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Y de repente un libro...

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      Su vida transcurría pausadamente, tejida entre esquemas básicos que con el tiempo había convertido en un hábito de meticulosa rutina. No solía dejarse llevar por impulsos repentinos, ni corazonadas. Todo medido, todo calculado. Se levantaba cada día exactamente a la misma hora, justo cuando sonaba el despertador, ni un minuto más, ni un minuto menos. Se calzaba las zapatillas, colocadas estratégicamente donde caían sus pies al levantarse. Caminaba hacia la cocina y ponía la cafetera a calentar; mientras se daba una ducha rápida que terminaba con el silbido de la cafetera, matemáticamente calculado. Desayunaba con el albornoz y después se vestía; la ropa metódicamente elegida la noche anterior y colgada con esmero sobre la silla del dormitorio. Cogía siempre el mismo autobús, al que apenas esperaba tres minutos en su parada. A la salida del trabajo, realizaba la compra y volvía a casa a comer. La comida siempre lista para servir, preparada desde la tarde anterior; y después de

El silencio

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      Ese lugar donde habitamos cuando estamos dormidos, cuando perdemos la consciencia del murmullo que nos rodea. Donde nos refugiamos cuando queremos mirar con atención, como si nos iluminara la visión y, sumergidos en él, nos ayudase a ver mejor.       A veces no sabemos usarlo y en vez de recurrir a él cuando no encontramos las palabras necesarias, nos lanzamos al abismo de las frases sin sentido para envolverlo, sin darnos cuenta que él es más sutil y preciso. No nos encadena como lo hacen ellas, las palabras. Se mantiene esquivo e inconexo.       El silencio puede ser un lugar muy frío y árido, donde cueste permanecer largo tiempo, o donde un instante parezca una larga estancia incómoda. Pero también hay silencios que se transforman en lugares apacibles, donde deseas que se detenga el tiempo para poder recrearte en sus rincones, pasear sus sendas, sentarte en sus parajes más hermosos a observar las vistas, o simplemente descansar entre sus ecos sordos. Cerrar los ojo

Blogplagios

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             Como anuncia el título, sobre ese tema trata esta entrada. Nunca imaginé que el robo de textos pudiera ser tan descarado, pero ayer pude comprobar con mis propios ojos, que hay gente que carece de dignidad en este sentido.       Tengo una amiga a quien le han robado, de momento, más de una decena de textos de su blog, con todos sus puntos y sus comas. Me parece lamentable este asunto, pues los textos de los blogs son gratuitos, están ahí para el disfrute de todos, y lo único que se pide es que si tomas prestado uno, al menos, tener la decencia de decir de dónde lo has sacado o nombrar a su autor, te va a quedar igual de bonito colgado en tu blog, pero el verdadero autor no se sentirá ninguneado.       Intentando meterme en el pellejo de los que hacen esto, sólo llego a esta conclusión: Si a la gente no le gusta lo que escribo, pero a mí me gusta, sigo adelante con mi afición porque me llena; pero si ni a mí me gusta lo que escribo y tuviese que robar textos a

Palabras al viento

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      ―Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa.       ―¿Cómo puedes estar tan segura? Ha dicho que me envió una carta al mes de desaparecer.       ―Porque fui yo quien te ocultó aquella carta. Te vi más animada y pensé que era lo mejor, pero ahora sé que me equivoqué. ―Le comunicó Blanca a su hermana, cuando volvían del cine―. No pensé que fuera a cambiar las cosas, tan solo ponía una frase, decía que ya podía ver. Pensé que eso significaba que lo estaba superando, y como vi que tú también, deduje que sólo te traería malos recuerdos.       ―¿Quién te crees que eres para decidir por mí? Ni siquiera sabes lo que significa esa frase.       María estaba sentada en la sala de lectura de Fnac, cuando Pedro apareció buscándola. Se quedó un rato observando sin ser visto. Ella ojeaba un libro de pinturas sin mucho interés, pues pasaba las páginas demasiado deprisa, sin darle tiempo a observarlas. Cerró el libro y se puso a enrollar un mechón de su pelo en el dedo índice, mientras

Otro sobre, otro reto...

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       Parecido al reto que nos propusieron en Travesía literaria allá por el mes de mayo, donde teníamos que escribir un relato usando diez palabras obligadas... Nos piden en este caso narrar una escena veraniega con diez palabras prohibidas: VERANO - PLAYA - CALOR - TERRAZA-PISCINA-SOL-BIKINI-BAÑADOR-ABANICO-VACACIONES ... A ver qué sale...             Era una tarde de finales de julio. El astro rey aún amenazaba con fervor, haciendo que los cuerpos tumbados sobre la arena, sufrieran el ardor de sus rayos y fueran impulsados a refrescarse con las aguas saladas de aquel mar que lucía, durante aquella época de estío, sus mejores galas de transparentes olas y refrescantes aguas.       Me encontraba en el mirador de la cafetería del hotel donde me hospedaba. Las vistas eran magníficas, y el aire del ventilador de techo me producía una sensación placentera, frente a la calina que inundaba el ambiente. Decidí unirme a los bañistas y renunciar a mi puesto privilegiado en aquel balcón

La brisa tras su espalda

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      Paseaba por la orilla a diez metros de distancia sin saberlo. Ella comenzó a seguir sus huellas, pisando una tras otra, sin hacer ruido; el murmullo del mar se encargaba de acallar los sonidos de todo cuanto se hallaba a su alrededor. Él no estaba seguro de que ella fuese a aparecer. Ella ahora sí lo estaba, le tenía delante, cortando el viento a su paso.       Él seguía caminando, silencioso, sin mirar atrás, pendiente de cada uno de los movimientos de aquel mar revuelto que, aquella tarde, parecía querer ofrecer su más fría mirada. Ella iba ganando terreno en cada paso y reducía aquella distancia que les separaba. Tan sólo eran segundos, nada en comparación con el tiempo que había pasado desde la última vez, y una eternidad ahora que le tenía tan cerca.       De pronto él detuvo sus pasos. Ella frenó los suyos haciendo un movimiento de negación con la cabeza, no quería que él se volviera para mirarla, sabía que se formaría un muro de cristal entre ellos, ganando así el contr

Mi mayor enemigo

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A veces, intentando salvar los obstáculos que nos coloca la vida, me encuentro de bruces con el mayor de todos ellos, y siento que colisiono contra mi propio yo. Cuando esto ocurre, reconozco en él a mi mayor enemigo, por ser quien mejor me conoce y al que más me cuesta apartar; pues las fuerzas de empuje y resistencia están equilibradas, y tengo que encontrar un punto débil, un mismo talón de Aquiles, antes de que lo haga mi oponente y gane la partida, haciendo que dé un paso hacia atrás. Tiendo a pensar que si me dejo vencer una vez o si encuentra mi debilidad, se hará más fuerte; y cada vez que nos encontremos, me mirará con ojos de invicto, logrando que pierda la confianza y renuncie a mi fortaleza. Por eso no quiero bajar la guardia, tengo que buscarlo antes de que me encuentre desprevenida, porque cuando lo tengo enfrente y sus ojos desprenden duda, siento que ya está vencido.