7 de febrero de 2011

El peso de una carta

Cap. anterior: Aquello que olvidé en Kenia

      Llegamos al aeropuerto de Nairobi a primera hora de la mañana. Habíamos acudido por la muerte repentina del señor Sherman. Un infarto que avisó con un amago semanas antes, se lo había llevado mientras veía la televisión en el salón a altas horas de la madrugada. La señora Sherman se encontraba dormida en la habitación y al levantarse por la mañana lo halló tendido en el suelo. Cuando nos llamó desconsolada para darnos la noticia, tanto Chris como yo estuvimos de acuerdo en que no podíamos faltar. Los Sherman fueron un gran apoyo para nosotros cuando mis padres sufrieron aquel accidente, y ahora la señora Sherman necesitaba el apoyo de todo el que pudiese acudir a su lado.

      Encontramos a la señora Sherman bastante demacrada. Habían pasado dos años desde la última vez que nos vimos y sin embargo parecía que por el rostro de aquella señora menuda con pelo blanco, hubiese pasado una década. Sus hijos habían sido mis amigos inseparables en la infancia. Me parecía increíble que hubiese pasado tanto tiempo. Yo esperaba recibir dos caras adolescentes abriendo la puerta, las que mi memoria había retenido el día que nos despedimos; y encontré dos caras marcadas por las señales del tiempo y el reflejo de la tristeza. Nos abrazamos como si no hubiesen pasado todos aquellos años. Como si aquel abrazo no fuera por el fruto de la tristeza que en ese momento acompañaba sus vidas, sino el rastro de la amistad que había marcado y unido de nuevo las nuestras. Hubiese preferido que el encuentro con ellos hubiera sido por otro motivo, fruto de la casualidad o un simple retorno, y haberlo celebrado con unas copas y unas risas recordando las viejas historias.

      Al día siguiente del funeral, la señora Sherman nos invitó a su casa a comer, y Chris y yo aprovechamos  también la visita para despedirnos de todos ellos. Tuve ocasión de ponerme al día con Philip y Joey, de intercambiar nuestros teléfonos y de planear una futura reunión para retomar nuestro contacto. Allí, junto a ellos se encontraban también sus esposas. Mary la esposa de Philip, una escocesa muy rubia, con el pelo casi blanco y los ojos verdes, que había dejado grabadas y milimétricamente perfiladas, cada una de sus facciones en sus tres hijas: Mary Jane, Lucy, y Kimberly. La mujer de Joey se llamaba Emma, era americana y tenía el rostro marcado por una eterna melancolía de la que no se despegó en todo el tiempo que compartimos con ellos. Joey me contó que llevaban más de cinco años intentando tener hijos sin ningún éxito, quizás fuera ese el reflejo que mostraban sus ojos, pues se sintió muy apenada cuando la señora Sherman menciono lo de la niña que Helen y yo perdimos en el quinto mes de embarazo.

      Fue una visita muy agradable a pesar del mal trago que se estaba atravesando allí por el fallecimiento del señor Sherman. Los reencuentros suelen estar envueltos con un aire de dulce melancolía por el recuerdo, y una fresca brisa por lo venidero. De vuelta a nuestra casa me sentí de pronto reconfortado. Era como si todo, de repente, hubiese adquirido otro color.  Las sensaciones que experimentaba no tenían nada que ver con las que había sentido hacía dos años, cuando los acontecimientos que me trajeron por trabajo hurgaron para punzar sobre una herida abierta. Nuestra casa palpitaba con el resplandor de aquel sol que la hacía más bonita de lo que yo recordaba. El encuentro con los hermanos Sherman me había devuelto el sabor de los viejos años vividos en aquella calle, donde aprendimos a montar en bicicleta y a pasear nuestras rodillas llenas de  costras con mercromina; a jugar al balón; a pelearnos y creer ser los más valientes; a perdonarnos y jurar ser siempre amigos; a despedirnos y reencontrarnos ahora con la juventud marchita.



      ―…¿Qué me dices?... Paul, Paul ―le preguntó Chris en la puerta de su casa, cuando volvían de casa de los Sherman.

      ―Perdona estaba pensando en mis cosas y no te estaba escuchando.

      ―Te decía, que he pensado que deberíamos vender la casa. No merece la pena mantenerla, hemos estado dos años sin venir, y de no ser por el funeral del señor Sherman, hubiesen pasado otros tantos.

      ―Estoy pensando regresar aquí, Chris, mi trabajo puedo realizarlo desde cualquier parte, siempre estoy viajando, y creo que me vendría bien un cambio de aires.

      ―¿Es por Helen?

      ―Es por todo. El volver aquí me ha abierto los ojos. Quizás es mi condición de escurridizo, siempre estoy huyendo de todo.

      ―¿Cómo está tu relación con Helen, tenéis algún contacto?

      ―Hace un mes que ni hablamos por teléfono.

      ―Es normal, primero pierde a su hija, y luego poco a poco te pierde a ti. Lo tiene que haber pasado mal.


      ―Yo lo intenté, Chris, te aseguro que lo intenté con todas mis fuerzas, pero nuestra relación llevaba mucho tiempo fría. Aquella niña era lo único que nos mantenía algo ilusionados, pero era eso, sólo una ilusión.


      ―Nunca me he atrevido a preguntarte, pero al aterrizar ayer no pude evitar acordarme. ¿Qué pasó con la chica española, le llegó tu carta?


      ―No lo sé, imagino que sí. No supe nada, no me contestó era de esperar.

      ―¿Qué decía la carta? Si no es meterme demasiado en tu vida.

      ―Siempre te metes demasiado en mi vida, esperaba esta pregunta hace dos años, lo raro es que te hayas mordido la lengua durante tanto tiempo.


      ―Estuve a punto de no entregarla.

      ―Ojala no lo hubieses hecho.

      ―¿Por qué? ¿Qué decía? Ahora sí que estoy intrigada.

      ―Pues en pocas palabras, aunque la verdad es que fueron muchas las que le escribí, le contaba cómo estaba mi vida en ese momento y que me debía a esa vida que había elegido.

      ―Al final me escuchaste, ahora me siento culpable por inducirte.

       ―No te escuché, era lo que sentía que debía hacer y no te sientas culpable por tus palabas, estaban cargadas de razón.

      ―¿Sabes que también estuve a punto de abrirla y reescribirla para disuadir cualquier intención, por tu parte, de un posible encuentro?

      ―No hubieses podido, la escribí en español.

      ―Ya lo sé.

      ―¡Entonces la abriste!

      ―No, me lo imagin… Bueno, sí, la abrí. Pero me arrepentí en el acto y la dejé como estaba. Ahora me arrepiento, de haberlo hecho cabría la posibilidad de que ella lo hubiese notado y haber insistido para asegurarse.

      ―Vaya, ahora te veo muy de su parte.

      ―¿Por qué no lo intentas? Ve a buscarla, ahora eres libre.

      ―Ahora no sería justo, Chris.

      ―¿Por qué no? Yo lo veo muy lógico.

      ―Tú no leíste la carta, fui demasiado seco y frío, no quería que notase ninguna duda por mi parte y creo que me pasé un poco de la raya guardando la distancia. Si ahora aparezco parecería que la utilizo de segundo plato. Yo lo interpretaría así en su lugar, créeme.

      ―Al menos, deberías intentarlo, eso es lo que yo pienso aunque no haya leído la carta.

      ―Y yo pienso que eres una pesada y que deberías meterte en tus propios asuntos.

      ―Te estás poniendo a la defensiva, en el fondo te apetecería hacerme caso.  Lo estás desando, no seas tonto, puedo acompañarte al hotel donde entregué la carta, aún recuerdo al recepcionista, era hindú.

      ―No Chris, en serio, déjalo estar. Quiero volver a Londres, coger mis cosas e instalarme aquí. Necesito poner mis ideas en su sitio. No quiero hacer daño, ya me sobra con el que le he hecho a Helen.

      ―Pero sientes algo por Eva o no lo sientes…

      ―Ha pasado demasiado tiempo y me da miedo que lo que siento no sea cierto, sino un espejismo de lo que sentí en su día. Además, en estos dos años puede que su vida haya dado un giro grande.

      ―Lo que tienes es miedo a hacerte ilusiones, Paul, no a lo que sientes.

      ―Eso puede que también.

      ―Pero no tienes nada que perder por intentarlo, si no la encuentras o no quiere saber de ti, es lo mismo que tienes ahora.

      ―No me líes Chris, déjame pensarlo un tiempo y ya veré qué hago.

      ―No lo pienses demasiado, Paul, ya han pasado dos años, el tiempo en este caso no cuenta a tu favor.

      ―Venga pesada, acompáñame a ese hotel. Como esto salga mal y me pase factura, siempre te recordaré que tú me embaucaste.

      ―No seas liante ni cobarde, esta historia es tuya desde el día en que comenzó, yo sólo soy una pieza imprescindible de este puzle.


      ―¿Imprescindible? No me hagas reír.

      Necesité preguntarme mentalmente, dos o tres veces, si estaba seguro de querer retomar aquella historia, pero la respuesta sólo me llegó cuando salimos de aquel hotel donde no logramos encontrar al recepcionista. Había vuelto a la India hacía más de un año, y ahora residía en Nueva Delhi. Fue en ese momento, al saber que no sería nada fácil dar con el paradero de Eva, cuando sentí la necesidad de querer seguir adelante en busca de algo que no sabía dónde me llevaría, pero con la certeza de que si no lo descubría no me dejaría vivir tranquilo.

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