17 de junio de 2010

En la cola del banco...


   Tenía al menos seis personas en fila delante de mí. Una señora con dos niños, que no paraban de corretear por la sala. Un hombre trajeado con maletín. Y ¡cómo no! cuatro jubilados contándose batallitas ellos, y enfermedades ellas. Es curioso cómo al llegar a cierta edad, se ponen a hablar de enfermedades como si se tratara de una competición: 
      ―A mí me operaron de cataratas.
      ―Pues yo tengo una cicatriz que me atraviesa el pecho, porque me pusieron una válvula en el corazón.
    ―Y la mía, cuando me operaron de la matriz, se me infectó y estuve una semana ingresada.
     ―Pero a mí me han operado dos veces de hemorroides. (¡Chúpate esa! ¡A ver quién me gana ahora!)

   Claro, que tampoco los de treinta y tantos podemos decir nada al respecto… sólo hay que observar cuando nos juntamos unos cuantos tíos y nos ponemos a contar las aventuras de la mili. Y ellas como se junten unas cuantas casadas con hijos… tienen dos mono temas: “mi marido no hace nada en casa” y “mi niño no me come”.

   Cada cosa tiene su edad. Los de mi generación vamos con prisas a todos lados. Y estos cuatro de delante, lo mismo hace un rato estaban frente a una obra, opinando y arreglando el país… y cuando se han dado cuenta de que llevaban mucho rato sin hacer nada, pues se han plantado en el banco a hacer algo útil, como por ejemplo: ¡actualizar la cartilla!. Que no es que sea imprescindible, pero nunca está de más. Porque esta gente eso de usar el cajero y las nuevas tecnologías:

       ―¿Cómo dice? ¿La tarjeta que me enviaron? Si yo pensaba que eso era publicidad. ¿Para qué dice que sirve? Si yo no tengo nada que hacer en toda la mañana. Si tengo que esperar cola pues espero y echo el rato. Me siento en una silla mientras me guardan el turno los que están de pie y ya me llamarán cuando me toque. Si total para estar en casa estoy aquí...


   Y cuando ya solo me quedaba uno delante, aparece Carmina “la quiosquera”, muy simpática ella va y me dice que se ha dejado el quiosco cerrado un momento, porque se ha quedado sin cambio, y claro, que por favor le deje pasar que va a ser sólo un momento. Pero mientras le toca no duda en soltarme la vida en verso: 

     ―Tú, Miguel, cada día estás más delgado. El día que no te dé tiempo a ir a comer a tu casa te plantas en la mía, que ya sabes que vivo al lado de tu oficina, y que donde comen dos comen tres. Lo que tienes que hacer es echarte una novia, ya le he dicho yo a mi Mari Carmen, lo buen mozo que tú eres, y lo trabajador… El otro día, mi vecina, la Conchi, la que vive en el primero, encima de vuestro luminoso, me dijo que te había visto salir con una rubia de la oficina. Ya le dije yo que eso era imposible, que si eso fuera verdad, yo ya me habría enterado… ¿Sabes que la vecina del tercero, la que tiene dos niños, se ha separado? No me sorprende ni lo más mínimo, trabajando ella de noche... ya se sabe…

   «¿Pero es que no va a parar ni para respirar?», pensaba, mientras intentaba desconectar un poco. Y eso que tenía prisa la “jodía”... Y cuando ya termina y le dan el cambio, me dice que  ya se espera a que me atiendan, para seguirme contando por el camino, después de haberle cedido mi turno. Y para colmo, mientras metía la mano en el bolsillo del abrigo, me he dado cuenta de que no llevaba el sobre con el dinero que tenía que ingresar en el banco.

2 comentarios:

  1. Al final vas a tener que entrar en el banco camuflada como si lo fueras a atracar, para poder evitar colas y sermones :-D
    Que teniendo en cuenta lo malo que andamos todos de euros iba a ser sorprendente verte entrar encapuchada gritando:
    "alto todo el mundo, esto es un ingreso!!"
    "que nadie me cuente una primera comunión o no respondo que estoy mú locaaaa" XD
    Bsos

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  2. Jajajajaja me he metido en la escena y no puedo parar de reir...

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