El ladrón de atardeceres

Se movía despacio entre la gente, procurando no perder ningún detalle del breve espacio que duraba aquel espectáculo tan mágico, que cada tarde se esfumaba como un susurro entre la tierra y el ocaso. Poseía una colección magnífica de atardeceres. Ninguno igual, todos distintos aún enfocados desde el mismo lugar. Separados por el tiempo, el clima y adornados por el azar de aquellos transeúntes que se encontraban paseando sin prestar atención a ese día que, sin darse cuenta, se les escapaba. Recordaba perfectamente qué propósito le hizo parar allí la primera vez, cuando contempló aquel primer atardecer de aquel lugar, sobre el puente de un río. Esperar. No llegó, y sin embargo aquella tarde le pareció más bonita que ningún día. Y siguió esperando hasta que el crepúsculo le dio paso a la penumbra de la noche, atenuada por la luz artificial de las farolas que desfilaban por el puente, ajenas a su mirada. Fue una tarde fr...