29 de junio de 2011

Pintando un sueño


Él se marchó en silencio, sin pretextos, soltando su cabo del amarre.

Ella en vano intentó rellenar aquel vacío con sus palabras, brotaban mudas, ya no le resultaba fácil reinventar aquel sueño que habían compartido. Cansada de buscar excusas para sostenerlo sola, desató también el de su lado.

Aquel sueño se iba alejando lentamente a la deriva mientras ella lo contemplaba con nostalgia. No hizo nada por retenerlo ni interrumpió su rumbo, sólo se preguntaba dónde iría a parar, si quedaría detenido en algún punto del trayecto, si volvería a cruzarse con él o si el olvido tomaría las riendas de aquella distancia.

24 de junio de 2011

Puertas en el campo

Fotografía de Eduardo Margareto

      «No se le pueden poner puertas al campo» leyó en su libro. Repitió mentalmente aquellas palabras y al mirar al frente se topó con él. Lo miró como intentando atravesarlo. Viajando con la mente y transformando aquellas piedras en pequeñas nubecillas que marcaban un horizonte, todo lo lejos que su imaginación le permitió. Si se concentraba y entornaba los ojos, podía transformar también las jardineras en un campo de amapolas. Desenterrar aquellas tardes de infancia cuando arrancaba sus capullos para adivinar el color de la amapola que habría podido ser: «Si sale roja es que sí, si sale de otro color es que no». Un azar manipulado por su voluntad cuando no salía rojo, entonces abría un capullo nuevo, y otro...

      «No se le pueden poner puertas al campo» se repetía una vez más, y las amapolas eran cada vez más rojas y el muro cada vez estaba más lejos.

(Inspirado en la imagen de Eduardo Margareto para el concurso de microrrelatos: Dónde lees tú)

23 de junio de 2011

El caracol y la rana


―¿A quién besaste tú para convertirte en caracol?
―¿Es que tú besaste a alguien para convertirte en rana?
―Sí, antes era humana. Llamé a un anuncio en el periódico de una vieja hechicera para pedirle consejo. Me dijo que para ser lo que yo quisiera en la vida, debía tomar un brebaje y besar a alguien con una buena posición; de esa forma todo lo suyo pasaría automáticamente a mí y viceversa. Me puse mis mejores galas y me jugué aquella carta a la más grande. Pero aquel príncipe me salió rana.
―¿Y en qué se convirtió el príncipe?
―En comercial, esa era mi profesión.
―Pues yo he sido siempre caracol.
―¿Y te gusta ser caracol?
―No sé si sabría ser otra cosa.
―¿Te gustaría ser rana? Aún me queda una dosis de aquel brebaje.
―¿Qué ventaja tiene serlo?
―Puedes nadar, saltar y ver el mundo desde otra perspectiva… es más cómodo que ir arrastrándose leeeeeentamente. Cazar insectos al vuelo es una práctica divertidísima que ampliará tu círculo social y encima te alimenta. Yo que tú no me lo pensaría dos veces.
―Bueno, por probar… ¿Entonces yo sería rana y tú caracol?
―Así es.
―¿Por qué quieres ser caracol si tiene tantas ventajas ser rana?
―Porque en mi época de humana era vegetariana y no hago buena digestión con los mosquitos, problemas hereditarios de intolerancia a alguna proteína...
―¿Y no te gustaría volver a ser humana?
―Pues claro que me gustaría, pero… ¿alguna vez has visto un humano besando a una rana?
―¿Entonces un beso y listo?
―Sí

Minutos más tarde…

―¿Y bien, cómo te sientes?
―Pues la verdad es que... echo de menos mi casa.
―Sí, ese era otro de los motivos… Olvidé mencionarte lo mal que está el asunto de la vivienda hoy en día.

22 de junio de 2011

Mundo burbuja

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      El aire de aquella burbuja era joven y luchaba por escapar de ella pensando que esa fuga haría su vida más intensa. Creía que aquella era la proporción, a mayor extensión mayor intensidad. La burbuja, sin embargo, hacía todo lo posible por mantenerle aislado, consciente de que se iba a desilusionar en cuanto se mezclase con otros aires en libertad, los mismos que la empujaban a ella desde fuera para colarse. La burbuja reflejaba el anhelo de dos mundos: cada uno de ellos por estar en el lugar del otro.
      Cuando la burbuja explotó, el mundo de aire interior se dio cuenta de que el exterior no era como había pensado. A ratos le producía una frescura indescriptible y en otros momentos, la mayoría de ellos, era absorbido por otros cuerpos de su entorno que conseguían asfixiarle hasta dejarle despojado de su esencia natural.
      Comenzó a vagar, como tantos otros, buscando una burbuja donde filtrarse, donde aislarse aunque sólo fuera por un efímero espacio de tiempo.

14 de junio de 2011

Mesa para dos


      La chica del kiosco le dio las vueltas del periódico. Aún no había llegado el número 16 de su colección de guerreros de época, le llamaría en cuanto llegase. Había hecho multitud de colecciones de aquel tipo: tanques Panzer, construye un tren de vapor, coches antiguos… Algunas las tenía completas, otras que habían sido descatalogadas se quedaron a medias. Aún así las conservaba porque, a veces, volvían a repetirlas para deshacerse del stock sobrante. El teléfono sonó nada más entrar por la puerta de su casa.
      ―Buenos días, llamaba para reservar una mesa para dos.
      ―No, se ha confundido, esto es una casa particular.
      ―¿No es el 1531265?
      ―No, ha cambiado el final, es el 1531256.
      ―Perdone.
      ―No se preocupe.
      Volvió a sonar el teléfono.
      ―Hola, soy la del kiosco, nada más irse llegó el coleccionable.
      ―Gracias, me pasaré esta tarde a recogerlo.
      ―No hay prisa, yo se lo guardo.
      ―Gracias, muy amable.
      ―De nada.
      Y nada más colgar, volvió a sonar de nuevo.
      ―Llamaba para reservar mesa para dos.
      ―¿No ha llamado usted antes?
      ―Sí, pero comunicaba.
      ―No, me refiero a antes, cuando le he dicho que esto es una casa particular.
      ―¿He vuelto a marcar mal?
      ―Sí, lo ha hecho.
      ―Perdone.
      ―No pasa nada.

      Por la tarde, como había acordado, se marchó a recoger su ejemplar de colección. A la vuelta, el piloto del contestador automático estaba encendido.
      ―Buenas tardes, llamaba para hacer una reserva para dos, mañana sábado a las nueve de la noche. A nombre de María Fernández. Gracias.
      Al escuchar el mensaje no pudo evitar una carcajada. Se imaginaba a la pobre chica y a su acompañante en la entrada del restaurante, discutiendo con el maître por una mesa que no había sido reservada. Decidió solucionarlo y llamó al número correcto cambiando el final.
      ―Buenas tardes, llamaba para reservar una mesa para dos.
      ―¿Una reserva? Se equivoca usted, esto no es un restaurante.
      ―¿Cómo dice? ¿No es el 1531265?
      ―Sí.
      ―¿Y no es un restaurante?
      ―No.
      ―¿Y entonces qué es?
      ―¿Qué es qué? ¿Con quién quiere hablar?
      ―Es que alguien ha hecho una reserva en mi número y creo que… es igual. Disculpe.
      Colgó el teléfono desconcertado ¿Dónde estaría aquel restaurante?  ¿Cómo podría localizar a la mujer de la reserva? Revisó las llamadas recibidas del teléfono pero, aparte de los teléfonos de la memoria de su agenda con nombre incluido, sólo aparecían llamadas con número oculto que eran, sin lugar a dudas, las de la mujer misteriosa.

      A la mañana siguiente volvió a recibir una llamada con número oculto.
      ―Buenos días, ayer dejé reservada una mesa en el contestador automático, quería confirmar si tomaron nota.
      ―Sí, tomé nota, el problema es que volvió a llamar a mi casa, volvió a confundir el teléfono.
      ―¿Está seguro?
      ―Pues claro, ¿no ve que ha vuelto a llamar de nuevo a mi casa?
      ―¿Entonces no tengo ninguna reserva hecha?
      ―En mi casa sí, pero en ese restaurante me temo que no. Es más, llamé a ese número para cambiar su reserva y también es un particular. ¿De dónde ha sacado ese restaurante? Estoy completamente intrigado.
      ―¿Por qué quiere saberlo, es que quiere venir? Le agradezco que haya intentado arreglar mi reserva.
      ―No. Bueno, iría aunque sólo fuera para salir de dudas.
      ―Pues acompáñeme si quiere.
      ―Pero no nos conocemos. ¿Y su acompañante qué dirá?
      ―Ah por eso no se preocupe. Tenga, le doy la dirección… Nos vemos a las nueve en la puerta.
      ―Pero no hay reserva.
      ―Ahora vuelvo a llamar y reservo.

      Se quedó sentado al lado del teléfono, sabía que en breve volvería a sonar y sería María Fernández pidiendo mesa. El teléfono no volvió a sonar a lo largo del día, y a medida que se acercaba la hora de la reserva, se arrepentía de haber aceptado. ¿Por qué había aceptado? ¿Y si era una loca que le estaba tomando el pelo? ¿Y si aquel restaurante ni existía? Decidió meterse en las páginas amarillas y buscarlo. Allí estaba, justo donde ella le había dicho, la dirección era correcta. Anotó el teléfono y llamó.
      ―Buenas tardes, llamaba para confirmar una reserva a nombre de María Fernández.
      ―Sí, la tenemos, para dos personas a las nueve ¿verdad?
      ―Sí, a las nueve. Gracias.


      La chica del kiosco se arregló para su cita. Por fin lo había conseguido. Se había quedado prendada de aquel tipo desde que hizo su primera colección. Nada más recibir los pedidos, reservaba el que consideraba más cuidado para él y cuando descatalogaban alguna colección, tiraba de contactos para conseguirle algún ejemplar más. El día que anotó su teléfono para avisarle si se retrasaba una entrega y descubrió que sus números eran prácticamente idénticos salvo la cifra final que estaba invertida, su mente se puso en marcha, aquello no podía ser otra cosa que una señal.


      Cuando la vio aparecer en el restaurante, todas las piezas comenzaron a encajarle. Llevaba horas preguntándose de dónde habría sacado aquella desconocida su teléfono que, desde luego, no tenía nada que ver con el original del restaurante. Se alegró de ver aquella cara conocida y le intrigaba más aún, conocer los detalles de aquella historia.

7 de junio de 2011

Historia de un botiquín...

      Hace tres semanas me llamaron de un sitio de mensajería o transportes para decirme que tenían un botiquín y que les confirmase la dirección de la empresa: se la confirmé. Hasta ahí todo normal. Unos días más tarde me llaman para decirme que han ido pero que estaba cerrado, que les diga el horario: se lo doy. Unas horas más tarde me llaman de la misma empresa de transporte y me ponen con una máquina tele operadora:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío, calle…
  • Si la dirección es correcta pulse 1
  • Si es incorrecta pulse 2
  • Si no quiere recibir el envío pulse 3

      Yo pulsé 1.

      A la semana siguiente el botiquín aún no había llegado y recibo otra llamada de la máquina tele operadora con la misma retahíla. Esta vez pulsé el 2 y me pasaron con una operadora de carne y hueso para indicarles la nueva dirección. Les ofrecí que si les venía mejor entregármelo por la mañana, lo enviasen a mi casa. Unos días más tarde me llama el transportista para verificar la dirección de mi casa y, por fin, llegó el botiquín.

      Esta semana me llama un transportista:

―Buenos  días, ¿hablo con fulanita de la empresa tal?
―Sí, soy yo. 
―Mire es que tengo que llevar un paquete y necesito que me verifique la dirección. 
―¿Un paquete? ¿Qué paquete? 
―Un botiquín.―Ah vale, pues la dirección es tal ―y en ese momento me vino como un "déjá vu" «¿Esto no lo he vivido ya antes?»―. Perdone, ¿ustedes no han traído ya un botiquín?
―¿Cómo?
―Sí, hace una semana nos lo trajeron.
―¿Seguro?
―Yo juraría que sí.
―Pues no sé… ¿Entonces qué hace le dejo el envío o me lo llevo?
―Lléveselo, para qué quiero yo dos botiquines ―Aún así me aseguré de que lo había recibido por si acaso lo había soñado, no sería la primera vez. Pero no, había sido una entrega real.

      Ayer me llaman de la empresa de transportes:

―Perdone,  me dice el transportista que usted rechazó un envío que estaba pendiente de entrega.
―Sí. 
―¿Por qué? 
―Porque ya me lo habían traído. 
―No, eso me ha dicho el transportista, pero en esa dirección no me consta haber entregado nada. 
―Ya, lo entregaron en mi casa en tal... dirección. 
―Espere, no se retire que voy a comprobarlo. Es verdad, ¿entonces lo devuelvo?
―Pues, evidentemente, sí.

      Horas más tarde me llama la señorita electrónica:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío…

  • Si la dirección es correcta pulse 1
  • Si es incorrecta pulse 2
  • Si no quiere recibir el envío pulse 3

       Pulsé 3

      Esta mañana vuelve a llamarme la señorita electrónica:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío...

      He pulsado 2, no para cambiar la dirección, sino para que me pasara con alguien de carne hueso a quien cantarle las cuarenta… Y les he dicho que no vuelvan a llamarme ni ellos ni la máquina del demonio y que se metan el maldito botiquín por dónde les quepa (bueno, con palabras algo más educadas pero cargadas de ira igualmente). Me dice que no puede atender mi reclamación porque no le aparezco en pantalla y tendrían que llamarme de nuevo ellos. Le digo que no hace falta, que yo le doy mis datos en un periquete y me dice que no, que ese no es el procedimiento (¿procedimiento? ¿Y llamarme a todas horas para entregarme botiquines como si fuera un remake de la película "Atrapado en el tiempo" qué clase de procedimiento es?) Pues nada, insisten que tienen que llamarme ellos y coger yo la opción correcta de la máquina diabólica...

      , me ha vuelto a llamar la señorita electrónica… He respirado hondo y contado hasta diez. Después he pulsado el  1 con tanta fuerza que casi atravieso la pantalla del móvil... ¡Que me envíen el puñetero botiquín otra vez y todas las que hagan falta! Lo mismo cambio de negocio y pongo una farmacia, oíga.

5 de junio de 2011

Robando el sol


      Me encuentro en ese lugar donde nace cada día. Llevo años viniendo a este sitio a mirarlo, admirarlo, añorarlo y, por qué no, a robarlo.


      ―Te puedo regalar el sol, si lo quieres ―me decía, atrapándolo y enredándolo entre sus dedos, con cuidado, como si temiera que se le fuera a caer.

      ―¿Y dónde lo voy a guardar? ―le contestaba yo, sin saber de qué forma corresponder aquella oferta.

      ―Pues en un bolsillo ―contestaba ella, sin parar de jugar con aquella esfera luminosa.

      Otras veces, mientras nos tumbábamos en el césped, buscaba formas con las nubes y me decía: 

     ―A ver si encuentras un caracol o un conejo con una piruleta o un sombrero de copa...

    Para mí era dificilísimo encontrarlos, pero en cuanto me los señalaba con el dedo y dibujaba su contorno en el aire, se perfilaban perfectamente aquellas formas ante mis ojos.

      Fueron los mejores años. Nuestra vida se mecía en el vaivén de las tardes de playa en verano, dormidos sobre la arena con la mente en blanco o llena de proyectos. Los olores del césped recién cortado y a tierra húmeda, en aquel parque donde nos gustaba devorarnos hasta con la mirada. Las tardes de domingo y café con tostadas o quizá eran mañanas o las dos cosas, porque a veces amanecíamos en el mismo sitio donde habíamos anochecido.

      Después llegaron otros tiempos menos pausados y más dispersos. Donde cada uno luchaba por tener su parcela y a la vez por recuperar el tiempo que se nos escapaba entre los dedos como puñados de arena en un reloj caprichoso. Un tiempo donde habíamos dejado de ser dos, o mejor dicho, de ser uno. Esperábamos un “más adelante” que todo lo cambiase, que hiciera que la vida volviera a ralentizarse. Pero aquello que deseábamos que sucediese sin saber exactamente lo que era, nunca llegó, o caminaba junto a nosotros mientras lo esperábamos, sin darnos cuenta de que nos acechaba allí mismo, en todos aquellos instantes. 

      Entonces no sabíamos que ya nada volvería a ser lo mismo. No habría ninguna playa esperándonos para cerrar los ojos y escuchar el vaivén de las olas sin pensar en nada o en todo. Ni una parcela de césped donde tumbarnos a mirar las nubes, esas que han vuelto a tener una forma indefinida porque ella no me dibuja sus perfiles con su dedo. Las mañanas de domingo ya no se confundirán más con las tardes, porque el sol dejó de estar en mi bolsillo después de aquel accidente donde, juntos, se apagaron.