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Crónica de un calcetín

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     Una vez perdí un calcetín. Muchas veces he perdido calcetines, pero este par era diferente. No tenían nada de particular: eran cómodos, no dejaban marca, aunque tenían unos colores tan llamativos que eran difíciles de combinar. Por este motivo a penas los usaba.  Un día, sin saber cómo, perdí uno de ellos. El otro, el desparejado, se quedó en el cajón esperando a que apareciese su compañero y, aunque no solía usarlos, cada vez que veía al solitario calcetín, me apetecía que estuviese su compañero para poder ponérmelos. Lo busqué por todas partes y en más de una ocasión vacié el cajón, lo ordené y emparejé todos de nuevo; comprobando finalmente que sí,  que seguía desparejado. Cansada de que, al abrirlo, el cajón me recordara la pérdida de su compañero y su inutilidad estando desparejado, decidí tirarlo.       Otro día se me rompió la lavadora, con tan mala fortuna que tuve que jubilarla y comprar una nueva. Cuando el transportista hizo el cambio de lavadoras, observé que en el

Aquella luz al fondo

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      Comenzó a verse luz allá al fondo, solo faltaba un poco más. Entre todos, trabajando juntos, estaban a punto de conseguirlo. Sintió cómo unas manos tiraban de él, a la vez que una fuerza que procedía de las paredes de aquel lugar lo impulsaron hacia fuera. No se resistió y colaboró en su salida. Un grito que le salió ahogado, transformándose en un llanto intermitente, le hizo llenar sus pulmones de aire por primera vez. Era una sensación de libertad que no comprendía, aunque a su vez le asustaba.  Y aquella señora, la que le limpiaba y le vestía, él estaba convencido de que no era la misma. Aunque las voces eran distintas allí fuera, él podía asegurar que no era ella. Tenía frío y miedo, quería volver dentro, al refugio de aquel líquido cálido que le balanceaba, a la luz tenue y rojiza, al murmullo de aquel  latido acompasado. Quería volver a su hogar. Unos nuevos brazos lo arropaban ahora. Comenzó a sentirse tranquilo acurrucado en aquel cuerpo. Su oído recibía un sonido leja

Aquella melodía

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      Escuchaban la melodía lejana que una vez había paseado por sus cuerpos a través de la brisa de sus notas, dejando una leve caricia en sus pieles erizadas. Ahora les mecía entre sus acordes, acompasando su respiración a la cadencia de aquella música que parecía querer colarse entre sus cuerpos, y que al no poder les abrazaba, les envolvía, como una burbuja armoniosa y hermética.       El contacto de sus cuerpos desnudos les había sumido en una especie de sopor del que no querían desprenderse. Ella inhalaba hasta el más ínfimo poro de su piel, cálida, suave. Él recibía su respiración y el roce de su cuerpo, con una apacible sensación de bien estar que se iba transformando en un ligero estremecimiento.       Aquella música había parado de sonar, pero sus cuerpos seguían impregnados con el calor de aquella burbuja, embriagados por la melodía que aún persistía en sus ecos, mezclada con los susurros de su respiración y los latidos que aceleraban el ritmo de aquella tregua libidino

El ladrón de atardeceres

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      Se movía despacio entre la gente, procurando no perder ningún detalle del breve espacio que duraba aquel espectáculo tan mágico, que cada tarde se esfumaba como un susurro entre la tierra y el ocaso. Poseía una colección magnífica de atardeceres. Ninguno igual, todos distintos aún enfocados desde el mismo lugar. Separados por el tiempo,  el clima y adornados por el azar de aquellos transeúntes que se encontraban paseando sin prestar atención a ese día que, sin darse cuenta, se les escapaba.       Recordaba perfectamente qué propósito le hizo parar allí la primera vez, cuando contempló aquel primer atardecer de aquel lugar, sobre el puente de un río. Esperar. No llegó, y sin embargo aquella tarde le pareció más bonita que ningún día. Y siguió esperando hasta que el crepúsculo le dio paso a la penumbra de la noche, atenuada por la luz artificial de las farolas que desfilaban por el puente, ajenas a su mirada. Fue una tarde fría de finales de marzo. Celebró que no llegase, con la

Irreversible

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      Reservó hasta la última gota de su aliento para contener las palabras que no quería pronunciar. A pesar de ser tan joven, era consciente de que cualquier expresión que saliera por su boca en aquel momento estaría envenenada por la ira de aquella discusión.       No era la primera vez que discutían, pero sí la primera que saboreaba el amargor de la impotencia y la aplastante evidencia del vaso que derrama su primera gota de agua. Se concentró con todas sus fuerzas en algún pensamiento alegre que arrancase sus ganas de llorar. Buscó en sus bolsillos cualquier pretexto que le hiciera sentir algo distinto a la rabia. Pretendía encontrar aquello que siempre había funcionado en aquellos casos. Quería sentir nostalgia y volver sobre sus pasos. Pero ya no le quedaban ganas ni excusas suficientes.       Escondió en un armario bajo llave hasta el más insignificante de sus recuerdos, para no tener la tentación de mirar atrás. Cuando cerró la puerta tras su espalda, arrastrando su maleta

De ilusiones y sueños...

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Parece que fue ayer cuando publiqué aquella entrada titulada "Seis meses en mi blog" y por fin puedo decir que hoy, oficialmente, mi blog cumple un año de “cibervida”. Si hace un año me hubiesen contado lo que iba a ser para mí este proyecto, no sé si lo hubiese creído, jamás me he tomado un hobby tan en serio ni durante tanto tiempo seguido. Tampoco habría creído, si me lo hubiesen adelantado, que mis sueños recibirían tantas visitas, es más, pensé que entrarían sólo  amigos y familiares previa obligación y amenazas por mi parte, claro. Así que por ello, muchas gracias a los que me habéis dedicado vuestro tiempo , bien porque me conocéis y os apetecía compartir un ratito conmigo o porque el azar os trajo hasta aquí. A aquellos que habéis puesto un enlace en vuestras palabras para compartir las mías, muchas gracias por el gesto . Y no quiero alargarme mucho más porque sé que estos post suelen ser un rollo petardero, pero me apetecía agradeceros vuestra dedicació

El viaje

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             No tenía ninguna intención de soltarse. Pensaba que fuera lo que fuese, que pudiera encontrar lejos de allí, no sería tan placentero como permanecer allí viendo todo lo que le rodeaba, cómodamente. Sabía desde el principio que alguna vez tendría que soltarse, y eso le producía tal malestar que tampoco le dejaba disfrutar, del todo, con lo que tenía a su alrededor. Pero prefería buscar excusas para justificar sus miedos, que soluciones para eliminarlos.       Un buen día cuando se despertó, encontró que estaba sola. El resto de las semillas se habían soltado y pensó que su unión con aquella flor marchita ya no duraría mucho más tiempo, acabaría marchitándose con ella.  Entonces la flor, en su último suspiro, le dijo: ¡Venga, no seas tonta, suéltate, no tengas miedo y disfruta de ese viaje, será el más importante de tu vida!       Aquellas palabras recordó el diente de león, cuando vio desaparecer a la última semilla de su corola.

Me salen ronchas en San Valentín

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       Lo siento por los Valentines, por su santo, y también por los que lo celebráis, pero… me pasa este día lo mismo que me ocurre en Navidad, es como si la bondad, la felicidad o el amor ―en este caso― hubiera que enlatarlo y abrirlo en una fecha determinada. Si se quiere a alguien, ¿por qué demonios hay que demostrárselo un solo día? ¿Qué pasa con el resto del año, hay que estar relajados y dispersos? Me voy al facebook a ver si encuentro un grupo de esos para unirme de: "Señoras que odian San Valentín" o "Guarda los bombones para otro día que no sea alérgica al chocolate"...