26 de septiembre de 2019

Relación entre la web de cita previa del DNI y una partida de Mario Bros




Yo no sé si soy muy torpe, si me ha pillado en un mal día o si la web de cita previa del DNI está diseñada para que acabemos adictos a la tila.

Me disponía esta mañana a sacar cita para renovar los DNI de mis hijos. Así que abro la web, pongo el número del mayor, la letra en la casilla correspondiente, el número de equipo (que no sé lo que es, pero viene atrás), la fecha de caducidad y relleno el casillero de la verificación captcha. Hasta ahí todo ok. Paso a la siguiente pantalla y no veo la opción de agregar también la cita del pequeño, pero continúo y veo la que me da a elegir entre DNI o pasaporte. Imagino que vendrá más adelante lo de cita doble. Llegamos a la siguiente pantalla: mapa de España, elijo provincia. Me ofrecen elegir comisaría, todo correcto, y ya aterrizo en la de fechas disponibles. Leo que si he elegido la opción de cita múltiple, debo tener en cuenta al escoger una franja horaria que tenga dos citas consecutivas. Mierda. Mal empezamos. No he cogido la del pequeño. ¿Dónde ponía esa alternativa? Aborto misión y me meto en Google para preguntarle dónde se encuentra esa opción. Me ofrece un enlace directo. ¡Bien! Lo pincho y aparezco en la primera pantalla del inicio.

Vuelvo a rellenar los datos, los malditos captchas alfanuméricos, que, no sé vosotros, pero para mí que los carga el diablo, y aquí no iba a cortarse un pelo, claro, por mucha policía que haya detrás de la página, así que me hace repetir varias veces el dichoso código alfanumérico. Lo supero y llego a la siguiente pantalla, donde presto más atención y veo una opción de cita múltiple (creo que era justo donde me daba a elegir entre dni o pasaporte). Elijo cita múltiple y me sale otra pantalla donde debo rellenar los datos como para tres o cuatro citas, así que vuelvo a rellenar los datos del mayor en el recuadro que pone primero, y los del pequeño en el que pone segundo. Aquí me pide más cosas, aparte del número de documento y fecha de validez, el nombre y apellidos. Le doy a validar y me dice que no. Que no debería coincidir el titular de la cita con el de los acompañantes (con otras palabras, claro). Quito al mayor y dejo solo al pequeño. Le doy a validar: 

Acceso no autorizado. No está autentificado en el sistema de cita previa. Es posible que su sesión haya caducado tras 10 minutos de inactividad.

¿Inactividad?

Si lo desea, puede volver a iniciar sesión pinchando en este enlace (que te lleva de nuevo al punto cero ¡cabrones!).

Pincho. Pongo los datos del mayor. Pongo los captchas, fallo el código, me pone otros cuatro dígitos, vuelvo a fallarlos, me pone otros cuatro, fallo de nuevo, otros cuatro, fallo, (estoy al borde de abandonar la página), vuelve a tentarme el sistema con otro código, esto ya es ludopatía pura (a la próxima, si fallo, reinicio el equipo, esto ya debe de estar poseído), vuelvo a fallar… 
Y en un arranque de lucidez, leo la letra roja y el mensaje dice que me falta un dígito en el número de dni. Lo relleno con calma, pongo los últimos captchas (que ya me están tocando los chakras), y paso a la pantalla siguiente:
Acceso no autorizado. No está autentificado en el sistema de cita previa. Es posible que su sesión haya caducado tras 10 minutos de inactividad.
Inactividad, dice... y creo que he perdido más calorías resolviendo captchas que en el gimnasio.

Empiezo de nuevo. Esta vez me lo tomo con más calma. Relleno los datos del mayor. Pongo los captchas, esta vez solo me lo pide tres veces, creo que el sistema empieza a confiar en mí. Paso la pantalla, elijo opción múltiple, relleno los datos del pequeño. Llego al mapa, elijo Málaga. Pantalla superada. Elijo comisaría. Y por fin, pantalla con el calendario. Pincho septiembre, nada. Pincho octubre y busco una hora fuera de la jornada escolar y con dos citas consecutivas disponibles. Pincho sobre la primera que localizo:
 Game over
Acceso no autorizado. No está autentificado en el sistema de cita previa. Es posible que su sesión haya caducado tras 10 minutos de inactividad.

Me debato entre coger el coche y presentarme allí a solicitar una cita presencialmente o que le den por culo a todo y vayan los niños indocumentados por la vida. O pedirles el teléfono del creador de la página y que me explique para qué cojones pone diez minutos de tiempo en la duración de la sesión. Pero ¿qué sentido tiene? Si la página ya va lenta de cojones por si sola, tienes que darle mínimo el triple de tiempo. Si entre pantalla y pantalla tarda un minuto en refrescarse, ¡qué me estás contando! Y lo de que la sesión caduca por inactividad, ¡una leche! Pero ¿tú me has visto inactiva en algún momento? Si hasta me he aprendido el dni de mis hijos de tantas veces que los he puesto. Y entiendo que caduque una sesión por inactividad cuando estamos en la banca online, porque, coño, son tus datos bancarios. Pero en la cita previa del dni ¿qué peligro hay? ¿Qué va a venir, un usurpador de identidad a pedirme cita previa? ¡Coño, que venga ya y me la pida, que yo no soy capaz de hacerlo! 

Pues nada. Aquí sigo. Vuelvo al inicio. Meto el DNI y el resto de los datos, pongo los captchas que me pide, que por suerte esta vez son solo dos. Llego al mapa. Al calendario. Voy directa al día y la hora que logré localizar en la partida anterior (y que no me han quitado por suerte). ¡Y pantalla superada! Se me abre ahora un nuevo formulario con los datos de la cita y me pide un número de teléfono y un email. Con los nervios, en vez de arroba pulso almohadilla, pero como no había aceptado los términos aún, me doy cuenta al ver el texto en rojo y repasarlo todo por encima. ¿Habrá algún valiente que se pare a leer los términos en la última pantalla? Porque por mí como si pone que tengo que donarles mi casa si no acudimos a la cita acordada.

Finalmente le doy a enviar. Recibo el maravilloso y celestial sonido de la notificación de email recibido, confirmando la cita. Y es entonces cuando me doy cuenta de que no había puesto cita múltiple y no he cogido hora para el hermano. ¿Sería por eso que no se me ha caducado la sesión esta vez?

Así que vuelta a empezar, ahora con la del pequeño en solitario, porque cancelar la otra ni de coña.

Y es así como he perdido media mañana en la web de cita previa del dni.





25 de febrero de 2019

Qué sencillo es ahora



Cuando pienso en todas las herramientas que tengo para escribir, valoro más los libros que se escribían antes. Solamente la diferencia entre usar un ordenador y una máquina de escribir ya es abismal. Jamás he escrito a máquina (me refiero a escribir bien, no a aporrear con dos dedos, y solo la usaba para presentar algún trabajo de clase). Aprendí a escribir con todos los dedos cuando tuve mi primer ordenador de mesa, con un CD que compré para aprender mecanografía (Acutipe se llamaba, si no recuerdo mal, o algo por el estilo). El otro día intenté imaginarme escribiendo una novela sin ordenador. Me senté mentalmente delante de mi escritorio y recreé cómo sería hacerlo. Necesitaría un cuaderno al lado, claro, para crear la estructura, y un tablón de corcho, para organizarlo todo, ya que no tendría Scrivener. Una vez hecho esto, empezaría a buscar nombre a los personajes principales y secundarios, pero claro, no dispondría de los listados de nombres que me ofrece la red, y lo mismo ocurriría con la ubicación de la historia, tendría que pasarme por una biblioteca para informarme sobre la ciudad que hubiera elegido o hacerme con alguna guía de viaje, con lo sencillo que es recorrerla con el Google Maps. Y no quiero imaginar escribir una de esas novelas que necesitan toneladas de documentación previa. Pero volviendo a la historia, me imagino sentada tecleando, página tras página, y en un momento determinado (muchos en realidad) pensar: «¿Qué era aquello que le dijo el prota a su amigo en tal escena?», y tendría que rebuscarlo entre los ciento y pico folios escritos ya, cuando ahora con una simple búsqueda de una palabra o una frase te aparece subrayado en un segundo y en amarillo fosforito. O darte cuenta de que hay una incongruencia en el argumento o en la línea temporal y que debes cambiar de lugar (o modificar) varios capítulos… Estaría ya tirándome de los pelos, o lanzando la máquina por la ventana. Por no hablar de la corrección, que lo que no ve tu ojo hoy te lo señala el procesador de texto. O recurrir al diccionario cada dos por tres para buscar sinónimos y no repetirte, ¡qué coñazo!, con lo cómodo que es dejar la pestaña de wordreference siempre abierta. Aunque si se va la luz, me ahorraría los tres microinfartos por no haberle dado a guardar cambios, y podría seguir escribiendo sin inmutarme hasta que vuelva.

Qué sencillo es ahora, y qué poco aprovecho ese tiempo que me regalan las herramientas que tengo; si me hubiera sentado a las nueve y media delante de una máquina de escribir, con mis apuntes, mis rotuladores y mi tablero de corcho, seguro que llevaría más de una hora escribiendo. Sin embargo, ese es el tiempo que pierdo cada mañana, antes de ponerme a escribir, por culpa de esas herramientas que me facilitan la vida. Malditas redes sociales, que inicias sesión y se te va solo el dedo…


20 de junio de 2018

Mi relación con Wallapop


      Hace unos meses, me mudé de casa. Durante la mudanza, me di cuenta de que tenía muchos trastos, que ya no me hacían falta, y colecciones de libros antiguas que llenaban estanterías que ahora no quiero poner. Nunca he sido coleccionista, tiendo más a ser práctica. El caso es que se me ocurrió abrir una cuenta de Wallapop. ¡Madre mía, madre mía, Wallapop…! ¡¡¡Qué descubrimiento!!! Enseguida me puse a hacer fotos como una posesa de todo lo que se cruzaba en mi camino. Hasta los niños empezaron a sacar trastos de sus habitaciones. Lo peor de todo es que es un círculo vicioso, tú pones tu mercadillo en venta, pero enseguida entras a curiosear lo que venden otros, y el mundo vintage, midcentury… me requetechifla. Así que empezaron a entrar más artículos de los que salían. Hasta el punto de que me puse un control parental para no abrir la aplicación a no ser que recibiera banderillas rojas de notificación con mensajes de posibles compradores.
      Así estoy funcionando ahora. Solo me relaciono con compradores. Aunque reconozco que ahora tengo una especie de relación de amor odio con la aplicación. Bueno, más que con la aplicación, con los compradores… Aquí, entre nosotros: algunos son muy rarunos. Está el que a las cuatro de la mañana cotillea tus artículos y pincha sobre uno, porque imagino que le habrá gustado. Digo que imagino porque lo normal, o al menos lo que yo hago cuando me interesa un producto, es decir por ejemplo: «Buenos días, o tardes o noches, estoy interesada en este artículo, ¿podría ir a verlo?», o «¿El precio es negociable?». Cosas de ese estilo, interesándome por el producto en sí. Pero el comprador al que me refiero (y han sido varios) es el que a las cuatro de la madrugada te deja un simple «Hola». ¿Hola? ¿Cómo que hola? ¿Qué cojones espera que le responda a ese «hola»? ¿Viene de juerga nocturna y ha confundido el Tinder con el Wallapop? Normalmente no contesto a esos holas. Me producen desconfianza o pereza, no sé. Si le interesa el producto que se centre un poco.
      Luego está el caso contrario. El que te bombardea a preguntas sobre el artículo, te pone en varias situaciones distintas de si se lleva tanto podría descontarle cuánto o lo otro de más allá, y cuando ya estás hasta las narices, que te dan ganas de regalárselo todo para que se calle de una puñetera vez, o decirle que has cambiado de opinión y ya no está a la venta porque te da hasta pereza cruzártelo en persona… va y te dice que va a mirar cuándo se podría pasar a buscarlo. Jamás vuelves a saber de él. ¿Por qué lo hacen? He llegado a pensar que son compradores psicológicos. Que les satisface haber hecho el negocio, haberse salido con la suya en el regateo, y luego, para qué van a llevarse el producto, si ya se han quedado satisfechos con la compra imaginaria.
      El otro día me topé con una que quería la jaula de mi hámster. A mí me costó unos cincuenta euros y la puse por la mitad. La verdad es que estaba nueva, el pobre bichillo me duró muy poco. Me dice: ¿Me la podrías dejar en 10€? Le dije que no, que me había costado cinco veces más y estaba nueva. Me dice que si por veinte, y ahí le dije que sí. Muy rápido. Enseguida. Creo que ahí fue donde cometí el fallo. «Te doy diez y me la llevo ahora mismo», respondió. ¿Pero qué clase de regateo es ese? Ni me molesté en contestar. Se la llevó otro al día siguiente, y le pareció un chollo. Se fue encantadísimo.
      Otra cosa que me toca las narices es cuando me preguntan el precio de algo. ¿Pues no ves que está ahí puesto, pegadito a la foto? Qué ganas de molestar para nada... O la que me dijo un día sobre unos mandos de la Wii de edición especial: «Déjamelos todos por diez, que tienes muchos…» ¡Tócate los huevos! Eso voy a decirle el próximo día al frutero de abajo: «Déjame el kilo de brevas a un euro, que tienes muchas».

      Así que ahora, cuando se me encienden las banderillas de notificaciones en el teléfono, mi reacción es «A ver con qué chorrada me encuentro ahora». ¡Qué pereza Wallapop!
      ¿Y vosotros? ¿Tenéis cuenta Wallapop? Seguro que tenéis un montón de anécdotas que contar. La gilipollez humana es infinita.


14 de marzo de 2018

De Abril a Julio


¡A la venta el 9 de abril!


Cuando nuestro protagonista conozca a la chica de los anuncios, no será consciente del juego al que ha sido arrastrado sin proponérselo.
Ella acaba de aterrizar en la ciudad y se ha topado con un secreto sobre su hermana que no debería estar a su alcance. Lejos de ignorarlo, decide indagar por su cuenta y enredarse; lo que la llevará a aprender dos lecciones importantes: que las mentiras te envuelven hasta formar una burbuja de la que cuesta escapar; y que los asuntos en los que se hurga sin invitación previa, pueden explotarte en la cara de la forma más inesperada.

25 de julio de 2017

¿Qué hay del olor a libro?



      Ventajas indiscutibles de la lectura electrónica: irme de viaje cerca de dos meses fuera del país y poder llevarme toooooodos los libros que quiera (¡y en el equipaje de mano!!) Sí, confieso que puedo prescindir del olor a libro y del dulce crujir al tacto de sus páginas... Eso tan evocador que escucho decir incluso a gente que ni siquiera se ha acercado a un libro desde que iba al instituto. El olor a libro. El olor a papel recién cortado y encuadernado. El olor a librería de viejo… Ese olor… mmmmmm. Sí, me gusta el olor que desprenden las librerías y los libros, del mismo modo que me encantan las papelerías y toquetear los lápices, las agendas, las gomas de borrar… mmmmm… ¡las gomas de borrar! Pero no por ello me gusta más escribir a lápiz que a bolígrafo ni prefiero este último a mi teclado del ordenador. Adoro escribir, y no soy de las que siempre llenan libretas para luego pasar lo escrito al ordenador. Tiendo a ser práctica y solo utilizo ese medio si no me encuentro delante de mi teclado y necesito guardar una idea. No significa que me guste más o menos escribir por no coleccionar libretas ni bolígrafos ni cargar veinticuatro horas con un cuaderno en el bolso porque la inspiración puede llegar en cualquier momento. Ni me acomplejo por no ser de esas escritoras que llevan siempre encima, aparte de la libreta, ochenta bolis. De hecho tengo bolsos que tienen almacenados cuatro bolis y siempre llevo encima el que no contiene ninguno. El caso es que no sé si soy un espécimen raro de escritora o es que hay mucho postureo por el camino en todo este asunto, cosa que también se me ha pasado por la cabeza.

      Y soy igual de bicho raro en la lectura. No soy de esas lectoras que se mueren por tener todas las ediciones posibles de un mismo libro, por ser su favorito. Para mí el valor de los libros físicos no radica en el objeto en sí, sino en la historia que lleva detrás: en la de por qué está ahí ese ejemplar, en mi estantería. En quién me lo regaló y por qué. Son los únicos libros a los que les doy una valor especial, y que no le doy a los que yo misma me he comprado (sean físicos o digitales). En el fondo, creo que soy más amante de la literatura que de los libros. A pesar de que uno de los mejores regalos para mí sigue siendo un libro. Pero no por el objeto en sí, sino porque cuando alguien te regala un libro (siempre que no sea el típico bestseller que ha pillado de la mesa de novedades porque había una buena pila de ellos y eso significa, a la fuerza, que tiene que ser bueno). Cuando alguien te regala un libro que ya ha leído, en realidad te está regalando una experiencia, una emoción, lo que sintió mientras lo leía, incluso un pedazo de su corazón… 

      Sé que ahora estaréis pensando: “Ya, pero eso no se puede hacer con un libro digital”. Tal vez no, y en realidad es una pena. Ojalá se pudiera regalar un libro digital incluyendo una dedicatoria personal, una felicitación, un deseo… Tal vez acabará siendo así algún día. O quizá no. Mientras tanto esa es la única ventaja que tiene para mí un libro físico. Esa posibilidad de interactuar con el objeto en sí. 

      No me odiéis demasiado los que sois amantes acérrimos de los libros físicos; antes de la era digital yo también lo era. Pero a mi corazón siempre le ha ganado la batalla lo cibernético. Sé que suena fatal viniendo de alguien que escribe y que sería más glamuroso afirmar que me derrito con el pasar de las páginas de un libro, que me recreo olfateando su interior como una damisela enamorada haría con un una prenda de su apuesto... ¡Puaj, no! No soy así. Cuando termino de leer una historia que me ha emocionado puedo abrazar a mi Kindle secándome las lágrimas del mismo modo que lo haría con ese mismo ejemplar en papel. Para todo esto soy más práctica que romántica. Pienso más en la comodidad y la versatilidad que me puede proporcionar un aparato electrónico en cuanto a peso, tamaño, luz, fuente (cuando estoy cansada y ya hasta con las gafas veo borroso y tengo que ampliar el tamaño, adoro poder seguir leyendo…) Por no hablar de aquella vez que me prestaron un libro y que a las cincuenta páginas cerré y me compré su versión en digital porque era tan gordo que no podía leerlo fuera de casa, no me cabía en ningún bolso…

      Definitivamente… sí, me he acostumbrado de maravilla a leer sin olor a libro y sin el sonido evocador del roce de sus páginas.

10 de julio de 2017

Cuando la escritura es un hobbie




      Cuando me aficioné a la escritura, enseguida noté que me producía una especie de adicción, lo mismo que ocurre cuando me sumerjo en la lectura de un libro que me atrapa. Pero también reconozco que a veces me encuentro saturada y lo que menos me apetece es abrir el procesador de texto. Para mí escribir no es ninguna terapia. Escribo por gusto y pasión, y en momentos de apatía o de bajón no me obligo a escribir. Me doy la libertad de abandonar la escritura temporalmente, aunque esté sumergida en una novela. No me gusta hacerlo por obligación ni bajo presión.

      Esta afición mía nació como un hobbie y así me gusta seguir disfrutándola, ya que, por suerte, no me veo obligada a vivir de ello. Y lo bueno de esto es que disfruto de lo mejor que tiene la escritura: escribir. El vender o dar el producto a conocer es la parte más tediosa del proceso y, aunque me obligo a dar publicidad a mis libros, sé que no soy lo constante que debería. Quizás por eso al principio pensaba que necesitaba una editorial, para evitarme ese trabajo que ellos podrían hacer con más eficacia y profesionalidad, y así poder dedicarme a la parte importante e imprescindible para mí. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que hoy en día las cosas no funcionan así, y que al final una se tiene que dedicar por entero a ambas labores, escribir y vender, y que da igual publicar por tu cuenta o no; la única diferencia es que siendo indie no puedes vender tus libros en las librerías y del otro modo sí.

       Así que, llegados a esta reflexión, lo único que queda es poner en una balanza los pros y los contras de la decisión de continuar sola o acompañada. En mi caso pesó más el trabajar sola. Y no solo es que pesara más, es que cuando llevé mi decisión a término me sentí completamente liberada y feliz. Noté que me apetecía escribir de otra manera, como lo hacía al principio. Volvía a ser un hobbie y una ilusión para mí, lo que nunca debió dejar de ser. Quizás soy una escritora atípica o tal vez no tengo alma de escritora y solo soy una narradora de historias. Pero no echo de menos las ferias del libro, ni las presentaciones, ni las firmas… Estuvo bien vivirlas en su momento, no diré que no, aunque no es algo significativo para mi forma de ver la escritura. Disfruto más de un café con una amiga que comparte las mismas inquietudes y que se alarga hasta la hora de la comida, compartiendo experiencias e inquietudes y sin parar de hablar durante horas... Volver a casa con las pilas recargadas de ese encuentro y revoloteando por la mente mil historias a punto de escapar.

      No sé si algún día volveré a trabajar con una editorial, nunca es positivo decir de esta agua no beberé porque luego te cae un cubo lleno en la cabeza y te la tienes que tragar con tus palabras. Pero no envío ninguno de mis manuscritos a editoriales. De hecho solo lo hice una vez, hace cinco años, con la primera novela. Hoy por hoy… prefiero disfrutar de lo que me dan mis historias a pequeña escala, que es inmenso.

3 de julio de 2017

¿De dónde sale una idea?


      Al principio se piensa que una idea nos va a llegar desarrollada, que por arte de magia nos vamos a despertar y allí se encontrará, frente a los ojos, un resumen de nuestra gran historia. Y no sé cómo será para el resto de la gente que escribe, pero para mí no ocurre de esa forma. Suele llegar de la mano de una frase o de un personaje que me resulta curioso por algo que tiene en particular, y ese será el punto de partida. El resto hay que buscarlo y darle forma.

      Algunas de mis historias ya fueron relato antes de convertirse en novela, como es el caso de “¿Y si no es casualidad?” o “¿Es tu última palabra?”. En la primera, el relato se titulaba “La chica del vestido verde” y, aunque el escenario se mantiene, la trama es completamente opuesta: los personajes ya se conocían de antemano en el relato, cosa que no ocurre en la novela. Sin embargo, sí fui completamente fiel a la historia del relato en “¿Es tu última palabra?”, que en su versión corta se titulaba: “Historia de una azotea” (no os recomiendo leerlo porque sería como leer spoiler de la novela). Por lo tanto, para aquellos que os dedicáis a esto de juntar letras, pero que todavía no os habéis atrevido con algo más largo que el relato, os diré lo mismo que a una amiga a la que siempre animo a intentarlo: lo importante es la idea, el resto sale solo. Y la idea es la misma que se necesita para crear un relato. El reto, por lo tanto, está en sacarle partido a su desarrollo.

      En realidad, en lo único que difiere una novela de un relato, es que en la novela hay que dosificar más la trama por el transcurso del volumen, ya que el recorrido es menos inmediato —incluso crear subtramas— y ampliar el número de personajes. Estos últimos nos ayudan a enriquecer la historia, y aportan diferentes puntos de vista. En un relato las descripciones han de ser muy concretas y evitar el exceso. En una novela, para mi gusto, también; pero aquí podemos permitirnos adentrarnos más al detalle. En un relato, con dos o tres personajes es suficiente; hay novelas en las que también, aunque lo habitual es que haya varios personajes secundarios alrededor de cada uno de los principales. No hay ninguna regla escrita para esto, suele pedirlo la propia historia. Cuando creo las mías, al principio, no tengo claro con cuántos personajes voy a contar. De hecho, algunos surgen sobre la marcha y otros, con los que había contado para el desarrollo del esquema, ni llegan a aparecer en el libro. Quizás el único punto complicado —o no— de una novela frente a un relato sean los diálogos. Una novela sin diálogos no funciona, a no ser que sea epistolar y no se necesiten. Hablo de esto también como lectora. No hace mucho que leí un libro donde los diálogos brillaban por su ausencia y fue agotador. Monólogos interiores sin sentido cuando la protagonista tenía al lado al otro personaje para poder interactuar con él y, nada, que no lo hacía. Encima, con narración en primera persona donde ni siquiera tenía referencias de lo que opinaba el otro. Me puse de los nervios. No le encontraba el sentido. Me cabreaba con el personaje, incluso me cayó mal. Para mi gusto, la propia autora se cargó la historia prescindiendo tanto de ellos. Los que me conocéis, sabéis que soy una gran fan de los diálogos. De hecho, me agarro tanto a ellos que a veces no sé si escribo novelas o guiones, me tengo que obligar a narrar y describir para no centrarme solo en ese tipo de escenas. Pero creo que se gana mucho con el diálogo. Conocemos mejor al personaje en su forma de hablar y actuar, en las reacciones que tiene. Se le da más libertad, más vida, actitud… Y el libro toma ligereza.

      Todo esto tendrá sus detractores, y quizás también dependa del tipo de género al que cada uno esté acostumbrado y le guste leer. Pero ya dije desde el principio de este diario que aquí contaría mi experiencia y cómo trabajo yo, no trato de dar lecciones a nadie sobre cómo se deben hacer las cosas. Es, y será siempre, mi opinión personal.

26 de junio de 2017

Incertidumbre y miedo escénico



      Con los libros pasa como con los hijos: no somos nada, pero que NADA, objetivos —y quien diga lo contrario miente—. Para un escritor, cada uno de sus partos es lo mejor que se ha parido hasta el momento, y ¡ay del pobre que le ponga faltas a su criatura!… Aunque ello no significa que no tengamos claro que para el resto del mundo no será así y nos acojonen las críticas. Y con cada libro a la espalda, más intimida el asunto. Es algo normal, somos humanos. A nadie le gusta que vapuleen su trabajo. Y el problema de dedicarse a esto es que lo exponemos a juicio del gran público. Y la mayoría del público de hoy en día no está callado y a su bola. No cierra el libro y lo guarda y a otra cosa. No espera a encontrarse con otro amigo lector para recomendarle, o no, su última lectura. Lo tenemos frente a nuestros ojos, como en un escenario. Antiguamente, el escritor se sometía a las críticas en los medios de comunicación tradicionales. Imagino que si recibía críticas directas por parte de los lectores de a pie serían más bien positivas, no imagino a la gente molestándose en escribir cartas negativas sobre un libro que acababa de leer y poniéndoselo a parir con su puño y letra… O sí, no sé. Yo jamás lo he hecho. En realidad ni para bien ni para mal. Ahora es muy fácil opinar sobre cualquier libro y hacérselo llegar a su autor. Incluso, aunque no se pretenda hacérselo llegar, es sencillo encontrarlo con escribir su título en el buscador. Porque la curiosidad es muy tentadora para el gato y así nos luce después el pelo...

      Al principio pensaba que con el primer libro era con el que peor se pasaba y que después ya uno se curaba de la timidez de publicar. Sin embargo, ocurre justo al contrario. Se incrementa. Siempre vas con el miedo de fallar y que tus historias dejen de interesar. No es que sea difícil mantener el ritmo, es que el miedo a veces paraliza un poco y te hace más inseguro que al principio. Se te planta delante de los ojos el cartel de lo que se espera de ti, y tu cabeza se llena de pósits con frases del tipo: ¿En serio que de esta historia vas a sacar algo interesante? ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con este bodrio? Esto que se te ha ocurrido es una mierda pinchada en un palo, ¿no crees?... Sin embargo, solo queda una alternativa: coger los pósits, tragártelos uno a uno y tirar para adelante. Lo que venga después ya te lo dirán otros. 

      Aunque he de reconocer que, desde que escribo por mi cuenta, vivo esas incertidumbres de otro modo. Si gusta el libro, yo encantada. Si gusta menos, qué más da… ya vendrá el siguiente con más fuerza. Si, en definitiva, el disfrute de todo esto viene del momento en que se cocina la historia, y la satisfacción llega cuando lo disfrutáis vosotros. El lastre hay que dejarlo en el camino.

      Mi consejo: escribid como si solo lo fuerais a leer vosotros.