26 de octubre de 2011

Vistas al mar


      Abrió los ojos al tiempo que escuchó un ruido seco, como de una puerta que se cerraba, acompañado de un rumor rítmico procedente de la ventana. Se incorporó intentando descubrir dónde se encontraba. Al acercarse a la ventana fue acariciada por una brisa que le erizó el vello de los brazos. Cogió una manta que había doblada a los pies de la cama y se la echó sobre los hombros mientras contemplaba aquellas vistas al mar, y una silueta que caminaba a lo lejos bordeando su orilla. Poco después cerró la ventana y volvió a fijarse en la habitación. Estaba decorada de un modo algo rústico y ofrecía un aire como de estar anclado en el tiempo. ¿Qué hora sería? Miró a su alrededor pero no encontró rastro de un reloj. ¿Cómo había llegado a esa habitación? Se miró y vio que sólo llevaba un escueto camisón que recordaba haberse puesto la noche anterior para dormir. Abrió un armario con la idea de encontrar alguna pertenencia que le devolviera un indicio a su memoria. ¿Qué hacía allí? La ropa que había en el armario no le resultaba familiar. No encontró nada que le hiciera pensar que aquel lugar le pertenecía, se sentía extraña, ajena a lo que le rodeaba. Se sentó en la cama y volvió a mirar a través de la ventana, la silueta seguía en la playa, ahora estaba parada frente al mar, parecía estar comunicándose con él, en una especie de pacto silencioso. Decidió bajar a preguntarle, quizá podría ayudarla y decirle dónde se encontraba. Se acercó al armario de nuevo y buscó algo que ponerse.


      Abrió los ojos con el sonido leve y rítmico del crepitar de las llamas. No se sobresaltó al encontrarse en aquel lugar, sus ojos aún estaban hipnotizados por el fuego de aquella chimenea. Algo apartado de las llamas quedaban los restos de lo que podían haber sido cartas o papeles viejos. Se acercó a una distancia de medio metro y tiró de un trozo que se había salvado de la combustión. Aquella letra no era desconocida para él, pero no sabía de qué podía tratarse, eran palabras sueltas e inconexas. Se levantó de la butaca y dio una vuelta por aquella estancia. Era una casa que estaba seguro no haber visto antes, y sin embargo a la vez le resultaba familiar. Echó un vistazo por el ventanal que había junto a la puerta de entrada, a unos cien metros se encontraba el mar. Abrió la puerta y sintió el aire frío colándose en su camisa; se bajó las mangas y buscó a su alrededor algo de abrigo que ponerse, era principios de otoño. No encontró nada a simple vista, y observó que tampoco llevaba zapatos, pero la impaciencia por acercarse a la playa le restó parte del frío que había sentido en el primer golpe de brisa. Caminó junto a las olas preguntándose dónde estaba, qué hacía allí y cómo había llegado a ese lugar. Aunque en su interior no le importaba, le invadía una sensación reconfortante, como si el hecho de no saberlo le hiciera sentirse, a la vez que intrigado, libre. Miró hacia la casa que había dejado atrás, ahora estaba seguro, esa casa la había visto antes, pero ¿dónde? Le pareció ver una figura en  una de las ventanas de la planta alta de la casa. Decidió volver y preguntar, no sin antes disfrutar un rato más de aquella fría brisa, y de aquel murmullo del oleaje.

      Bajó sigilosamente los escalones de madera para evitar, en lo posible, los crujidos que iban dejando sus pasos.  No sabía qué o a quién podría encontrarse en la planta de abajo, y aquella sensación la inquietaba. Había un fuego encendido en la chimenea, y una butaca junto a ella con un cojín aplastado sobre el respaldo, pero la estancia estaba completamente vacía. Se acercó al fuego con la intención de entrar en calor. En el armario sólo había encontrado de abrigo una chaqueta de lana. Caído al lado de la butaca había un trozo de papel quemado, parecía su letra. Al cogerlo se confirmó que sí, lo era. Correspondía al trozo de una carta que había escrito tiempo atrás a alguien a quien no había vuelto a ver. Abrió la puerta de salida y una ráfaga de aire movió su cabello. Cruzó los brazos cerrando sobre su cuerpo la chaqueta que había cogido del armario y caminó hacia la playa. El sol quería brillar tras una nube que le franqueaba el paso. Tomó la dirección hacia la silueta que había visto desde la ventana preguntándose si sería él, y qué hacían allí.

      Sintió el calor al entrar de nuevo en la casa con gran regocijo, y se dirigió hacia las escaleras que conducían a la planta alta. Había dos puertas al final del pasillo, una correspondía a un cuarto de baño, y la otra a un dormitorio. Ambos estaban vacios. Observó que un lado de la cama estaba intacto, el que estaba cerca de la puerta de entrada. El otro tenía la almohada y las sabanas con las marcas propias de haber dormido. Miró a través de la ventana y observó a lo lejos una silueta que ahora estaba seguro de conocer. Ella parecía buscar a alguien, no paraba de mirar hacia todas partes ¿Le habría reconocido también? En un momento sus miradas parecieron encontrarse, preguntándose desde ambos lados cómo podían haberse cruzado sin verse.

      Al ver su imagen tras el cristal de la ventana corrió en dirección a la casa. No sabía por qué corría, dudaba entre la incertidumbre de conseguir respuestas y la necesidad de compartir aquella experiencia tan extraña donde parecía haberse congelado el tiempo y desaparecido el resto del mundo. La casa cada vez estaba más lejos.

      Bajó las escaleras a gran velocidad y cuando pisó la arena de la playa, ésta parecía alejarse a su paso con la misma velocidad. Frenó en seco cuando la vio esfumarse desde la distancia, como si se hubiera fundido con la bruma.

      Algo ligero acarició levemente su mejilla. Abrió los ojos y vio mecerse la cortina ayudada por el viento. En un rápido recorrido de su mirada descubrió que ahora se encontraba en su habitación. No se levantó, aún era de noche, cerró los ojos y se quedó acurrucada entre los retales de aquel sueño.

      Abrió los ojos sobresaltado. Se encontraba sentado en el sofá de su casa con el portátil, a punto de caer, sobre sus piernas. Lo dejó sobre la mesa baja que tenía delante para estirar las piernas y el cuello, eran las dos de la madrugada y pensó que ya era hora de irse a la cama. Antes de cerrar la página que mostraba su navegador, le llamó la atención una imagen publicitaria, frente a sus ojos se encontraba aquella casa con vistas al mar.

13 de octubre de 2011

Historia de un botón


      Cada vez que me pongo el abrigo negro y meto la mano en el bolsillo derecho, encuentro el botón que se me cayó aquel día, el segundo desde arriba. Nunca he querido coserlo. Me gusta jugar con él dentro del bolsillo, me hace recordar cómo comenzó todo. Cuando elijo ponerme ese abrigo, siempre te fijas en la ausencia del botón. La primera vez que notaste su falta, tu frase fue: «¿Sabes que has perdido un botón del abrigo?». Yo, instintivamente, me llevé la mano al bolsillo, como para asegurarme de que se encontraba todavía allí, y contesté: «Sí, lo llevo en el bolsillo, se me acaba de caer en la oficina». Ahí aún no nos conocíamos. Estabas sentado junto a la barra de la cafetería que está frente al edificio de oficinas donde trabajamos: tú en el departamento de contabilidad de una empresa en la tercera planta, y yo en una correduría de seguros en la sexta. Ni siquiera recuerdo haberte visto antes de ese día. Llegué tarde a desayunar y el único hueco que encontré libre fue en la barra, a tu lado. Me cediste el taburete sin mediar palabra y después te pusiste a fingir que leías una revista de economía, tardaste diez minutos en pasar la página de un artículo que apenas ocupaba quinientas palabras. Al notar que observaba tu lectura me ofreciste la revista que rechacé algo incómoda, aludiendo que no reparaba en ella sino que pensaba en mis cosas mirando distraídamente. Tuvimos una breve y divertida conversación que terminó en un hasta mañana que ambos queríamos compartir. Pero los horarios jugaban una baza importante de encuentros y desencuentros, permitiéndonos breves cruces de palabras en los “tú sales, yo entro” de la cafetería o los pasillos de entrada al edificio, y donde nunca surgía nada que pudieran decirse dos desconocidos que ni siquiera eran compañeros de trabajo.

     La segunda vez que te fijaste en el hueco del botón, ya habíamos roto la barrera de los silencios incómodos. Tú desayunabas atento a la puerta de entrada. Yo disimulé buscando sitio, habiendo de sobra, y aterricé en tu mesa. «¿Aún no has cosido ese botón?», preguntaste sonriendo. «Siempre lo olvido, recuerdo que falta justo el día que elijo ponérmelo». A partir de ahí comenzamos a sincronizar nuestros relojes de forma tácita.

      La tercera vez que reparaste en su ausencia, tiraste del hilo que había quedado en el abrigo por la pérdida. No llegaste a sacarlo, pero comenzaste a desabrochar el resto con una mirada de complicidad. Yo correspondí de la misma forma, concentrada en los segundos que tardaste en besarme.

      La última vez, tu pregunta fue más directa: «¿Alguna vez vas a coser el botón de este abrigo o es que lo has perdido?». Yo no respondí, lo saqué del bolsillo y lo mostré guiñándote un ojo. Después te expliqué por qué no pensaba coserlo. Ese botón hizo que, al caerse y echar a rodar, yo me pasara varios minutos buscándolo bajo las mesas, y que cuando lo encontré, al levantarme, no viera a mi compañera aparecer de la fotocopiadora con una montaña de papeles que desparramé y ayudé a recoger y ordenar, maldiciendo mi suerte de ese día que me iba a consumir medio descanso allí liada. También consiguió que, cuando por fin pulsé el botón del ascensor, apareciera mi jefe por detrás y me pidiera tomarme el descanso más tarde, porque le había surgido un problema y daba gracias al encontrarme aún allí. Porque ese botón me hizo tomar el descanso en la hora punta de la cafetería, la hora que odiaba y evitaba siempre; dirigiéndome al único hueco que quedaba libre ese día.