23 de septiembre de 2011

La fauna independiente de mi casa


      La verdad es que los bichos me producen bastante repelús. Aún así, el tener en casa a tres amantes de la naturaleza “bichera”, me ha hecho convivir con unos cuantos ejemplares en lo que va de año. Los que me conocéis sabéis de sobra mis aventuras con las mascotas en casa. Aunque con estas experiencias también he descubierto cosas que han cambiado mi forma de actuar, no sé si para bien o para mal, porque a veces se vive mejor en la ignorancia. Por ejemplo: ya no me produce placer caminar descalza sobre la hierba. Nunca me había detenido a pensar en la fauna que se esconde bajo ese manto verde inmaculado… pero después de ver a mis hijos rebuscando entre la hierba y sacar lombrices varias, cochinillas gigantes, grillos de dudosa identidad, “salamandrijas” (como las llaman ellos, imagino que para no fallar con la variedad encontrada), y arañas de un tamaño considerable; ha habido un antes y un después en mi relación con el césped, y me cuesta poner un pie desnudo sobre él. 

      Mi peor experiencia, sin lugar a dudas, fue cuando decidieron coleccionar grillos. La mejor, sin embargo, cuando decidieron coleccionar lagartijas y la madre naturaleza siguió su curso en el ciclo de la vida, haciendo de unos el alimento de las otras. Lo malo es que ahora, como han cerrado la piscina, se pasan el día preocupados por que las pobres fallezcan por inanición, así que les ha dado por comprar grillos africanos (que son muy pequeños) para alimentarlas. Esto me recuerda a una vez que abrí el congelador y encontré un envase al vacío titulado: “larvas de mosquito rojo” (o algo similar). Yo no sabía si era una nueva delicatesen gastronómica que había comprado mi marido, influenciado por algún cocinero de estos modernos que tan pronto te meten helio o nitrógeno en un suflé de riñón de buey a las tres pimientas, como te hacen un plato de lentejas del tamaño de una nuez y con sabor a anchoa. Pero no, no era para la alimentación familiar, era comida para una rana volátil, que lo mismo se iba como se quedaba, y a la que un amigo en facebook bautizó como Houdini. La última vez que hizo su aparición estelar fue en formato fósil, y traumatizados por el encuentro, les permití sustituirla por una nueva, Yosi. Más efímera aún, pues no poseía los mismos poderes de invisibilidad que Houdini. El primer salto que realizó fuera de su pequeño estanque, fue con tanto ímpetu que se precipitó al vacío cinco pisos desde la terraza.

      También tuvimos una tortuga de agua que duró tres telediarios. La verdad es que mucha suerte no tenemos con las mascotas, y no será porque se sientan fuera de su hábitat, en mi terraza hay montado tal ecosistema que, si yo fuera bicho, querría vivir también en mi casa. Cada día vienen con un invento de bicho nuevo que quieren comprarse, pero ya no les dejo meter ni uno más, excepto el menú de la lagartija. Hemos acordado que pronto nacerán los gusanos de seda de los huevos del año pasado, y parece ser que se han quedado conformes. Hoy en la comida me dice el mayor:
      ―Mamá ya sé cómo se cogen las tortugas, con la "y griega"
       Y yo rápidamente  con el radar puesto, pensando que volvía a la carga con otra tortuga nueva, y me estaba vendiendo la moto de que esta vez iba a dar resultado.
      ―¿Y qué es la "y griega"? ―le pregunté. Ya sé que es una letra del abecedario, pero en una tortuga no tengo tan claro qué parte es.
      ―Pues qué va a ser la "Y griega", la “Y griega” de leer ―me contestó, mirándome con cara de: “mamá, estás empanada o qué”
       ―¿Pero eso cómo es? No lo entiendo.
       ―La coges en la "y griega"  todo el rato sin soltarla, porque si no se escapa.
      Yo venga a darle vueltas a la "y griega", imaginándome mentalmente una tortuga y buscándole la "y" en el dibujo del caparazón… ¿será la forma que hacen las patas traseras con la cola?... pero no lograba encontrar la dichosa "y griega". He oído hablar del “H2O”, “CO2”, de “C3PO” y “R2P2”, del zorro generación  Z, del “punto G”,  pero lo de la “Y de la tortuga” no lo había oído en la vida…
      ―Y la "y griega" ¿dónde la tiene? ―le pregunté, más interesada que nunca en el reino animal.
      ―Jo, mamá, ¿es que no te enteras? Ahora te lo enseño.
      Y se fue de la cocina. Yo preocupada pensando que de dónde iba a sacar ahora una tortuga para enseñarme su i griega, porque en el último inventario que hice de animales en casa, sólo encontré lagartija, dos canarios, un par de grillos, una mosca revoloteando en un cristal y pulgones en las hojas de una planta en una jardinera. ¿A que el padre les ha comprado una tortuga sin consultarme? Y de pronto aparece el niño con la Nintendo en la mano.
      ―Mira, ¿lo ves? Le doy a la “Y” y ahora Mario coge la tortuga.


          Pero claro, así, fuera de contexto,  cómo iba a imaginar que no hablaba de la versión oficial de tortuga. En mi casa se habla más  de bichos que de otra cosa, aunque últimamente se están viciando más de la cuenta con la consola, y eso que se la restrinjo. El otro día, no recuerdo quién me decía que a su hijo no piensa comprarle consola porque le gusta más que juegue con otras cosas… Me parece muy bien, a mí me encanta cuando mis hijos juegan con otras cosas que no son las consolas, pero cuando me encuentro con que el mayor entretenimiento de mis hijos es cazar bichos, coleccionarlos, meterlos en casa y olvidarse a veces de cerrar la tapa del terrario y los bichos empiezan a salir en plan ebullición de una olla rebosante…  O cuando te cogen los mejillones a escondidas, mientras los limpias, y se los quedan como mascota; o abres un armario y te encuentras un caracol trepando por un lateral o por la barra de las cortinas del salón; o coges un Tupperware para guardar algo y encuentras el cadáver de tres mariquitas, dos cochinillas y una polilla; o abres la cremallera del bolsillo de la cesta de la piscina y te saluda una lagartija que acaban de cazar… Cuando vives con esta clase de emociones fuertes siendo una madre miedica de los bichos, el momento más placentero es en el que reina la tecnología punta,  porque sabes que la Nintendo no correteará por todas partes con patitas diminutas y antenas amenazantes, porque puedes relajarte colocando los pies descalzos en el suelo sin obsesionarte con algún bicho olvidado que te rozará un pie; la consola se transforma en un objeto maravilloso. A mí es que me empieza a preocupar que un día cojan piojos y no se rasquen delante de mí con tal de que no los extermine de sus cabezas y así guardárselos de mascota o alimento para la lagartija.

20 de septiembre de 2011

Yo no le encuentro el placer...


      Estoy cansada de fracasar en el gimnasio. No sé, debo de ser un bicho raro, pero no consigo sacarle el gustillo a eso del sufrimiento corporal, y mira que lo intento. He probado natación, aerobic, fitness, GAP, sping-bike, body pump, body combat… y siempre me pasa lo mismo: me aburro. Llega septiembre y, después de un veranito de relax, cañas a tutiplén en terracitas varias, helados, etc., decido ponerle remedio y compensar con un invierno sano a base de dieta y ejercicio. Con las ideas bien claras al respecto, elijo una modalidad deportiva, me apunto tres días por semana en el gimnasio más cercano, y me planto en Decathlon para equiparme: tres modelitos diferentes, uno para cada día; una mochila a juego; unas zapatillas impresionantes anti deslizamiento en tarima; unas cuantas toallas de última generación (esas que son como una Ballerina, pero sin el como) y claro, a juego con los colores de los modelitos de cada día; una botella especial para el agua, etc. Y de esa guisa me presento el primer día en el gimnasio, pareciendo una profesional en la materia que me voy a comer el gimnasio en cuanto entre. Aunque cuando miro a mi alrededor veo que las demás no se quedan atrás, por no  hablar de la monitora que lleva hasta un vendaje especial en mano y muñecas para el body combat, porque dice que se pueden abrir… Nunca imaginé que el aire opusiera tanta resistencia, oíga, que es al único a quién damos puñetazos, porque se trata de hacer una coreografía con movimientos de boxeo y artes marciales.

      El caso es que pasa la semana y yo encantada. Me preguntan en casa y las amigas, y yo feliz, con unas agujetas mortales que no me dejan dormir, pero disfrutando de boquilla porque creo que más adelante conseguiré sacarle el placer a ese deporte. Y así pasa un mes y medio, y a mí cada vez me parece más aburrido presentarme allí a dar patadas y puñetazos al aire. Mis modelitos que al principio eran un aliciente, ya los tengo más vistos que el tebeo y no estoy segura de querer renovarlos porque total, para ir a sudar, con ese dinero casi mejor me voy de compras. Y ahí cometo el primer error: me salto un lunes de gimnasio con la excusa, que no me creo ni yo, de renovar el vestuario deportivo, y vuelvo con vestidos y complementos varios. El martes me levanto sintiéndome culpable, pero prometiéndome que no se volverá a repetir y que al día siguiente iré como un clavo. El caso es que el miércoles, mientras me preparo el café, empiezo a notar que a los azulejos de la cocina no les vendría mal una limpieza a fondo y me quedo limpiándolos; y el viernes me entran unas ganas irrefrenables de limpiar también los armarios y la despensa por dentro. Así que el lunes, como la semana anterior he estado frota que te frota, me doy cuenta de que se me ha acumulado la plancha, y el miércoles pienso que una sesión de peluquería no me vendría mal, y total el viernes, para qué voy a ir, si no he ido en dos semanas me van a salir unas agujetas ¡qué no veas para aguantarlas el fin de semana con los niños! Y sin darme cuenta llega Navidad y yo aún no me he incorporado, entonces decido borrarme, ya he pagado un mes entero sin haber ido un solo día, no voy a pagar por diciembre que tiene cuatro días laborales, ya me apuntaré en enero de nuevo.

      Pero llega enero y me doy cuenta de que si no me ha gustando antes, no me va a gustar ahora de repente, por arte de magia. Así que decido buscar otro deporte. A ver, a ver… ya está ¡natación! Una vez me apunté a natación y, si no recuerdo mal, me gustó. Es un deporte muy completo, es bueno para la espalda, para la circulación, no notas tanto que sudas… ¡no hay más que hablar, natación! Así que un día que paso por Decathlon, me paro y compro unas gafas, las mejores, en eso no hay que escatimar en gasto, un gorro “supermegafasion”, un par de toallas estilo Ballerina pero XXL porque son para todo el cuerpo, y como ocupan poco me sirve para amortizar la mochila que compré anteriormente, porque con una toalla de las de baño que tengo en casa tendría que cambiar la mochila, y total para gastármelo en mochila me lo gasto en toalla, qué más da, así voy también más ligera de peso. Me compro un par de bañadores, porque esta vez no voy a cometer el mismo error y me apuntaré sólo dos días. Y llego a casa encantada con mi nuevo equipo deportivo para combatir los excesos navideños. Pero pasan los días y empiezo a pensar que quizá no es el mejor momento para apuntarse a natación, qué rollo salir con el pelo mojado con el frío que hace, o secármelo allí y perder un montón de tiempo que podía usar perfectamente para hacer otras cosas más entretenidas como leer, navegar por internet o incluso limpiar los cristales me apetece más.
      Este año, sin embargo, he decidido ir por libre, voy a ir a correr, bueno, mejor dicho, ayer fui a correr: es gratis, se ahorra tiempo porque salgo del portal y el tiempo empieza a contar hasta la vuelta, puedo usar el mismo equipo que me compré con anterioridad (bueno, el de natación no, el otro… Aunque debería comprarme unas zapatillas especiales, pero no me atrevo por si las moscas), mi teléfono dispone de iPod cargado de música y podómetro, que es otro ahorro más para no sentirme culpable si abandono ¡qué más puedo pedir! Pues salud… Ayer fui a correr con un pequeño dolor de garganta y volví con un trancazo de tres pares, sólo a mí se me ocurre correr en esas condiciones, pero es que era ¡ahora o nunca! lo tenía decididísimo… Lo mejor de todo fue la información que me dio el podómetro, me dice que corro (por llamarlo de alguna forma) a 5km/h, y que hice dos kilómetros y medio en veinticinco minutos. Lo mismo es que como corrí alrededor de la manzana, el GPS no calculó bien la distancia y se mareó un poco con las vueltas o se perdió y empezó a restarlas en vez de sumarlas, porque yo juraría que corrí más. Aunque la verdad es que entre los goterones de sudor en forma de catarata que me bajaban de las pestañas, vi cómo me adelantaba una vieja que iba al Mercadona. Lo peor de todo es que el podómetro también me informó de que había perdido 137 calorías (sólo le faltó hacerme un test de embarazo, por Dios, ¡qué eficacia!) ¿137 calorías sólo? Pero si por poco se me salen los pulmones por la boca y eso que no fumo. Así que no tuve otro remedio que compensarlas cuando llegué a casa con un sándwich de Nutella que me supo a gloria. Algún placer tenía que darle al cuerpo para engañarle y que siga queriendo mañana salir a correr si mejoro del trancazo.

Un libro, un recuerdo


      Llevaba un rato reorganizando los libros de las estanterías cuando se topó con aquel viejo ejemplar. Hacía años desde la última vez que lo abrió. Lo sacó del estante y se sentó con él para echarle una ojeada. Lo revisó atentamente por fuera, repasando con la yema de los dedos las letras del título en relieve sobre la portada. Eran tantos los recuerdos que se agolpaban en su mente con aquel libro entre las manos, que tuvo la sensación de que, al abrirlo, los vería pasar uno por uno frente a sus ojos. Aquel fue el primero que él le regaló.

      Aunque la luz no daba de lleno en aquel cuarto, observó que el canto de la cubierta había adquirido un tono amarillento debido al paso de los años. ¿Cuántos habían sido exactamente? Sabía que la respuesta la encontraría dentro, en la primera página. Lo abrió lentamente y se lo acercó al rostro, cerró los ojos e inspiró profundamente el aroma del papel. Conocía perfectamente cómo sería aquel olor, no le costó a su cerebro ningún  esfuerzo procesar aquella información; ese trabajo le tocaría realizarlo un poco más adelante, cuando ella leyera por enésima vez aquella dedicatoria escrita a tinta negra, y descubriera que estaba firmada en ese mismo día, pero diez años atrás. Su corazón, mudo por un instante, le devolvió un pellizco cargado de complicidad. Le hubiera gustado correr a contárselo, sabía que a él le encantaban aquellas pequeñas marcas que va dejando el destino con forma de casualidad. Pero hacía tiempo que no hablaban, y a ella le pareció una tontería presentarse así, sin más, con aquella noticia que ahora, de pronto, se le antojaba una bobada. Quizás a él ya no le interesarían esos pequeños guiños que de vez en cuando interferían en su camino, produciendo un remolino de sensaciones contradictorias.

      Con aquella última impresión cerró el libro, se incorporó del asiento y volvió a depositarlo en la estantería sin ningún orden aparente, eligiendo un hueco al azar que no correspondía con el lugar donde reposaba al principio. Quería que la próxima vez que se encontraran fuera así, de la misma forma, por un guiño. Antes de abandonar la estancia sonrió pensando que hacía diez años que él le había regalado ilusiones y que, después de todo, quizá, sí debería compartirlo.

16 de septiembre de 2011

Cuando yo jugaba...

      El otro día, el primer día de clase de mis hijos, al recogerlos del colegio les pregunté qué tal había sido el día, si les había gustado su nueva clase, qué habían hecho… El mayor (7 años) estaba enfadado porque ahora, en el recreo, ya no están en la zona infantil, sino que les llevan a uno de los campos de baloncesto. El caso es que decía que se había aburrido un montón, que sin columpios no tenían a qué jugar. En ese momento me transporté a cuando tenía su edad. En mi colegio nunca hubo columpios en el recreo. Es más, hasta cuarto de E.G.B, el recreo era un rectángulo con un tamaño inferior al de ellos, para los cuatro cursos (ocho o diez aulas en total, si no recuerdo mal, a partir de quinto íbamos a otro edificio distinto) y cuyo pavimento estaba compuesto por piedrecitas tamaño alubia, aunque algunas eran tamaño judión de La Granja. Como si el patio fuera una piscina de bolas pero en versión piedras, porque podías hundir el pie hasta el tobillo si querías. Aún puedo recordar, como si fuera hoy, el sonido de nuestras pisadas crujiendo entre el  griterío. Y jugábamos a todo lo que se jugaba entonces: a la goma, a correr y pillarnos, a los juegos de palmear con el de enfrente cantando, a lanzarnos puñados de piedras si nos descuidábamos, algunos a introducirse alguna piedra en las fosas nasales, imagino que para experimentar lo que se siente al tener un moco gigante... Lo primero que hacíamos era pegarnos a las verjas a ver si, por suerte, pasaban las madres con alguna chuchería. Y la verdad es que no necesitábamos nada más, teníamos ese pequeño espacio, estábamos apelotonados, y nos lo pasábamos en grande.

      Ahora, después de una semana, le ha cogido el tranquillo al recreo, porque dice que juegan a «Pokemon». Yo a su edad aún no jugaba a nada de la tele, imagino que jugar a barrio sésamo no era tan espectacular como lanzar una “ultraball” o un “hiperrayo”  devastador. Pero sí que recuerdo haber jugado en la calle, un pelín más mayor, a «V», (tecnología alienígena puntera, aún recuerdo las colecciones de pegatinas de la Teleindiscreta, si no recuerdo mal) a «Verano azul» (que ahora no le pillo el punto,  me pregunto cómo leches se jugaba a Verano azul; creo que aquí lo que molaba era pedirte ser Bea , a ver si con un poco de suerte el niño que te gustaba  elegía ser Javi o Pancho… otro sentido no le veo a este juego si no) Y, cómo no, ¡El juego de las actuaciones!, por Dios, esas representaciones musicales, aprendiéndonos las canciones de Rafaela Carrá y compañía, las demás amigas sentadas enfrente, como espectadoras, esperando su turno... Por favor, decidme que alguna de mi época habéis jugado a este juego con la canción de «Estalla la tormenta», que no sé ni quién la cantaba, ni si ese era su título real, pero es que si te la pedías habías triunfado ese día en el juego, de la emoción, te desgañitabas dándolo todo en la pista (no entiendo cómo yo tenía narices a cantar, si aquello debía de ser una vergüenza ajena escucharme…) Y esas letras… por favor, si yo ahora cuando veo  a las niñas cantando coplas en los programas de pequeños artistas, poniendo tanta garra y sentimiento a esa canción de amor no correspondido, esas “minipantojas” llorando a moco tendido en escena, que me pregunto si entenderán algo de lo que están cantando porque no me cabe en la cabeza que lo procesen realmente, a su edad… Me daría menos grima escuchar a Leticia Sabater cantando “Susanita tiene un ratón”… bueno no, lo retiro, esto sería más heavy aún.

      Y me sorprende ver todavía muchos juegos de entonces, aunque más evolucionados. Las peonzas, por ejemplo. Me encantaban las peonzas de madera, tunearlas con rotuladores, ponerle a la cuerda una chapa aplastada con un agujero en medio para evitar que se escapara… El año pasado mis hijos tuvieron de las de ahora, pero aquello no eran peonzas, eran como platillos voladores con forma de peonza. Para empezar ya vienen tuneadas de serie y también bautizadas. Las de ellos se llamaban: una Spider y la otra Cobra, ambas de plástico color fosforito y transparente, con el dibujo haciendo honor a su nombre y ¡sorprendente! la cuerda viene dentro de la peonza, se saca del culo mediante una tapa y para que no se te escape la cuerda al lanzarla, ya no es necesaria la chapa, viene una especie de estrella de plástico… una mierda, vamos. Y no, ya no sé lanzarla, al igual que ya no sé bailar el Hulahop, lo intenté este verano con uno de mi sobrina y “pa habernos matao” ni dos vueltas duré… Me da miedo intentarlo con la comba y encontrarme con que ya no soy la saltadora que era, que no lo seré ni de coña, porque me estrené el año pasado en casa de unos amigos saltando en un castillo inflable (me quedaba la espinita que de pequeña no los había, o al menos yo no probé ninguno) y ¡la leche! ni cinco minutos duré, ¡qué digo ni cinco! si creo que di diez saltos y ya no pude levantarme.

      O las canicas, recuerdo que ibas al quiosco a comprar canicas a granel y, a veces, me encontraba en el dilema de si comprar chuches o canicas, o mitad de cada. Salía de casa por ejemplo con seis canicas (algunas eran mis preferidas, veteranas con sus propias marcas de guerra) y, o bien volvía con los bolsillos llenos o sin ellas, lo más habitual... Ahora vas a los chinos y te venden una malla llena de canicas, ¿cómo les va a emocionar a los niños perder o ganar canicas? Si por sesenta céntimos ya tienen una bolsa llena...

    Y ahora me doy cuenta que con lo que menos jugaba, era con muñecas... Nunca tuve Barbis ni Nancys. Tuve dos Nenucos, uno negro y otro blanco. Una vez me regalaron una Rosaura gigante, esa que le crecía el pelo tirándole de las coletas (seguro que ahora Supernany diría algo al respecto), y luego le girabas un botón en la espalda y se le encogía de nuevo. A mí me da que le tenía un poco de yuyu a la muñeca... porque no me recuerdo jugando con ella. Lo mismo mi mente cagonetas no me permitía tirarle tranquilamente de las coletas, por si luego ella en la noche me tomaba la revancha, presentándose a jugar conmigo agitando las coletas de forma diabólica. Sí me recuerdo, en cambio, jugando a los pinypones y a las barriguitas... Aunque lo que más me gustaba del mundo eran los recortables.

    Y de las maquinitas no hablo, porque no tuve... pero eso lo mismo da para un post entero si las comparamos con las que se gastan ahora los niños.

11 de septiembre de 2011

Uno más

   
      Le reconocí en cuanto le vi aparecer, era exactamente como le recordaba: frío, gris y con aire melancólico. Aunque no siempre era así. En algunos momentos, sobre todo al principio, puede que para no terminar de mostrarse del todo o por el placer de recrearse en su letargo, enseñaba su lado más cálido y suave, envolviéndolo todo en un aura de cobijo.

      Lo más característico en él, y que me proporcionaba mayor placer, era su olor. Húmedo. Era imposible, cuando lo desprendía, resistirse a olvidar el caluroso verano y el bullicio de sus largos días; transportados con el revuelo de hojas a ese lugar de la memoria donde se filtran y archivan los recuerdos, esos que ninguna estación confina.

5 de septiembre de 2011

Tarde de amigas


      El día 2 comenzó la III edición de Microjustas literarias en Ociozero. Éstas consisten en una competición de microrrelatos de 50 palabras, donde eliges un tema de la lista y luchas con un rival escribiendo un micro sobre el tema. Como en «Los inmortales» sólo puede quedar uno. De este modo los vencedores de cada ronda pasan a la siguiente, hasta quedar un solo ganador.

      Esta vez he roto mi maldición de caer del caballo en la segunda ronda… Para variar he mordido el polvo en la primera ¬.¬ Dejo aquí mi aportación a esta competición y toca esperar la siguiente edición. La temática era villanos, y yo elegí «Ogro»

Tarde de amigas

―Fiona, ¿por qué está tan raro Shrek últimamente? ―preguntó Bella Durmiente, mientras tomaban el té juntas.
―¿Está raro?
―Bueno… no, no me hagas caso. Debe ser que tengo falta de sueño últimamente. ―le contestó, esperando que no se le hubiese notado el sonrojo.

2 de septiembre de 2011

Club de lectura: El bolígrafo de gel verde


      Alguna vez me ha pasado que, después de leer un libro que me ha gustado, hubiera querido tener la ocasión de comentar con el autor sobre lo que he leído: lo que más me ha sorprendido, lo que esperaba y no ha sucedido o al revés, alguna curiosidad sobre algún personaje que ha pasado sólo de soslayo… Cuando leí El bolígrafo de gel verde, tuve el placer de conocer a Eloy Moreno en persona y enviarle algunos correos electrónicos donde, amablemente, satisfizo esa curiosidad por mi parte hacia su libro. Cuando recomendé su libro desde aquí, algunos de vosotros sé que lo leísteis, y ahora tenéis la oportunidad de comentarlo con su autor a través de un club de lectura que ha organizado desde facebook.

      En esta iniciativa participamos casi 1400 lectores del libro y aún estáis a tiempo de apuntaros, comenzará el lunes  5 y durará unas cuatro semanas. Este es el enlace para darle al “me apunto”  http://www.facebook.com/groups/240505485973080/ A partir de ese día podréis charlar y destripar la novela directamente con Eloy, al que podréis preguntar sobre ella: cómo nació, los personajes, el proceso de escritura o publicación...

      También se sortea, entre todos los participantes, un fin de semana en Espot, que es uno de los escenarios de la novela. ¿Os animáis?

      *Por si alguno lo está pensando, NO, no me ha pagado Eloy para que le haga de RRPP jajajajajaja, pero no me digáis que no es una bonita iniciativa para acercar a lectores y escritores ;)