5 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. IV)



Un mundo que se aleja


      Adela no entendía por qué Israel se estaba apartando de su vida. Llevaban casi dos años siendo amigos y cada vez le sentía más lejos y distante. Echaba de menos aquellas charlas, cuando iba a recogerla a la cafetería y la acompañaba a casa. Se pasaban horas y horas en su habitación escuchando música, compartiendo sus sueños y liberando sus penas. Aquellos habían sido los mejores momentos de su vida en aquella fría y bulliciosa ciudad.

      Ella no había sido la única de la que se había apartado, Israel había abandonado su rincón del parque del Retiro. La música parecía haber alejado el hechizo que se apoderaba de él. De repente se había vuelto un joven ambicioso, y no paraba de ir de un lado a otro buscando financiación y socios, para un nuevo proyecto de negocio. Aquel chico seguía siendo un enigma, a veces sentía que sabía todo sobre él, pero realmente apenas sabía nada sobre su vida, ni su pasado.

      Adela seguía trabajando en la cafetería. Ya no le importaba el trabajo que tenía, ahora tenía otros sueños; y estos a su vez, tenían nombre propio, Marcos. Ella veía en Marcos todo lo que buscaba en un hombre, era guapo, inteligente, divertido, educado, romántico y sobre todo, tenía una buena proyección de futuro. Este era un punto fuerte para Adela. Desde que era una niña se prometió a sí misma que nunca cometería el error que cometió su madre, casándose con un feriante que se pasaba la mitad del año, viajando de un sitio a otro. Ella buscaba una estabilidad, y formar parte de una familia unida.

     El padre de Marcos, reconocido abogado penalista, compartía un bufete de abogados, en la calle Génova, con dos hermanos que eran abogados también. Marcos era su última incorporación y Adela, su fan número uno. Este primer puesto en el ranking de sus deseos, no tardaría en ser reemplazado. Fue una tarde de finales de mayo. Adela paseaba de la mano de Marcos por la plaza de Colón, volvían de visitar el Museo de cera, y a ella se le ocurrió la genial idea de que él le mostrase su lugar de trabajo. Él se puso de todos los colores. Primero rojo, por no saber qué contestar; después blanco, porque le bajó un sudor frío por la frente; finalmente, rojo de nuevo y bastante malhumorado. Al finalizar la exhibición cromática, sin poder comprender cómo habían llegado a aquella situación, Adela se quedó sola en mitad de la acera, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozado.

      No sabía qué hacer. Quería gritar, quería fundirse con el suelo; no podía respirar. Llamó a Israel. Necesitaba una voz amiga, una nota de consuelo, un hombro sobre el que llorar; pero Israel no escuchó su lamento o no lo quiso escuchar.

      Se compadeció de sí misma por haberse confiado demasiado, por haber entregado, sin más, su corazón, por no haber estado a la altura, por no ser el perfil de mujer que la familia de Marcos desearía para él. Sí, esas habían sido las últimas palabras de Marcos, antes de dejarla abandonada como un trozo de papel arrugado.

      Odió a Marcos y lo maldijo. Nunca se había sentido tan humillada. Sabía que conservaría ese rencor en su corazón y que formaría parte de su particular coraza. Una capa más para acoplar a la que dejó su padre incrustada cuando era tan sólo una niña y las dejó, a ella y a su madre, abandonadas a su suerte. Lo último que supo de él es que había formado otra familia con una mujer más joven. A su madre le costó mucho tiempo y sufrimiento, asumir que él no volvería. Cuando se enteró de que estaba con otra mujer, el mundo se le vino encima. Una noche volvió, Adela tenía ya dieciséis años, les escuchó discutir escondida tras la puerta del salón. Había vuelto a pedir una segunda oportunidad. Adela cruzó los dedos pidiendo que su madre fuese valiente, y no se la diera. Nunca olvidaría la imagen de su madre, con su semblante sereno y una seguridad en sí misma que no había manifestado hasta aquel momento, sin vacilar ni un ápice en sus palabras, diciéndole a su padre: Márchate, tu nueva familia te espera, no sigas haciendo daño a más gente. Y cerró la puerta sin darle oportunidad a una réplica.

     Odió a Israel con todas sus fuerzas, por haberse alejado de ella, por no estar cuando más lo necesitaba. Lo odió y lo añoró más que a nadie en este mundo.
 

2 comentarios:

  1. Pobre Adela, no le sale ni una derecha.

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  2. Es cierto, Daniel, parece que me estoy ensañando con ella jajajaja, a ver si en los últimos capítulos consigo que algo le salga bien, aunque el asunto está complicado... De los siete pecados capitales que podía elegir para continuar la historia, elegí la soberbia... así que ahora la historia se debate entre el rencor, el orgullo y la autosuficiencia... no sé cómo terminará.

    Un saludo

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