23 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


      No soy una gran amante de la Navidad, y no pensaba hacer una felicitación en el blog, porque no me salen las palabras necesarias, peeeero… tras darle unas cuantas vueltas, he pensado que tampoco es justo que quienes lo sois, no recibáis una felicitación por mi parte.

      Por ello, a los que las disfrutáis con pasión, a los que comenzáis a disfrutarlas, a los que les importan un rábano pero no por ello se pierden una buena fiesta, y a los que os producen nostalgia, soledad o algún tipo de malestar… para todos y cada uno de vosotros.

¡Feliz Navidad y un año nuevo cargado de sueños y sonrisas!

      Y recordad, que el regalo ideal no se vende en el corte inglés ni en ninguna otra tienda, el regalo ideal se encuentra en los sueños. Así que escuchad atentamente a  aquellos que tenéis a vuestro alrededor, porque quizá no es un perfume, una joya, una prenda, o un aparato de última generación con lo que sueñan, a lo mejor sueñan con ser príncipes o princesas de cuento por un día, o niños durante un rato, o dar un paseo por un lugar insólito, o ver las estrellas a vuestro lado… Pero sssshhhhhhh no lo digáis muy alto, no vayan a ponerlos a la venta.

“Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”
A.    Machado

21 de diciembre de 2010

Aquello que olvidé en Kenia


      Recomiendo no leer este relato sin haber leído los anteriores capítulos:
          Cuando subí al coche le di al conductor la dirección de nuestra antigua casa. Sabía que Paul se enfadaría cuando descubriese que no había entregado la carta de Eva, pero pensé que tampoco tendría por qué enterarse. Y si algún día lo descubría, sería tarde y entendería que lo hice pensando en su bien y el de su familia. Pero… ¿qué estaba pensando? Paul me conocía lo suficiente como para notar en mi cara que le estaba mintiendo, en cuanto me preguntase si la había entregado y le dijera que sí. Tenía que pensar en algún plan mejor, como que la había perdido… pero eso no le impediría volverla a escribir… o tal vez esa fuera la solución, podría reescribirla yo, y zanjar el asunto definitivamente. El trayecto se me hizo muy corto, y mientras pensaba en el asunto de la carta, evité mirar por la ventanilla el recorrido que hacía el coche, me sentía inquieta y me asustaba más de lo que imaginaba, enfrentarme a los recuerdos. Nairobi en mi cabeza constituía la alegría y la tristeza a partes iguales, pero la parte negativa era tan dolorosa, que inconscientemente obligué a mis recuerdos felices a esconderse, y me centré en Londres, aquella ciudad que me daba la paz interior. En Londres un accidente no les había quitado la vida a mis padres. En Londres me esperaban mi marido y mis hijos. Londres era un lugar perfecto para cerrar una puerta que me producía dolor abrir.

          El coche paró justo en la puerta de casa. Por un momento pensé que si tocaba al timbre, quizá se abriera la puerta, y con ella la sonrisa de mamá al otro lado, pero no lo hice. Me dirigí a casa de los Sherman, para pedirles la llave que Paul les había dejado. El paso del tiempo había hecho mella en aquellos rostros tan familiares, que me transportaron  a las fiestas de jardín que habíamos compartido, cuando sus hijos Philip y Joey, eran los amigos inseparables de Paul, y los tres se pasaban la vida fastidiándome. En aquella época, Paul y yo no nos podíamos soportar, para mí era el niñato insoportable que me había tocado como hermano, empezamos a llevarnos bien cuando él volvió de España, y se vino a estudiar conmigo a Londres. Nuestra infancia estaba pavimentada con peleas y riñas entre nosotros, no podíamos pasar más de quince minutos sin discutir, y nunca nos poníamos de acuerdo en nada.

          Abrí la puerta de entrada, con la mano temblorosa. Mientras caminaba por el pasillo, miles de imágenes pasaron por mi cabeza, como una presentación de diapositivas, pero a la velocidad de seis imágenes por segundo. Todo estaba en su sitio como dijo Paul, todo menos el olor. Faltaba la calidez de aquel olor de mi hogar, que no lograba traer a la memoria pero que en ese momento echaba en falta. Tampoco estaba la fruta que a mamá le gustaba poner en un recipiente, en medio de la mesa de la cocina, y el bote de cristal de las galletas, sobre la encimera, estaba vacío, al igual que la despensa. Comencé a sentir aquella angustia que durante tantos años me había impedido volver, quizá Paul no tenía razón, para mí  no servía lo de enfrentarme al pasado, quería cerrar los ojos y encontrarme en Londres al abrirlos, junto a mi familia, aquel sitio donde me encontraba no podía ser mi casa, era tan frío como el decorado para una película. Las lágrimas comenzaron a amontonarse en mis ojos y corrí a mi habitación como cuando era niña, y me disgustaba por algo, sólo que esta vez nadie corría detrás de mí para consolarme. Mi habitación me recibió como si el tiempo nunca hubiese pasado por allí y al poner mi cara sobre la almohada, lo percibí, era el olor de siempre, el olor de mi infancia, el que durante tanto tiempo acompañó mis sueños. Y al recuperar el aroma de mi infancia, encontré el sabor de mis recuerdos, de los buenos, de los que había enterrado junto con los que me producían angustia.

          En la estantería, junto con mis libros, reposaba una fotografía de mi graduación, en ella aparecíamos los cuatros. Al verla, recordé por qué decidí no llevarla conmigo a Londres, allí se reflejaba el fin de aquellos tiempos en los que los cuatro vivíamos juntos en casa, después de aquello me marché a estudiar fuera, una año más tarde lo hizo Paul, y ya comenzamos una vida independiente de encuentros en fechas señaladas.

          Tenía un nudo en la garganta, quería salir de la casa, necesitaba tomar el aire que allí dentro no encontraba, y decidí centrarme en la carta que me había entregado Paul, y que tenía que reescribir para entregarla. Me senté en mi viejo escritorio y abrí la carta con cuidado de no romper el sobre, y al desdoblar el papel me encontré con algo que no entiendo por qué no se me había pasado por la cabeza, estaba escrita en español, y no tenía ni idea de traducir aquel idioma. Pensé en la posibilidad de traducirla con el portátil en mi hotel, pero mis ojos volvieron a encontrase con aquella vieja fotografía de mi graduación, y con la cara de felicidad que todos teníamos, y me crucé con los ojos Paul,  irradiaban la alegría de aquel niño que más tarde marcharía  a España, y se convertiría a su vuelta en el hermano y amigo de confidencias, más maduro, porque había dejado de ser el niñato que me había tocado por hermano, para convertirse en un hombre enamorado, que repartía su cariño a raudales con todos nosotros. Y luego pasó lo del accidente, y jamás volvió a ser el mismo, por la gran pérdida y porque se sentía el culpable de que aquello hubiese sucedido. Y a mí sólo me quedaba preguntarme, quién era yo para interferir en su vida, cuando la vida ya le había dado la espalda más veces, y yo no podía permitirme hacer ahora lo mismo, la persona en quien había confiado.

          Introduje la carta en su sobre y la cerré, me dirigí al Protea hotel Cairo Road y la entregué en recepción. Y en ese momento, por primera vez, deseé con todas mis fuerzas que aquella carta llegase a su destino.


          (Vale, sí, lo reconozco niñas, no me matéis, ya sé que estoy mareando la carta y que estáis deseando abrirla… pero la culpa es de las jefas por no dejarme usar mis personajes a mi antojo ¬¬… al final yo no sé a quién demonios voy a inventar para que entregue la carta… lo mismo le robo a Tolkien a Frodo Bolson o al mismísimo Gollum… o ya puestos a Aragorn jajajaja y así me perdonáis el mareo de la carta :P)

    10 de diciembre de 2010

    Aquella Navidad...



          No recordaba cuándo fue la última vez que había creído en la Navidad. No se llevaba bien con el brío que despertaba en la gente aquellas fechas, en las que todo el mundo parecía flotar en una poción mágica de la felicidad, mientras que otros parecían naufragar en silencio, luchando por mantenerse a flote y no quedar sumergidos en una profunda soledad.
         
           Pero aquella Navidad no había comenzado con la misma apatía. Algo dentro le pedía sonreír y compartir su alegría, respirar profundamente cada partícula de aquel aire frío de diciembre, admirar aquellas luces que adornaban su ciudad. Y ese algo que había cambiado su mundo eran los ojos de aquel niño que paseaba arropado en sus brazos, su hijo. Un niño de mirada espléndida que había nacido ese año y que le estaba enseñando una bonita lección. Porque aquello que estaba sintiendo no podía ser otra cosa, debía de ser lo que todos llamaban: “El espíritu de la Navidad”.

    (Para Elena, espero que te guste y te sirva para lo que quieres. Un fuerte abrazo)

    9 de diciembre de 2010

    De mentirijillas y chantajes...


          Hace unas semanas leí en algún sitio, un artículo donde se hablaba de las mentirijillas que los padres decimos a nuestros hijos, y me sentí completamente identificada con el asunto. Trataba sobre cuando nos piden que les compremos cosas, y les decimos que no llevamos dinero, o que a la vuelta se lo compramos, conscientes de que cuando volvamos no lo haremos por esa calle… pero el caso es no caer en la tentación de comprar lo que nos piden, no ceder al chantaje emocional para ahorrarnos llevarlos enfadados por la calle.

          El otro día fue mi primera vez como ratoncito Pérez (aunque les haga ilusión, hay que reconocer que  también es una trola que les estamos echando) y no me conformé con dejarle dinero debajo de la almohada, sino que, encima, me permití el lujo de llevar la mentirijilla más allá, y le dejé una minúscula nota firmada por Pérez… Pero es que al día siguiente, no contenta con eso, mientras me ayudaban a hacer la cama del pequeño, que está justo debajo de la del mayor (el propietario del diente), vi una especie de pelotilla de pelusa, o de plastilina, o un Pops de Kellogs de chocolate “empelusado”, o vete tú a saber lo que sería aquello que estaba encima del edredón... y no se me ocurrió otra cosa que decirles que era una caca del ratoncito Pérez, y se partieron de risa, claro, porque se nos plantearon un montón de ideas sobre cómo se le habría escapado dicho "elemento no identificado" encima de la cama del hermano. Yo pensando que la cosa iba a quedar ahí, en la intimidad familiar… Pues no fue así, pasaron del diente, de la nota y del dinero, y llegaron al colegio anunciando a bombo y platillo, a todo el que se encontraron, que el ratoncito Pérez se les había hecho caca en la cama, como si aquello fuera un trofeo que les había dejado. Yo no sabía dónde meterme, pensando en si llegaba el asunto a  oídos de las seños de ambos, qué clase de madre chiflada se iban a pensar que soy, que les deja cacas de ratón para llevar la credibilidad del asunto hasta el extremo… Como cuando les dejamos a los Reyes Magos leche y dulces, que mordisqueamos para que al día siguiente se crean que han sido ellos… que a veces me pilla con los dientes lavados y maldita la gracia que me hace mordisquear los preparativos. Sólo espero que dentro de unos años, cuando se enteren de las mentirijillas del pasado, no me pasen factura: «Mamá, mira que eras trolera, que nos hiciste creer que el ratón de las narices se hizo caca en mi cama y mis compañeros aún no se han olvidado de aquel turbio asunto» ¬¬ Y yo: «Hijo, entiéndeme, era mi primera vez, no sabía lo que hacía...»


          Uno de los días de este pasado puente, como no tenían cole y no era festivo, decidí llevármelos de compras, advirtiéndoles que si pasábamos por la zona de los juguetes sólo podían mirar, porque si no, los Reyes Magos no sabrían qué regalarles si les compraba yo juguetes… El pequeño se puso de morros, pero el mayor que ya tiene respuestas para todo, me soltó: «No te preocupes, mamá, que como ya tenemos la carta hecha, te pedimos cosas que no estén en la carta»… ¡Chico listo! Así que tuve que pasar al "Plan B", me abandoné al mundo del chantaje y el soborno, saqué un billete de 10€ y se lo guardé en un bolsillo del vaquero al mayor, con las siguientes instrucciones: «Mamá tiene que comprar cosas en varios sitios de mayores, si estáis a mi lado, sin toquetear nada, ni pelearos, ni armar jaleo y sin que os tenga que regañar, os podéis comprar algo cada uno con ese billete (Ilusa de mí que pensaba que con 5€ cada uno, todavía se podía comprar algo que no fuera un sobre de cromos…) pero si os portáis mal, me devolvéis el billete y para casa». Pues dio resultado, en mi vida les había visto tan pegados a mí, tan tranquilos, y hasta haciéndome la pelota en los probadores «¡Eso te queda genial, mamá!» Eso sí, cada dos por tres «¿Mamá, cuándo vas a terminar de ver tus cosas?» Y yo, por supuesto, en mi línea «¡miro una cosa más y nos vamos!» Cuando en realidad me quedaban unas cuantas secciones por mirar…

          Y cuando llegó su ansiado momento de la sección de juguetes, nos encontramos con que pedían todo lo que superaba los 30€ (lógico) y yo explicándoles que tenían que buscar cosas pequeñas, que seguramente se adaptaban más al presupuesto… Así que el pequeño (3 años) quería un Omnitrix, que es una especie de reloj con el que Ben10 se transforma en distintos alieníjenas, y le dije que no, que si le gustaba el Omnitrix que se lo pidiese a los Reyes Magos, a lo que contestó todo indignado: «¿Tú qué quieres, que no me transforme?» Y claro, no iba a ser yo quien le sacara de aquella ilusión… Así que le dije, intentando contener la risa: «Sí, cariño, yo quiero que te transformes, pero pídeselo a los Reyes Magos que les va a encantar hacerte ese regalo» (...y ya si el niño, cuando se ponga el Omnitrix, comprueba que no se transforma en alien… pues que le pida cuentas a quienes se lo hayan regalado, que ya bastante tengo  yo con cargar con las mentiras que les suelto...)

    4 de diciembre de 2010

    La despedida


          No sabía en qué momento empezó a formar parte de su vida, pero tenía la impresión de que llevaban juntos desde siempre. Había llegado el momento de dejarla. Estaba siendo uno de los peores retos a los que se había enfrentado, aunque no tenía más remedio si quería progresar en su profesión. Sabía que sería una ardua tarea adaptarse a una nueva vida sin ella, pero sobre todo, sería imposible olvidar su silueta muda en las mañanas frías de invierno, sentado frente a ella, observándola mientras tomaba una taza de té hirviendo que después depositaba en la mesa, a su lado, para pasar sus dedos, ahora templados, sobre ella, que dejaba de estar fría y respondía  a la intimidad de sus dedos a un ritmo pausado en la parte preliminar, y exaltado, furioso y algo enajenado, en aquellos momentos álgidos, en los que su mente era asaltada por ráfagas de imágenes rebosantes de palabras, que formaban  las historias de los personajes que inventaba; transformándose en una extensión de sus manos, un mismo ser, ensamblado su pensamiento a las palabras que ella dejaba tatuadas sobre el papel.

          Su sustituto llevaba varias semanas  junto a ella, era un modelo de ordenador que tenía el último software  salido a la venta. No podía evitar sentirse intimidado sentado frente a aquel moderno equipo, ni que sus ojos se desviaran a su vieja máquina, que tantas historias le había reportado.

          Desplazó la silla hasta situarse frente a ella, puso una hoja en su rodillo y posó los dedos suavemente sobre sus letras, desgastadas ya por el uso y el paso del tiempo; tomó aire, y adoptando la postura de un instruido pianista, se dispuso a interpretar su última melodía en forma de prosa,  a modo de despedida.