20 de septiembre de 2011

Yo no le encuentro el placer...


      Estoy cansada de fracasar en el gimnasio. No sé, debo de ser un bicho raro, pero no consigo sacarle el gustillo a eso del sufrimiento corporal, y mira que lo intento. He probado natación, aerobic, fitness, GAP, sping-bike, body pump, body combat… y siempre me pasa lo mismo: me aburro. Llega septiembre y, después de un veranito de relax, cañas a tutiplén en terracitas varias, helados, etc., decido ponerle remedio y compensar con un invierno sano a base de dieta y ejercicio. Con las ideas bien claras al respecto, elijo una modalidad deportiva, me apunto tres días por semana en el gimnasio más cercano, y me planto en Decathlon para equiparme: tres modelitos diferentes, uno para cada día; una mochila a juego; unas zapatillas impresionantes anti deslizamiento en tarima; unas cuantas toallas de última generación (esas que son como una Ballerina, pero sin el como) y claro, a juego con los colores de los modelitos de cada día; una botella especial para el agua, etc. Y de esa guisa me presento el primer día en el gimnasio, pareciendo una profesional en la materia que me voy a comer el gimnasio en cuanto entre. Aunque cuando miro a mi alrededor veo que las demás no se quedan atrás, por no  hablar de la monitora que lleva hasta un vendaje especial en mano y muñecas para el body combat, porque dice que se pueden abrir… Nunca imaginé que el aire opusiera tanta resistencia, oíga, que es al único a quién damos puñetazos, porque se trata de hacer una coreografía con movimientos de boxeo y artes marciales.

      El caso es que pasa la semana y yo encantada. Me preguntan en casa y las amigas, y yo feliz, con unas agujetas mortales que no me dejan dormir, pero disfrutando de boquilla porque creo que más adelante conseguiré sacarle el placer a ese deporte. Y así pasa un mes y medio, y a mí cada vez me parece más aburrido presentarme allí a dar patadas y puñetazos al aire. Mis modelitos que al principio eran un aliciente, ya los tengo más vistos que el tebeo y no estoy segura de querer renovarlos porque total, para ir a sudar, con ese dinero casi mejor me voy de compras. Y ahí cometo el primer error: me salto un lunes de gimnasio con la excusa, que no me creo ni yo, de renovar el vestuario deportivo, y vuelvo con vestidos y complementos varios. El martes me levanto sintiéndome culpable, pero prometiéndome que no se volverá a repetir y que al día siguiente iré como un clavo. El caso es que el miércoles, mientras me preparo el café, empiezo a notar que a los azulejos de la cocina no les vendría mal una limpieza a fondo y me quedo limpiándolos; y el viernes me entran unas ganas irrefrenables de limpiar también los armarios y la despensa por dentro. Así que el lunes, como la semana anterior he estado frota que te frota, me doy cuenta de que se me ha acumulado la plancha, y el miércoles pienso que una sesión de peluquería no me vendría mal, y total el viernes, para qué voy a ir, si no he ido en dos semanas me van a salir unas agujetas ¡qué no veas para aguantarlas el fin de semana con los niños! Y sin darme cuenta llega Navidad y yo aún no me he incorporado, entonces decido borrarme, ya he pagado un mes entero sin haber ido un solo día, no voy a pagar por diciembre que tiene cuatro días laborales, ya me apuntaré en enero de nuevo.

      Pero llega enero y me doy cuenta de que si no me ha gustando antes, no me va a gustar ahora de repente, por arte de magia. Así que decido buscar otro deporte. A ver, a ver… ya está ¡natación! Una vez me apunté a natación y, si no recuerdo mal, me gustó. Es un deporte muy completo, es bueno para la espalda, para la circulación, no notas tanto que sudas… ¡no hay más que hablar, natación! Así que un día que paso por Decathlon, me paro y compro unas gafas, las mejores, en eso no hay que escatimar en gasto, un gorro “supermegafasion”, un par de toallas estilo Ballerina pero XXL porque son para todo el cuerpo, y como ocupan poco me sirve para amortizar la mochila que compré anteriormente, porque con una toalla de las de baño que tengo en casa tendría que cambiar la mochila, y total para gastármelo en mochila me lo gasto en toalla, qué más da, así voy también más ligera de peso. Me compro un par de bañadores, porque esta vez no voy a cometer el mismo error y me apuntaré sólo dos días. Y llego a casa encantada con mi nuevo equipo deportivo para combatir los excesos navideños. Pero pasan los días y empiezo a pensar que quizá no es el mejor momento para apuntarse a natación, qué rollo salir con el pelo mojado con el frío que hace, o secármelo allí y perder un montón de tiempo que podía usar perfectamente para hacer otras cosas más entretenidas como leer, navegar por internet o incluso limpiar los cristales me apetece más.
      Este año, sin embargo, he decidido ir por libre, voy a ir a correr, bueno, mejor dicho, ayer fui a correr: es gratis, se ahorra tiempo porque salgo del portal y el tiempo empieza a contar hasta la vuelta, puedo usar el mismo equipo que me compré con anterioridad (bueno, el de natación no, el otro… Aunque debería comprarme unas zapatillas especiales, pero no me atrevo por si las moscas), mi teléfono dispone de iPod cargado de música y podómetro, que es otro ahorro más para no sentirme culpable si abandono ¡qué más puedo pedir! Pues salud… Ayer fui a correr con un pequeño dolor de garganta y volví con un trancazo de tres pares, sólo a mí se me ocurre correr en esas condiciones, pero es que era ¡ahora o nunca! lo tenía decididísimo… Lo mejor de todo fue la información que me dio el podómetro, me dice que corro (por llamarlo de alguna forma) a 5km/h, y que hice dos kilómetros y medio en veinticinco minutos. Lo mismo es que como corrí alrededor de la manzana, el GPS no calculó bien la distancia y se mareó un poco con las vueltas o se perdió y empezó a restarlas en vez de sumarlas, porque yo juraría que corrí más. Aunque la verdad es que entre los goterones de sudor en forma de catarata que me bajaban de las pestañas, vi cómo me adelantaba una vieja que iba al Mercadona. Lo peor de todo es que el podómetro también me informó de que había perdido 137 calorías (sólo le faltó hacerme un test de embarazo, por Dios, ¡qué eficacia!) ¿137 calorías sólo? Pero si por poco se me salen los pulmones por la boca y eso que no fumo. Así que no tuve otro remedio que compensarlas cuando llegué a casa con un sándwich de Nutella que me supo a gloria. Algún placer tenía que darle al cuerpo para engañarle y que siga queriendo mañana salir a correr si mejoro del trancazo.