17 de julio de 2014

A qué huelen las nubes



      ¡Ay, los olores...! Vaya anuncios más ridículos que se marcan las compresas, no entiendo por qué se empeñan en convertir la regla en algo maravilloso y emocionante, si la regla, por mucho que la disfracen, es una jodienda que no nos queda otra que pasar, mes tras mes, y cuya fecha, por h o por b, siempre nos obsesiona. Si llega, porque vaya faena justo este fin de semana que me iba a tal sitio, y ahora tengo que estar pendiente de cambiarme y llevarme artilugios varios, y espero que no sea de esas dolorosas… Y si no llega, vaya putada, no puede ser, como me haya quedado embarazada me da algo… a ver, cuándo me vino la última vez, cuento, recuento, vuelvo a contar, es  imposible… y lo contenta que te pones, incluso a dar saltos, cuando aparece, que ya te da igual que ese fin de semana tengas planes de irte fuera, la boda de tu prima, si te duele a rabiar, o que te hayas quedado de golpe sin tampones, ¡en ese momento la adoras!! Bueno, que me voy del tema, pues eso, que en los anuncios lo quieren hacer todo muy pizpireta y alegre, como si fuéramos idiotas perdidas y ya con los bailecitos que se marcan las del anuncio conseguimos pensar que tener la regla con esas compresas es chupiguay, con colorines, confeti y trompetitas… ¡Uy los colorineeeeessss…!! ¿Por qué no empaquetan los tampones y las compresas con colores menos llamativos? No sé, el blanco, por ejemplo, que se ve muy limpio e higiénico… Porque vaya tela con mis hijos, ahora no, pero de pequeños, cuando la altura de su cabeza era darse de bruces con el armario de debajo de mi lavabo, eran un imán para ellos los colorines, oiga… No había día que no me encontrara con unas cuantas compresas abiertas y pegadas en las paredes, o unos cuantos tampones flotando como peces globo inertes en el lavabo o el bidé, y los aplicadores rodando por el suelo; que se le ocurre a cualquier vecino llamar a casa en ese momento y sale de ahí un programa de esos de la Sexta titulado “Qué clase de guarra vive aquí”. La verdad es que, en general, no sé si lo he dicho alguna vez, me encantan los anuncios. Soy de esas personas que no soporta que su marido, en cuanto llega el intermedio de una peli, se ponga a hacer zapping para ver qué hay en otros canales y no perder el tiempo viendo anuncios. Cuando estoy sola los veo todos. Es más, alguna vez mi marido ha hecho zapping para engancharse a otra película porque no le gustaba la misma que a mí, ha dejado la tele en la otra peli y se ha ido a la habitación a verla, se ha puesto en anuncios, y yo me he quedado viendo los anuncios del otro canal y de pronto darme cuenta de que me estoy perdiendo mi película. Y mis hijos tienen tela marinera con los anuncios… El otro día estaba frota que te frota la mampara de su baño por la cal, entra el mayor y me dice: “eso se quita en un bang con Cillit Bang”. “Anda, niño, no hagas caso de todas las tonterías que dicen en los anuncios”. Y salta el pequeño detrás: “es verdad, mamá, y metes una moneda y sale de oro”. Total, que por la tarde voy con ellos a hacer la compra, pasamos por el pasillo de limpieza y me dicen: “mamá, cómpralo, ya verás, ya verás”. Y yo toda chula (como se me había terminado el limpiador del baño y, total, tenía que comprar uno) les dije: “bueno, os voy a hacer caso, pero es un reto, como no se quite en un bang ya no hacemos caso a los anuncios, ¿eh?”. “Y si se quita, luego compra el que es de color verde, que la grasa desaparece” (¿es normal que mis hijos se chupen con tanta intensidad los anuncios? ¿Y que cuando pasen por los detergentes y leen Wipp Express lo hagan entonando la cancioncilla que seguramente estéis entonando vosotros ahora para rememorar el anuncio?). Bueno, el caso es que con la cal que hay en Málaga… y todo lo que me cuesta quitarla de la mampara, lo llevaban claro si pensaban que iban a ganarme el reto… Pues qué jodidos niños, la madre que lo parió, y bendito anuncio, que sí, que rocié la mampara con el dichoso producto, pasé una balleta y no tuve que frotar ni un ápice, se llevó la cal en un bang de verdad de la buena, ¡como si fuera polvo! Y yo comprando el sucedáneo de marca blanca, frota que te frota y que no había manera de dejar la mampara cristalina!!! En fin, que ya tengo al futuro sustituto del quitagrasas apuntado. Y de lo orgulloso que estaba luego con la recomendación tan satisfactoria, yo no sé si porque estaba esperando encontrar otra panacea para hacerme la vida más fácil, el caso es que durante la cena salió el anuncio de Hemoal, y me dice: “¡mira, Hemoal!" (así, con admiraciones y todo). Yo no daba crédito a la frase, vamos a ver, ¿me estaba recomendando Hemoal? ¿A son de qué? Y lo que aún me parecía más desconcertante, ¿este niño sabe lo que son las hemorroides? Así que se lo pregunté directamente: “pero, a ver, ¿tú sabes qué es el Hemoal?”. “No sé, ¿una medicina para el culo?”. Y ahí lo dejé, no indagué más, para qué le iba a pedir más detalles, ya solo me quedaba rezar para que no saliera el anuncio de Vaginesil o el de Durex play sabores, posiblemente acompañado de preguntas que no me apetecía contestar…

      En fin, que yo no había venido aquí a hablar de anuncios, la verdad, que todo esto ha venido por el olor que tenía hoy mi casa, y quería contar a qué huele mi casa un día como hoy. Mejor dicho: el olor que suele tener mi casa cuando me meto de lleno en una novela (a escribirla me refiero) ¿y sabéis cuál es? Pues huele a guiso quemado, porque eso es lo que me ocurre cuando me adentro en mis escritos, que no sólo pierdo la noción del tiempo, sino que pierdo algunos de mis sentidos, incluido el del olfato… Y la peor parada ha sido la olla, no sé si preguntarles a mis hijos cuando vuelvan sobre algún productito así apañado para fondos calcinados.

7 de julio de 2014

Historia de una azotea





      Solía escucharla con entusiasmo contenido, evitando siempre parecer más interesado de lo que estaba dispuesto a admitir. Ella lo sabía, y estudiaba su rostro, le conocía lo suficiente como para interpretar cualquier imperceptible cambio en su gesto. Pero ese día no había disimulo ni contención, fue directo en sus palabras y parecía molesto con las de ella. Algo había cambiado en su actitud y no entendía el porqué, cuando era él, además, quien elegía ese camino. Se encontraban en la azotea de su edificio. Las vistas desde allí eran magníficas y sus vecinos o no sabían que se podía acceder con las llaves del portal, o eran demasiado remilgados para incumplir las reglas; y el cartel que en la puerta prohibía el acceso si no era en caso de emergencia, les mantenía alejados de allí. Fue él quien descubrió aquel sitio, años atrás, subía a fumar con el pretexto a sus padres de ir a sacar la basura. El día en que la encontró sentada en la escalera con el rímel corrido y levantándose de un salto al ver que se abría su puerta, no pudo evitar mostrarle aquel lugar. Nunca antes habían hablado. Se cruzaban en la escalera o el rellano, conocían la existencia del otro, sus nombres, incluso iban al mismo instituto, pero no compartían amistad ni amigos. En alguna ocasión, la madre de uno le enviaba a la casa del otro a pedir una pizca de harina o de sal, esos pequeños intrusismos cotidianos entre vecinos y que a ellos les hacía morir de la vergüenza: «Por qué tengo que ir yo, pídeselo tú, me da corte. ¿Y no puedo bajar a la vecina del primero? No, esa tiene muy mala pipa y no quiero deberle favores, ¿quieres hacer el favor de ir ya que se me va a quemar el aceite?». Y al final, con más nervios que decisión, se encontraban tocando el timbre y rezando por que no fuera el otro quien abriera la puerta. Sí, se gustaban. Todavía no lo sabían o no era el momento de saberlo, porque cada uno hacía su vida sin pensar en el otro. Pero no podían evitar sentirse incómodos al encontrarse. Y fue aquella noche, después de varios años, cuando ya ni siquiera iban al mismo instituto porque ya estaban en la universidad, cuando se dirigieron la palabra por primera vez, sin referirse a una petición de parte de alguna de sus progenitoras. «¿Estás bien? Sí, no es nada, me has asustado. Lo siento, no esperaba encontrarte en la escalera. Es que… estaba… yo… bueno, tengo que entrar en casa. Voy a bajar la basura, ¿me acompañas y después subimos a la azotea a fumar un cigarro? ¿A la azotea? Sí, nunca has subido, ¿verdad?». Subieron. Y allí comenzó todo. Él le mostró su lugar secreto, y ella se abrió y le contó los suyos, incluso el que se escondía tras las marcas de rímel. Y fueron los años quienes forjaron aquel vínculo entre ellos, la azotea su testigo. Pero jamás permitieron que nada más allá de la amistad enturbiara lo que había entre ellos, ni tampoco hablaban de sus respectivas relaciones con otros. Hasta que llegó el día. Él había conocido a alguien muy especial. Una relación que estaba durando más de lo habitual en él y con quien decidió dar el gran paso. Y fue esta noticia la que lo cambió todo. Ella intentó mostrar normalidad, disimuló para que todo siguiera igual entre ellos. Pero él ya no seguiría como antes: en breve dejaría aquel edificio y se mudaría a su nueva vida. Y así fue.

     Más tarde se mudo ella que, por inercia y porque conoció a alguien especial, decidió dar también el gran paso. Y transcurrieron los años, las felicitaciones de cumpleaños, las de Navidad, las de aniversario, y en el seco tiesto del rincón de la azotea ya no se acumulaban colillas de antiguos cigarros, ni secretos, ni risas, ni complicidad. Y el edificio poco a poco se iba llenando de abuelos y de nietos que subían armando escándalo por la escalera, y de nuevas risas y juegos de calle mientras una mirada observa nostálgica desde la azotea, esperando unos pasos que nunca llegan. Pero un día ocurre y, en la escalera, ella se cruza con quien cree un desconocido: «Eres tú, ¿cuánto tiempo? Sí, mucho, ¿qué es de tu vida? Todo bien, ¿y tú? También, genial. ¿Te apetece tomar algo por aquí al lado? Prefiero un cigarrillo arriba». Y es allí, en aquel momento, en la azotea, donde ella escucha atentamente qué le ocurrió el día que cambió su actitud, el porqué le notó diferente justo cuando le contó que iba a dar aquel paso, el gran paso que lo cambiaría todo, cuando él esperaba que ella le frenara los pies, le pidiera no hacerlo, le mostrara otro camino, el que él estaría dispuesto a tomar si ella se lo pedía. Pero ella no lo hizo. No le pidió tal cosa, le dejó a su aire, aceptó su decisión, y no solo eso sino que le felicitó por ello. Y ya de nada servía lamentarse ni preguntarse qué habría ocurrido si ella no hubiera disimulado, manteniéndose al margen de su decisión… Ni tampoco servía acusarle de no haber sido sincero, o de dar aquel paso entre las dudas y el orgullo. Había triunfado lo imborrable, el poder de un instante al que habían dejado la elección de reconducir sus vidas

      Y sigue pasando el tiempo en aquella azotea donde otro nuevo inquilino descubre sus encantos y, cada atardecer, se encarama a la barandilla con un bloc de dibujo para inmortalizar aquella vista privilegiada desde su edificio. Ajeno a la presencia de un viejo tiesto con dos colillas, último vestigio de otro tiempo.

6 de julio de 2014

Fondo de armario


      Discutían acaloradamente el vestido rojo y la falda de vuelo azul, siempre estaban a la defensiva y era el top de seda negro quien mediaba en sus discusiones. Le hubiera gustado ponerse de parte de la falda azul, ya que existía muy buena relación entre ellos, acostumbrados a combinar juntos. Pero esta vez, a pesar de que no soportaba al engreído vestido rojo, no le quedaba otra que darle la razón. Lo que contaba era cierto, existía una crisis fuera del armario. Escuchó la conversación entre su vecino de armario, blazer negro, un tipo en apariencia bastante estirado pero que en las distancias cortas mostraba su lado amable y cercano, y el vestido rojo. Ambos eran grandes compañeros de fiesta y por todos era sabido que cuando salían juntos, amanecían revueltos. Pues bien, blazer negro contaba que días atrás salió de fiesta con un vestido en tono dorado de encaje, que le había dejado muy tocado. El vestido rojo, al escuchar su confidencia, y pese a que blazer juró y perjuró que no hubo nada entre ellos, se encendió de ira y dejo de hablarle; reacción normal para un vestido acostumbrado a ser el centro de atención en el armario. Pero tras recuperar la calma y recomponerse, decidió que tenían que hacer algo; no podían permitir que tanto blazer negro como el resto de sus vecinos de al lado, fueran obligados a mudarse a otro armario, fuera de aquella casa, y menos a uno donde se encontraba un rapaz y presumido vestido dorado de encaje. Atando cabos, llegaron a la conclusión de que todo aquello no pintaba bien; fuera del armario últimamente se escuchaban demasiadas discusiones y, lo que era peor, ella ya no los usaba. Desde que tuvo al bebé se había obsesionado con un par de faldas horribles que no le sentaban ni bien, por no hablar de aquellos pantalones anchos que lavaba y se ponía, casi sin darle tiempo a guardarlos, y que se habían hecho con la popularidad del armario porque era su uniforme para estar en casa. Aunque, a decir verdad, fueron las braguitas de encaje las primeras en dar la voz de alarma. Ellas, siempre tan discretas, que nunca se las oía en el cajón, aparecieron una noche disgustadas porque estaban ocupando su lugar unas horrendas bragas sin costuras, de unos colores que dejaban mucho que desear y con unas conversaciones y modales tan ordinarios que las tenían acobardadas al fondo del cajón. Y lo cierto era que, si se paraban a pensarlo, a ella llevaban mucho tiempo sin verla, tan solo de refilón y con prisa por las mañanas; abría el armario y cogía lo primero que pillaba (que siempre era una de las anodinas faldas y una blusa) para llevar al pequeño a la guardería. Ya no se recreaba en el armario revisando y probándose modelitos con cierta coquetería, para salir de cena o con sus amigas, ni usaba lápiz de labios ni colorete. Sin embargo no habían notado ese abandono en él los vecinos de al lado. Conclusión: algo estaba fallando y necesitaban un buen plan.

      Él abrió su armario y, sorprendido, encontró aquel vestido rojo que tanto le gustaba. Descolgó la percha, acarició su finísimo tejido y recordó la última vez que se lo vio puesto. Ella entró en ese momento, con el bebé en brazos, se la veía agotada por la mala noche que había tenido. Le miró extrañada y, acto seguido, le entregó al bebé para coger su vestido. Se miró en el espejo con la prenda aún colgada, cayendo delante de su cuerpo, y, soltándose la coleta, se revolvió la melena. Vislumbró a una mujer que apenas un año y medio atrás lucía aquella prenda en su aniversario; y al fondo, reflejado también en el espejo, encontró la mirada anhelante de él clavada en ella.

      La falda azul, desde la puerta del armario entreabierta, se abrazó al top negro con regocijo; celebrando que ella, por fin, volvería a ser la de siempre.

3 de julio de 2014

El carrusel de los sueños


      
      Me preguntaste con qué compararía nuestra historia, y respondí que con un viejo carrusel porque dábamos vueltas sin avanzar a ningún sitio en concreto. Así nos gustaba. En ella nos sentíamos como niños, ajenos a lo que en ese momento existiera fuera de aquel carrusel cargado de sueños. Yo solía subir primero, buscando un sitio donde poder controlarlo todo, pero tú siempre encontrabas un lugar para esconderte, no sé si con la intención de fastidiarme o porque te mareaba el hecho de girar. Mientras, yo, aferrada a mi asiento, esperaba a ver si salías de tu escondite y tomabas la iniciativa de acercarte. Tardabas. Me impacientaba. No venías. Me desilusionaba. Y justo cuando me planteaba rendirme, aparecías. Y aquellos instantes, por lo inesperados, por lo efímeros, se convertían en los mejores. El carrusel seguía girando, pero ya no era así. Nuestro carrusel se había detenido, y era el mundo lo que giraba para nosotros.