16 de diciembre de 2013

Reconciliación

      


      Este año he decidido reconciliarme con la Navidad. Nunca ha sido para mí una fiesta esperada ni bien recibida, siempre me ha faltado algo que me conecte a ella, pero he de reconocer que desde que soy madre la vivo de forma algo distinta, tal vez contagiada por la ilusión de mis hijos; ellos consiguen que me vuelva un poco mamá Noela o reina maga y me distancie en cierta medida de esa aversión que no estoy muy segura de cuándo comenzó, donde siempre voy contando los días para que finalice como en una especie de calendario de “adviento” inverso, con inicio el 24 y liberándome el 6. Pero este año para mí es distinto. Este año (por motivos que no vienen al caso) no me apetece esa cuenta atrás, quiero disfrutar de todos y cada uno de los días de este diciembre y de este 2013 que se marchita. Por ello voy a intentarlo. Voy a detener mi calendario inverso. Voy a ralentizar mi tiempo. Voy a intentar reconciliarme con esta Navidad.

13 de diciembre de 2013

Suficiente


     Una palabra es suficiente para sentirte tocando el cielo o hundido bajo él. Una mirada es suficiente para descubrir que la vida es perfecta o te ha dado la espalda esta vez. Una caricia es suficiente para encontrar el calor que buscabas o helarte la piel. Un segundo es suficiente para vivir el instante más intenso o para perder lo que siempre fue.

12 de diciembre de 2013

Echo de menos lo auténtico

      Hacía mucho que no me ponía a escribir sin más. Me refiero a escribir sin construir una historia o relato, a expulsar un pensamiento que me ronda por la cabeza. Realmente aquí no he plasmado muchos, suelo dejarlos en el tintero. Hoy, dando una vuelta por las redes sociales, me ha surgido preguntarme en qué mundo de locos vivimos, refiriéndome al tipo de vida hacia el que nos hemos ido proyectando con la tecnología. No damos un paso sin publicarlo antes en nuestro Twiter, Facebook, Instagram, G+… como si nosotros mismos quisiéramos entregar nuestra vida para formar parte de un Reallity gratuito. ¿Y a dónde nos llevará esto? Es una de las preguntas que me hago. 

      Paseando por las redes sociales detecto mucho rencor, a veces dolor, quejas la mayoría, pero lo que más me gusta es encontrar felicidad. Hay gente que comparte muy poca felicidad, y no creo que sea porque no la vive ni la siente, sino porque gusta de esa fachada derrotista, de ese afán por el victimismo, tal vez para llamar la atención y que constantemente le bailen el agua. Otros expulsan en las redes sociales su furia contenida en su vida privada. Algunos afirman que es positivo, que desestresa usar la cuenta de Twitter o Facebook para desahogarse, para discutir, incluso para odiar. No sé, no soy psicóloga, pero a mí, personalmente, eso no me nace, soy más de guardármelo y compartirlo o desahogarme en persona con quienes tengo cerca. Seguro que más de uno (que me tenga en su TL) me imagina en La casa de la pradera o Los mundos de Yupi porque siempre que salgo por las redes es para soltar cualquier chorrada, reírme de la vida o contar lo bien que me lo paso con mi “chupipandi”. Pero es algo que me gusta hacer, lo aprendí de alguien a quien quiero muchísimo, alguien que ya no está pero ese es uno de los mejores recuerdos que tengo de su persona: no soy capaz de imaginarla triste, ni enfadada, ni preocupada, y eso era algo que me transmitía mucha paz. Más de una vez he necesitado inyectarme una dosis de entusiasmo y risas, y he acudido a las redes sociales, pero lo que abunda allí, quitando las fotos de paisajes "megaguays" con frases de Coelho, u otros escritores o científicos (que a saber si son frases suyas o de otros, porque con el corta-pega ya se sabe), sólo encuentro “sobreinformación”. Y no es que no me guste estar informada, pero veo que existe una especie de competición por informar a los amigos de todo lo que ocurre en el mundo. Yo creo que algunos ponen el despertador tres horas antes para ser los primeros en tuitear una noticia y así ser los más retuiteados del planeta. No sé si Twitter da ingresos a los perfiles de usuario o una medalla al más retuiteado o favoriteado, pero lo cierto es que a algunos se les va la vida en ello. Lo que más me llena en las redes sociales es esa gente, y los hay en mi TL, que comparte un pensamiento suyo y no una frase célebre, o una anécdota (divertida o no) sobre su entorno, su trabajo, cosas que nos humanizan y nos unen porque todos estamos hechos de eso, de anécdotas cotidianas de nuestro día a día. Y, sin embargo, en nuestros muros a veces parecemos los presentadores del teledeario.

      Bueno, estoy divagando y al final me he ido de un tema a otro (sólo me ha faltado agregar un párrafo sobre la decoración de la pared de la habitación de mis hijos) y creo que no he dicho nada en concreto, pero echo de menos el facebook del principio, cuando éramos un grupo de “amigos” que se reencontraban, se acababan de conocer o cualquiera que fuera el motivo de agregarse, y donde compartíamos nuestras vidas: fotos, aficiones, anécdotas; sin el pedanterío que hoy impera (alguno hasta se cree que por tener acceso a la wikipedia o google, es muy culto o superdotado). En definitiva, echo de menos lo auténtico.