5 de junio de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 3: ¿Por qué novela romántica?


     En realidad no elegí un género literario cuando me inicié en esto de escribir. De hecho, en mis comienzos, escribía de todo menos poesía (aunque alguna cayó). Los que hayáis sido asiduos a este blog ya conocéis mi trayectoria. Empecé con relatos y participando en foros de escritura con retos, algunos disparatados, donde fui aprendiendo y ganando confianza. ¿Cómo desemboqué en la romántica? Pues tal vez ella me eligió a mí. Aunque nunca he considerado que mis novelas sean del todo románticas. Si tomamos como novela romántica que el hilo conductor es un romance, sí, lo es. Pero algunas lectoras de este género, en comentarios que he leído, han tachado de poco romántico algún libro mío. Y en eso no puedo estar más de acuerdo con ellas, porque aunque los personajes de mis novelas terminan enamorándose, no suelo ser muy dada al romanticismo en el transcurso de la historia. Me gusta que los personajes sean lo más reales posible y que se comporten y hablen como lo harían en la vida real, edulcorando las escenas lo menos posible. Otra carencia que suelen tener todas y cada una de mis novelas, y en realidad es algo premeditado, es que sus protagonistas jamás se dicen que se quieren. Nunca. Jamás. En ninguna. Es una manía que tengo. Prefiero que lo que sienten se palpe en el ambiente, en la forma de dirigirse el uno al otro, en los detalles… que el lector lo descubra de la misma forma que ellos, sin que yo se lo diga ni le obligue a creérselo por el simple hecho de aparecer con palabras textuales. Pienso que si los personajes son capaces de transmitirlo por sí solos, sin la necesidad de decirlo, es porque el sentimiento está ahí, verdaderamente, y para mí es un gran logro.

      A veces, escribir romántica es muy fácil. No requiere de una extensa documentación, a no ser que profundices mucho en la profesión que eliges para los protagonistas o si el escenario donde está ubicada la historia es desconocido. También es más fácil si tienes una idea que genera una trama con giros: ya sean, como en el caso de “Treinta postales de distancia”, las ocurrencias y despistes de la protagonista; o la necesidad de conocer a un remitente misterioso que se cuela en un buzón, estando a miles de kilómetros de distancia, como es el caso de Celia en “¿Y si no es casualidad?”; o las peripecias de una chica que conoce a un tipo que le dobla la edad en internet, en “A destiempo”. Pero cuando te enfrentas a una novela en la que no hay una trama definida, solo unos personajes que te cuentan su vida desde que se conocen, y nos revelan cómo las circunstancias los va alejando y acercando poco a poco a lo largo de su vida —hablo de “¿Es tu última palabra?”—; ahí la cosa se complica, porque en realidad lo único que tenemos en la baraja son los sentimientos que los protagonistas desprenden, y en esa baza te lo tienes que jugar todo. 

     Siempre me ha encantado plantearme retos, y cuanto más difíciles más me satisface el resultado. No sé si algún día cambiaré de género, porque no es algo que pueda negar o afirmar categóricamente. En realidad me considero una narradora de historias, y lo que me viene, si me nace desarrollarlo, es lo que me gusta contar. Y puede que un día a dos de mis personajes, en vez de enamorarse, les dé por montar un bufete de abogados y llevar casos de homicidios, o robar un banco o hacerse hackers... y a ver qué hago con ellos si es lo que les apetece. Al igual que no soy lectora de un solo género, puede que en un futuro tampoco lo sea como escritora. (Que nooo, no os preocupéis. En realidad estoy de coña. Pero no, no dejaré por escrito que jamás cambiaré de género. No querría después tener que desdecirme).

      Aunque sí he de confesar que no soy una gran lectora de romántica. Me refiero a que pocos libros de romántica me gustan, y creo que eso viene dado por lo mismo que no soy una escritora de romántica con todas las letras. En la mayoría de los libros que encuentro de este género, percibo a los personajes demasiado prediseñados e irreales. Cuando leo, me gusta meterme del todo en el papel (como imagino que os pasará a la mayoría) y enamorarme de los protagonistas. Si no lo consigo, la historia no termina de atraparme. Puesto que hablamos de una novela de corte romántico, y ese romance es el centro de la historia, si cojea por ahí, ¿qué otra cosa me queda? No sé si por mi edad, o por qué razón será, pero cuando empiezo un libro y el tío es una réplica de Cristian Grey o similar, todo tableta de chocolate y perfecto por dentro y por fuera, forrado, encantador, sin defectos... me desconecta por completo. Y ya si es el típico canalla y malote que se vuelve dulce y pluscuamperfecto por amor… ni te cuento. Al igual que no soporto a las protagonistas sobraditas que no se les mueve una pestaña y cuando entran a cualquier sitio les ponen una alfombra roja, o las que perfectamente podrían haber salido de la serie Sexo en Nueva York y plantadas en cualquier ciudad española, conservando costumbres americanas que aquí no pegan ni con cola. No sé… cuando leo me gusta poder sentirme identificada, aunque no tenga nada que ver con la protagonista, o al menos sentir empatía. Y eso me lo da la cercanía. La realidad. Me gustan los personajes auténticos, con defectos, vidas cotidianas y trabajos creíbles o, al menos, no tan trillados por las películas hollywoodienses. Sé que muchos defienden el otro punto de vista diciendo que ya para realidad está el día a día de cada uno, y que en una novela buscan la fantasía, soñar y los finales felices comiendo perdices hasta el empacho, que la vida ya es bastante dura y aburrida. Pero a mí, sin embargo, me gusta que la ficción también tenga su porción de realidad. Cuando me apetece lo contrario, pues me dirijo al género de fantasía y me adentro en el mundo de la magia.

     En cualquier caso, es mi opinión y son mis gustos. Y es por ello que cuando trazo una historia, procuro ceñirme a ellos. Escribo lo que en realidad me gustaría leer. Por eso me encanta cuando encuentro libros que al terminarlos digo: “Jo, esto me habría encantado escribirlo”. Y cuando me topo con ese tipo de autores, sé que tenemos cierto tipo de conexión y suelo devorar todos sus libros sin miedo a equivocarme.


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