22 de mayo de 2017

Diario de una escritora indie. Capítulo 1: ¿Por qué escribir?



   Hace seis años ya desde que me aventuré en esto de escribir una novela. Quizás os preguntéis cómo se plantea uno lo de convertirse en escritor. Lo cierto es que nunca lo hice. Mi intención jamás fue ser escritora. No es algo que llevara arrastrando desde mi más tierna infancia ni una aspiración. En mi caso fue todo accidental. Hasta podría garantizar —aunque a partir de ahora se me critique hasta la muerte— que mi vocación surgió de puro aburrimiento. Sí, lo sé, suena fatal. Vamos a adornarlo un poco y diré que la curiosidad y mi exceso de tiempo libre me empujaron a ello.

   Decidí, al tener a mis hijos, no trabajar fuera de casa. Vivimos en una ciudad lejos de la familia y era bastante complicado conciliar la vida familiar con la laboral. Más aún que para las familias que viven en sus ciudades de origen. Al principio, como ya sabréis los que tenéis hijos, el tiempo que demanda un bebé es prácticamente en exclusividad suyo. Después, cuando entran en el colegio, la cosa cambia. Y en esas me encontré en casa. Solitaria. Con un tiempo que ya no estaba acostumbrada a tener para mí. ¿Y qué hice? Pues eso, experimentar. Primero en foros de lectura, luego coqueteando con la escritura. Hasta que, ¡zasca!, me atreví a abrir un blog y a soltar por mi boca todo aquello que pasara por mi mente. Igual que hago ahora.
  
   Después empecé escuchar voces a mi alrededor, mientras estaba en plena efervescencia creativa, que me decían: «Pero ¿por qué no escribes una novela en vez de tanto relato?». Y mi pensamiento era: «¿Una novela? ¿Cómo voy a escribir una novela, si no sabría ni por dónde cogerla?». Aunque mi respuesta era: «Cuando me surja una buena idea», que en realidad es el sinónimo de «esperad sentados». Sin embargo un día surgió la ocasión. Llegó la temida idea y le planté cara.

   La verdad es que no sé cómo narices hice para organizarla, porque el proceso de escritura que tuve entonces, nada tiene que ver con el que utilizo ahora. Pero el caso es que la empecé y, lo que es más increíble, la terminé. Lo de increíble parecerá una exageración, pero os aseguro que no exagero nada. Hoy día sé cómo empiezan mis novelas y también tengo muy claro cómo acabarán —aunque luego no lo hagan como lo tenía planeado, pero el saberlo relaja—. En esa ocasión hubo un momento en el que entré en pánico absoluto. Y cuando digo pánico absoluto quiero decir que me entraron ganas de quemar el ordenador y fingir que la había perdido para siempre. Para los que la hayáis leído, la primera, me refiero a cuando finaliza el pasaje de las postales y debo encontrar la manera de salir del embolao. ¿De dónde leches iba a sacar otra idea? ¡Si ya se me habían fundido los plomos con las postales! Pero conseguí salir del hoyo y tiré para adelante. Porque siempre se sale. Solo hay que prestar atención y escuchar a los personajes.

   Pero aún no he contestado a la pregunta. ¿Por qué escribir? Lo único que puedo decir es que, cuando escribo, siento un hormigueo en el estómago. Y sin ese hormigueo ya me es imposible vivir. 




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