10 de enero de 2013

Lino



      Corriendo detrás de la verdad, entendí la teoría de Einstein. Todo empezó la primera vez que se coló en mi terraza. Era el gato de un anciano que vivía en el apartamento contiguo. Nos cruzábamos de vez en cuando en el portal o el rellano, aunque no era muy dado a salir de su casa. Vivía solo con su gato, cuyo nombre averigüé ese mismo día en que se coló, lo ponía en un precioso collar que llevaba, de cuero rojo con algunos adornos y una chapa brillante: Lino se llamaba. Su dueño no era muy hablador, me agradeció que se lo devolviera con un escueto gesto, que interpreté como una tímida sonrisa, y un movimiento de cabeza.

      Empezó a ser una costumbre que Lino se colara en mi casa y, al cabo de un tiempo, me había acostumbrado a su presencia. Le cogí tanto cariño que terminé comprándole un comedero especial y un cojín al lado de la ventana. Era donde más le gustaba estar, le encantaba escuchar el sonido de la calle.

      Al principio se lo devolvía llamando a su puerta, pero con el tiempo, al ser tan habituales las visitas de Lino, me incomodaba llamar y toparme con su ceño fruncido de huraño solitario con el que me recibía, y terminé dejándolo de vuelta en su terraza, con cuidado, antes de irme a dormir. Lino había tomado la costumbre de colarse justo en el momento que yo volvía del trabajo, cerca de las ocho de la tarde. 

      Empecé a notar que algo no iba bien el primer día que encontré a Lino en mi apartamento, sin estar yo en casa. Lo advertí porque en su cojín, que todas las mañanas sacudía y ahuecaba, estaba la marca que había dejado su cuerpo. Además Lino estaba inquieto, me seguía por toda la casa y no solía hacerlo; era el gato más tranquilo que había conocido. Ese día sí decidí entregárselo a su dueño en mano. Tardó en abrir la puerta y, cuando finalmente lo hizo, lo encontré más demacrado que la última vez, incluso caí en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no lo había visto por el rellano. Le pregunté si necesitaba algo. No, gracias, me contestó, recuperando a Lino de mis brazos y cerrando la puerta sin más.

      Al día siguiente Lino no vino a casa. Le busqué y le llamé desde la terraza, pero en el piso del vecino parecía no haber nadie. Una semana más tarde, sin embargo, cuando abrí la puerta, encontré a Lino en mi apartamento. Por la forma en que devoró lo que le preparé, comprobé que estaba hambriento, debía de llevar mucho tiempo allí metido. Decidí devolvérselo a mi vecino por la puerta, esta vez tenía la intención de no callarme y averiguar qué ocurría. Pero no abrió. Insistí en dos ocasiones más y, finalmente, viendo la hora que era, dejé a Lino dormir en casa, le vi acurrucado en su cojín y me dio pena soltarlo en su terraza. A la mañana siguiente, bien temprano, justo cuando me encontraba desayunando, sonó el timbre de la puerta. Pensé que sería el anciano preocupado por su gato. Era la portera.

      —No sé si está enterada de que su vecino falleció ayer. Subí varias veces a avisarla pero en cuanto cerré la portería me marché al velatorio. Lino está con usted, ¿verdad? Era esa mi preocupación.
      —Sí, está aquí, se cuela en mi casa por la terraza muy a menudo.
      —Sería el viejo quien lo colaba, Lino está ciego y es miedoso, dudo mucho que se atreviera a saltar.
      —¿Cómo es posible que sea ciego? No se lo he notado.
      —El viejo lo tenía muy bien enseñado. Era ciego desde cachorro, lo encontró abandonado en un solar hace unos años. Tenía muy buen corazón, pobre hombre que en paz descanse.
      —Estaba enfermo, ¿verdad? Le encontré con mal aspecto la última vez.
      —Sí, ha estado varios días en el hospital. ¿Tenías trato con él? El viejo era un solitario, no solía relacionarse mucho. Y el pobre no debía de tener familia, nadie ha acudido salvo los cuatro vecinos que le conocíamos de toda la vida.
      —No, conmigo tampoco trató apenas. ¿Murió en el hospital?
      —No, no murió en el hospital. Volvió como suelen hacer muchos, para descansar en la paz de su casa. Aunque no me lo esperaba, tenía mejor aspecto cuando vino a la portería a recoger a Lino. Fue la última vez que le vi con vida. Ayer subí a su casa por si necesitaba algo y al no contestar me alarme. Tengo llaves de algunos vecinos que me las confían y, alarmada, bajé en busca de ellas y de otro vecino para que me ayudara, no quería enfrentarme sola a lo que imaginaba que había ocurrido.
      —¿Dónde ha estado Lino en este tiempo? En mi casa sólo apareció ayer.
      —Quería que usted se quedara con el gato, pero como no se encontraba en casa cuando llegó la ambulancia… Yo creí que se le había ido la cabeza con lo suyo, porque nunca vi que ustedes tuvieran amistad, pensé que era una relación de hola y adiós, no hasta el punto de hacerse cargo de su gato. Por ello fue que decidí quedarme a cargo del pobre animal durante esos días.
      —Se lo pediría porque Lino está acostumbrado a estar en mi casa. ¿Cuándo es el funeral?
      —Dentro de unas horas. El viejo quería que te quedaras con el gato cuando faltara, era esto lo que venía a decirte. Me lo repitió cuando vino a la portería a recogerlo.

      Fue una despedida solitaria la que recibió el viejo, como le llamaba cariñosamente la portera. Decidí aceptar su voluntad y me quedé a Lino. Esa misma tarde decidí darle un baño: ahora que era mi gato pensé que debía poner unas normas. Al abrir el grifo de la ducha fue como si Lino hubiera adivinado la que se le venía encima y se puso a correr por toda la casa. Al correr tras él, empecé a dudar de que realmente fuera ciego. Cuando conseguí atraparlo, le quité su collar para no estropearlo, y encontré colgado  de él algo que nunca antes había visto. Era una especie de estuche de plástico que contenía un papel muy plegado:

      "Sé que leerás esto porque estoy convencido de que te quedarás con Lino. Lo decidí el primer día que se coló en tu casa. Estaba desorientado y temblando cuando lo encontré sobre la barandilla que separa nuestras terrazas. Me puse nervioso y me lo notó, pensé que si me acercaba bruscamente se podría desorientar más, huir y caer del lado de la calle. Sin embargo escuchó tu voz, entrabas en casa hablando por teléfono y eso pareció tranquilizarle. Quizás le situó en el espacio y el tiempo, a las ocho solía salir a la terraza, creo que te había cogido la hora. El caso es que decidió saltar por tu lado. Fue la primera y única vez que lo hizo por su cuenta, el resto de las veces que entró en tu terraza, fui yo quien lo depositó allí cuidadosamente. 

      No sé si te habrás fijado en que es ciego. No se le nota, es muy listo, y tiene buenos reflejos. Mi intención era que sintiera tu casa como su hogar, antes de serlo.

      Einstein nos enseñó que el movimiento es relativo, dependiendo siempre del punto de referencia desde donde se mida, que no existe ningún punto de referencia absoluto. Mi comportamiento también fue relativo, no sé si sabré explicarme y darte un por qué... Quise alterar tu punto de referencia conmigo. Para Lino ya es tarde, no puedo borrar el trayecto que recorrimos juntos. Lo que vengo a decirte es que intenté por todos los medios que no cogieras cariño a un viejo solitario con los días contados. Eso es justo lo que no quería. Pretendía mantenerme aislado, a la sombra, silencioso, invisible; en un hueco ajeno al espacio y al tiempo. Y que Lino, un gato viejo y bonachón que se coló un día por tu terraza, para ti fuera un gato huérfano, sin pasado, tu gato. Quiero dejarlo acompañado de una voz dulce y unas manos suaves, que lo acaricien en esa oscuridad perpetua en la que le ha tocado vivir. Gracias por hacerte cargo del mejor amigo de este viejo."

(Inspirado en la frase: "Corriendo detrás de la verdad, entendí la teoría de Einstein" para El CuentaCuentos)

7 comentarios:

  1. Un relato maravilloso, o al menos para mí, amante de los gatos. Gracias por compartirlo

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  2. Es precioso Sara. Felicidades por tu relato. Me ha encantado el personaje del viejo, aunque creo que al final la protagonista le terminaría cogiendo cariño con la nota jeje
    Un abrazo.

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  3. La muerte me toca muy de cerca en estos días, el relato es precioso, los gatos son peludos y suaves, bien sacada esta historia de una frase tan complicada como la que teníamos, bessos

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  4. Sara, es un relato magnífico. Me encanta ese hombre capaz de despegarse del mundo con tal de dar una oportunidad a, en este caso, ese gato que le ha acompañado tanto tiempo.

    Además es un uso de la frase genial. Yo la tengo atascada, a ver si logro recuperarla.

    Un abrazo

    Nos leemos cuentacuentos.

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  5. Que buena escritora eres Sara, la historia es preciosa, pero que no engañe la foto ni el comienzo a quien crea que es un cuento de miel, porque es mucho mas profundo, es una historia de vida, entrañable, pero también de muerte, de soledad, de la incomunicación que contienen las modernas urbes.
    Y enmedio de ese escenario una relación que sin apenas diálogo se va fortaleciendo llenando espacio y tiempo.

    ¡Bienvenida y a por el 2013!! :)

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  6. La historia me ha encantado, lo que no me gustan son los gatos, pero... no dejan de ser animales muy queridos para algunos. En mi caso hay uno que se me pasea por la cornisa del sexto y que se pasea por mi casa como si fuera la la suya... jeje. Felicidades por la historia.

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  7. Anónimo5/2/13

    muy bonito...

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