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Yo tenía un blog…

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      No vengo a decir que voy a echar el candado. Pero he dado una vuelta por aquí y me he cruzado con un matojo rodador de esos del lejano oeste.      El pobre ha cumplido siete años el mes pasado y ni me pasé a felicitarlo. Creo que ya no me habla. Ha gruñido un poco al verme entrar, pero ha seguido a lo suyo, enfurruñado. Razón no le falta. Imagino que se habrá preguntado ochenta mil veces que habrá hecho mal para que al principio no saliera de aquí y me tirara las horas muertas dando el coñazo con publicaciones diarias, a veces por duplicado, y que en el último año tan solo se me haya ocurrido una mísera historia que contarle.       Pero ni yo tengo la respuesta. O sí. Tal vez se han apoderado de mí las redes sociales y en vez de venir aquí a soltar mis anécdotas, las escupo por la vía rápida, al estilo fast food . Pero es algo que está ocurriendo con todo en los últimos tiempos. Antes, quedabas con unos amigos y sacabas tus historias tranquilamente, sobre la marcha.

Luces sin tiempo

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No eran solo las risas a destiempo, ni el romper la ropa por la rodilla o los codos, o mojarse los bajos del pantalón con los charcos, ni dibujar en un papel aquello que anhelábamos comprar y que guardaba más ilusión en sus trazos de la que quedaba después cuando por fin llegaba a nuestras manos. Era la magia de pensar que todo sería posible allí, en aquellos momentos sin tiempo, donde el pasado aún no existía y el futuro era tan lejano y confuso que no parecía formar parte de la realidad. Pensar en el futuro era como ver esas luces difuminadas en una noche de lluvia tras un cristal. Del mismo modo que lo es ahora cuando observamos el pasado.

Un poquito de magia...

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Este año, a diferencia de otros, tengo muchísimas ganas de que llegue la Navidad. No por la celebración navideña en sí, sino porque para mí empieza a tener otro significado distinto, o quizás en realidad es el mismo que se tiene cuando se vive la Navidad intensamente. Nunca he sido navideña. No puedo explicar por qué, o no lo sé, o quizás es muy personal y no soy muy dada a compartir este tipo de cosas; el caso es que siempre me ha incomodado la Navidad. No soy de las que critica el consumismo, gasto en regalos, adornos, luces, etc., pienso que es una fiesta por y para los niños y, ya que les vendemos magia desde pequeñitos, hay que ser consecuentes con ello. Es muy fácil vivir la Navidad a través de sus ojos, desde que tengo hijos mi conflicto interno con la Navidad ha ido mermando; sin llegar a ser para tirar cohetes, sacar la pandereta y ponerme a cantar villancicos. Pero el caso es que la empiezo a mirar con otros ojos. Es como si empezara a recibir un poquito de esa magia que

Olores y recuerdos

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      Siempre he pensado que los olores transmiten más sensaciones que los sonidos o incluso que las imágenes, nos trasladan desde lo más profundo a ese instante ya vivido. Hoy he tenido una experiencia de esas mágicas con una cazuela que pertenecía a mi abuela. Es una cazuela de madera para hacer ajoblanco (una especie de gazpacho típico extremeño, supongo que también es de otras provincias). Mi abuela tenía una grande, donde habitualmente hacía el ajoblanco, y una pequeñita. Recuerdo que una vez, tendría unos siete u ocho años, me empeñé en hacer un ajoblanco con ella. Una de las normas de hacer ajoblanco, al menos para mi abuela, era no mirar la cazuela mientras la cocinera elabora la masilla, solo ella puede hacerlo. Yo era muy tramposa o curiosa, y mientras ella permanecía sentada concentrada en la cazuela, aparecía yo sigilosa como una sombra y me escondía detrás de su hombro para mirar, intentando tal vez averiguar si se cumplía o no esa extraña regla de estropear el

Mini-J

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      Ayer fue un día de grandes emociones, Mini-J se nos escapó por la terraza. La jaula tiene dos puertas y, sin darnos cuenta, nos habíamos dejado una solo entornada. Le vimos de reojo, desde el salón, salir volando, y cuando corrimos a asomarnos ya había desaparecido. Estuvimos un buen rato llamándole (cosa absurda, porque el pobre solo había volado dentro de casa y el exterior les desorienta completamente). El caso es que fue un momento de angustia, los pobres niños llorando a moco tendido y desesperados, y yo no sabía cómo consolarles, nunca les había visto llorar de esa forma, quizá porque era la primera vez que tenían algo verdaderamente importante por lo que llorar: la pérdida de un ser querido.        Se me ocurrió coger la jaula pequeña de transporte y salir a la calle a buscarlo, era una misión imposible, lo sabía, pero al menos les distraería un poco del llanto. Una vez en la calle nos pusimos a silbar bajo los árboles que nos íbamos encontrando. En una ocasión,

Instante

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     Nunca sabrían si comenzó en el instante donde sus ojos se encontraron, o en la escasa distancia a la que mantuvieron sus labios o al sentir la vibración que transmitían sus cuerpos; pero bailaron hasta que la última canción quedó suspendida en el murmullo de un recuerdo.

Extraños

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Y la besó. Como besan los que han probado demasiados labios y de pronto descubren que nunca así. Perdiéndose. Desarmado.

Reencuentro

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    Era un sueño, lo notaba a cada paso por los sonidos familiares y recurrentes; no era su primera vez allí. Aceleró sus andares para llegar antes de que volviera a esfumarse el momento. Le encontró donde siempre, faenando, con la medida de quien no tiene prisa. Se sentaron al calor de un café, y él acarició su mano con ternura, ella aprovechó para contarle todo lo acontecido en su ausencia. Despertó satisfecha, esta vez no había olvidado decirle que le quería.