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Conexiones

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      Hacía cuarenta años desde la última vez que se vieron. En aquella época aún eran jóvenes y les quedaba mucho mundo por recorrer. No hicieron grandes cosas juntos, pero compartieron buenos momentos charlando al calor de un café, mostrándose sus sueños, ilusiones, lecturas, viajes por hacer... Fue una relación de amistad enriquecida por la gran conexión que existía entre ellos.       Unas veces relajada y otras alerta, aquella conexión se fue afianzando y haciendo intocable, indestructible y revoltosa. Así pasó mucho tiempo, ellos no se daban cuenta, pensaban que aquello era y sería una amistad de por vida. Pero el azar, que a veces deja de ser fortuito y se torna caprichoso, comenzó a hacer una fisura en aquella conexión. No fue una fisura cualquiera, fue de esas que se van extendiendo e hizo que cada uno comenzase a distanciarse. ¿Las razones? Nunca fueron claras, quizá hubo alguna confusión, conexiones periféricas... En definitiva, cada uno cogió sus respectivas riendas y

En la cola del banco...

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   Tenía al menos seis personas en fila delante de mí. Una señora con dos niños, que no paraban de corretear por la sala. Un hombre trajeado con maletín. Y ¡cómo no! cuatro jubilados contándose batallitas ellos, y enfermedades ellas. Es curioso cómo al llegar a cierta edad, se ponen a hablar de enfermedades como si se tratara de una competición:        ―A mí me operaron de cataratas.       ―Pues yo tengo una cicatriz que me atraviesa el pecho, porque me pusieron una válvula en el corazón.     ―Y la mía, cuando me operaron de la matriz, se me infectó y estuve una semana ingresada.      ―Pero a mí me han operado dos veces de hemorroides. (¡Chúpate esa! ¡A ver quién me gana ahora!)    Claro, que tampoco los de treinta y tantos podemos decir nada al respecto… sólo hay que observar cuando nos juntamos unos cuantos tíos y nos ponemos a contar las aventuras de la mili. Y ellas como se junten unas cuantas casadas con hijos… tienen dos mono temas: “mi marido no hace nada en ca

Sueños...

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A lgunas veces sueño que camino por una calle y encuentro tantos obstáculos, que no c onsigo llegar al destino que me hacía caminar por ella, gente interrumpiendo mis pasos o pérdidas de memoria que de repente me hacen olvidar dónde voy... n aturalmente al despertar  lo entiendo, ya que siempre me ocurre cuando mi t rayectoria se dirige a la casa de alguien que sé que ya no existe en este mundo, debe r epresentar esa nostalgia de haber perdido la oportunidad tantas veces, y que ahora a limenta la culpa... Otras veces consigo llegar a ese destino, ese momento es increíble y fugaz; l a casa está como siempre, todo mantiene su color especial, su aroma, su calma... u na voz inconfundible me dice que pase y pregunta, qué hago ahí mirando y acariciando el z ócalo de la entrada... Las palabras fluyen a borbotones, saben que les queda poco tiempo.                    Fragmento de "El viaje de la memoria" con transparencia. “Seguiré vagando por vuestra casa, mi casa”

El Capricho

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      Respiraba con agitación por la carrera. Cuando llegó a la puerta del parque, casi sin aliento, un vigilante le anunció que ya estaban cerradas sus puertas, pues el horario de invierno había entrado en vigor y otro vigilante se encontraba dentro haciendo la ronda de desalojo. Sólo le quedaba esperar fuera a su acompañante.       Ella le esperaba dentro con impaciencia, frotando sus frías manos y paseando de un lado a otro del punto de encuentro. Era la primera vez que se verían a solas y para ello habían elegido un parque llamado El Capricho. La escena se situaba en una tarde fría de finales de otoño. Las hojas de los árboles revoloteaban por el suelo al compás de la brisa, formando una alfombra viviente y mezclándose caprichosamente unas con otras. Los cisnes y patos del estanque, nadaban las gélidas aguas de los riachuelos que recorrían en parque, acostumbrados e inmunes a la presencia de la intrusa que vigilaba sus movimientos con los pensamientos en otro lugar.  

Tardes de siesta

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      "El calor hace que las terrazas se llenen y aumente el consumo de cerveza y refrescos. Según una encuesta realizada..." Escuchaba, somnolienta en el sofá, parlotear al presentador del telediario. Me levanté a tomar un vaso de agua fresca para saciar la sed que me había transmitido a modo de publicidad subliminal. Revisé el frigorífico de arriba abajo, pero no encontré ninguna botella dentro. La cubitera estaba guardada sin agua en el congelador, así que me resigné a tomar el agua del tiempo. Al abrir el grifo, un ruido sordo y a trompicones me indicó que habían cortado el suministro. Decidí abrir la ventana, no es que fuera a saciar mi sed, pero de pronto hacía un calor excesivo y noté que sudaba.       Abrí una botella de vino tinto, era el único líquido que encontré en la despensa, a parte del aceite de oliva y el vinagre. Engullí media botella de un trago y habría terminado con ella, si no me hubiese interrumpido el sonido del timbre de la puerta.       Un hombre

Una puesta de sol

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En la Travesía literaria participo en una liga titulada “Letras que forman países”. Nos han propuesto escribir sobre un país que nunca hayamos visitado, a mí me tocó escogerlo de la parte de África de este a sur. En esta primera fase de la ronda, tengo que retratar el país desde el punto de vista de alguien que lo visita por primera vez. Ahí os dejo lo que ha salido.       Me desperté sobresaltada por un griterío formado en la calle que atravesó el silencio que habitaba en mi habitación. Me desorienté por unos instantes al abrir los ojos, aunque reconocí de inmediato dónde me encontraba al ver las maletas a los pies de la cama. No había sido un sueño, después de tantos años dándole vueltas y barajando todas las posibilidades, me había decidido a emprender aquel viaje, sin saber lo que la vida allí me depararía ni si lograría encontrarle.       La llegada había resultado menos complicada de lo que imaginé. Quizá el haber encontrado una compañera de aventura, hacía más sencillo

Carta desde Verona

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      “Si algún día nos encontramos en Verona te invito a cenar”   Fue la frase que daba fin a aquella carta que encontró en el buzón.  Realmente la carta no iba dirigida a ella, pero le hacía mucha ilusión pensar que si algún día visitaba aquella ciudad donde Shakespeare situó el escenario de la historia de amor más famosa del mundo, posiblemente, un desconocido estaría dispuesto a compartir su mesa con ella en un restaurante situado en algún lugar recóndito, y ambientado por la atmósfera que desprende la ciudad.        No acostumbraba a fisgar en buzones ajenos, pero en esta ocasión el cartero introdujo la carta en la ranura equivocada. Y no la hubiese leído de haber estado cerrada, pero se trataba de una postal. También la habría depositado en su lugar correspondiente de haber sabido cuál era, en la dirección de destino lo único que aparecía era el nombre de la calle; así que decidió, para no dejar aquellas palabras tan bonitas perdidas en el vacío, contestar al remitente: “Por e

Mejor el móvil...

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      Había convertido en batuta la cucharilla del café y con los ojos cerrados, sentada a la mesa de la cocina, siguió el compás de aquella música que sonaba en el despertador de su mesilla en la habitación, a todo volumen.       Mientras se deleitaba con placer en el punto álgido de la melodía, sintió una presencia extraña clavada en su espalda.  Se giró lentamente y fue abriendo los ojos muy despacio, encontrándose de frente con un completo desconocido mirándola fijamente. Soltó la cucharilla del café que cayó al suelo y agarró el cuchillo de la mantequilla ¡Cómo hubiese deseado estar cortando carne en vez de desayunando, y portar un arma mejor!. Fue retrocediendo poco a poco sin perder de vista al desconocido, mientras él no le quitaba ojo al cuchillo. Cuando se vio a la altura del pasillo, corrió hasta su dormitorio y cerró el pestillo por dentro.       Dio unas cuanta vueltas por la habitación, no sabía dónde podía esconderse ni qué hacer, si hubiese  podido pedir un deseo,