27 de enero de 2011

Orgullo


      Miró detrás de su espalda por si su orgullo le seguía, tenía miedo de que otra vez le envenenase con la vanidad y la arrogancia de sus espinas. Trató de escapar al saberse libre de aquel yugo que en otras muchas ocasiones le había hecho sentirse tan fuerte y seguro. Sentía que reprimirlo estaba siendo su mayor cruzada, esa que deja un regusto agrio por lidiarse con el rival más temido: el aceptar la derrota contra uno mismo. Aún así, decidió continuar en su empeño, haciendo oídos sordos de las voces que en su conciencia reclamaban volver a su sitio a recogerlo, armarse con él hasta las cejas y vencer a cualquier precio.

      Pero esta vez era demasiado tarde para su orgullo, él había medido lo que estaba en juego y se liberó de tan pesada armadura, aunque sólo fuese por un breve espacio de tiempo.

18 de enero de 2011

Dentro de una caja había


Encontré una vieja caja de metal, donde solía guardar las pequeñas cosas que iban sucediendo durante mis carreras por la vida, para así detener el tiempo. Al abrirla, un millón de sensaciones me revolotearon por dentro mientras descubría su contenido. Saqué de ella:

Una cita perfecta y otra olvidada.
La entrada de cine de una película que me perdí, para perderme entre las caricias de unos besos.
Un puñado de sonrisas y el cerco que dejó algún pequeño charco de lágrimas. 
Un sueño escondido detrás de una vieja foto desenfocada, donde la ilusión había permanecido congelada.
Una carta que jamás fue enviada, otra que se gastó de tanto ser leída, y otra que rompí y después pegué con el pegamento de la esperanza.
Una pulsera de colores partida por el desgaste de la euforia de muchos momentos. 
Una fecha inolvidable, anotada en el reverso de un sobre amarillento, junto con un número de teléfono que mil veces marqué.
Un lazo para el pelo con el olor de la añoranza.
Dos billetes de tren con destino a la ciudad de los recuerdos, uno de ida y otro de vuelta.

12 de enero de 2011

¿Por qué el cartero siempre llama a mi casa?

      Al menos, todo hay que decirlo, nunca llama dos veces…

      Yo tengo dos teorías: que pulsa por sistema a todos los botones del portero automático, aunque lo raro es que cuando contesto sólo escucho mi ¿Quién es?... o que por las mañanas soy la única habitante de mi bloque y ya me ha calado, ahorrándose así pulsar el resto. A veces, cuando sube a traerme una multa  o cualquier otra carta certificada, me dan ganas de preguntárselo, por curiosidad más que nada, pero nunca lo hago, no vaya a ser mal interpretada mi pregunta.

      Cuando llaman los del buzoneo, siempre les abro la puerta, me recuerda a mi época de estudiante, cuando realizaba ese tipo de trabajos, muy odioso la mayoría de las veces, porque la gente es muy poco agradable cuando se les pulsa al telefonillo… Recuerdo que solía empezar pulsando los botones de los pisos más altos, no sé si es que me daba miedo que los del bajo me abriesen cara a cara y con cierta mala leche por el momento inoportuno de mi visita, pero era una técnica que llevaba a rajatabla. Quizá es por eso que el cartero llama a mi puerta, porque vivo en un quinto… lo mismo esa técnica viene subliminalmente inscrita en algún manual de usuario.

      El otro día un “buzoneador” llamó a mi telefonillo a las 16h. justo cuando acababa de quedarme frita en el sofá. Como ya he dicho antes, yo suelo ser solidaria con su trabajo, pero si me despiertan con un sobresalto, suelo gastar muy mala uva, y me vuelvo bastante ecológica, diciéndoles que estamos en el siglo XXI y que hagan el favor de pensar en el medio ambiente, que la publicidad se envía por internet o por la tele… Aunque si se trata del catálogo de Ikea, me disminuye la fiebre ecológica y vuelve mi solidaridad con el gremio repartidor de buzoneo.

      Esta mañana se presentó en mi puerta de arriba, una comercial del círculo de lectores. Yo prometo que intento ser paciente y amable con ellos… Le entregué la mejor de mis sonrisas cuando dije: “No gracias, no estoy interesada.” Pero ella creo que se puso unos tapones invisibles para no escucharme, porque abrió una revista y se puso a enseñarme su contenido. Entonces, continuando con mi sonrisa, como si se tratara de un anuncio de Colgate, contesté diciendo: “No gracias, me gusta comprar mis libros en las librerías y poder tocarlos…” Y ella, que no sé si había cambiado sus tapones por unos auriculares con música en estéreo, insistió en la diversidad de títulos que ofrece la revista, la actualidad literaria en mis manos, y no sé qué más ventajas. A mí, que la sonrisa se me estaba empezando a congelar, y más que un anuncio de Colgate, parecía que me había pasado con el Corega y se me habían pegado los labios a los dientes, se me estaban hinchando las narices y le solté que en realidad no leía casi nada, y que no le compensaba perder su maravilloso tiempo conmigo, ni a mí tener una revista literaria… ¿Y qué creéis, que desistió? Pues creéis bien, siguió erre que erre, volvió a abrir la puñetera revista y yo que ya no sabía cómo quitármela de encima, le arranqué la revista de las manos, ya vería lo que haría luego con ella, y cuando intentaba cerrar la puerta y despedirme, me dijo que no, que tenía que suscribirme… Y a mí que ya la única sonrisa que me quedaba era la que le enseñó Cachuli a la Pantoja: “Dientes, dientes, que es lo que más jode…” Mi paciencia rozaba sus límites, pero decidí volver a la frase amable del principio, ahogando mis ganas de también haberle dicho cuatro cosas, entre ellas que si cuando bajase al portal se encontraba con el cartero, le dijese que si se le ocurría llamar  hoy a mi puerta, más le valía que fuera porque traía una carta o un paquete olvidado de los reyes magos.

11 de enero de 2011

Pájaros de papel


Pájaros que no eran pájaros, sino figuras de papel que volaban a su alrededor sin orden ni concierto, esperando una mirada o un gesto, para tomar vida propia y no dejarse guiar por los hilos donde estaban sujetos. En la habitación, el tiempo se le escapaba entre los dedos como un puñado de arena. La ventana estaba abierta y entre los barrotes, el aire frío que entraba, movía los hilos de aquel carrusel de colores que se enredaba con sus cabellos.
―Cabeza alta y no tengas miedo ―se decía a sí mismo, mientras se peinaba frente al oxidado espejo, convencido de que los pájaros que tenía en su cabeza, no eran más que  el producto de muchas noches perdido en sus sueños.

(Escrito para el decimocuarto reto de microrrelatos del foro de Nuncajamás)

8 de enero de 2011

Entre dos copas de vino



      Si me hubiesen preguntado qué era lo que había visto aquella noche, no hubiese sabido qué responder. Nosotras lo llamábamos noches de cine, y nunca sabíamos qué película íbamos a ver. Si nos distribuían a más de cuatro a lo largo de una mesa, ya sabíamos que allí se iba a montar un buen sarao. Esas eran las pelis de acción, podíamos terminar mezcladas unas con otras, regadas de agua en vez de vino o de cerveza, incluso más de una hecha añicos. Era divertido pero también te jugabas la vida. Las copas de champán eran las que antes solían caer en esas celebraciones y, aunque son insoportables y siempre van presumiendo por su figura fina y delicada, solemos dejarlas creerse lo que quieran. En el fondo nos dan bastante pena, algunas no aguantan nada y se rompen el mismo día de su estreno. 

      Yo, afortunadamente, soy una copa de vino, y también una enamorada de las películas románticas que, traducido a nuestro cine, son las mesas de dos, incluso a veces de cuatro. Son sesiones tranquilas y relajadas. Aunque no siempre es así, a veces asistimos a escenas de tensión donde nos encantaría tragarnos el vino que contenemos y entrar en un profundo sueño, hasta que el calor y el ruido del lavavajillas nos despierte.

      Aquella noche no sé qué tipo de película nos tocaba, parecía de cine mudo, era una mesa de dos y mi compañera tenía las mismas dudas que yo. Habían aterrizado en nuestra mesa dos comensales que apenas hablaban, aunque tampoco parecía que estuviesen enfadados, simplemente se mantenían en silencio y, de vez en cuando, se preguntaban algo que se les ocurría y, después de contestar, volvían a sumergirse en otro incómodo silencio que nos mantenía intrigadas. Uno de ellos apenas probaba el vino, el que me tocó a mí para más señas. Lo bebía pero no parecía disfrutarlo. Nosotras notamos ese tipo de cosas, es un acto muy íntimo el que compartimos con ellos, no todo el mundo está acostumbrado como nosotras, a rozar los labios de otros. Lo que no sabría distinguir era si no lo disfrutaba porque mi contenido no era de su agrado, o porque le incomodaba su acompañante. Le pregunté a mi compañera, para saber si a su comensal le ocurría lo mismo, a lo que me contestó que no había notado nada extraño en su forma de beber, excepto que había dejado una huella en el filo con su lápiz de labios, cosa muy habitual.

      Por el contenido de la breve e intermitente conversación que mantenían, quedaba claro que se conocían bastante, pero su actitud en la mesa revelaba que era la primera vez que cenaban juntos, incluso  a ratos me  daba la sensación de que era la primera vez que se veían; aunque por momentos parecía todo lo contrario, que se habían visto muchas veces. Lo que sí tenía claro y deduje desde el principio, era que no se trataba de una pareja como tal.

      Antes de llegar a los postres, y previendo que en cualquier momento nos retirarían de la mesa, empujada por la intriga que me producía aquella extraña pareja, le propuse a mi compañera realizar un experimento para descubrir más detalles sobre nuestros invitados. Intercambiamos nuestras posiciones de tal modo que mi compañera se situó frente a él, y yo justo delante de ella, pudiendo observar que ya no le quedaba ni un rastro de su lápiz de labios. Cuando ambos dieron un sorbo de vino, lo notamos en nuestra superficie, a la vez que ellos lo sintieron y acompañaron con sus cómplices miradas, era la primera vez que sus labios se acariciaban en algo parecido a un beso latente.

3 de enero de 2011

Historia de una mirilla


      Por más que intentaba no hacer ruido al subir aquel tramo de escalera, era irremediable, el crujido de la madera me delataba y la vecina del primero derecha abría su mirilla para observarme cada vez que subía a mi piso, situado en el tercero. Nunca había visto su cara. Sabía quién vivía porque Prudencia, la portera,  me había contado, el primer día que me mudé, la vida en verso de todos y cada uno de los vecinos de aquel pequeño inmueble.

      Lo formábamos siete vecinos.Prudencia tenía un pequeño apartamento en la planta baja, de cuya puerta de entrada salía un pequeño cubículo con forma de mostrador y que era la portería. En el primero derecha la adicta a la mirilla, una señora viuda de la que no sabía más datos. Enfrente de ella dos jóvenes con los que me habría cruzado, en el año que llevaba aquí viviendo, unas seis veces; y según Prudencia: “Esos dos son pareja, porque dos hombres viviendo juntos ya se sabe…”, decía mientras miraba de reojo hacia la escalera, haciendo una mueca con los labios y transformándolos en una línea recta que apuntaba hacia el lado donde había dirigido la mirada. Yo solía evitar ese tipo de conversaciones cuando se acercaba con sus chismes y un trapo para limpiar los buzones, mientras yo sacaba mi correo; pero se ponía tan simpática y servicial: “Espera que ya que lo has abierto aprovecho y te lo dejo reluciente por dentro”, que me daba no sé qué cortarla; y me costaba trabajo luego deshacerme de ella porque me bombardeaba sin parar, como si estuviese hambrienta de conversación me iba siguiendo por todo el portal. A veces me daba miedo de que me siguiese escaleras arriba, por si se metía conmigo en mi casa. Para evitarlo, me quedaba plantada sin subir un escalón. Pero ella lo interpretaba como que no tenía prisa y me invitaba a un café, entonces aprovechaba yo para mirar el reloj y decirle lo tarde que era, o que esperaba una llamada.

      En el segundo vivía un matrimonio con tres hijos adolescentes. Compraron los dos pisos para juntarlos y convertirlo en uno más grande, pero finalmente los volvieron a separar porque se divorciaron. Según dicen las malas lenguas o, mejor dicho, la lengua de Prudencia: “Alguna puerta  han debido de dejar abierta, pues los niños nunca salen por la puerta que entraron…”. A veces me he preguntado si Prudencia tendría cámaras secretas instaladas en los rellanos para controlarnos a todos.