28 de noviembre de 2012

El libro hueco

     
      Le miraban por encima del hombro, con ese aire de supremacía que otorga la seguridad de creerse el máximo exponente, el cabecilla, el ídolo que todos admiran. No en vano llevaban en aquella estantería una década, y antes de ocupar aquel sitio fueron exhibidos en escaparates de primera y segunda mano; habían recorrido mundo pasando por infinidad de propietarios y eran solicitados por una gran multitud de lectores. Estaban convencidos de haberse ganado aquel estatus entre la mayoría de los que les rodeaban; respetados y admirados por todos aquellos que gustan de una lectura compleja, de esas que uno se deleita con cada frase, de las que se saborean mejor en la digestión de las palabras o releyendo tiempo después, para encontrar el sentido más profundo que una primera lectura dejó escapar. En definitiva, libros de esos que dicen imprescindibles para poder considerársele a uno lector. Y, como anunciaba al principio, estos le miraban por encima del hombro y le llamaban libro hueco, a él y a los de su clase.

      Él era un libro joven, salió al mercado unos meses atrás y ni siquiera fue expuesto en ningún escaparate. Reposaba en una estantería, de canto, en la tienda donde fue adquirido. Su dueño lo tomó por casualidad, quizás por el título que le llevó a la portada y de ésta a la sinopsis, para aterrizar por último en la cesta de la compra. Su dueño lo colocó en la estantería de su biblioteca al llegar a casa, junto a otros títulos que lo miraban de reojo, cohibidos por las burlas de los que se hallaban en la estantería superior: los libros de coleccionista, la élite de aquella sala. «Te leerá y serás pasto del olvido, libro hueco —gritó el cabecilla de la estantería superior, animado por el clamor de sus secuaces—, nunca ocuparás un sitio de prestigio como el nuestro». Pero a él no le importaban aquellas palabras, sabía cuál era su cometido, no necesitaba presumir ni alardear ante nadie. Disfrutaría del contacto de su lector y, con un poco de suerte, de sus emociones.

      Aquella misma noche salió de la estantería y fue a parar al dormitorio. El lector había decidido comenzar y él estaba emocionado preguntándose qué sentiría al ser leído por primera vez, ya que todas esas impresiones las conocía solo de oídas. Impaciente tras la primera página, fue observando cómo los ojos de su lector devoraban cada una de sus palabras, los gestos que hacían sus labios, la forma de arquear las cejas, el brillo que se formaba en sus pupilas en algunos pasajes, y el calor de sus manos sujetándolo con cariño. Leía sin parar, mirando de reojo cada cierto tiempo el reloj de la mesita, como preguntándose si continuar leyendo o colocar el marcador en esa página y dejar la lectura para el día siguiente. No lo hizo. Leyó hasta la última página y, cuando lo cerró, el libro sintió cómo sus manos acariciaron la cubierta, tal vez evocando algunas escenas, imaginándose protagonista de aquella historia, disfrutando de esa otra vida a la que se había asomado y de la que formó parte durante la lectura.

      Tenían razón, era un libro hueco, le acababan de robar el corazón.

5 comentarios:

  1. Bonito relato, Sara :)

    ¡Besos!

    ResponderEliminar
  2. Y los libros de la estantería, no solo no estaban huecos sino que estaban llenos de polvo.
    ¡Gran relato Sara! en el se transmite que los libros no son objetos inertes sino seres vivos que comparten con nosotros vida.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  3. No hay libros sin corazón, son sus lectores que no lo sienten.

    (Bonito y curioso relato)

    ResponderEliminar
  4. Gran relato, Sara.
    Te felicito.

    ResponderEliminar
  5. Un delicioso relato. A los que nos encantan los libros los vemos como seres llenos de sentimientos por repartir :-)
    Besos

    ResponderEliminar