26 de octubre de 2010

La brisa tras su espalda



      Paseaba por la orilla a diez metros de distancia sin saberlo. Ella comenzó a seguir sus huellas, pisando una tras otra, sin hacer ruido; el murmullo del mar se encargaba de acallar los sonidos de todo cuanto se hallaba a su alrededor. Él no estaba seguro de que ella fuese a aparecer. Ella ahora sí lo estaba, le tenía delante, cortando el viento a su paso.

      Él seguía caminando, silencioso, sin mirar atrás, pendiente de cada uno de los movimientos de aquel mar revuelto que, aquella tarde, parecía querer ofrecer su más fría mirada. Ella iba ganando terreno en cada paso y reducía aquella distancia que les separaba. Tan sólo eran segundos, nada en comparación con el tiempo que había pasado desde la última vez, y una eternidad ahora que le tenía tan cerca.

      De pronto él detuvo sus pasos. Ella frenó los suyos haciendo un movimiento de negación con la cabeza, no quería que él se volviera para mirarla, sabía que se formaría un muro de cristal entre ellos, ganando así el control de la situación y volviendo a dejar a cada uno en su lugar, a una distancia de años luz.

      Justo cuando comenzó a girarse, ella echó a correr y chocó contra su cuerpo, fundiéndose en un abrazo y hundiendo su rostro tras su espalda; inspirando su aroma, mezclado con el de la brisa, e impidiendo el acceso a aquel muro que ya no podría forjarse entre sus cuerpos.

21 de octubre de 2010

Mi mayor enemigo




A veces, intentando salvar los obstáculos que nos coloca la vida,
me encuentro de bruces con el mayor de todos ellos,
y siento que colisiono contra mi propio yo.

Cuando esto ocurre, reconozco en él a mi mayor enemigo,
por ser quien mejor me conoce y al que más me cuesta apartar;
pues las fuerzas de empuje y resistencia están equilibradas,
y tengo que encontrar un punto débil, un mismo talón de Aquiles,
antes de que lo haga mi oponente y gane la partida,
haciendo que dé un paso hacia atrás.

Tiendo a pensar que si me dejo vencer una vez o si encuentra mi debilidad,
se hará más fuerte; y cada vez que nos encontremos,
me mirará con ojos de invicto,
logrando que pierda la confianza y renuncie a mi fortaleza.

Por eso no quiero bajar la guardia,
tengo que buscarlo antes de que me encuentre desprevenida,
porque cuando lo tengo enfrente y sus ojos desprenden duda,
siento que ya está vencido.

Senderos de papel (Cap. X)



 Rotación


      Adela llegó a Madrid al día siguiente. En su buzón encontró un pequeño paquete procedente de Londres, y que por la fecha, debía de llevar allí unos cuantos días. Lo abrió sin mucho interés, imaginando que sería algún catálogo de la publicidad que, de vez en cuando, Israel solía enviarle. Pero lo que encontró dentro fue un libro titulado «Senderos de papel» El autor ¡no podía creerlo! era Israel. En la primera página, donde habitualmente aparece la fecha de edición, editorial o ISBN del libro entre otras cosas, sólo ponía: Edición limitada. Un sólo ejemplar. En la siguiente página había un párrafo manuscrito que decía:

«La vida está formada por senderos que se entrelazan. Unos son sólidos como el acero, otros son frágiles como el papel. Los caminos frágiles suelen romperse con facilidad, y nos llevan a constantes idas y venidas; subidas y bajadas; convirtiendo nuestra existencia en un mar de sensaciones.»

      El libro estaba impreso como uno de verdad. Hablaba sobre la historia de la vida de Israel, contada en primera persona, desde que era un niño hasta que se hizo adulto. Todo aquello que ella nunca había escuchado salir de sus labios, estaba allí escrito. Contaba cómo una vez, había conocido a una chica debajo de un paraguas rojo, y después había compartido un café en un lugar donde el tiempo se había detenido… sobre las sensaciones que había sentido cuando alguien se cruzó en sus caminos… Adela devoraba el libro sin parar, ni siquiera se había quitado el abrigo, ni los zapatos. Cada párrafo que leía le dolía más que el anterior ¿Por qué le había enviado aquel libro, abriendo su corazón, si ella había visto con sus propios ojos que compartía su vida con Lucia? ¿Y si Lucia se lo había inventado todo? Pero no tenía sentido, ella vivía allí, estaba en su casa... Y si no vivía tenía sus llaves.

      El libro terminaba en una despedida en el aeropuerto, rumbo a Londres, cuando ella sintió su primer abrazo, que él también percibió así, pues explicaba que había notado algo distinto en ella, como si esperase algo más… Pero él se había guardado sus ganas por miedo a no poder dar marcha atrás y perderlo todo en un segundo. El libro terminaba ahí, sin embargo sobraban infinidad de hojas en blanco, y en la última de todas, ponía: fin.

      Cuando terminó de leerlo, eran las doce de la noche, decidió darse una ducha e irse a dormir, estaba hecha un lio con tantas contradicciones. Pensó que sería mejor esperar a que fuese él quien diese señales de vida, de no haberlo hecho ya, significaba que Lucía había cumplido con su palabra.

       El lunes llegó a la oficina con una sensación rara, parecía que había estado fuera una eternidad, y tan sólo había sido un fin de semana. Cuando se cruzó con el padre de Israel y le preguntó por su viaje, pensó: ¡Tierra trágame! Pues había olvidado que había otro testigo, y si hablaba con su hijo, podría enterarse de su estampida. Suerte que en el último segundo se le ocurrió decirle que perdió el vuelo, y que ya le daría la sorpresa en otra ocasión.

      Llegó a su casa agotada, no tanto por el trabajo como por las horas que le había robado al sueño. Al salir del ascensor se encontró colgado del pomo de la puerta, su paraguas. No recordaba haberlo dejado allí olvidado, de hecho la última vez que lo usó fue…

      ―Sí, es el tuyo, no le des más vueltas ―dijo una voz a su espalda, procedente de la escalera.
      ―¡Israel! ¿Qué haces aquí?
      ―Pues nada, que el sábado iba a darme una ducha y me encontré compartiéndola con tu inconfundible paraguas rojo que, por cierto, deberías jubilar… Y decidí traértelo, por si llovía, no quería que te mojaras.
      ―Lo siento… no debí marcharme así, yo no sabía cómo…
      ―No tienes que justificarte ―la interrumpió― quizás yo habría hecho lo mismo, de hecho una vez lo hice.
      ―¿Cuándo?
      ―Una vez que se me olvidó la existencia de Marcos, y al ir a buscarte a la cafetería, te vi salir con él.
      ―No entiendo por qué nunca me dijiste lo que sentías
      ―No había nada que decir, se trataba de sentir o no sentir, y tú no estabas aquí en la tierra.
      ―Ya… mis viajes a la luna ¿no?
      Ninguno se había atrevido a acercarse al otro, un encuentro que en otro momento habría sido celebrado con risas, abrazos y una conversación escandalosa; estaba siendo recibido con un aura de timidez. Ella apoyaba la espalda contra la puerta de su casa, con el paraguas en la mano, y él apoyado en la del ascensor. Era como si sintiesen el movimiento de rotación de la tierra y necesitasen un punto de apoyo. El aire que circulaba por el rellano, pesaba sobre sus cuerpos como una losa, cuando les faltaban las palabras y se envolvían en incómodos silencios.
      ― ¿Te gustaría volver a Londres? El último vuelo sale en dos horas. No me puedo creer que estuvieses allí y regresaras al día siguiente, al menos podías haber aprovechado el viaje.
      ―¿Cómo sabes que no lo hice?
      ―Porque tu jefe me sopló que volvías el domingo, y yo lo pasé en el aeropuerto, cruzando los dedos como sueles hacer tú, y pidiendo mentalmente que no hubieses adelantado el vuelo. Por cierto, eso de mentir a tu jefe…
      ―De mentiras ya hablaremos, porque mira que ser el hijo de mi jefe a mis espaldas… Pero veo que ahora tenéis muy buen rollo…
      ―Y tanto… sé que lo sabías desde el primer día, me lo contó el mismo día que hablasteis.
      ―¿Será canalla? Y el rollo aquel que me soltó de esperar a que fueras tú… ¡De tal palo tal astilla!
      ―Fueron las armas que encontró para convencerte, pero te lo dijo de corazón. Él siente que indirectamente nos has hecho un gran favor, y yo también lo creo así.
      ―Lo de ir a Londres no va en serio ¿no? Tu padre me mataría.
      ―Si no quieres no, pero por mi padre no te preocupes, de eso me encargo yo.
      ―No, no me apetece, prefiero pasear por Madrid.
      Había anochecido en la calle cuando bajaron, y el aire traía un aroma húmedo y cálido, de una lluvia que estaba por llegar.
      ―No has dicho nada sobre mi regalo.
      ―Lo leí del tirón nada más llegar. Fue como regresar a un lugar donde ya había estado, pero disfrutarlo a través de tus ojos. Nunca imaginé que podría sentir caricias al leer palabras. Es el regalo más bonito que me han hecho. ¿Por qué has dejado medio libro en blanco, piensas escribir una segunda parte?
      ―Tenía otros planes, pensé que de esa parte te encargarías tú.
      ―Vaya responsabilidad… no creo que me quedase tan bonito.

      No se habían dado cuenta de que caía una fina lluvia que apenas les mojaba, ni de que el sendero por el que paseaban, a cada paso que daban, se volvía más frágil. Sólo se habían dado cuenta de que sus manos se habían cogido para pasear aquella maravillosa ciudad, y de que el tiempo, una vez más, se les había detenido.

FiN

20 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. IX)


Una burbuja de aire

      Adela quedó convencida con los argumentos que le dio el padre de Israel, y como habían acordado, esperaría a que fuese su amigo quien desvelase el parentesco entre ellos. Habían pasado tres meses desde que se marchó a Londres, y siempre tenía algún imprevisto que le impedía hacer una escapada, así que se planteó la posibilidad de ser ella la que le sorprendiese.

      Israel se sentía absorbido por el trabajo. Echaba de menos su vida en Madrid, el clima, sus costumbres, odiaba la comida inglesa y, para colmo de males, llevaba casi tres meses sumergido en una relación que no le llevaba a ninguna parte. Se llamaba Lucia y era española, llevaba un año estudiando en Londres, y la conoció en la cola de unos grandes almacenes al darse cuenta ambos, que llevaban en la mano libros en español, pero no se dijeron nada con palabras, sólo algún gesto con la mirada. Al salir de los grandes almacenes llovía, y cuando ella abrió su paraguas, él, sin pensárselo dos veces, se coló dentro. Ella no entendía muy bien su atrevimiento, pero como le pareció un chico muy mono, no le importó la intromisión y siguió caminando junto a él. Israel, sintiendo una especie de “dèjá vu”, la invitó a tomar un café. Pero ni el lugar, ni la compañía, ni la atmósfera, lograron revivir aquel lejano momento ya vivido, ni ningún otro de los que había pasado con Adela. Aún así, y siguiendo aquel empeño que traía en la maleta para sacar a Adela de su cabeza, terminaron la velada en el apartamento de él; un loft de noventa metros cuadrados, cuya única estancia independiente era el baño, y donde vivía solo.

      Llevaba casi desde el primer día que la conoció, intentando buscar una buena excusa para dejarla. Lucia era encantadora y cada día que pasaba estaba más entusiasmada con él, con la misma intensidad con la que él, cada vez estaba más distante de ella.

      ―¿Sería posible tomarme el próximo viernes libre? Tengo que hacer un viaje ―le preguntó Adela al gestor de personal, que se encontraba en ese momento delante de su mesa.
      ―No hay ningún problema ―le contestó este, sin darse cuenta de que tenía detrás al director.
      ―Pues claro que hay problema, que no lo sepa ella que, al fin y al cabo, acaba de aterrizar… pero te recuerdo que empieza la campaña de Navidad.
      ―¿Con tanta antelación? ―preguntó Adela
      ―¿Y cuándo quieres comenzar, en Nochebuena?
      ―Lo he dicho sin pensar, no me había fijado en las fechas ―se disculpó el gestor de personal.
      ―La campaña de Navidad es la más importante, Adela, y nada de lo que has vivido hasta ahora aquí, tiene comparación con la locura que vas a encontrarte en los próximos meses ―y al decir esto, se marchó tan sigiloso como había aparecido. Adela le siguió hasta su despacho, aún había algo que necesitaba conseguir.
      ―¿Puedo pasar un momento? ―preguntó, antes de que cerrase él la puerta a su espalda.
      ―No insistas, Adela, no voy a darte el día libre.
      ―No vengo por eso, es que no tengo la dirección de Israel en Londres, y quiero viajar el próximo fin de semana para darle una sorpresa.
      ―Tengo sólo la de su oficina, pero puedo averiguarla sin levantar sospechas. ¿Para ese viaje necesitabas el día? ―preguntó él, cambiando el tono que había utilizado al principio.
      ―No es tan necesario, tendré tiempo de coger el último vuelo, era sólo por aprovechar más el viaje. Y tranquilo, el domingo estaré de vuelta como un clavo.
      ―Entiendes que no te conceda el día libre ¿verdad? Si lo hiciese volverías a estar en el punto de mira.
      ―Lo entiendo perfectamente.

      Cuando Adela bajó del taxi, llovía menos que cuando lo cogió. Se alegró de que ese día también hubiese llovido en Madrid, y no haber olvidado coger el paraguas, no le apetecía presentarse en la casa de Israel hecha un cuadro por la lluvia. La noche había cubierto la ciudad y los nervios no le permitieron disfrutar de sus primeras impresiones en suelo londinense. Llamó al timbre cruzando los dedos, y pidiendo mentalmente que su amigo estuviese en casa. Al oír sus pasos estuvo a punto de esconderse para darle un susto, pero estaba tan nerviosa que sus pies no se atrevieron a moverse del sitio. Una chica de pelo castaño y bastante guapa, le abrió la puerta. Cruzó los dedos, de nuevo, pidiendo haberse confundido de puerta; pero la chica llamada Lucia, se presentó como la novia de Israel y la invitó a pasar, Israel se encontraba aún en la oficina. Adela entró en el apartamento, era tal y como se lo había descrito él. No sabía si quedarse o marcharse, aquello no estaba resultando como lo había imaginado. Mientras Lucia llevaba su paraguas al baño, para no mojar el suelo de madera, pensó en salir corriendo, pero recordó que ya se había presentado y quedaría como una niñata estúpida si reaccionaba así. Lucia, que se había percatado de la incomodidad que sentía Adela, y que sabía perfectamente de su existencia, pues Israel no había parado de hablarle de ella, se lo puso fácil.

      ―¿Israel no te había hablado de mí? ―preguntó Lucía, algo contrariada.
      ―No, la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo para hablar últimamente, se le habrá pasado.
      ―Quizás no quería herir tus sentimientos, llevamos casi tres meses juntos, difícilmente se le puede haber pasado.
      ―¿Mis sentimientos?... Sólo somos amigos.
      ―Aquí, entre nosotras, tu viaje… ¿Él no sabe que venías verdad?
      ―No, era una sorpresa. Pero si hubiese sabido…
      ―Sin rodeos, Adela ―Lucia no la dejó terminar― Israel y yo tenemos una relación muy especial y creo que tu viaje no nos beneficia a ninguno, y a ti a quien menos, te sentirías incómoda todo el tiempo… Ahora mismo, tal y como te sientes, te gustaría no haber venido ¿verdad?
      ―Sí, tienes razón.
      ―Pues te propongo algo. Si quieres te guardo el secreto. Busca un hotel lo más lejos que encuentres, y disfruta de Londres, realmente es una ciudad con mucho encanto.

      Adela se marcho sin entender muy bien por qué se había dejado llevar por aquella chica. La situación era verdaderamente incómoda, pero quizás hubiese sido más razonable esperarle. Toda la información le daba vueltas en la cabeza. ¿Por qué Israel no le había contado que salía con alguien? ¿Por qué seguía ocultando su vida? Adela se sintió más lejos que nunca, en vez de separarles la distancia, lo estaba haciendo la falta de comunicación. Israel había construido una burbuja de aire entre ellos, una burbuja donde ya no estaban los dos dentro.

19 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. VIII)


 En un barco de papel

     ―¿Nerviosa? ―preguntó Israel, que había aprovechado la incorporación de Adela a su trabajo, para desearle un buen día.
      ―Más de lo que esperaba.
      ―Tranquila, todos pasamos constantemente por una primera vez en algo, mi padre el primero.
      ―¿Tu padre? ¿Israel estás bien? Sólo una vez me habías mencionado a tu padre, y fue para decirme que no querías hablarme de él… ¿Ha ocurrido algo?
      ―No sé por qué he dicho eso… ―contestó Israel titubeando. Era el primer día y a punto estaba de meter la pata―. Es un hombre muy exigente, y aún así siempre ha sido muy considerado en este aspecto… Me ha salido sin pensar.
      ―Mi jefe es de la misma opinión, me lo dijo en la entrevista, seguro que se llevarían bien ―Insistió Adela, aprovechando que por fin Israel soltaba prenda sobre un tema prohibido.
      ―Pues nada, te dejo no vayas a llegar tarde, mucha suerte. Cuando tengas un hueco escríbeme un correo y me cuentas qué tal te ha ido. Yo tengo… ―Israel se quedó callado, había algo que quería contarle pero pensó que aquel no era el mejor momento.
      ―¿Qué?... ―se impacientó ella.
     ―Nada, suerte en tu primer día ―contestó, colgando precipitadamente para no darle tiempo a insistir.

      Adela se presentó en su puesto a la hora acordada y prestaba atención a Patricia, que sería su compañera de trabajo, y por unos días su instructora. Patricia era un poco arisca, y se mostraba algo reacia a sonreírle, pero no a hacerle una radiografía exhaustiva de arriba abajo.
      ―¿De qué conoces al jefe? ―se animó a preguntarle a Adela.
      ―De nada, envié un currículum y me llamó.
      ―No trates de engañarme, no olvides que seremos compañeras por mucho tiempo, espero... A quien le has quitado el puesto llevaba aquí seis meses, y se esfumó sin explicación alguna, de la noche a la mañana.
      ―No te miento, fue así.
      ―A ver, compañera, los currículum los filtro yo, y los dejo en el despacho del gestor de personal. Ni tu nombre, ni tu cara me suenan, y el jefe te llamó personalmente para la entrevista, eso no lo había hecho en la vida.
      ―¿Y qué tratas de insinuar, que soy una enchufada?
      ―Eso lo has dicho tú solita.
      Después de aquella conversación, Adela quedó desconcertada ¿Qué estaba pasando allí? Cierto era que ella tampoco recordaba haber enviado allí su currículum, pero aquello no era de extrañar, había pasado demasiado tiempo y fueron muchos los que envió. Pero si no había enviado el currículum, como afirmaba Patricia, ¿Cómo podían tener sus datos? A no ser que alguien los hubiese enviado por ella, ¿Y si…? Una llamada la sacó de su ensimismamiento, el director quería darle la bienvenida personalmente y la citó en su despacho.

      ―¡Muy bien! Ahora me encuentro un poco a la deriva, dejándome llevar por todos los consejos que me van aportando, y absorbiendo toda la información que puedo. Espero no tardar demasiado en coger el timón.
      ―Tranquila, en una semana te sentirás como en tu propia casa, o tu propio barco, como prefieras llamarlo.
      ―¿Son su familia? ―Preguntó Adela, tomando la fotografía de la estantería, que había visto el día de la entrevista, con una mujer y un niño pequeño.
      ―Sí ―le contestó, sin ni siquiera mirar la fotografía que ella había vuelto a dejar en su sitio.
      ―¿Cómo se llama el pequeñín? ―preguntó Adela, más por decir algo que por curiosidad.
      ―Isra… el ―se le escapó, sin darle tiempo a rectificar.
      ―Ahora lo entiendo todo ―pensó en alto.
      ―Verás, Adela, mi hijo no quería que sintieras que el puesto te había sido regalado.
      ―¿Y no lo ha sido? ―Preguntó Adela con un tono escéptico.
      ―Él sólo pensaba que necesitabas un pequeño empujón para darle experiencia a tu currículum, y sabía que no aceptarías a sabiendas… y yo tampoco te habría aceptado si en la entrevista no hubiese encontrado lo que Israel me mostró. Él me conoce, me ha sufrido como jefe, nunca iría en contra de mis principios. Y si no das la talla, tampoco dudaría en despedirte, seas amiga, prima, o lo que seas de mi hijo.
      ―Lo siento, pero no puedo aceptarlo. He escuchado por la oficina que habían despedido a la chica que he sustituido, no quiero ser la enchufada del ningún sitio, ni que me regalen nada, no sería yo si lo acepto.
      ―No hagas caso a las habladurías de la oficina, esto es a veces como un patio de vecinos. Se habla de lo que no se sabe, y se tergiversa lo que sí. Mercedes no fue despedida, sencillamente no fue renovada, y eso fue mucho antes de que apareciese Israel a hablarme de ti. Que te hice la entrevista y no quise saber nada de las candidatas que tenían seleccionadas para entrevistar en gestión de personal, eso sí, pero nada más.
      ―Aún así… ―estaba desconcertada, por un lado no quería perder aquel trabajo, pero se sentía defraudada, era como si le hubiesen vertido una jarra de agua fría sobre la cabeza, y su barco se hubiese convertido en uno de papel.
      ―Adela, entiendo tu postura, y eso me hace querer aún más que te quedes con nosotros, no me gusta la gente sin sangre en las venas. No te tomes el trabajo como un favor que te hemos hecho Israel o yo, tómalo como un favor que tú nos estás haciendo a nosotros. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que Israel y yo no compartíamos algo? Desde que se acercó a mí para preguntarme si tenía alguna vacante, no hemos perdido el contacto. No sabía nada de sus proyectos. Hemos compartido más en un mes que en cinco años. Tienes que quedarte, Adela, nuestra relación pende de un hilo, y tengo miedo a fallarle una vez más. Espera, al menos, hasta que él decida contártelo, dijo que lo haría cuando volviese y viera que tú te sentías cómoda en tu puesto.

      La reunión fue larga y distendida, se prolongó hasta la comida. Adela supo en unas horas, sobre la vida de Israel, más de lo que había sabido desde que se habían conocido. Ella siempre había imaginado a aquel hombre, como al más vil de los villanos, y no por boca de Israel, sino por haberle encontrado siempre tan huérfano. Ahora lo veía todo con otra luz, eran dos hombres enfrentados y asomados al mismo abismo, el de la soledad, el rencor y la falta de cariño; que habían sido incapaces de construir un puente para unir sus caminos con las herramientas de la empatía.

16 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. VII)



Palabras que se queman dentro



      Adela siempre había procurado mirar a Israel con los ojos de la amistad, se había convencido de que él no era su perfil ideal, como si aquella norma que le había impuesto a su cabeza pudiera ser aceptada por su corazón sin más; ignorando que los sentimientos no entienden de perfiles, ni de reglas, ni de intención. Estaba acostumbrada a compartir su vida con él, cualquier mínima inquietud que tenía era un buen motivo para llamarle y pasar un buen rato al teléfono, o bien para quedar para tomar algo y pasear las calles de la ciudad. No había un rincón del casco antiguo madrileño, que no tuviese una instantánea, como testigo, de sus encuentros. Sin embargo Israel no actuaba de la misma forma, él guardaba celosamente su intimidad, nunca hablaba de su familia, ni de su vida de antes de conocerse, y esto hacía que siempre quedase entre ellos una pequeña distancia, una muesca en aquella burbuja de cristal que habían construido.

      El día que se despidieron en el aeropuerto, Adela tenía una sensación muy extraña, parecía que de repente había perdido toda la complicidad con él. Se sentía incómoda a su lado y, a la vez, no quería despegarse de él. Era como si al aire que transitaba a su alrededor se le hubiese terminado el oxígeno y ello le dificultara respirar; y entonces necesitase acercarse más a él para robarle parte del suyo.

      Por otro lado, Israel se sentía más tranquilo que nunca, había decidido no arriesgar la amistad que tenían, por un error sentimental. Pensó que la distancia haría que fuese más fácil borrarlo, quería sentirse como ella, libre de las argollas de los sentimientos; y para ello pondría todo su empeño en centrarse en su trabajo. Nunca imaginó que un proyecto no relacionado con la música, le llegaría a entusiasmar como lo estaba haciendo aquel. Quizás se refugió demasiado en el violín, y no supo mirar más allá. Se alegró de que una absurda competición de su orgullo herido, por Adela, le hubiese animado a buscar otro camino que él nunca vio. La música siempre estaría ahí, cuando él fuese a su encuentro. También había conseguido enterrar el hacha de guerra con su padre; Habían pasado de las obligadas llamadas para no perder definitivamente el contacto, a reunirse para comer y compartir opiniones sobre la evolución de su proyecto. Se dejaba aconsejar por la experiencia de su progenitor en su campo, ahora hablaban de igual a igual, y el muro que un día les había separado se había disuelto en un charco de complicidad, que nadaban día a día.

      Llegaron a la zona de embarque. Habían hecho todo el recorrido del taxi y la facturación de las maletas, sin apenas pronunciar palabra, cada uno abstraído en sus pensamientos. Adela notaba cómo las palabras le quemaban en la garganta, pero no lograba expulsarlas, se habían quedado adheridas junto con sus ganas de abrazar a Israel, como había hecho tantas y tantas otras veces, de una forma natural.
      ―Bueno, ya no me puedes acompañar más, a no ser que quieras hacerte pasar por mi equipaje de mano.
      ―No te dejarían pasar el control, demasiado líquido.
      ―No irás a llorar ¿no?
      ―No seas idiota, no me refería a eso. Ni que te fueras a ir para siempre.
      ―Ya me echarás de menos… Seguro que en cuanto me dé la vuelta, estás llorando como una niña pequeña.
      ―Pues no, listo, no pienso derramar ni una sola lágrima, no soy tan llorica como crees.

      Israel se despidió con un cariñoso abrazo que ella recibió como si hubiera sido el primero que le daba, le hubiera gustado detener el tiempo en aquel instante, pero duró sólo algunos segundos, o al menos a ella le pareció así. Cuando le vio alejarse, se dio cuenta de lo tonta que había sido por no haber sabido disfrutar de todos aquellos que ya le había dado, que habían sido infinitos.

12 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. VI)



Un mundo a medida

      El padre de Israel llamó a Adela, para una entrevista, a primera hora de la mañana. Israel sabía que Adela era una mujer valiente, y que no tendría ningún problema para desempeñar el trabajo con calidad y perseverancia. Le dijo a su padre que no se arrepentiría de hacerle ese favor, que si le concedía la oportunidad de entrevistarse con ella, no quedaría defraudado con su recomendación.

      El trato pactado con su padre era que, de momento, ella no se enterase de su parentesco. Prefería ocultar por un tiempo la identidad del que, estaba seguro, decidiría ser su jefe. Conocía la personalidad que ella poseía, y no quería restarle el mérito de haber conseguido el puesto por su valía. El carácter de eterna autosuficiencia de Adela, había enseñado a Israel a manejar las situaciones delicadas entre ellos, con habilidad y maestría. Con el tiempo, cuando ella se sintiese segura y reconfortada en su puesto, le explicaría que él tan sólo había sido la vía de contacto.

       Adela, por su parte, no cabía en sí de gozo, a punto estuvo de llamar a su madre para contarle la buena nueva de su entrevista. Suerte que un ramalazo de serenidad le hizo toparse con su engaño. No sabía qué le hacía más ilusión, si la posibilidad de conseguir el puesto o la de convertir su mentira en una realidad.

      Había una cosa que no entendía. Llevaba casi un año sin enviar ningún currículum ¿Cómo era posible que aquel hombre lo hubiese conservado durante tanto tiempo? Tampoco estaba acostumbrada a que el director de una empresa la llamase personalmente, sino a recibir esas llamadas por parte de gestores de personal o alguna antipática secretaria. Su ego se había elevado hasta las nubes, irradiaba alegría por todos sus poros. Confiaba en sí misma, y eso la transportaba a un estado de plena tranquilidad.

      El despacho del director era bastante amplio. Tenía una mesa con un sillón de piel, en la que reposaba un ordenador portátil; dos sillas situadas enfrente, también de piel de color negro; y una estantería llena de libros que revestía casi todo el perímetro del despacho. Le pareció bastante sobrio en cuanto a su decoración. Una amable joven, tendría una edad similar a la suya, le dijo que esperase sentada en una de las sillas frente a la mesa. En la parte de la estantería que tenía a su derecha, delante de los centenares de libros, reposaba una fotografía, en blanco y negro, de una mujer abrazada a un niño de unos tres años. Pasó un rato imaginando un jefe bastante joven, casado y con un niño pequeño. Esa imagen de su cabeza cayó en picado, cuando un señor de unos cincuenta y pico años, hizo su aparición por la puerta del despacho.

     
      ―Israel, no te lo vas a creer, me han dado el trabajo ―le dijo en cuanto le vio, saltando a horcajadas sobre su cintura y dándole un enorme abrazo, que él correspondió girando sobre sí mismo. Se habían citado en la Puerta de la Independencia, del parque del Retiro.
      ―No me lo creo, seguro que te has puesto a llorar y a suplicar por el puesto.
    ―¡Mira que eres idiota! ―contestó Adela, saltando de nuevo al suelo―. Ha sido increíble, la mejor entrevista de mi vida. Me ha preguntado de todo, y lo más sorprendente, me hacía participar en la entrevista como si no lo fuera, como si quisiera conocerme realmente. Ni siquiera le importó que no tuviese experiencia, me dijo que alguna vez tendría que ser la primera. Debe de ser una buena persona. Creo que voy a estar muy a gusto trabajando a su lado. Aunque estoy un poco asustada, no te voy a engañar.
      ―No tienes por qué asustarte, tampoco tenías experiencia en la cafetería y mira que bien te has desenvuelto. Aunque también, si he de serte sincero, podrías hacerlo mejor, tus cafés no están hechos con suficiente mimo.
      ―¿Serás bobo? ¿Y es esa la razón de que ya no aparezcas por allí?
     ―Sí, entre otras… Venga, te invito a un café que prepara una chica muy maja, no muy lejos de aquí, a ver si se te pega algo.
      ―Creo que ya no necesito que se me pegue nada, y por bocazas no pienso invitarte a un café en la vida, ni en mi casa, ni en ninguna otra parte.
      ―¡Anda tonta! No te hagas la ofendida —contestó Israel con una sonrisa burlona.
      —Era broma, estoy demasiado eufórica como para jugar a hacerme la ofendida, creo que nada de lo que me digas hoy podrá hacer que me pique.
      —Tengo algo que contarte —le comunicó él, cambiando su tono de voz y adoptando un semblante serio— dentro de unas semanas viajo a Londres, voy a montar allí mi negocio, he encontrado dos socios interesados en el proyecto y será en Londres.
      —No vas a conseguir tomarme el pelo —contestó ella en tono musical.
     —Va en serio —dijo él, mientras se sentaban en la misma mesa donde se sentaron aquel día lluvia de la primera vez.
      ―Eso significa que vas a vivir en Londres.
    ―Bueno, sí, aunque estaré allí y aquí, no creas que vas a perderme de vista tan fácilmente. ―le había mentido un poco, sabía que pasaría la mayor parte del tiempo en Londres, pero no quería chafarle la alegría que traía con su nuevo empleo.
      ―Pues venga, esto hay que celebrarlo, vaya coincidencia, iniciamos proyectos a la par.
      —¿Te has fijado dónde estamos?
      —Que extraño, es como si hubiese pasado un siglo desde aquel día... Y
      —... Y sin embargo parece que hoy es ayer —terminó él la frase.

      Adela no se dio cuenta, pero llevaba todo el día sin pensar en Marcos. Israel, por su lado, sí lo notó, pero lo disfrutó y calló.

      Cuando Adela llamó a su madre aquella noche, como era natural, no pudo contarle la verdad, se limitó a hablarle de un bonito día de trabajo, en el que su jefe se había reunido con ella y habían charlado. La ruptura con Marcos ya la había zanjado en una conversación anterior con ella, Adela disimuló su rabieta y la disfrazó de una incompatibilidad entre ellos, como si hubiese sido de mutuo acuerdo. También le habló sobre los proyectos de Israel y de lo mucho que iba a echarle de menos en sus estancias en Londres. La madre sintió a su hija más cerca que nunca, parecía como si Adela hubiese vuelto de un viaje lejano.

9 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. V)




Un mar de lágrimas

      Israel permanecía sentado delante de su ordenador mientras su teléfono móvil en modo de vibración, no paraba de retumbar en la mesa. No quería coger la llamada. La pantalla le mostraba que se trataba de Adela y estaba cansado de sus conversaciones, de que pasara la mayor parte del tiempo describiendo encuentros que no eran los suyos, y admirando cada detalle con el que su adorado Marcos le sorprendía a cada instante.

      Adela tenía razón en una cosa, Israel le tenía totalmente atragantado: “Que si Marcos dice esto... que si Marcos hace lo otro... mi madre está muy contenta con Marcos y me pregunta por él a todas horas...”. Lo que Adela quizá ignoraba era la naturaleza de esa manía, a veces contenida, hacía su pareja.

      No entendía por qué Adela era tan superficial. No estaba seguro si había sido así siempre o se había vuelto de repente. Quizá había estado demasiado ciego dejándose llevar por sus sentimientos. Cuando estaban juntos se olvidaba del mundo y sólo tenía ojos y oídos para ella. Se preguntaba dónde estaría aquella chica que una vez le desgranó el alma. Estaba siendo demasiado iluso engañándose a sí mismo, Adela seguía teniendo, olvidado en algún cajón de su desordenado cuarto, un enorme pedazo de su corazón.

      Por ella decidió dejar la música estacionada, hacía ya cerca de un año, y el rumbo de su vida se adaptaba a otros nuevos retos. Si lo que Adela buscaba era un hombre serio y responsable, alguien cuya ambición no se limitase a ser feliz con lo que hace, sino a hacer lo que a ella le hacía feliz, no sería su profesión lo que la alejase de él. Si una vez renunció a sus sueños por las ambiciones de un padre, cómo no habría de hacerlo por la mujer que casi había conseguido curarle el dolor de su alma.

      Fue al día siguiente cuando le devolvió la llamada. Adela estaba nadando en un mar de lágrimas, casi no pudo entender lo que balbuceaba, pero fue algo así como que el capullo de Marcos la había dejado tirada. Se vistió rápidamente, con lo primero que encontró encima de la cama, y se marchó corriendo a su casa.

      En el trayecto, una parte de su orgullo herido, se alegró de la desventura de su amiga. No sería justo culparle por aquel sentimiento, formaba parte del egoísmo propio de la naturaleza humana. Cuando ella se echó en sus brazos, ese sentimiento de su orgullo se diluyó junto con sus lágrimas. Le hubiese gustado retenerla entre sus brazos para toda la vida. Sintió que volvía a formar parte del cariño, de la ternura y de los sentimientos que de ella emanaban. Pero Adela, en un alarde de vanidad, soberbia y desilusión; se enjugó las lágrimas con las mangas de su gracioso pijama de Mickey rosa, se levantó de un salto de la cama y se prometió que no volvería a llorar por semejante cobarde e insignificante patán. Se maldijo por haber dejado a un lado sus verdaderas metas y juró, por lo más sagrado, que a partir de ese día empezaría su “tercera nueva vida”. Volvería con empeño a su labor de buscar un trabajo digno del que su familia pudiese sentirse feliz y orgullosa.

      Fue entonces cuando Israel fue consciente de la importancia que para Adela tenía conseguir un buen trabajo. Por eso se fascinaba tanto con Marcos, por eso a Israel nunca le había mirado con los mismos ojos que a él. No se trataba de superficialidad, se trataba de autoestima. Y quedaba claro que Marcos, la de ella, se la había arrancado de cuajo y después pisoteado.

      Israel también tomó una decisión. Una de las más difíciles que había tenido que tomar en esos últimos tiempos. Más difícil aún que dejar aparcada la música y sumergirse en el mundo laboral. Decidió tragarse su orgullo y entregarle a Adela en bandeja, el pasaporte para ese destino que tanto deseaba.

5 de octubre de 2010

Volver a casa



      Apartó bruscamente las cosas de la mesa. Era la primera vez que le veía fuera de sí. No sabía qué estaba buscando, pero tampoco le interrumpí, pensé que eso sólo alimentaría su furia.

      Cuando se tranquilizó, después de haber revisado cada rincón, rompiendo todo aquello que encontró a su paso, y se sentó en el sofá; me decidí a preguntar qué era aquello que con tanto afán buscaba.

      Me miró con ojos de ira, con una profundidad que nunca le había conocido, como si me mirase desde otra dimensión, y no acertase a adivinar lo que realmente le estaba preguntando. No dijo ni una palabra, se limitó a mirarme fijamente, aunque no sé si realmente me miraba, porque mis ojos no lograban encontrar su auténtica mirada.

      Se levantó de súbito, como si de pronto hubiese descubierto algo. Cogió su abrigo y echó a correr calle abajo. Salí tras él, llamándole, pidiéndole a gritos que me esperase, necesitaba una explicación a todo aquel desconcierto. Pero no hubo respuesta, tan sólo un silencio más helado que la propia distancia. Conseguí alcanzarle cuando entraba a una sala. Sentí su respiración entrecortada cuando un individuo abrió un enorme cajón. Allí reposaba mi cuerpo inerte, sobre una camilla de acero, tapado con una sábana.

      Sólo cuando se marchaba, después de reconocer el cadáver, sentí el frío metal bajo mi espalda, y la oscuridad se hizo dentro de aquella fría caja.

      Unas horas más tarde volví a verlo en casa. Todo estaba en perfecto orden. La luz se filtraba por las rendijas de la persiana perfilando su silueta, era de madrugada. Miró hacia la cama, donde yo estaba.  Dudando de mi presencia no me atreví a decir nada, aunque sus ojos mostraban una mirada cercana. Sólo cuando me preguntó si había dormido bien, supe que había vuelto a casa.

(Escrito para el "Decimosegundo reto de microrrelatos" de Nuncajamás)

Senderos de papel (Cap. IV)



Un mundo que se aleja


      Adela no entendía por qué Israel se estaba apartando de su vida. Llevaban casi dos años siendo amigos y cada vez le sentía más lejos y distante. Echaba de menos aquellas charlas, cuando iba a recogerla a la cafetería y la acompañaba a casa. Se pasaban horas y horas en su habitación escuchando música, compartiendo sus sueños y liberando sus penas. Aquellos habían sido los mejores momentos de su vida en aquella fría y bulliciosa ciudad.

      Ella no había sido la única de la que se había apartado, Israel había abandonado su rincón del parque del Retiro. La música parecía haber alejado el hechizo que se apoderaba de él. De repente se había vuelto un joven ambicioso, y no paraba de ir de un lado a otro buscando financiación y socios, para un nuevo proyecto de negocio. Aquel chico seguía siendo un enigma, a veces sentía que sabía todo sobre él, pero realmente apenas sabía nada sobre su vida, ni su pasado.

      Adela seguía trabajando en la cafetería. Ya no le importaba el trabajo que tenía, ahora tenía otros sueños; y estos a su vez, tenían nombre propio, Marcos. Ella veía en Marcos todo lo que buscaba en un hombre, era guapo, inteligente, divertido, educado, romántico y sobre todo, tenía una buena proyección de futuro. Este era un punto fuerte para Adela. Desde que era una niña se prometió a sí misma que nunca cometería el error que cometió su madre, casándose con un feriante que se pasaba la mitad del año, viajando de un sitio a otro. Ella buscaba una estabilidad, y formar parte de una familia unida.

     El padre de Marcos, reconocido abogado penalista, compartía un bufete de abogados, en la calle Génova, con dos hermanos que eran abogados también. Marcos era su última incorporación y Adela, su fan número uno. Este primer puesto en el ranking de sus deseos, no tardaría en ser reemplazado. Fue una tarde de finales de mayo. Adela paseaba de la mano de Marcos por la plaza de Colón, volvían de visitar el Museo de cera, y a ella se le ocurrió la genial idea de que él le mostrase su lugar de trabajo. Él se puso de todos los colores. Primero rojo, por no saber qué contestar; después blanco, porque le bajó un sudor frío por la frente; finalmente, rojo de nuevo y bastante malhumorado. Al finalizar la exhibición cromática, sin poder comprender cómo habían llegado a aquella situación, Adela se quedó sola en mitad de la acera, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón destrozado.

      No sabía qué hacer. Quería gritar, quería fundirse con el suelo; no podía respirar. Llamó a Israel. Necesitaba una voz amiga, una nota de consuelo, un hombro sobre el que llorar; pero Israel no escuchó su lamento o no lo quiso escuchar.

      Se compadeció de sí misma por haberse confiado demasiado, por haber entregado, sin más, su corazón, por no haber estado a la altura, por no ser el perfil de mujer que la familia de Marcos desearía para él. Sí, esas habían sido las últimas palabras de Marcos, antes de dejarla abandonada como un trozo de papel arrugado.

      Odió a Marcos y lo maldijo. Nunca se había sentido tan humillada. Sabía que conservaría ese rencor en su corazón y que formaría parte de su particular coraza. Una capa más para acoplar a la que dejó su padre incrustada cuando era tan sólo una niña y las dejó, a ella y a su madre, abandonadas a su suerte. Lo último que supo de él es que había formado otra familia con una mujer más joven. A su madre le costó mucho tiempo y sufrimiento, asumir que él no volvería. Cuando se enteró de que estaba con otra mujer, el mundo se le vino encima. Una noche volvió, Adela tenía ya dieciséis años, les escuchó discutir escondida tras la puerta del salón. Había vuelto a pedir una segunda oportunidad. Adela cruzó los dedos pidiendo que su madre fuese valiente, y no se la diera. Nunca olvidaría la imagen de su madre, con su semblante sereno y una seguridad en sí misma que no había manifestado hasta aquel momento, sin vacilar ni un ápice en sus palabras, diciéndole a su padre: Márchate, tu nueva familia te espera, no sigas haciendo daño a más gente. Y cerró la puerta sin darle oportunidad a una réplica.

     Odió a Israel con todas sus fuerzas, por haberse alejado de ella, por no estar cuando más lo necesitaba. Lo odió y lo añoró más que a nadie en este mundo.