20 de septiembre de 2011

Un libro, un recuerdo


      Llevaba un rato reorganizando los libros de las estanterías cuando se topó con aquel viejo ejemplar. Hacía años desde la última vez que lo abrió. Lo sacó del estante y se sentó con él para echarle una ojeada. Lo revisó atentamente por fuera, repasando con la yema de los dedos las letras del título en relieve sobre la portada. Eran tantos los recuerdos que se agolpaban en su mente con aquel libro entre las manos, que tuvo la sensación de que, al abrirlo, los vería pasar uno por uno frente a sus ojos. Aquel fue el primero que él le regaló.

      Aunque la luz no daba de lleno en aquel cuarto, observó que el canto de la cubierta había adquirido un tono amarillento debido al paso de los años. ¿Cuántos habían sido exactamente? Sabía que la respuesta la encontraría dentro, en la primera página. Lo abrió lentamente y se lo acercó al rostro, cerró los ojos e inspiró profundamente el aroma del papel. Conocía perfectamente cómo sería aquel olor, no le costó a su cerebro ningún  esfuerzo procesar aquella información; ese trabajo le tocaría realizarlo un poco más adelante, cuando ella leyera por enésima vez aquella dedicatoria escrita a tinta negra, y descubriera que estaba firmada en ese mismo día, pero diez años atrás. Su corazón, mudo por un instante, le devolvió un pellizco cargado de complicidad. Le hubiera gustado correr a contárselo, sabía que a él le encantaban aquellas pequeñas marcas que va dejando el destino con forma de casualidad. Pero hacía tiempo que no hablaban, y a ella le pareció una tontería presentarse así, sin más, con aquella noticia que ahora, de pronto, se le antojaba una bobada. Quizás a él ya no le interesarían esos pequeños guiños que de vez en cuando interferían en su camino, produciendo un remolino de sensaciones contradictorias.

      Con aquella última impresión cerró el libro, se incorporó del asiento y volvió a depositarlo en la estantería sin ningún orden aparente, eligiendo un hueco al azar que no correspondía con el lugar donde reposaba al principio. Quería que la próxima vez que se encontraran fuera así, de la misma forma, por un guiño. Antes de abandonar la estancia sonrió pensando que hacía diez años que él le había regalado ilusiones y que, después de todo, quizá, sí debería compartirlo.