4 de abril de 2017

Yo tenía un blog…



      No vengo a decir que voy a echar el candado. Pero he dado una vuelta por aquí y me he cruzado con una planta rodadora de esas del lejano oeste. El pobre ha cumplido siete años el mes pasado y ni me pasé a felicitarlo. Creo que ya no me habla. Ha gruñido un poco al verme entrar, pero ha seguido a lo suyo, enfurruñado. Razón no le falta. Imagino que se habrá preguntado ochenta veces que habrá hecho mal para que al principio no saliera de aquí y me tirara las horas muertas dando el coñazo con publicaciones diarias, a veces por duplicado, y que en el último año tan solo se me haya ocurrido una mísera historia que contarle. Ni yo tengo la respuesta. O sí. Tal vez se han apoderado de mí las redes sociales y en vez de venir aquí a soltar mis anécdotas, las escupo por la vía rápida, como está ocurriendo con todo en los últimos tiempos. Antes, quedabas con unos amigos y sacabas tus historias tranquilamente, sobre la marcha. Ahora, sin embargo, te sientas en una mesa y antes de abrir la boca ya está tu amigo mencionando tal cosa que publicaste el día anterior o según te has levantado por la mañana. Lo cierto es que cada vez dejamos menos en el tintero. A veces me sorprendo borrando posts, según los estoy escribiendo en Facebook, porque pienso: ¿De verdad, Sara, es necesario que cuentes esto? ¿No se te está yendo un poco de las manos lo de compartir con los «amigos»? Lo he puesto entrecomillado porque es lo que me ocurre a veces cuando me lanzo y suelto una anécdota personal, que de repente recibo un «me gusta» o comentario de alguien que ni conozco ni recuerdo que estaba allí metido en mi listado facebookero, y es cuando más me cuestiono: ¿qué sentido tiene esto? Al principio me tomé Facebook como una forma de retomar el contacto con amigos que había perdido de vista por avatares de la vida, y en eso es incomparable porque cuando alguien de esos que quedaron en el olvido de pronto reaparece, te hace una ilusión tremenda. Es un momento fantástico donde se mezclan las sensaciones por los recuerdos vividos en el pasado y la curiosidad por conocer qué le ha sucedido paralelamente durante ese transcurso al margen de tu vida. Luego, en la mayoría de los casos, el asunto queda ahí. El globo se desinfla y entiendes que el camino vuelve a rodar en la distancia marcada por las rutinas de cada uno. Pero ahí lo tienes, a mano. Al menos sabes que le van bien las cosas y aunque ya no quede apenas nada de la antigua amistad, la curiosidad queda saciada. ¿Y esto a qué venía?… Ah sí, que ahora lo suelto todo en las redes sociales o en mis novelas, y mi pobre blog está que echa chispas. Pero qué le voy a hacer… Así es la vida. No voy a prometerle nada, porque no soy de cumplir promesas. No es que no sea una persona de fiar, pero sé que en estas cosas soy un fracaso absoluto. Me ocurre como con lo de ir al gimnasio, usar la escalera en vez del ascensor, beber ocho vasos de agua y cosas así, como me vea atada a ello me da una especie de angustia y me rebelo contra mí misma. Así que lo único que puedo decirle es que… no sé… que adopte al matojo rodador y que nos vemos otro día.