9 de julio de 2010

El niño guerrero



Os vuelvo a llevar de paseo por Kenia, esta vez nos vamos de boda. No es exactamente la segunda parte de "Una puesta de sol", pero voy a intentar encontrar un nexo, a parte del país, en todas las historias de esta liga. (Si las  que ponen las premisas me lo permiten, porque parecen duendecillos traviesos ¬¬) En este capítulo encontraréis a Raquel, la amiga de la protagonista del anterior.


Cap. anterior: Una puesta de sol

    Mi nombre es Tuebe y hace diez años que renuncié a mi vida de guerrero masai. Desde que tuve uso de razón, ese fue mi único objetivo, y sin embargo sólo duré diez años subido a aquel sueño que ahora siento como borroso y lejano, como si el niño que tenía aquellos sueños fuese un desconocido que me hubiese contado sus planes futuros. Mis pensamientos se encuentran situados en esa línea meridiana de mi historia, donde he sido mitad guerrero masai y mitad hombre globalizado.

    Estos pensamientos vienen a mi memoria, porque hace unos días viajé con Raquel, a un poblado llamado Nanyuki, cerca de la reserva nacional de Samburu, en la parte central de Kenia. Allí vive toda mi familia, y el motivo de aquel viaje fue la celebración de la boda de mi hermana pequeña.

    A Raquel la conocí hace un par de meses en la recepción del hotel donde trabajo. Se dedica a hacer fotos a los turistas, en los sitios más emblemáticos de Nairobi y con el morro que le echa, también la he visto hacer de guía, como si llevase viviendo aquí toda la vida. Así fue como me conquistó, su cara dura y su gracia te hacen no querer perderla de vista ni un momento cuando la tienes delante. Se paseaba por el hotel como si estuviese en su casa, y un día, uno de los guías de las excursiones del hotel, me informó que había una chica española llevándose a los clientes de excursión a mitad de precio. No tuve otro remedio que despedirla, por llamarlo de alguna manera. Y de ahí surgió nuestra amistad, o como quiera que se llame lo nuestro.

   ―Estoy pensando, Tuebe ―me comentó Raquel en el coche, camino a Nanyuki, con su inglés chapucero― que quizás el vestido rojo es muy atrevido para la boda ¿Tú crees que he hecho bien en traerlo?
   ―Cualquier cosa que te pongas te quedará bien, pero ya verás como allí todo el mundo va con ropa muy colorida.
   ―Sí, eso lo sé, ya te he dicho que no es la primera vez que visito un poblado masai, pero las otras veces no conocía a nadie y no me importaba, ahora quiero causar buena impresión.

   Me hubiese gustado decirle que de ninguna manera causaría buena impresión, ya que la única manera de hacerlo, sería que fuese una de nosotros. También me hubiese gustado decirle que tampoco yo les iba a causar una buena impresión, porque abandoné hace diez años a mi mujer y a mis hijos, y aunque me he ocupado de comprar ganado y de que no les falte de nada, mi padre y mi suegro jamás serán capaces de perdonarme si no enmiendo mi falta y vuelvo.

    Tenía veinte años cuando me casé con Uleke. No fue un matrimonio pactado desde que éramos niños, como lo han sido los de casi todos mis hermanos. La conocí en una especie de feria donde los jóvenes hacíamos saber nuestras intenciones de matrimonio (algo parecido a pedir la mano) mediante una campanilla que hacíamos sonar, cerca de la elegida, tantas veces como cabezas de ganado tenía nuestro padre. Así de romántico y desinteresado fue el asunto, aunque todo hay que decirlo, también influyó la atracción física, y Uleke fue para mí la más guapa. Tuvimos tres hijos, uno casi detrás de otro. Pero un día, el mundo del turismo llamó a mi puerta y no supe decirle que no.

    Llevo diez años trabajando en Nairobi. Poco a poco fui aprendiendo Suahili e Inglés por mi cuenta, mi lengua natal es el Maa. Mi sed por aprender y comerme el nuevo mundo, me llevaron a trabajar muy duro, ahorrar dinero y pagarme unos modestos estudios. Diez años más tarde, sigo trabajando en el mismo hotel que me dio la oportunidad, pero ya no llevando maletas, ahora soy jefe de recepción, tampoco es que sea gran cosa pero me da para vivir.

    Quiero a mis hijos, y me gustaría llevarlos conmigo, pero eso sería clavarle otro puñal en la espalda a mi padre, ya me dijo en su día, “Perdí a un hijo, ahora me quedaré con los tuyos y el ganado que me costó tu dote”. Uleke me sigue esperando, aunque mantiene relaciones con otros hombres del poblado. En nuestra cultura se pueden mantener relaciones extra matrimoniales, siempre y cuando sea con un hombre de edad similar a la del marido y a sabiendas de este. También el marido puede prestar a su mujer a un amigo que esté de paso, si este otro siente la necesidad. En el tiempo que llevo fuera de mis raíces, mi visión sobre nuestras costumbres ha dado la vuelta completamente, y lo que antes me parecía algo normal, ahora lo percibo de otro modo; No sería capaz de compartir a Raquel con nadie, no sólo su cuerpo, tampoco sus miradas, sus sonrisas, sus palabras cuando son mías. El primer día que pasé con Raquel supe que jamás había estado enamorado de Uleke, ni de otras mujeres que han pasado por mi vida.

    Cuando divisé las cabañas con forma de iglú de Nanyuki, un pellizco interno estremeció mi cuerpo. Raquel lo notó porque se pegó a mí y me arropó en un abrazo, sin perder de vista ni un detalle del paisaje al que íbamos acercándonos.

    Al ver llegar nuestro coche, el jefe del poblado, los hombres y los niños se acercaron a darnos la bienvenida. Había mucha gente, más de la que podíamos imaginar, habían venido parientes de los poblados vecinos y se escuchaba la algarabía formada por los niños, aderezada con los miles de colores de los atuendos que engalanaban sus cuerpos, incluidas las cabelleras de león en las cabezas de algunos guerreros.

    Mi padre se encontraba entre ellos, me dirigió una mirada menos severa que la última vez que nos vimos. Quizás el aporte económico haya cicatrizado su orgullo y sus heridas. Llevé a Raquel a la cabaña donde las mujeres preparaban a Mwajabu, mi hermana, para la ceremonia. La rodearon y le hicieron un buen recibimiento, mejor de lo que yo esperaba, mis hermanas le tocaban el pelo que llevaba suelto y rizado a la espalda, y comentaban que por qué no se raparía la cabeza como ellas para estar más guapa. Dejé a Raquel sola con ellas, intentado comunicarse mediante gestos, le dije que volvería enseguida, que se vistiese con ellas y que nos veríamos en la ceremonia.

    Cuando salía me encontré con Uleke, me miró con ojos vacíos, ni siquiera le quedaba odio en su cara, así que comprendí que me había olvidado y que quizás algún día podría perdonarme. Me informó dónde estaban mis hijos, y fui en busca de ellos; ya era hora de que ellos decidiesen cual iba a ser su futuro, me negaba a que tomasen las decisiones tan tarde como lo hice yo, dejando mi otra vida casi al comienzo.

    Volví al cabo de una hora, encontré a Raquel ataviada como una masai, era raro verla así con su melena pelirroja cogida en un moño y su piel tan blanca; destacaba a kilómetros de distancia. Ella, sin embargo, tardó en localizarme.

   ―¡También vas vestido como ellos! ―me dijo, cuando se fijó en el masai que le hacía un guiño.
   ―Era lo menos que podía hacer. Eres la masai más guapa del poblado ¿lo sabías?
   ―Yo no me he visto porque no hay espejos, pero no creo que me quede tan bien como a ellas.
  ― Así vestido, lo mismo me cambiabas por cualquiera de ellos.
   ―¿Qué dices? Ellos me miran raro, tú eres el único que me mira con ojos sonrientes.
   ―¿Ojos sonrientes? Que cosas se te ocurren...

    Mwajabu salió de casa. Las mujeres habían envuelto su cuerpo con toallas de colores, y la habían adornado con cuentas de piedras preciosas, sobre todo blancas, por todo el cuello, las orejas y los brazos. Cogió el fimbo, que es el palo de pastoreo, y se puso frente a mi padre, que le dio la bendición tradicional escupiéndole un sorbo de leche en el cuello. Durante este momento, en vez de mirar hacia ellos, me dediqué a observar la cara de Raquel que reaccionó abriendo los ojos de par en par y tapándose la boca, imagino que para reprimir un pequeño grito que casi se le escapa. Después me miró y me costó no echar a reír cuando me preguntó al oído, si mi padre le había escupido porque no iba virgen al matrimonio.

   Mwajabu partió a casa de Kikanae, su futuro esposo, con paso firme y seguro; sabía que no debía dar marcha atrás  porque se convertiría en una piedra. Sé que Kikanae será un buen marido para Mwajabu, ella es su segunda esposa. Mentiría si dijera que la vida que le espera a mi hermana será feliz, sabiendo lo difícil que es la vida en un poblado masai para una mujer. Pero ella no conoce otra cosa, y esa ignorancia no le ofrecerá el anhelo de un mundo mejor.

    Mientras Mwajabu iba de camino a casa de Kikanae, varias mujeres le regalaban cabras y terneros. El novio la esperaba cocinando carne de cabra a la brasa, mientras que las mujeres de su familia, incluida la primera esposa de Kikanae, estaban preparando ugali, una mezcla a base de huevos y harina de chapati para el banquete. Cuando llegó, fue acogida en la casa de su futuro marido con insultos, esto simboliza la vida difícil que comienza para ella, y así se fortalece su carácter. Raquel me preguntó, qué le estaban gritando, ya que había notado sus caras enfadadas y sus gestos. Le mentí explicándole que era una especie de ritual para pedir a nuestros ancestros, fertilidad a su nueva hija.

   Cuando Mwajabu se sentó en una colchoneta, Kikanae le ofreció una calabaza con leche agría que ella bebió, después ella ofreció a los niños que se habían acercado. Este fue el momento cumbre de la ceremonia. Los ojos de Mwajabu no desprendían el brillo y la ilusión que despiertan los de una novia europea. Hace un año asistí a la boda de un amigo inglés, y sé de lo que hablo. Los ojos de Mwajabu traen a mi memoria a aquella niña que en su día prepararon, con un duro rito de iniciación, para ser apta en el matrimonio y la procreación; le practicaron la ablación, le enseñaron a cuidar del ganado y a fabricar la choza que tendrá que hacerse para vivir, a base de ramas, barro y estiércol de vaca; ahora sabe que pertenece al patrimonio de su marido, al igual que el resto del ganado que posee este.

    La ceremonia terminó con cánticos y bailes masai, dando cuenta de los alimentos que prepararon Kikanae y su familia.

    Al atardecer, Raquel y yo partimos del poblado. Un aura de tranquilidad envolvía mi cuerpo mientras nos alejábamos caminando hacia el coche. Era la paz interior de saberme quizás perdonado, de encontrarme libre de las garras del remordimiento, y de haberle encontrado a la vida el sentido que mi corazón necesitaba.

    Cuando Raquel ocupó su asiento en el coche y yo aún permanecía fuera, eché un último vistazo a mi alrededor. Allí, a lo lejos, vi la silueta de mis hijos con sus amigos y las inconfundibles lanzas afiladas, soñando ser los guerreros que hoy me han asegurado que quieren llegar a ser. Y allí, junto a ellos, vi también la silueta del pequeño Tuebe, aquel niño que soñaba despierto y dormido en convertirse en el mejor guerrero de la historia de su pueblo. En ese instante, admirando aquellas siluetas perfectas, lo sentí claramente, en los diez años que fui guerrero, jamás lo fui tanto como lo fue aquel niño que se perfilaba majestuoso con su lanza al hombro en el horizonte.

Cap. siguiente: En días de disturbios

5 comentarios:

  1. Es curioso el contraste de los ojos del masai que se fue y ve todo con ojos desde fuera la boda de su hermana. Me gustó mucho^^

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  2. Pues a mi me ha gustado más Tuebe que la boda :S ¡¡¡ y ahora quiero saber más de él !!!! ¬¬u

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  3. Pues ya sabes como se las gastan la jefas ¬¬ lo mismo tengo que enviarte un Tuebe en MP jajajaja

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  4. Que relato tan agradable, qué forma tan inteligente de mostrar los contrastes culturales.
    Me ha gustado mucho.
    Bsos

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  5. Gracias, Markos, se te echaba de menos por el mundo bloguero ;)

    Un abrazo

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