27 de diciembre de 2012

A través de sus ojos




      He ejercido muchas profesiones a lo largo de mi vida, pero ser madre es la labor más complicada y gratificante de todas ellas. Nadie te prepara para serlo y, sin embargo, con una gran dosis de optimismo por aquí, otra de paciencia por allá y una proporción desmesurada de intuición, terminas haciéndote con la empresa. Recuerdo la primera vez, la época en que era una completa novata, el miedo que tenía a estar haciéndolo mal, a no alimentarlo bien porque, aunque el pediatra decía que el niño tenía que comer a demanda, a mí no me quedaba muy claro si demanda era que estuviese todo el día enchufado al pecho o si el niño quería estar todo el día enganchado porque no tenía suficiente leche para darle. O cuando lloraba y lo cogía en brazos a todas horas, haciendo caso omiso a las advertencias de que si el niño aprendía a dominarme estaba perdida. Y lo estaba. Recuerdo las sesiones de cuna, de el niño agarrado a mi mano y yo dando cabezazos de sueño apoyada sobre la barandilla, intentándome zafar con sumo cuidado, oyendo solo mi respiración o los crujidos de la madera que parecían ampliarse unos cuantos decibelios por el silencio de la noche, y justo cuando apoyaba la cabeza sobre mi ansiada y cómoda almohada, escucharlo berrear. Ahora no es que sea distinto, porque cuando sientes que te has especializado en una etapa, crece el niño y vuelves al estatus de novata otra vez. Aunque no tiene nada que ver porque el niño se expresa con palabras, y eso ya es una ventaja, pero dependiendo de cómo sea el niño también puede ser un inconveniente: si te toca un niño algo hipocondríaco… Recuerdo una madrugada, serían las cinco como muy tarde, se levantó mi hijo llorando porque le dolía la garganta: ¡Mamá es que no puedo soportarlo! Yo le miré la garganta pero tampoco distinguía exactamente cómo es una garganta en estado normal, siempre que miro gargantas es porque a uno de los dos le duele, debería revisarlas en estado normal también. El caso es que para curarme en salud, agarré el coche y me lo llevé a urgencias. Éramos los únicos para pediatría y empecé a sentirme la madre más paranoica del planeta, de hecho le pregunté al niño un par de veces antes de llegar al mostrador: ¿Estás seguro que te duele tanto? ¡Sí, mamá! Nos atendieron enseguida, a esas horas solo se ponen malos los hijos de las paranoicas; tenía tan solo una ligera rojez, así que me recomendaron esperar y lo de siempre: si fiebre Dalsy. Volví a casa cabreada como una mona y sintiéndome ridícula por haber llevado al niño a urgencias sin ninguna urgencia que demostrar. A partir de ese día, cada vez que tengo que llevarlos a urgencias voy más reticente. Sobre todo me ocurre que a veces les veo hechos polvo en casa, con fiebre alta, tiro para la clínica y justo, mientras esperamos a que nos llamen en la sala de juegos, me los encuentro tan panchos montando construcciones. En ese momento me empiezan a entrar las dudas y miro la pegatina a ver si me ha tocado el mismo pediatra de la madrugada, el que seguro me tendrá en una lista negra.

      Pero no todo es complicado, tras tus miedos, sus travesuras (que a veces son muy gordas), sus caprichos, el trabajo que dan (aquí las jornadas no son de 8 horas), los quebraderos de cabeza… Ellos consiguen hacer que sonrías cuando lo que te apetece es justo lo contrario, te muestran formas que solo puedes reconocer a través de sus ojos, o te llevan cuando les parece al país de Nunca jamás. En definitiva, te hacen sentir el centro de su universo y son los únicos que lo consiguen de verdad, porque ambos universos giran con el mismo eje.

(Inspirado en la frase: "He ejercido muchas profesiones a lo largo de mi vida" para El CuentaCuentos)

24 de diciembre de 2012

Reciclando...

      Soy muy poco navideña pero aprovecho que Ilustratura ha creado esta felicitación de Navidad tan bonita, con la ilustración de mi compañero Rafael Mir y un relato mío (que quizá a alguno os suene de otra ocasión), para compartirla con vosotros y desearos que paséis unas felices fiestas. 

(Pinchando sobre la imagen se amplía)

     

16 de diciembre de 2012

Alas de mariposa

      
     
      Nunca había deseado tanto estar de vuelta y sin embargo, cuando se encontró frente a la entrada, tuvo miedo de dar el paso. Temía que todo hubiese cambiado. No ser recibida de la misma forma que al principio, cuando el mínimo gesto, algo que para cualquiera habría pasado inadvertido, por muy insignificante que fuera, él lo retenía y moldeaba a su antojo, adquiriendo un valor que ni ella esperaba.

      Él hacía ya tiempo que tampoco acudía a su punto de encuentro, quizás cansado de pasear por aquel lugar desolado, donde solo permanecían los rescoldos de un sitio que siempre brilló por la intensidad de sus ilusiones, tan vivas como inalcanzables.

      Estuvo tentada a dar media vuelta. Marcharse por donde había venido para concederse algo más de tiempo, adquirir la seguridad que iba perdiendo según se acercaba. Tal vez con la idea de prepararse para lo que pudiera encontrar, por si no era la calidez de un hogar encendido ni la frescura de un día de lluvia. Una de esas en que le sobraría el paraguas porque sabría que dentro le esperaba un fuego crepitando, cuyo olor a encina quemada se mezclaría con el aroma de un café recién hecho. Pero alas de mariposa revoloteando en su interior, le impidieron dar marcha atrás; nunca había deseado tanto estar de vuelta.

      (Inspirado en la frase: "Nunca había deseado tanto estar de vuelta" para El CuentaCuentos)