29 de mayo de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 2: Manías y costumbres



    Me gusta conocer las rutinas que emplean otros escritores para trabajar, qué costumbres han adquirido o manías —si las tienen—, y curiosear. En mi caso, tiendo a no ser rutinaria ni disciplinada. No consigo funcionar así. Tal vez sí, cuando la novela está terminada y estoy puliendo el texto, sigo unas pautas de trabajo para obligarme; pero a la hora de crear mi cerebro no me deja cumplir ningún objetivo programado. Imposible proponerme llegar a tantas palabras o limitarme a un horario. Cuando estoy con una novela, la escribo todo el tiempo. Incluso mientras duermo. Mi intención es levantarme, sentarme a teclear a una hora determinada y expulsarlo todo, para después desconectar en mi tiempo libre. Pero a veces es imposible. Durante el proceso creativo, cuando la novela está en plena efervescencia, es como si viviera dos vidas en paralelo. A veces cojo el coche y, cuando llego a mi destino, me pregunto cómo cojones he podido llegar viva allí. Empiezo a creer que tengo un piloto automático que se activa por GPS o incluso un ángel de la guarda. En definitiva, para marcarme unos tiempos y una rutina, tendría que ponerme un control parental en el ordenador, y que no me dejara acceder al archivo, una vez pasado el tiempo límite, y que a su vez me obligara también, con collejas o como fuera, cuando no me apetece sentarme frente al teclado.

    Lo importante para mí, a la hora de escribir, es que realmente me apetezca hacerlo. Ponerme a ello porque sienta la necesidad y no la obligación. Cuando me ocurre lo segundo es que algo falla: bien por la historia que no termina de convencerme el camino que lleva, o porque no me siento al cien por cien y mi estado de ánimo influye negativamente en la historia. En ambos casos prefiero aparcarla y dedicarme a otra cosa ajena a escribir, hasta que mi cuerpo vuelve a pedirme regresar a ella. Es curioso —no sé si a todo el mundo le pasará—, pero parte de nuestro interior, de lo que vivimos o sentimos en esa etapa de creación, se cuela de alguna forma en aquello que estamos escribiendo. Muchas veces se pregunta a los autores si las novelas están basadas, en el todo o en parte, en la realidad. Yo siempre digo que no, porque evidentemente mis personajes y sus historias poco o nada tienen que ver conmigo, aunque sí me pueda sentir más identificada con unos que con otros. Pero lo cierto es que los personajes que creamos viven y respiran a través de nosotros, o tal vez nosotros a través de ellos, y mirándolo desde esa perspectiva, en esencia, se quedan con un poquito de quien los crea. Quizás por eso nos encariñamos tanto con ellos y nos cuesta después irnos desprendiendo de su lado.

    Pero me estoy yendo por los Cerros de Úbeda y en este capítulo no venía a hablar de los personajes (eso me lo reservo para otro capítulo), sino de las manías y costumbres “escritoriles”. Así que, resumiendo, puedo afirmar que no tengo costumbres fijas ni manías extrañas, excepto prepararme un café antes de empezar. Me gusta mucho escribir en la habitación que tengo destinada a ello con mi ordenador, de cara a la ventana; más con luz y sonidos de la calle que cuando es de noche y está todo en silencio. Aunque también de noche escribo y disfruto de esa calma. Incluso algún capítulo me he llegado a ventilar por la tarde con dos niños jugando o discutiendo a mi alrededor, y un pájaro picoteándome los dedos al pulsar las teclas, cuando no con un perro mimoso sobre las rodillas... En realidad, creo que podría escribir en cualquier parte. No necesito concentración alguna. Tengo facilidad de sobra para abstraerme. Lo que sí prefiero, como herramienta de trabajo, es el ordenador al cuaderno, pero si se da el caso y me pilla fuera, recurro al bolígrafo y a la grabadora del teléfono si es necesario. También existe un programa sin el que ahora no podría vivir escribir: Scrivener. Me ha facilitado tanto el trabajo, sobre todo a la hora de plantearme el esquema (de esto también os hablaré) y para organizar la documentación de la novela, que sin él es como si ahora de pronto me quitaran el iPhone y tuviera que apañármelas con un móvil de los de antes donde no se sincronizaban los eventos del calendario, sin navegador, ni mapas, ni la docena de Apps indispensables que me facilitan la vida y a su vez me han convertido en perezosa para memorizar y, la mayor parte del tiempo, para distraerme... 

     Así que, si alguno de los que me estáis leyendo ahora mismo os dedicáis a esto de escribir, me gustaría conocer también cuáles son vuestras costumbres o manías.




22 de mayo de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 1: ¿Por qué escribir?



   Hace seis años ya desde que me aventuré en esto de escribir una novela. Quizás os preguntéis cómo se plantea uno lo de convertirse en escritor. Lo cierto es que nunca lo hice. Mi intención jamás fue ser escritora. No es algo que llevara arrastrando desde mi más tierna infancia ni una aspiración. En mi caso fue todo accidental. Hasta podría garantizar —aunque a partir de ahora se me critique hasta la muerte— que mi vocación surgió de puro aburrimiento. Sí, lo sé, suena fatal. Vamos a adornarlo un poco y diré que la curiosidad y mi exceso de tiempo libre me empujaron a ello.

   Decidí, al tener a mis hijos, no trabajar fuera de casa. Vivimos en una ciudad lejos de la familia y era bastante complicado conciliar la vida familiar con la laboral. Más aún que para las familias que viven en sus ciudades de origen. Al principio, como ya sabréis los que tenéis hijos, el tiempo que demanda un bebé es prácticamente en exclusividad suyo. Después, cuando entran en el colegio, la cosa cambia. Y en esas me encontré en casa. Solitaria. Con un tiempo que ya no estaba acostumbrada a tener para mí. ¿Y qué hice? Pues eso, experimentar. Primero en foros de lectura, luego coqueteando con la escritura. Hasta que, ¡zasca!, me atreví a abrir un blog y a soltar por mi boca todo aquello que pasara por mi mente. Igual que hago ahora.
  
   Después empecé escuchar voces a mi alrededor, mientras estaba en plena efervescencia creativa, que me decían: «Pero ¿por qué no escribes una novela en vez de tanto relato?». Y mi pensamiento era: «¿Una novela? ¿Cómo voy a escribir una novela, si no sabría ni por dónde cogerla?». Aunque mi respuesta era: «Cuando me surja una buena idea», que en realidad es el sinónimo de «esperad sentados». Sin embargo un día surgió la ocasión. Llegó la temida idea y le planté cara.

   La verdad es que no sé cómo narices hice para organizarla, porque el proceso de escritura que tuve entonces, nada tiene que ver con el que utilizo ahora. Pero el caso es que la empecé y, lo que es más increíble, la terminé. Lo de increíble parecerá una exageración, pero os aseguro que no exagero nada. Hoy día sé cómo empiezan mis novelas y también tengo muy claro cómo acabarán —aunque luego no lo hagan como lo tenía planeado, pero el saberlo relaja—. En esa ocasión hubo un momento en el que entré en pánico absoluto. Y cuando digo pánico absoluto quiero decir que me entraron ganas de quemar el ordenador y fingir que la había perdido para siempre. Para los que la hayáis leído, la primera, me refiero a cuando finaliza el pasaje de las postales y debo encontrar la manera de salir del embolao. ¿De dónde leches iba a sacar otra idea? ¡Si ya se me habían fundido los plomos con las postales! Pero conseguí salir del hoyo y tiré para adelante. Porque siempre se sale. Solo hay que prestar atención y escuchar a los personajes.

   Pero aún no he contestado a la pregunta. ¿Por qué escribir? Lo único que puedo decir es que, cuando escribo, siento un hormigueo en el estómago. Y sin ese hormigueo ya me es imposible vivir. 




19 de mayo de 2017

Diario de una escritora indie: Introducción



   Os preguntaréis qué vengo a contar aquí. Pues es una buena pregunta… no lo sé ni yo. Pero siento que cuando termino una novela y la lanzo al mercado, me quedo como vacía, con ansia viva de volver a crear algo. Aunque no suelo forzarme a ello. Necesito que ese paso surja solo; que me llueva una idea de la nada, aunque solo sea una frase a la que dar forma o un personaje que me llama. Mientras tanto me dedico a leer y a deambular sin rumbo fijo, a dar patadas a una lata de refresco mirando al suelo —mentalmente— y preguntándome si esa habrá sido la última. Si ya no se me ocurrirá otra historia. Si tendré que dejar de escribir. Si será el fin de mis días… No, no llega a tanto la cosa. Pero, para no seguir dándole vueltas al asunto y no comerme el tarro, se me ha ocurrido aprovechar el tiempo con esta sección que he titulado: Diario de una escritora indie.

   ¿Que qué voy  a contar en ella? Pues todo lo que se me ocurra, que se me haya pasado por la cabeza antes o durante el proceso de escritura. Por ejemplo: antes de lanzarme a escribir novelas, pensaba que el mundo del escritor era muy glamuroso (en esto culpo a las pelis moñas que me he tragado); y no, para nada lo es. El trabajo del escritor es en realidad aislado, recluido… No solo por los momentos de encierro con el dale que te pego a las teclas, sino porque cuesta encontrar personas con las que hablar y compartir inquietudes. Al principio, los que te rodean te preguntan con verdadera curiosidad porque lo ven como algo nuevo, atípico, especial… Y en esos primeros meses disfrutas contando tu experiencia y hablas sin parar sobre el proceso de escritura y cómo van evolucionando tus personajes en las reuniones con amigos. Al tiempo, te das cuenta de que su interés va decayendo en picado, ya no lo reciben como algo novedoso. Ya no eres la amiga escritora glamurosa, sino una pesada monotemática que no para de soltar rollos que ni les va ni les viene. ¿Y qué pasa a partir de aquí? Pues que una se limita a soltar apenas dos o tres pinceladas de su trabajo, si es que preguntan, excepto si has salido con gente que está subida al mismo barco. Cosa, por otro lado, que tampoco es nada fácil de encontrar. En los años que llevo metida en este mundillo literario, he observado la rivalidad existente —imagino que como sucederá en otros campos— y no es fácil encontrar amigos de verdad aquí. Aunque no me puedo quejar tampoco. Tengo la suerte de contar con varios, y es un respiro.

   Y cambiando de tema, porque esto es una introducción y no quiero “monotemizarlo” (perdonadme si me invento verbos, pero, como esto no es una novela, voy a hablar como me salga del moño; como siempre he hecho en, esta, mi casa). Pues a lo que iba, que con esta sección quiero acercar a aquellos que queráis y tengáis curiosidad sobre como es en realidad la vida e inquietudes de una escritora indie. Me denomino así porque aunque he publicado con editorial, me siento igual de indie que cuando no. Y como tampoco sé cómo será la vida de un escritor superventas, no puedo opinar al respecto. A lo mejor sus rutinas son diferentes y en realidad sí se corresponden con el glamour de las películas. Aunque hablando de la visión del escritor en el cine, también suelen pintarlos como seres frenéticos y descontrolados, pegados al monitor, que duermen tres horas y se tiran una semana sin ducharse —tampoco es mi caso—. Y cuando no los reflejan así, lo hacen como auténticos vagos que se esconden en la escritura para no hacer otra cosa de provecho... En fin, casi me quedo mejor con la visión glamurosa. Aunque, como ya he dicho, solo voy a hablar desde mi punto de vista y compartiré anécdotas que me hayan surgido por el camino.

   ¿Os animáis a subir a este tren?