3 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 7: ¿De dónde sale una idea?


      Al principio se piensa que una idea nos va a llegar desarrollada, que por arte de magia nos vamos a despertar y allí se encontrará, frente a los ojos, un resumen de nuestra gran historia. Y no sé cómo será para el resto de la gente que escribe, pero para mí no ocurre de esa forma. Suele llegar de la mano de una frase o de un personaje que me resulta curioso por algo que tiene en particular, y ese será el punto de partida. El resto hay que buscarlo y darle forma.

      Algunas de mis historias ya fueron relato antes de convertirse en novela, como es el caso de “¿Y si no es casualidad?” o “¿Es tu última palabra?”. En la primera, el relato se titulaba “La chica del vestido verde” y, aunque el escenario se mantiene, la trama es completamente opuesta: los personajes ya se conocían de antemano en el relato, cosa que no ocurre en la novela. Sin embargo, sí fui completamente fiel a la historia del relato en “¿Es tu última palabra?”, que en su versión corta se titulaba: “Historia de una azotea” (no os recomiendo leerlo porque sería como leer spoiler de la novela). Por lo tanto, para aquellos que os dedicáis a esto de juntar letras, pero que todavía no os habéis atrevido con algo más largo que el relato, os diré lo mismo que a una amiga a la que siempre animo a intentarlo: lo importante es la idea, el resto sale solo. Y la idea es la misma que se necesita para crear un relato. El reto, por lo tanto, está en sacarle partido a su desarrollo.

      En realidad, en lo único que difiere una novela de un relato, es que en la novela hay que dosificar más la trama por el transcurso del volumen, ya que el recorrido es menos inmediato —incluso crear subtramas— y ampliar el número de personajes. Estos últimos nos ayudan a enriquecer la historia, y aportan diferentes puntos de vista. En un relato las descripciones han de ser muy concretas y evitar el exceso. En una novela, para mi gusto, también; pero aquí podemos permitirnos adentrarnos más al detalle. En un relato, con dos o tres personajes es suficiente; hay novelas en las que también, aunque lo habitual es que haya varios personajes secundarios alrededor de cada uno de los principales. No hay ninguna regla escrita para esto, suele pedirlo la propia historia. Cuando creo las mías, al principio, no tengo claro con cuántos personajes voy a contar. De hecho, algunos surgen sobre la marcha y otros, con los que había contado para el desarrollo del esquema, ni llegan a aparecer en el libro. Quizás el único punto complicado —o no— de una novela frente a un relato sean los diálogos. Una novela sin diálogos no funciona, a no ser que sea epistolar y no se necesiten. Hablo de esto también como lectora. No hace mucho que leí un libro donde los diálogos brillaban por su ausencia y fue agotador. Monólogos interiores sin sentido cuando la protagonista tenía al lado al otro personaje para poder interactuar con él y, nada, que no lo hacía. Encima, con narración en primera persona donde ni siquiera tenía referencias de lo que opinaba el otro. Me puse de los nervios. No le encontraba el sentido. Me cabreaba con el personaje, incluso me cayó mal. Para mi gusto, la propia autora se cargó la historia prescindiendo tanto de ellos. Los que me conocéis, sabéis que soy una gran fan de los diálogos. De hecho, me agarro tanto a ellos que a veces no sé si escribo novelas o guiones, me tengo que obligar a narrar y describir para no centrarme solo en ese tipo de escenas. Pero creo que se gana mucho con el diálogo. Conocemos mejor al personaje en su forma de hablar y actuar, en las reacciones que tiene. Se le da más libertad, más vida, actitud… Y el libro toma ligereza.

      Todo esto tendrá sus detractores, y quizás también dependa del tipo de género al que cada uno esté acostumbrado y le guste leer. Pero ya dije desde el principio de este diario que aquí contaría mi experiencia y cómo trabajo yo, no trato de dar lecciones a nadie sobre cómo se deben hacer las cosas. Es, y será siempre, mi opinión personal.

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