25 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 9: ¿Qué hay del olor a libro?


      Ventajas indiscutibles de la lectura electrónica: irme de viaje cerca de dos meses fuera del país y poder llevarme toooooodos los libros que quiera (¡y en el equipaje de mano!!) Sí, confieso que puedo prescindir del olor a libro y del dulce crujir al tacto de sus páginas... Eso tan evocador que escucho decir incluso a gente que ni siquiera se ha acercado a un libro desde que iba al instituto. El olor a libro. El olor a papel recién cortado y encuadernado. El olor a librería de viejo… Ese olor… mmmmmm. Sí, me gusta el olor que desprenden las librerías y los libros, del mismo modo que me encantan las papelerías y toquetear los lápices, las agendas, las gomas de borrar… mmmmm… ¡las gomas de borrar! Pero no por ello me gusta más escribir a lápiz que a bolígrafo ni prefiero este último a mi teclado del ordenador. Adoro escribir, y no soy de las que siempre llenan libretas para luego pasar lo escrito al ordenador. Tiendo a ser práctica y solo utilizo ese medio si no me encuentro delante de mi teclado y necesito guardar una idea. No significa que me guste más o menos escribir por no coleccionar libretas ni bolígrafos ni cargar veinticuatro horas con un cuaderno en el bolso porque la inspiración puede llegar en cualquier momento. Ni me acomplejo por no ser de esas escritoras que llevan siempre encima, aparte de la libreta, ochenta bolis. De hecho tengo bolsos que tienen almacenados cuatro bolis y siempre llevo encima el que no contiene ninguno. El caso es que no sé si soy un espécimen raro de escritora o es que hay mucho postureo por el camino en todo este asunto, cosa que también se me ha pasado por la cabeza.

      Y soy igual de bicho raro en la lectura. No soy de esas lectoras que se mueren por tener todas las ediciones posibles de un mismo libro, por ser su favorito. Para mí el valor de los libros físicos no radica en el objeto en sí, sino en la historia que lleva detrás: en la de por qué está ahí ese ejemplar, en mi estantería. En quién me lo regaló y por qué. Son los únicos libros a los que les doy una valor especial, y que no le doy a los que yo misma me he comprado (sean físicos o digitales). En el fondo, creo que soy más amante de la literatura que de los libros. A pesar de que uno de los mejores regalos para mí sigue siendo un libro. Pero no por el objeto en sí, sino porque cuando alguien te regala un libro (siempre que no sea el típico bestseller que ha pillado de la mesa de novedades porque había una buena pila de ellos y eso significa, a la fuerza, que tiene que ser bueno). Cuando alguien te regala un libro que ya ha leído, en realidad te está regalando una experiencia, una emoción, lo que sintió mientras lo leía, incluso un pedazo de su corazón… 

      Sé que ahora estaréis pensando: “Ya, pero eso no se puede hacer con un libro digital”. Tal vez no, y en realidad es una pena. Ojalá se pudiera regalar un libro digital incluyendo una dedicatoria personal, una felicitación, un deseo… Tal vez acabará siendo así algún día. O quizá no. Mientras tanto esa es la única ventaja que tiene para mí un libro físico. Esa posibilidad de interactuar con el objeto en sí. 

      No me odiéis demasiado los que sois amantes acérrimos de los libros físicos; antes de la era digital yo también lo era. Pero a mi corazón siempre le ha ganado la batalla lo cibernético. Sé que suena fatal viniendo de alguien que escribe y que sería más glamuroso afirmar que me derrito con el pasar de las páginas de un libro, que me recreo olfateando su interior como una damisela enamorada haría con un una prenda de su apuesto... ¡Puaj, no! No soy así. Cuando termino de leer una historia que me ha emocionado puedo abrazar a mi Kindle secándome las lágrimas del mismo modo que lo haría con ese mismo ejemplar en papel. Para todo esto soy más práctica que romántica. Pienso más en la comodidad y la versatilidad que me puede proporcionar un aparato electrónico en cuanto a peso, tamaño, luz, fuente (cuando estoy cansada y ya hasta con las gafas veo borroso y tengo que ampliar el tamaño, adoro poder seguir leyendo…) Por no hablar de aquella vez que me prestaron un libro y que a las cincuenta páginas cerré y me compré su versión en digital porque era tan gordo que no podía leerlo fuera de casa, no me cabía en ningún bolso…

      Definitivamente… sí, me he acostumbrado de maravilla a leer sin olor a libro y sin el sonido evocador del roce de sus páginas.

10 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 8: Cuando la escritura es un hobbie




      Cuando me aficioné a la escritura, enseguida noté que me producía una especie de adicción, lo mismo que ocurre cuando me sumerjo en la lectura de un libro que me atrapa. Pero también reconozco que a veces me encuentro saturada o apática, y lo que menos me apetece es abrir el procesador de texto. Para mí escribir no es ninguna terapia. Escribo por gusto y pasión, y en momentos apáticos o de bajón no me obligo a escribir. Me doy la libertad de abandonar la escritura temporalmente, aunque esté sumergida en una novela. No me gusta hacerlo por obligación ni bajo presión. Esta afición mía nació como un hobbie y así me gusta seguir disfrutándola, ya que, por suerte, no me veo obligada a vivir de ello. Y lo bueno de esto es que disfruto de lo mejor que tiene la escritura: escribir. El vender o dar el producto a conocer es la parte más tediosa del proceso y, aunque me obligo a dar publicidad a mis libros, sé que no soy lo constante que debería. Quizás por eso al principio pensaba que necesitaba una editorial, para evitarme ese trabajo que ellos podrían hacer con más eficacia y profesionalidad, y así poder dedicarme a la parte importante e imprescindible para mí. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que hoy en día las cosas no funcionan así, y que al final una se tiene que dedicar por entero a ambas labores, escribir y vender, y que da igual publicar por tu cuenta o no; la única diferencia es que siendo indie no puedes vender tus libros en las librerías y del otro modo sí. Así que, llegados a esta reflexión, lo único que queda es poner en una balanza los pros y los contras de la decisión de continuar sola o acompañada. En mi caso pesó más el trabajar sola. Y no solo es que pesara más, es que cuando llevé mi decisión a término me sentí completamente liberada y feliz. Noté que me apetecía escribir de otra manera, como lo hacía al principio. Volvía a ser un hobbie y una ilusión para mí, lo que nunca debió dejar de ser. Quizás soy una escritora atípica o tal vez no tengo alma de escritora y solo soy una narradora de historias. Pero no echo de menos las ferias del libro, ni las presentaciones, ni las firmas… Estuvo bien vivirlas en su momento, no diré que no, aunque no es algo significativo para mi forma de ver la escritura. Disfruto más de un café con una amiga que comparte las mismas inquietudes y que se alarga hasta la hora de la comida, compartiendo experiencias e inquietudes y sin parar de hablar durante horas... Volver a casa con las pilas recargadas de ese encuentro y revoloteando por la mente mil historias a punto de escapar.

      No sé si algún día volveré a trabajar con una editorial, nunca es positivo decir de esta agua no beberé porque luego te cae un cubo lleno en la cabeza y te la tienes que tragar con tus palabras. Pero no envío ninguno de mis manuscritos a editoriales. De hecho solo lo hice una vez, hace cinco años, con la primera novela. Hoy por hoy… prefiero disfrutar de lo que me dan mis historias a pequeña escala, que es inmenso.

3 de julio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 7: ¿De dónde sale una idea?


      Al principio se piensa que una idea nos va a llegar desarrollada, que por arte de magia nos vamos a despertar y allí se encontrará, frente a los ojos, un resumen de nuestra gran historia. Y no sé cómo será para el resto de la gente que escribe, pero para mí no ocurre de esa forma. Suele llegar de la mano de una frase o de un personaje que me resulta curioso por algo que tiene en particular, y ese será el punto de partida. El resto hay que buscarlo y darle forma.

      Algunas de mis historias ya fueron relato antes de convertirse en novela, como es el caso de “¿Y si no es casualidad?” o “¿Es tu última palabra?”. En la primera, el relato se titulaba “La chica del vestido verde” y, aunque el escenario se mantiene, la trama es completamente opuesta: los personajes ya se conocían de antemano en el relato, cosa que no ocurre en la novela. Sin embargo, sí fui completamente fiel a la historia del relato en “¿Es tu última palabra?”, que en su versión corta se titulaba: “Historia de una azotea” (no os recomiendo leerlo porque sería como leer spoiler de la novela). Por lo tanto, para aquellos que os dedicáis a esto de juntar letras, pero que todavía no os habéis atrevido con algo más largo que el relato, os diré lo mismo que a una amiga a la que siempre animo a intentarlo: lo importante es la idea, el resto sale solo. Y la idea es la misma que se necesita para crear un relato. El reto, por lo tanto, está en sacarle partido a su desarrollo.

      En realidad, en lo único que difiere una novela de un relato, es que en la novela hay que dosificar más la trama por el transcurso del volumen, ya que el recorrido es menos inmediato —incluso crear subtramas— y ampliar el número de personajes. Estos últimos nos ayudan a enriquecer la historia, y aportan diferentes puntos de vista. En un relato las descripciones han de ser muy concretas y evitar el exceso. En una novela, para mi gusto, también; pero aquí podemos permitirnos adentrarnos más al detalle. En un relato, con dos o tres personajes es suficiente; hay novelas en las que también, aunque lo habitual es que haya varios personajes secundarios alrededor de cada uno de los principales. No hay ninguna regla escrita para esto, suele pedirlo la propia historia. Cuando creo las mías, al principio, no tengo claro con cuántos personajes voy a contar. De hecho, algunos surgen sobre la marcha y otros, con los que había contado para el desarrollo del esquema, ni llegan a aparecer en el libro. Quizás el único punto complicado —o no— de una novela frente a un relato sean los diálogos. Una novela sin diálogos no funciona, a no ser que sea epistolar y no se necesiten. Hablo de esto también como lectora. No hace mucho que leí un libro donde los diálogos brillaban por su ausencia y fue agotador. Monólogos interiores sin sentido cuando la protagonista tenía al lado al otro personaje para poder interactuar con él y, nada, que no lo hacía. Encima, con narración en primera persona donde ni siquiera tenía referencias de lo que opinaba el otro. Me puse de los nervios. No le encontraba el sentido. Me cabreaba con el personaje, incluso me cayó mal. Para mi gusto, la propia autora se cargó la historia prescindiendo tanto de ellos. Los que me conocéis, sabéis que soy una gran fan de los diálogos. De hecho, me agarro tanto a ellos que a veces no sé si escribo novelas o guiones, me tengo que obligar a narrar y describir para no centrarme solo en ese tipo de escenas. Pero creo que se gana mucho con el diálogo. Conocemos mejor al personaje en su forma de hablar y actuar, en las reacciones que tiene. Se le da más libertad, más vida, actitud… Y el libro toma ligereza.

      Todo esto tendrá sus detractores, y quizás también dependa del tipo de género al que cada uno esté acostumbrado y le guste leer. Pero ya dije desde el principio de este diario que aquí contaría mi experiencia y cómo trabajo yo, no trato de dar lecciones a nadie sobre cómo se deben hacer las cosas. Es, y será siempre, mi opinión personal.