañera de aventura, hacía más sencillo el enfrentarme a un nuevo mundo, un encuentro incierto con mi destino paralelo; ese que decidí no escoger y que me dejó vagando en la inercia del sentido común y del hacer lo que se debe en estos casos.

      A mi compañera de travesía la conocí en un foro de viajes. Nunca me he fiado de la red en cuanto a las relaciones sociales, pero a base de buscar información, preguntar, planificar... obtuve uno de los mayores frutos: la amistad. Ella no lleva marcado un objetivo, viaja a la aventura por el placer de disfrutar de ella. Dice que desde que vio Memorias de África, cuando era una niña, se quedó enamorada del país y que nunca ha tenido la oportunidad de viajar a Kenia por fatla de acompañante. De este modo se enlazaron nuestros caminos.

      Ayer aterrizamos en Nairobi y en el paseo en bus, desde el aeropuerto al hotel, ya pudimos disfrutar de su paisaje variopinto. Es una ciudad de grandes contrastes. Impacta ver la mezcla que dibuja sus calles, predominando el estilo colonial y salpicado con pinceladas de edificaciones ultra modernas, que le dan un aire ambiguo y cosmopolita. Sus calles son paseadas por una gran diversidad de gente, una mezcla de sociedad moderna con otra de estructura tribal.

      Ahora entiendo lo que quería decir Paul cuando le pedía que me describiese la ciudad donde vivía y me contestaba: “Es muy diferente a Madrid y en algunas cosas es parecida, pero en lo que se diferencia es lo que hace que Nairobi sea especial, y de la misma forma, en otras diferencias, lo es Madrid”. Y yo no conseguía descifrar nada de lo que decía, pensaba que era su pésimo español lo que me confundía, ya que llevaba en España sólo ocho meses.

      Cuando bajamos del autobús que nos trajo del aeropuerto, disfrutamos paseando entre los pequeños mercados formados en las calles, donde se venden todo tipo de artículos y artesanía típica de la región, sobre todo de ébano. Quizá por eso a Paul le encantaba visitar los domingos “El Rastro”, le hacía sentir un poquito como en casa; pero es tan distinto de aquello... Recuerdo cuando me contaba historias sobre sus acampadas en la sabana con los amigos del colegio  y se reía de mí inventándose que, por las mañanas, la sombra de un león acechaba su tienda y se quedaban en silencio, casi sin respirar, hasta que lo veían alejarse; y justo cuando más atenta estaba yo a la historia, me daba un susto de muerte y después me confesaba, entre risas, que había sido una broma, que no se podía acampar allí a tus anchas.

      No recuerdo cómo nos conocimos ni cuando me fijé en él, sólo sé que hubo un momento en el que la magia de sus ojos se clavó en mis entrañas y ya no volvió a salir. Apenas recuerdo su cara si no miro una foto de entonces, también he olvidado sus gestos, su voz, su risa... Han pasado ocho años desde aquella época en la que fue a Madrid a estudiar  español por un año, y cinco desde que perdimos el contacto por carta. Al principio nos escribíamos cada semana, después en ocasiones especiales, cuando teníamos algo que contarnos o simplemente cuando recordábamos aquellos tiempos. Me pidió mil veces que me fuese con él a Kenia, y mil veces mis miedos y mi razón, le contestaron que no; aunque mi corazón luchaba por lo contrario. Yo contaba con dieciocho años y estaba estudiando, la independencia aún me quedaba demasiado grande. No sé en que punto exacto de esta historia, mi corazón ganó la batalla, y es extraño, ya que ahora mismo no experimenta con la misma intensidad lo que sentía entonces; puede que sea la razón la que necesite ganar la partida a mis miedos o simplemente darle descanso a mi inquietud.

      Me impacta ver el contraste entre el centro de la ciudad de Nairobi y los alrededores; están cubiertos por plantaciones tropicales que rodean la capital, para después extenderse a las reservas naturales. Me sorprendo respirando intensamente cada partícula de oxígeno que desprende la atmósfera a modo de suspiro. Raquel dice que desde que estoy aquí me nota melancólica y algo dispersa, no le falta razón, siento como si todos estos años hubiesen sido un paréntesis en mi vida y ahora continuase caminando por ella pero desde otro punto de vista, algo parecido a lo que hace un espectador, como lo que ocurre en los sueños. Lo que más me emociona es lo que veremos hoy, ya que nos vamos de safari rumbo a Masai Mara, armadas con el equipo fotográfico.

      Hace muchos años, antes de saber siquiera que planificaría este viaje y de que se convirtiera en una búsqueda de no sé exactamente qué; alguien me describió una puesta de sol en la sabana. Me explicó que es un paisaje inolvidable, como un truco de magia que realiza la luz con la gama de colores desde el amarillo, pasando por todo tipo de anaranjados hasta llegar al rojo fuego y al negro del contraluz, formando el fondo de la sabana a modo de estampa; y que consigue que no sólo los ojos disfruten, sino que cada uno del resto de los sentidos se acaba agudizando para retener cualquier minúsculo detalle del magnífico espectáculo cromático. Tal vez mañana, desde otro punto de Kenia, nuestros ojos estén disfrutando juntos de la misma puesta de sol.


No termino con un continuará, porque los relatos de estas rondas son independientes entre si.
Pero nunca se sabe por dónde saldrá el sol.

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