14 de diciembre de 2011

Colores difuminados


      Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción durante la tarde, que me parecía estar atascada en una especie de bucle. Lo cierto era que todo a mi alrededor giraba mientras yo me encontraba en el centro de la pista, bloqueada, inmóvil, con los patines puestos y sin saber si los pies me mantendrían erguida por más tiempo. Me fascinaba ver el deslizamiento y las acrobacias del chico del gorro morado, había estado toda la tarde observándole. Parecía que entre las cuchillas y el hielo tuviera una especie de corriente de aire que le transportara sin necesidad de moverse siquiera.
      Decidí imitar sus suaves movimientos. Si había conseguido llegar hasta el centro de la pista sin morder el hielo, podría deslizarme alrededor de ella como los demás o, al menos, eso esperaba; no podía ser tan difícil, hasta los más pequeños lo hacían con agilidad. Mi pierna derecha estaba adelantando un buen tramo a la pierna izquierda, pero un ligero temblor acudió a mis rodillas cuando vi una figura acercarse a toda prisa hacia mis coordenadas y, acto seguido, sentí cómo mi cuerpo se deslizaba por la pista de una forma imposible. No podía creerlo. Había cerrado los ojos instintivamente para recibir la caída y, al abrirlos, noté aquella maravillosa sensación del aire acariciando mi cara a gran velocidad, y las imágenes pasando como borrones de colores a mi alrededor. Me agarró más fuerte cuando notó que en mi cara se dibujó un atisbo de inseguridad.
     ―¿Te atreves con unas vueltas? ―me preguntó cuando ya había comenzado a darlas, y mis ojos le contestaron que si no me soltaba me atrevería también a saltar en paracaídas.
      ―Ahora viene algo más fácil, te voy a soltar las manos, agárrate a mi cintura y sígueme.
     Y le seguí al fin del mundo o eso me pareció porque allí ya no había gente y la música se había evaporado. Solo escuchaba el deslizar de las cuchillas. Solo veía su gorro morado guiando mis pasos. Solo sentía el calor de su cuerpo bajo mis manos.
      ―¿Estás preparada para intentarlo tú sola?
     «No», quise decirle, pero no me dio tiempo ni a pronunciarlo porque me había soltado antes de terminar la frase. Lo estaba consiguiendo. Mi cuerpo fluía a su ritmo o bien él seguía mis pasos, a unos veinte centímetros, sonriendo. Sus ojos decían ¡Lo estás haciendo genial! A la vez que su cuerpo se desvanecía y comenzaba a alejarse.
      Instantes más tarde volví en mí. Me hallaba tirada en el suelo rodeada de un grupo de gente y un dolor agudo en alguna parte de mi cabeza.
      ―¿Estás bien? ―me preguntó el chico del gorro morado cuando abrí los ojos.
      ―¿Qué ha pasado?
      ―Te pusiste en medio de la trayectoria de otro patinador.
      ―¿Cuando patinaba contigo?
      ―¿Cómo dices?
     ―¿Me puedes enseñar? ―le pedí cuando reaccioné de mi confusión, sin prestar atención a lo dolorido que sentí mi cuerpo al incorporarme y sin soltar la mano que me había prestado.
    ―¿Estás segura de encontrarte bien para patinar? ―y antes de acabar la frase ya había manchas de colores difuminados a nuestro paso. 

(Inspirado en la frase de Fernez: " Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción" para El CuentaCuentos)

2 de diciembre de 2011

Frente a él


      Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Mientras me ponía mi vestido favorito y alisaba los pliegues con delicadeza. Al recogerme el cabello como sabía que a ti te gustaba, con algunos bucles sueltos. Cuando borré el carmín de mis labios y dejé solo un brillo transparente. Al ponerme el perfume, mi perfume o tu perfume; ése que no había vuelto a usar desde que te marchaste porque, aun siendo mío, estaba impregnado de tu recuerdo. En el momento en que mis pies se colaron en los zapatos, al coger el abrigo y el bolso, al mirarme en el espejo por última vez antes de salir… Ahí lo deseé más que nunca, mis ojos en su fulgor te esperaban.

      Me temblaban las manos cuando empujé la puerta para entrar en aquel restaurante donde compartimos mesa, la primera vez que cenamos juntos. Aquella vez. Había pasado tanto desde entonces. Encontré nuestra mesa vacía y me senté en el mismo sitio para contemplarte en mi mente, para disfrutar de esa sonrisa capaz de detener el tiempo. Deseaba que fueras tú cuando me llamó desde la mesa situada en la esquina donde habíamos quedado. Yo no quería escuchar ni ver nada distinto al enigma que mostraban tus ojos cuando se cruzaron con los míos. Pero él se levantó y vino a sentarse frente a mí. Me cogió de las manos. No dijo nada. Él sabía que no era un buen momento para recordarme que tú jamás volverías.

      (Inspirado en la frase del Señor de las Historias: “Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma” Para El CuentaCuentos)

16 de noviembre de 2011

Sentidos y felicidad


Mirar por la ventana y ver que el día que esperabas frío y gris, se ha tornado soleado.
El olor a tierra mojada, a mar, a flores silvestres... a la piel cuando aún tiene gotas de agua después de un baño.
Escuchar una canción y cerrar los ojos para viajar a ese momento que la hizo especial.
Saborear algo y estar convencido de que, hasta ese momento, no habías probado nada igual.
Sentir unos dedos recorriendo la espalda.
Una mirada cómplice.
El dulce olor de la cabeza del bebé cuando lo tienes en brazos.
Sus primeras palabras.
Cuando abre un regalo que le has entregado.
Caminar sin zapatos por la playa.
Disfrutar de una sonrisa que acabas de recibir.
Un sabor que te devuelve a la infancia.
Despertarse con el aroma del café recién hecho.
Churros un domingo por la mañana.
El sonido de la lluvia tras el cristal y acurrucarse bajo una manta.
Un abrazo inesperado.
El cielo bajo el silencio de una noche estrellada.
Ese perfume que trae el recuerdo de alguien especial.
El espacio de tiempo que tarda en llegar un beso en los labios, el instante en que llega.
Sentir las lágrimas caer al cerrar la última página de un libro que te ha encantado.
Los sueños cuando aún no te has dado cuenta de que estás en uno…

      …la felicidad es ir descubriendo cada maravilloso momento en que tu corazón sonríe.

26 de octubre de 2011

Vistas al mar


      Abrió los ojos al tiempo que escuchó un ruido seco, como de una puerta que se cerraba, acompañado de un rumor rítmico procedente de la ventana. Se incorporó intentando descubrir dónde se encontraba. Al acercarse a la ventana fue acariciada por una brisa que le erizó el vello de los brazos. Cogió una manta que había doblada a los pies de la cama y se la echó sobre los hombros mientras contemplaba aquellas vistas al mar, y una silueta que caminaba a lo lejos bordeando su orilla. Poco después cerró la ventana y volvió a fijarse en la habitación. Estaba decorada de un modo algo rústico y ofrecía un aire como de estar anclado en el tiempo. ¿Qué hora sería? Miró a su alrededor pero no encontró rastro de un reloj. ¿Cómo había llegado a esa habitación? Se miró y vio que sólo llevaba un escueto camisón que recordaba haberse puesto la noche anterior para dormir. Abrió un armario con la idea de encontrar alguna pertenencia que le devolviera un indicio a su memoria. ¿Qué hacía allí? La ropa que había en el armario no le resultaba familiar. No encontró nada que le hiciera pensar que aquel lugar le pertenecía, se sentía extraña, ajena a lo que le rodeaba. Se sentó en la cama y volvió a mirar a través de la ventana, la silueta seguía en la playa, ahora estaba parada frente al mar, parecía estar comunicándose con él, en una especie de pacto silencioso. Decidió bajar a preguntarle, quizá podría ayudarla y decirle dónde se encontraba. Se acercó al armario de nuevo y buscó algo que ponerse.


      Abrió los ojos con el sonido leve y rítmico del crepitar de las llamas. No se sobresaltó al encontrarse en aquel lugar, sus ojos aún estaban hipnotizados por el fuego de aquella chimenea. Algo apartado de las llamas quedaban los restos de lo que podían haber sido cartas o papeles viejos. Se acercó a una distancia de medio metro y tiró de un trozo que se había salvado de la combustión. Aquella letra no era desconocida para él, pero no sabía de qué podía tratarse, eran palabras sueltas e inconexas. Se levantó de la butaca y dio una vuelta por aquella estancia. Era una casa que estaba seguro no haber visto antes, y sin embargo a la vez le resultaba familiar. Echó un vistazo por el ventanal que había junto a la puerta de entrada, a unos cien metros se encontraba el mar. Abrió la puerta y sintió el aire frío colándose en su camisa; se bajó las mangas y buscó a su alrededor algo de abrigo que ponerse, era principios de otoño. No encontró nada a simple vista, y observó que tampoco llevaba zapatos, pero la impaciencia por acercarse a la playa le restó parte del frío que había sentido en el primer golpe de brisa. Caminó junto a las olas preguntándose dónde estaba, qué hacía allí y cómo había llegado a ese lugar. Aunque en su interior no le importaba, le invadía una sensación reconfortante, como si el hecho de no saberlo le hiciera sentirse, a la vez que intrigado, libre. Miró hacia la casa que había dejado atrás, ahora estaba seguro, esa casa la había visto antes, pero ¿dónde? Le pareció ver una figura en  una de las ventanas de la planta alta de la casa. Decidió volver y preguntar, no sin antes disfrutar un rato más de aquella fría brisa, y de aquel murmullo del oleaje.

      Bajó sigilosamente los escalones de madera para evitar, en lo posible, los crujidos que iban dejando sus pasos.  No sabía qué o a quién podría encontrarse en la planta de abajo, y aquella sensación la inquietaba. Había un fuego encendido en la chimenea, y una butaca junto a ella con un cojín aplastado sobre el respaldo, pero la estancia estaba completamente vacía. Se acercó al fuego con la intención de entrar en calor. En el armario sólo había encontrado de abrigo una chaqueta de lana. Caído al lado de la butaca había un trozo de papel quemado, parecía su letra. Al cogerlo se confirmó que sí, lo era. Correspondía al trozo de una carta que había escrito tiempo atrás a alguien a quien no había vuelto a ver. Abrió la puerta de salida y una ráfaga de aire movió su cabello. Cruzó los brazos cerrando sobre su cuerpo la chaqueta que había cogido del armario y caminó hacia la playa. El sol quería brillar tras una nube que le franqueaba el paso. Tomó la dirección hacia la silueta que había visto desde la ventana preguntándose si sería él, y qué hacían allí.

      Sintió el calor al entrar de nuevo en la casa con gran regocijo, y se dirigió hacia las escaleras que conducían a la planta alta. Había dos puertas al final del pasillo, una correspondía a un cuarto de baño, y la otra a un dormitorio. Ambos estaban vacios. Observó que un lado de la cama estaba intacto, el que estaba cerca de la puerta de entrada. El otro tenía la almohada y las sabanas con las marcas propias de haber dormido. Miró a través de la ventana y observó a lo lejos una silueta que ahora estaba seguro de conocer. Ella parecía buscar a alguien, no paraba de mirar hacia todas partes ¿Le habría reconocido también? En un momento sus miradas parecieron encontrarse, preguntándose desde ambos lados cómo podían haberse cruzado sin verse.

      Al ver su imagen tras el cristal de la ventana corrió en dirección a la casa. No sabía por qué corría, dudaba entre la incertidumbre de conseguir respuestas y la necesidad de compartir aquella experiencia tan extraña donde parecía haberse congelado el tiempo y desaparecido el resto del mundo. La casa cada vez estaba más lejos.

      Bajó las escaleras a gran velocidad y cuando pisó la arena de la playa, ésta parecía alejarse a su paso con la misma velocidad. Frenó en seco cuando la vio esfumarse desde la distancia, como si se hubiera fundido con la bruma.

      Algo ligero acarició levemente su mejilla. Abrió los ojos y vio mecerse la cortina ayudada por el viento. En un rápido recorrido de su mirada descubrió que ahora se encontraba en su habitación. No se levantó, aún era de noche, cerró los ojos y se quedó acurrucada entre los retales de aquel sueño.

      Abrió los ojos sobresaltado. Se encontraba sentado en el sofá de su casa con el portátil, a punto de caer, sobre sus piernas. Lo dejó sobre la mesa baja que tenía delante para estirar las piernas y el cuello, eran las dos de la madrugada y pensó que ya era hora de irse a la cama. Antes de cerrar la página que mostraba su navegador, le llamó la atención una imagen publicitaria, frente a sus ojos se encontraba aquella casa con vistas al mar.

13 de octubre de 2011

Historia de un botón


      Cada vez que me pongo el abrigo negro y meto la mano en el bolsillo derecho, encuentro el botón que se me cayó aquel día, el segundo desde arriba. Nunca he querido coserlo. Me gusta jugar con él dentro del bolsillo, me hace recordar cómo comenzó todo. Cuando elijo ponerme ese abrigo, siempre te fijas en la ausencia del botón. La primera vez que notaste su falta, tu frase fue: «¿Sabes que has perdido un botón del abrigo?». Yo, instintivamente, me llevé la mano al bolsillo, como para asegurarme de que se encontraba todavía allí, y contesté: «Sí, lo llevo en el bolsillo, se me acaba de caer en la oficina». Ahí aún no nos conocíamos. Estabas sentado junto a la barra de la cafetería que está frente al edificio de oficinas donde trabajamos: tú en el departamento de contabilidad de una empresa en la tercera planta, y yo en una correduría de seguros en la sexta. Ni siquiera recuerdo haberte visto antes de ese día. Llegué tarde a desayunar y el único hueco que encontré libre fue en la barra, a tu lado. Me cediste el taburete sin mediar palabra y después te pusiste a fingir que leías una revista de economía, tardaste diez minutos en pasar la página de un artículo que apenas ocupaba quinientas palabras. Al notar que observaba tu lectura me ofreciste la revista que rechacé algo incómoda, aludiendo que no reparaba en ella sino que pensaba en mis cosas mirando distraídamente. Tuvimos una breve y divertida conversación que terminó en un hasta mañana que ambos queríamos compartir. Pero los horarios jugaban una baza importante de encuentros y desencuentros, permitiéndonos breves cruces de palabras en los “tú sales, yo entro” de la cafetería o los pasillos de entrada al edificio, y donde nunca surgía nada que pudieran decirse dos desconocidos que ni siquiera eran compañeros de trabajo.

     La segunda vez que te fijaste en el hueco del botón, ya habíamos roto la barrera de los silencios incómodos. Tú desayunabas atento a la puerta de entrada. Yo disimulé buscando sitio, habiendo de sobra, y aterricé en tu mesa. «¿Aún no has cosido ese botón?», preguntaste sonriendo. «Siempre lo olvido, recuerdo que falta justo el día que elijo ponérmelo». A partir de ahí comenzamos a sincronizar nuestros relojes de forma tácita.

      La tercera vez que reparaste en su ausencia, tiraste del hilo que había quedado en el abrigo por la pérdida. No llegaste a sacarlo, pero comenzaste a desabrochar el resto con una mirada de complicidad. Yo correspondí de la misma forma, concentrada en los segundos que tardaste en besarme.

      La última vez, tu pregunta fue más directa: «¿Alguna vez vas a coser el botón de este abrigo o es que lo has perdido?». Yo no respondí, lo saqué del bolsillo y lo mostré guiñándote un ojo. Después te expliqué por qué no pensaba coserlo. Ese botón hizo que, al caerse y echar a rodar, yo me pasara varios minutos buscándolo bajo las mesas, y que cuando lo encontré, al levantarme, no viera a mi compañera aparecer de la fotocopiadora con una montaña de papeles que desparramé y ayudé a recoger y ordenar, maldiciendo mi suerte de ese día que me iba a consumir medio descanso allí liada. También consiguió que, cuando por fin pulsé el botón del ascensor, apareciera mi jefe por detrás y me pidiera tomarme el descanso más tarde, porque le había surgido un problema y daba gracias al encontrarme aún allí. Porque ese botón me hizo tomar el descanso en la hora punta de la cafetería, la hora que odiaba y evitaba siempre; dirigiéndome al único hueco que quedaba libre ese día.

23 de septiembre de 2011

La fauna independiente de mi casa


      La verdad es que los bichos me producen bastante repelús. Aún así, el tener en casa a tres amantes de la naturaleza “bichera”, me ha hecho convivir con unos cuantos ejemplares en lo que va de año. Los que me conocéis sabéis de sobra mis aventuras con las mascotas en casa. Aunque con estas experiencias también he descubierto cosas que han cambiado mi forma de actuar, no sé si para bien o para mal, porque a veces se vive mejor en la ignorancia. Por ejemplo: ya no me produce placer caminar descalza sobre la hierba. Nunca me había detenido a pensar en la fauna que se esconde bajo ese manto verde inmaculado… pero después de ver a mis hijos rebuscando entre la hierba y sacar lombrices varias, cochinillas gigantes, grillos de dudosa identidad, “salamandrijas” (como las llaman ellos, imagino que para no fallar con la variedad encontrada), y arañas de un tamaño considerable; ha habido un antes y un después en mi relación con el césped, y me cuesta poner un pie desnudo sobre él. 

      Mi peor experiencia, sin lugar a dudas, fue cuando decidieron coleccionar grillos. La mejor, sin embargo, cuando decidieron coleccionar lagartijas y la madre naturaleza siguió su curso en el ciclo de la vida, haciendo de unos el alimento de las otras. Lo malo es que ahora, como han cerrado la piscina, se pasan el día preocupados por que las pobres fallezcan por inanición, así que les ha dado por comprar grillos africanos (que son muy pequeños) para alimentarlas. Esto me recuerda a una vez que abrí el congelador y encontré un envase al vacío titulado: “larvas de mosquito rojo” (o algo similar). Yo no sabía si era una nueva delicatesen gastronómica que había comprado mi marido, influenciado por algún cocinero de estos modernos que tan pronto te meten helio o nitrógeno en un suflé de riñón de buey a las tres pimientas, como te hacen un plato de lentejas del tamaño de una nuez y con sabor a anchoa. Pero no, no era para la alimentación familiar, era comida para una rana volátil, que lo mismo se iba como se quedaba, y a la que un amigo en facebook bautizó como Houdini. La última vez que hizo su aparición estelar fue en formato fósil, y traumatizados por el encuentro, les permití sustituirla por una nueva, Yosi. Más efímera aún, pues no poseía los mismos poderes de invisibilidad que Houdini. El primer salto que realizó fuera de su pequeño estanque, fue con tanto ímpetu que se precipitó al vacío cinco pisos desde la terraza.

      También tuvimos una tortuga de agua que duró tres telediarios. La verdad es que mucha suerte no tenemos con las mascotas, y no será porque se sientan fuera de su hábitat, en mi terraza hay montado tal ecosistema que, si yo fuera bicho, querría vivir también en mi casa. Cada día vienen con un invento de bicho nuevo que quieren comprarse, pero ya no les dejo meter ni uno más, excepto el menú de la lagartija. Hemos acordado que pronto nacerán los gusanos de seda de los huevos del año pasado, y parece ser que se han quedado conformes. Hoy en la comida me dice el mayor:
      ―Mamá ya sé cómo se cogen las tortugas, con la "y griega"
       Y yo rápidamente  con el radar puesto, pensando que volvía a la carga con otra tortuga nueva, y me estaba vendiendo la moto de que esta vez iba a dar resultado.
      ―¿Y qué es la "y griega"? ―le pregunté. Ya sé que es una letra del abecedario, pero en una tortuga no tengo tan claro qué parte es.
      ―Pues qué va a ser la "Y griega", la “Y griega” de leer ―me contestó, mirándome con cara de: “mamá, estás empanada o qué”
       ―¿Pero eso cómo es? No lo entiendo.
       ―La coges en la "y griega"  todo el rato sin soltarla, porque si no se escapa.
      Yo venga a darle vueltas a la "y griega", imaginándome mentalmente una tortuga y buscándole la "y" en el dibujo del caparazón… ¿será la forma que hacen las patas traseras con la cola?... pero no lograba encontrar la dichosa "y griega". He oído hablar del “H2O”, “CO2”, de “C3PO” y “R2P2”, del zorro generación  Z, del “punto G”,  pero lo de la “Y de la tortuga” no lo había oído en la vida…
      ―Y la "y griega" ¿dónde la tiene? ―le pregunté, más interesada que nunca en el reino animal.
      ―Jo, mamá, ¿es que no te enteras? Ahora te lo enseño.
      Y se fue de la cocina. Yo preocupada pensando que de dónde iba a sacar ahora una tortuga para enseñarme su i griega, porque en el último inventario que hice de animales en casa, sólo encontré lagartija, dos canarios, un par de grillos, una mosca revoloteando en un cristal y pulgones en las hojas de una planta en una jardinera. ¿A que el padre les ha comprado una tortuga sin consultarme? Y de pronto aparece el niño con la Nintendo en la mano.
      ―Mira, ¿lo ves? Le doy a la “Y” y ahora Mario coge la tortuga.


          Pero claro, así, fuera de contexto,  cómo iba a imaginar que no hablaba de la versión oficial de tortuga. En mi casa se habla más  de bichos que de otra cosa, aunque últimamente se están viciando más de la cuenta con la consola, y eso que se la restrinjo. El otro día, no recuerdo quién me decía que a su hijo no piensa comprarle consola porque le gusta más que juegue con otras cosas… Me parece muy bien, a mí me encanta cuando mis hijos juegan con otras cosas que no son las consolas, pero cuando me encuentro con que el mayor entretenimiento de mis hijos es cazar bichos, coleccionarlos, meterlos en casa y olvidarse a veces de cerrar la tapa del terrario y los bichos empiezan a salir en plan ebullición de una olla rebosante…  O cuando te cogen los mejillones a escondidas, mientras los limpias, y se los quedan como mascota; o abres un armario y te encuentras un caracol trepando por un lateral o por la barra de las cortinas del salón; o coges un Tupperware para guardar algo y encuentras el cadáver de tres mariquitas, dos cochinillas y una polilla; o abres la cremallera del bolsillo de la cesta de la piscina y te saluda una lagartija que acaban de cazar… Cuando vives con esta clase de emociones fuertes siendo una madre miedica de los bichos, el momento más placentero es en el que reina la tecnología punta,  porque sabes que la Nintendo no correteará por todas partes con patitas diminutas y antenas amenazantes, porque puedes relajarte colocando los pies descalzos en el suelo sin obsesionarte con algún bicho olvidado que te rozará un pie; la consola se transforma en un objeto maravilloso. A mí es que me empieza a preocupar que un día cojan piojos y no se rasquen delante de mí con tal de que no los extermine de sus cabezas y así guardárselos de mascota o alimento para la lagartija.

20 de septiembre de 2011

Yo no le encuentro el placer...


      Estoy cansada de fracasar en el gimnasio. No sé, debo de ser un bicho raro, pero no consigo sacarle el gustillo a eso del sufrimiento corporal, y mira que lo intento. He probado natación, aerobic, fitness, GAP, sping-bike, body pump, body combat… y siempre me pasa lo mismo: me aburro. Llega septiembre y, después de un veranito de relax, cañas a tutiplén en terracitas varias, helados, etc., decido ponerle remedio y compensar con un invierno sano a base de dieta y ejercicio. Con las ideas bien claras al respecto, elijo una modalidad deportiva, me apunto tres días por semana en el gimnasio más cercano, y me planto en Decathlon para equiparme: tres modelitos diferentes, uno para cada día; una mochila a juego; unas zapatillas impresionantes anti deslizamiento en tarima; unas cuantas toallas de última generación (esas que son como una Ballerina, pero sin el como) y claro, a juego con los colores de los modelitos de cada día; una botella especial para el agua, etc. Y de esa guisa me presento el primer día en el gimnasio, pareciendo una profesional en la materia que me voy a comer el gimnasio en cuanto entre. Aunque cuando miro a mi alrededor veo que las demás no se quedan atrás, por no  hablar de la monitora que lleva hasta un vendaje especial en mano y muñecas para el body combat, porque dice que se pueden abrir… Nunca imaginé que el aire opusiera tanta resistencia, oíga, que es al único a quién damos puñetazos, porque se trata de hacer una coreografía con movimientos de boxeo y artes marciales.

      El caso es que pasa la semana y yo encantada. Me preguntan en casa y las amigas, y yo feliz, con unas agujetas mortales que no me dejan dormir, pero disfrutando de boquilla porque creo que más adelante conseguiré sacarle el placer a ese deporte. Y así pasa un mes y medio, y a mí cada vez me parece más aburrido presentarme allí a dar patadas y puñetazos al aire. Mis modelitos que al principio eran un aliciente, ya los tengo más vistos que el tebeo y no estoy segura de querer renovarlos porque total, para ir a sudar, con ese dinero casi mejor me voy de compras. Y ahí cometo el primer error: me salto un lunes de gimnasio con la excusa, que no me creo ni yo, de renovar el vestuario deportivo, y vuelvo con vestidos y complementos varios. El martes me levanto sintiéndome culpable, pero prometiéndome que no se volverá a repetir y que al día siguiente iré como un clavo. El caso es que el miércoles, mientras me preparo el café, empiezo a notar que a los azulejos de la cocina no les vendría mal una limpieza a fondo y me quedo limpiándolos; y el viernes me entran unas ganas irrefrenables de limpiar también los armarios y la despensa por dentro. Así que el lunes, como la semana anterior he estado frota que te frota, me doy cuenta de que se me ha acumulado la plancha, y el miércoles pienso que una sesión de peluquería no me vendría mal, y total el viernes, para qué voy a ir, si no he ido en dos semanas me van a salir unas agujetas ¡qué no veas para aguantarlas el fin de semana con los niños! Y sin darme cuenta llega Navidad y yo aún no me he incorporado, entonces decido borrarme, ya he pagado un mes entero sin haber ido un solo día, no voy a pagar por diciembre que tiene cuatro días laborales, ya me apuntaré en enero de nuevo.

      Pero llega enero y me doy cuenta de que si no me ha gustando antes, no me va a gustar ahora de repente, por arte de magia. Así que decido buscar otro deporte. A ver, a ver… ya está ¡natación! Una vez me apunté a natación y, si no recuerdo mal, me gustó. Es un deporte muy completo, es bueno para la espalda, para la circulación, no notas tanto que sudas… ¡no hay más que hablar, natación! Así que un día que paso por Decathlon, me paro y compro unas gafas, las mejores, en eso no hay que escatimar en gasto, un gorro “supermegafasion”, un par de toallas estilo Ballerina pero XXL porque son para todo el cuerpo, y como ocupan poco me sirve para amortizar la mochila que compré anteriormente, porque con una toalla de las de baño que tengo en casa tendría que cambiar la mochila, y total para gastármelo en mochila me lo gasto en toalla, qué más da, así voy también más ligera de peso. Me compro un par de bañadores, porque esta vez no voy a cometer el mismo error y me apuntaré sólo dos días. Y llego a casa encantada con mi nuevo equipo deportivo para combatir los excesos navideños. Pero pasan los días y empiezo a pensar que quizá no es el mejor momento para apuntarse a natación, qué rollo salir con el pelo mojado con el frío que hace, o secármelo allí y perder un montón de tiempo que podía usar perfectamente para hacer otras cosas más entretenidas como leer, navegar por internet o incluso limpiar los cristales me apetece más.
      Este año, sin embargo, he decidido ir por libre, voy a ir a correr, bueno, mejor dicho, ayer fui a correr: es gratis, se ahorra tiempo porque salgo del portal y el tiempo empieza a contar hasta la vuelta, puedo usar el mismo equipo que me compré con anterioridad (bueno, el de natación no, el otro… Aunque debería comprarme unas zapatillas especiales, pero no me atrevo por si las moscas), mi teléfono dispone de iPod cargado de música y podómetro, que es otro ahorro más para no sentirme culpable si abandono ¡qué más puedo pedir! Pues salud… Ayer fui a correr con un pequeño dolor de garganta y volví con un trancazo de tres pares, sólo a mí se me ocurre correr en esas condiciones, pero es que era ¡ahora o nunca! lo tenía decididísimo… Lo mejor de todo fue la información que me dio el podómetro, me dice que corro (por llamarlo de alguna forma) a 5km/h, y que hice dos kilómetros y medio en veinticinco minutos. Lo mismo es que como corrí alrededor de la manzana, el GPS no calculó bien la distancia y se mareó un poco con las vueltas o se perdió y empezó a restarlas en vez de sumarlas, porque yo juraría que corrí más. Aunque la verdad es que entre los goterones de sudor en forma de catarata que me bajaban de las pestañas, vi cómo me adelantaba una vieja que iba al Mercadona. Lo peor de todo es que el podómetro también me informó de que había perdido 137 calorías (sólo le faltó hacerme un test de embarazo, por Dios, ¡qué eficacia!) ¿137 calorías sólo? Pero si por poco se me salen los pulmones por la boca y eso que no fumo. Así que no tuve otro remedio que compensarlas cuando llegué a casa con un sándwich de Nutella que me supo a gloria. Algún placer tenía que darle al cuerpo para engañarle y que siga queriendo mañana salir a correr si mejoro del trancazo.

Un libro, un recuerdo


      Llevaba un rato reorganizando los libros de las estanterías cuando se topó con aquel viejo ejemplar. Hacía años desde la última vez que lo abrió. Lo sacó del estante y se sentó con él para echarle una ojeada. Lo revisó atentamente por fuera, repasando con la yema de los dedos las letras del título en relieve sobre la portada. Eran tantos los recuerdos que se agolpaban en su mente con aquel libro entre las manos, que tuvo la sensación de que, al abrirlo, los vería pasar uno por uno frente a sus ojos. Aquel fue el primero que él le regaló.

      Aunque la luz no daba de lleno en aquel cuarto, observó que el canto de la cubierta había adquirido un tono amarillento debido al paso de los años. ¿Cuántos habían sido exactamente? Sabía que la respuesta la encontraría dentro, en la primera página. Lo abrió lentamente y se lo acercó al rostro, cerró los ojos e inspiró profundamente el aroma del papel. Conocía perfectamente cómo sería aquel olor, no le costó a su cerebro ningún  esfuerzo procesar aquella información; ese trabajo le tocaría realizarlo un poco más adelante, cuando ella leyera por enésima vez aquella dedicatoria escrita a tinta negra, y descubriera que estaba firmada en ese mismo día, pero diez años atrás. Su corazón, mudo por un instante, le devolvió un pellizco cargado de complicidad. Le hubiera gustado correr a contárselo, sabía que a él le encantaban aquellas pequeñas marcas que va dejando el destino con forma de casualidad. Pero hacía tiempo que no hablaban, y a ella le pareció una tontería presentarse así, sin más, con aquella noticia que ahora, de pronto, se le antojaba una bobada. Quizás a él ya no le interesarían esos pequeños guiños que de vez en cuando interferían en su camino, produciendo un remolino de sensaciones contradictorias.

      Con aquella última impresión cerró el libro, se incorporó del asiento y volvió a depositarlo en la estantería sin ningún orden aparente, eligiendo un hueco al azar que no correspondía con el lugar donde reposaba al principio. Quería que la próxima vez que se encontraran fuera así, de la misma forma, por un guiño. Antes de abandonar la estancia sonrió pensando que hacía diez años que él le había regalado ilusiones y que, después de todo, quizá, sí debería compartirlo.

16 de septiembre de 2011

Cuando yo jugaba...

      El otro día, el primer día de clase de mis hijos, al recogerlos del colegio les pregunté qué tal había sido el día, si les había gustado su nueva clase, qué habían hecho… El mayor (7 años) estaba enfadado porque ahora, en el recreo, ya no están en la zona infantil, sino que les llevan a uno de los campos de baloncesto. El caso es que decía que se había aburrido un montón, que sin columpios no tenían a qué jugar. En ese momento me transporté a cuando tenía su edad. En mi colegio nunca hubo columpios en el recreo. Es más, hasta cuarto de E.G.B, el recreo era un rectángulo con un tamaño inferior al de ellos, para los cuatro cursos (ocho o diez aulas en total, si no recuerdo mal, a partir de quinto íbamos a otro edificio distinto) y cuyo pavimento estaba compuesto por piedrecitas tamaño alubia, aunque algunas eran tamaño judión de La Granja. Como si el patio fuera una piscina de bolas pero en versión piedras, porque podías hundir el pie hasta el tobillo si querías. Aún puedo recordar, como si fuera hoy, el sonido de nuestras pisadas crujiendo entre el  griterío. Y jugábamos a todo lo que se jugaba entonces: a la goma, a correr y pillarnos, a los juegos de palmear con el de enfrente cantando, a lanzarnos puñados de piedras si nos descuidábamos, algunos a introducirse alguna piedra en las fosas nasales, imagino que para experimentar lo que se siente al tener un moco gigante... Lo primero que hacíamos era pegarnos a las verjas a ver si, por suerte, pasaban las madres con alguna chuchería. Y la verdad es que no necesitábamos nada más, teníamos ese pequeño espacio, estábamos apelotonados, y nos lo pasábamos en grande.

      Ahora, después de una semana, le ha cogido el tranquillo al recreo, porque dice que juegan a «Pokemon». Yo a su edad aún no jugaba a nada de la tele, imagino que jugar a barrio sésamo no era tan espectacular como lanzar una “ultraball” o un “hiperrayo”  devastador. Pero sí que recuerdo haber jugado en la calle, un pelín más mayor, a «V», (tecnología alienígena puntera, aún recuerdo las colecciones de pegatinas de la Teleindiscreta, si no recuerdo mal) a «Verano azul» (que ahora no le pillo el punto,  me pregunto cómo leches se jugaba a Verano azul; creo que aquí lo que molaba era pedirte ser Bea , a ver si con un poco de suerte el niño que te gustaba  elegía ser Javi o Pancho… otro sentido no le veo a este juego si no) Y, cómo no, ¡El juego de las actuaciones!, por Dios, esas representaciones musicales, aprendiéndonos las canciones de Rafaela Carrá y compañía, las demás amigas sentadas enfrente, como espectadoras, esperando su turno... Por favor, decidme que alguna de mi época habéis jugado a este juego con la canción de «Estalla la tormenta», que no sé ni quién la cantaba, ni si ese era su título real, pero es que si te la pedías habías triunfado ese día en el juego, de la emoción, te desgañitabas dándolo todo en la pista (no entiendo cómo yo tenía narices a cantar, si aquello debía de ser una vergüenza ajena escucharme…) Y esas letras… por favor, si yo ahora cuando veo  a las niñas cantando coplas en los programas de pequeños artistas, poniendo tanta garra y sentimiento a esa canción de amor no correspondido, esas “minipantojas” llorando a moco tendido en escena, que me pregunto si entenderán algo de lo que están cantando porque no me cabe en la cabeza que lo procesen realmente, a su edad… Me daría menos grima escuchar a Leticia Sabater cantando “Susanita tiene un ratón”… bueno no, lo retiro, esto sería más heavy aún.

      Y me sorprende ver todavía muchos juegos de entonces, aunque más evolucionados. Las peonzas, por ejemplo. Me encantaban las peonzas de madera, tunearlas con rotuladores, ponerle a la cuerda una chapa aplastada con un agujero en medio para evitar que se escapara… El año pasado mis hijos tuvieron de las de ahora, pero aquello no eran peonzas, eran como platillos voladores con forma de peonza. Para empezar ya vienen tuneadas de serie y también bautizadas. Las de ellos se llamaban: una Spider y la otra Cobra, ambas de plástico color fosforito y transparente, con el dibujo haciendo honor a su nombre y ¡sorprendente! la cuerda viene dentro de la peonza, se saca del culo mediante una tapa y para que no se te escape la cuerda al lanzarla, ya no es necesaria la chapa, viene una especie de estrella de plástico… una mierda, vamos. Y no, ya no sé lanzarla, al igual que ya no sé bailar el Hulahop, lo intenté este verano con uno de mi sobrina y “pa habernos matao” ni dos vueltas duré… Me da miedo intentarlo con la comba y encontrarme con que ya no soy la saltadora que era, que no lo seré ni de coña, porque me estrené el año pasado en casa de unos amigos saltando en un castillo inflable (me quedaba la espinita que de pequeña no los había, o al menos yo no probé ninguno) y ¡la leche! ni cinco minutos duré, ¡qué digo ni cinco! si creo que di diez saltos y ya no pude levantarme.

      O las canicas, recuerdo que ibas al quiosco a comprar canicas a granel y, a veces, me encontraba en el dilema de si comprar chuches o canicas, o mitad de cada. Salía de casa por ejemplo con seis canicas (algunas eran mis preferidas, veteranas con sus propias marcas de guerra) y, o bien volvía con los bolsillos llenos o sin ellas, lo más habitual... Ahora vas a los chinos y te venden una malla llena de canicas, ¿cómo les va a emocionar a los niños perder o ganar canicas? Si por sesenta céntimos ya tienen una bolsa llena...

    Y ahora me doy cuenta que con lo que menos jugaba, era con muñecas... Nunca tuve Barbis ni Nancys. Tuve dos Nenucos, uno negro y otro blanco. Una vez me regalaron una Rosaura gigante, esa que le crecía el pelo tirándole de las coletas (seguro que ahora Supernany diría algo al respecto), y luego le girabas un botón en la espalda y se le encogía de nuevo. A mí me da que le tenía un poco de yuyu a la muñeca... porque no me recuerdo jugando con ella. Lo mismo mi mente cagonetas no me permitía tirarle tranquilamente de las coletas, por si luego ella en la noche me tomaba la revancha, presentándose a jugar conmigo agitando las coletas de forma diabólica. Sí me recuerdo, en cambio, jugando a los pinypones y a las barriguitas... Aunque lo que más me gustaba del mundo eran los recortables.

    Y de las maquinitas no hablo, porque no tuve... pero eso lo mismo da para un post entero si las comparamos con las que se gastan ahora los niños.

11 de septiembre de 2011

Uno más

   
      Le reconocí en cuanto le vi aparecer, era exactamente como le recordaba: frío, gris y con aire melancólico. Aunque no siempre era así. En algunos momentos, sobre todo al principio, puede que para no terminar de mostrarse del todo o por el placer de recrearse en su letargo, enseñaba su lado más cálido y suave, envolviéndolo todo en un aura de cobijo.

      Lo más característico en él, y que me proporcionaba mayor placer, era su olor. Húmedo. Era imposible, cuando lo desprendía, resistirse a olvidar el caluroso verano y el bullicio de sus largos días; transportados con el revuelo de hojas a ese lugar de la memoria donde se filtran y archivan los recuerdos, esos que ninguna estación confina.

5 de septiembre de 2011

Tarde de amigas


      El día 2 comenzó la III edición de Microjustas literarias en Ociozero. Éstas consisten en una competición de microrrelatos de 50 palabras, donde eliges un tema de la lista y luchas con un rival escribiendo un micro sobre el tema. Como en «Los inmortales» sólo puede quedar uno. De este modo los vencedores de cada ronda pasan a la siguiente, hasta quedar un solo ganador.

      Esta vez he roto mi maldición de caer del caballo en la segunda ronda… Para variar he mordido el polvo en la primera ¬.¬ Dejo aquí mi aportación a esta competición y toca esperar la siguiente edición. La temática era villanos, y yo elegí «Ogro»

Tarde de amigas

―Fiona, ¿por qué está tan raro Shrek últimamente? ―preguntó Bella Durmiente, mientras tomaban el té juntas.
―¿Está raro?
―Bueno… no, no me hagas caso. Debe ser que tengo falta de sueño últimamente. ―le contestó, esperando que no se le hubiese notado el sonrojo.

2 de septiembre de 2011

Club de lectura: El bolígrafo de gel verde


      Alguna vez me ha pasado que, después de leer un libro que me ha gustado, hubiera querido tener la ocasión de comentar con el autor sobre lo que he leído: lo que más me ha sorprendido, lo que esperaba y no ha sucedido o al revés, alguna curiosidad sobre algún personaje que ha pasado sólo de soslayo… Cuando leí El bolígrafo de gel verde, tuve el placer de conocer a Eloy Moreno en persona y enviarle algunos correos electrónicos donde, amablemente, satisfizo esa curiosidad por mi parte hacia su libro. Cuando recomendé su libro desde aquí, algunos de vosotros sé que lo leísteis, y ahora tenéis la oportunidad de comentarlo con su autor a través de un club de lectura que ha organizado desde facebook.

      En esta iniciativa participamos casi 1400 lectores del libro y aún estáis a tiempo de apuntaros, comenzará el lunes  5 y durará unas cuatro semanas. Este es el enlace para darle al “me apunto”  http://www.facebook.com/groups/240505485973080/ A partir de ese día podréis charlar y destripar la novela directamente con Eloy, al que podréis preguntar sobre ella: cómo nació, los personajes, el proceso de escritura o publicación...

      También se sortea, entre todos los participantes, un fin de semana en Espot, que es uno de los escenarios de la novela. ¿Os animáis?

      *Por si alguno lo está pensando, NO, no me ha pagado Eloy para que le haga de RRPP jajajajajaja, pero no me digáis que no es una bonita iniciativa para acercar a lectores y escritores ;)
 

29 de agosto de 2011

El tiempo y la luna


―Donde se confunden relojes con lunas. ¿Recordarás el lugar?

   «Cómo iba a olvidarlo», pensaba, recordando aquella pregunta que me había venido tan nítida a la mente. Parecía, incluso, que acababa de escucharla directamente de su garganta, a mi lado, mezclada con el rumor de la marea. O tal vez era el propio oleaje quien me la recordaba.

      Había pasado mucho tiempo, demasiado, no recordaba cuánto. De vez en cuando paseaba por aquel lugar y me sentaba a observar la luna, preguntándome si sería él quien lo habría olvidado. Nos despedimos una noche de luna llena. Era tarde, en la playa ya no quedaba nadie y el único chiringuito de la zona acababan de cerrarlo. Cogimos dos tumbonas y las acercamos a la orilla. Nos tumbamos a contemplarla. Ella estaba radiante, con una tonalidad más cálida que otras veces. Dibujaba un camino de luz sobre el agua, que se extendía hasta el horizonte como una alfombra dorada:
―Me pregunto dónde terminará ese camino que ha dibujado en el agua  ―pensé en voz alta.
―Terminará cuando la luna se marche y el sol ocupe su lugar ―contestó, sin dejar de contemplarla.
―No preguntaba cuándo sino dónde.
―¿Acaso no es lo mismo? ―respondió, volviéndose hacia mí con aquella mirada enigmática, a medio camino entre la complicidad que le devolvería si coincidiera en su respuesta, y la vanidad de encontrarme completamente perdida.
    Permanecí un rato sin decir nada. Mirando la luna y dándole vueltas a la pregunta. Prefería centrar mi mente en otra cosa distinta a su partida. Entonces intuía que pasaríamos algún tiempo sin vernos, aunque ignoraba que allí sería la última y la primera vez que nos encontraríamos.
―Volverás, ¿verdad?
―Pues claro que volveré. ¿Por qué piensas que no voy a volver?
―No sé… eres joven. Viajas a la otra punta del mundo. Quizá algún día hasta el otro extremo del universo…
―Tú también eres joven.
―¿Por qué decidiste ser astronauta?
―Por la misma razón que tú decidiste ser veterinaria. Siempre quise serlo, ya lo sabes.
―Todos los niños en algún momento dicen que quieren ser astronautas. No pensé que en tu caso fuera a cumplirse.
―¿Tú no tienes curiosidad por lo que habrá ahí fuera?
―No hasta el punto de dejarlo todo y lanzarme al espacio.
―No lo dejo todo. Volveré, ya lo verás.
―Imagina que te lanzas al espacio y te encuentras con que el tiempo allí se ralentiza, y de pronto aquí en la tierra han pasado demasiados años. ¿Qué ocurrirá cuando vuelvas? ¿Dónde nos encontraremos?
―Donde se confunden relojes con lunas. ¿Recordarás el lugar?

    Pero la pregunta no procedía del rumor del oleaje, sino de su boca. Allí se encontraba otra vez el tiempo, en el camino de la luna.

(Inspirado en la frase de Paula: "Donde se confunden relojes con lunas" para El CuentaCuentos)

6 de julio de 2011

Súper poderes...

      Ayer durante la siesta los niños estaban viendo unos dibujos “Fanboy y Chumchum” (Sí, los de la foto) que no sé si son muy apropiados, por cierto, tendré que ver unos cuantos capítulos para ver si pasan la ITV porque les escuché decir algo así como: “concierto en La menor, de no sé qué compositor, para sobaco” a la vez que hacían una representación musical con dicho instrumento. Llevo una guerra con los niños de más de una semana para que cambien esa horrenda palabra que les encanta, por axila, pero no hay manera y ahora he descubierto de dónde la habían sacado… Pero no era esto lo que quería contar. En el capítulo, estos personajillos se hacían invisibles y se me mezcló el sueño de la siesta con el capítulo y el libro que me estoy leyendo, así que me desperté pensando en superpoderes varios. Abro debate: Si tuvieseis que elegir entre poder haceros invisibles, tener una fuerza descomunal e invencible, leer la mente, adivinar el futuro, ser veloces como la luz o materializaros en otro individuo… o cualquier otro superpoder que se os ocurra ¿cuál elegiríais?

      A mí el de la superfuerza no me llama mucho la atención, a no ser que vivas en un sitio muy violento donde necesites defenderte físicamente, a ver para qué otra cosa quieres ser una mole de acero. Bueno a mí para aparcar no me vendría mal, a veces cuando salgo del coche me doy cuenta de que me he quedado a metro y medio de la acera… sería cuestión de colocarlo manualmente y evitar que algún municipal me llame la atención porque parezca aparcado en doble fila.

      El de ser veloz como un rayo tiene su aquel. Hago la casa: 10 segundos. Voy a recoger a los niños: otros 10… Y para todo lo demás MasterCard. Interesante forma de ganar tiempo para otros menesteres.

      Materializarme en otro personaje… También tiene lo suyo. Cojo un avión con destino a… la casa de Brad Pit. Me materializo por unas horas en Angelina Jolie… Y para qué voy a dar más detalles con lo listos que sois. Aunque aquí me vendría bien un pack de dos superpoderes en el que el otro poder sea viajar en el tiempo, porque ya puestos a presentarnos en la casa de Brad Pit, mejor hacerlo cuando hizo “Seven”, “Ocean´s eleven” o “Troya”; ahora está un poco más cascadillo el hombre. Aunque entonces me tendría que transformar en J. Aniston ¿no? O en G. Paltrow… Dios, qué estrés de alfombra roja… casi que debería añadir también al pack el de la velocidad, por si tengo que ir improvisando sobre la marcha.

      El de adivinar el futuro también es interesante, aunque un poco arriesgado. A mí no me gustaría saber que dentro de tres días voy a pisar una mierda de perro con unas sandalias nuevas o que voy a tener un accidente; esas cosas es mejor encontrártelas de sopetón, si no vaya angustia de vida.

      Y lo de leer la mente no lo veo tampoco. Por un lado me pica la curiosidad de saber qué piensa la gente realmente y si coincide con lo que dice. Pero ir por la calle escuchando verdades como puños a todas horas puede ser muy frustrante y traumático, se vive mejor en la ignorancia total de los mundos de Yupi. Aunque de vez en cuando me vendría bien, sobre todo cuando me cruzo con alguien que me saluda y no recuerdo quién es; leería en su mente lo que está pensando sobre mí y atando cabos descubriría de dónde proceden los hilos y si tengo que enviarle a tomar por culo ya de paso.

      Aunque mi preferido es hacerme invisible. Yo creo que es el más completo de todos. ¿Quién necesita una superfuerza si puedes hacer que tu coche se ponga invisible para que los municipales no puedan multarte? O ¿quién necesita ganar tiempo para hacer otras cosas?  Si eres invisible puedes hacer varias cosas a la vez y ahorrar tiempo. Les dices por ejemplo a los niños: ¡venga a hacer las tareas y no os entretengáis ni os peleéis que os estoy vigilando! (la hora del café). Le dices a tu marido: vaaaaaale, está bieeeeeen, veo contigo esa película de alienígenas contra zombis que has alquilado (la hora de internet). O por ejemplo si no te apetece sexo en ese momento porque han puesto un programa en la tele que te encanta y no te quieres perder, le dices: ¿No te importa que use el modo invisible? Es que hoy no me he depilado las piernas y no me siento cómoda… Y ya si no te encuentra es cosa suya, no te puede achacar un falso dolor de cabeza ni nada por el estilo.

      Siendo invisible no puedes leer la mente pero imagínate que dos amigas tuyas se han juntado para tomar un café y, qué curioso, no te han invitado; sentarte a su lado de esta guisa es lo mismito que leer el pensamiento ¡Qué digo lo mismo! Eso es como leerlo en “Dolby Surround”. Y si me apuras, es como adivinar el futuro, o más bien es averiguar cómo modificarlo.

1 de julio de 2011

Noches de verano

    Fotografía de Eduardo Margareto

      Todas las noches salíamos a tomar el fresco, en cuanto se encendían las luces de la calle se podía escuchar el tintineo de los tenedores, a través de las ventanas, rematando la cena. Después acudían como llamadas por una melodía, cada una con su silla de enea. La esquina de nuestra casa era la elegida en aquella calle. El viento o su ausencia en los días más calurosos, allí se cruzaba con más libertad y mecía sus voces compartiendo recuerdos. Las risas alborotadas con alguna anécdota, el canto de los grillos, y el griterío de los niños jugando a nuestro alrededor; eran siseados por  las lechuzas en su particular forma de ulular. Yo sacaba mi libro con la intención de perderme en su lectura, aunque rara vez conseguía pasar de una página. Era imposible abstraerse de aquel espectáculo de vida.

(Inspirado en la imagen de Eduardo Margareto para el concurso de microrrelatos: Dónde lees tú)

29 de junio de 2011

Pintando un sueño


Él se marchó en silencio, sin pretextos, soltando su cabo del amarre.

Ella en vano intentó rellenar aquel vacío con sus palabras, brotaban mudas, ya no le resultaba fácil reinventar aquel sueño que habían compartido. Cansada de buscar excusas para sostenerlo sola, desató también el de su lado.

Aquel sueño se iba alejando lentamente a la deriva mientras ella lo contemplaba con nostalgia. No hizo nada por retenerlo ni interrumpió su rumbo, sólo se preguntaba dónde iría a parar, si quedaría detenido en algún punto del trayecto, si volvería a cruzarse con él o si el olvido tomaría las riendas de aquella distancia.

24 de junio de 2011

Puertas en el campo

Fotografía de Eduardo Margareto

      «No se le pueden poner puertas al campo» leyó en su libro. Repitió mentalmente aquellas palabras y al mirar al frente se topó con él. Lo miró como intentando atravesarlo. Viajando con la mente y transformando aquellas piedras en pequeñas nubecillas que marcaban un horizonte, todo lo lejos que su imaginación le permitió. Si se concentraba y entornaba los ojos, podía transformar también las jardineras en un campo de amapolas. Desenterrar aquellas tardes de infancia cuando arrancaba sus capullos para adivinar el color de la amapola que habría podido ser: «Si sale roja es que sí, si sale de otro color es que no». Un azar manipulado por su voluntad cuando no salía rojo, entonces abría un capullo nuevo, y otro...

      «No se le pueden poner puertas al campo» se repetía una vez más, y las amapolas eran cada vez más rojas y el muro cada vez estaba más lejos.

(Inspirado en la imagen de Eduardo Margareto para el concurso de microrrelatos: Dónde lees tú)

23 de junio de 2011

El caracol y la rana


―¿A quién besaste tú para convertirte en caracol?
―¿Es que tú besaste a alguien para convertirte en rana?
―Sí, antes era humana. Llamé a un anuncio en el periódico de una vieja hechicera para pedirle consejo. Me dijo que para ser lo que yo quisiera en la vida, debía tomar un brebaje y besar a alguien con una buena posición; de esa forma todo lo suyo pasaría automáticamente a mí y viceversa. Me puse mis mejores galas y me jugué aquella carta a la más grande. Pero aquel príncipe me salió rana.
―¿Y en qué se convirtió el príncipe?
―En comercial, esa era mi profesión.
―Pues yo he sido siempre caracol.
―¿Y te gusta ser caracol?
―No sé si sabría ser otra cosa.
―¿Te gustaría ser rana? Aún me queda una dosis de aquel brebaje.
―¿Qué ventaja tiene serlo?
―Puedes nadar, saltar y ver el mundo desde otra perspectiva… es más cómodo que ir arrastrándose leeeeeentamente. Cazar insectos al vuelo es una práctica divertidísima que ampliará tu círculo social y encima te alimenta. Yo que tú no me lo pensaría dos veces.
―Bueno, por probar… ¿Entonces yo sería rana y tú caracol?
―Así es.
―¿Por qué quieres ser caracol si tiene tantas ventajas ser rana?
―Porque en mi época de humana era vegetariana y no hago buena digestión con los mosquitos, problemas hereditarios de intolerancia a alguna proteína...
―¿Y no te gustaría volver a ser humana?
―Pues claro que me gustaría, pero… ¿alguna vez has visto un humano besando a una rana?
―¿Entonces un beso y listo?
―Sí

Minutos más tarde…

―¿Y bien, cómo te sientes?
―Pues la verdad es que... echo de menos mi casa.
―Sí, ese era otro de los motivos… Olvidé mencionarte lo mal que está el asunto de la vivienda hoy en día.

22 de junio de 2011

Mundo burbuja

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      El aire de aquella burbuja era joven y luchaba por escapar de ella pensando que esa fuga haría su vida más intensa. Creía que aquella era la proporción, a mayor extensión mayor intensidad. La burbuja, sin embargo, hacía todo lo posible por mantenerle aislado, consciente de que se iba a desilusionar en cuanto se mezclase con otros aires en libertad, los mismos que la empujaban a ella desde fuera para colarse. La burbuja reflejaba el anhelo de dos mundos: cada uno de ellos por estar en el lugar del otro.
      Cuando la burbuja explotó, el mundo de aire interior se dio cuenta de que el exterior no era como había pensado. A ratos le producía una frescura indescriptible y en otros momentos, la mayoría de ellos, era absorbido por otros cuerpos de su entorno que conseguían asfixiarle hasta dejarle despojado de su esencia natural.
      Comenzó a vagar, como tantos otros, buscando una burbuja donde filtrarse, donde aislarse aunque sólo fuera por un efímero espacio de tiempo.

14 de junio de 2011

Mesa para dos


      La chica del kiosco le dio las vueltas del periódico. Aún no había llegado el número 16 de su colección de guerreros de época, le llamaría en cuanto llegase. Había hecho multitud de colecciones de aquel tipo: tanques Panzer, construye un tren de vapor, coches antiguos… Algunas las tenía completas, otras que habían sido descatalogadas se quedaron a medias. Aún así las conservaba porque, a veces, volvían a repetirlas para deshacerse del stock sobrante. El teléfono sonó nada más entrar por la puerta de su casa.
      ―Buenos días, llamaba para reservar una mesa para dos.
      ―No, se ha confundido, esto es una casa particular.
      ―¿No es el 1531265?
      ―No, ha cambiado el final, es el 1531256.
      ―Perdone.
      ―No se preocupe.
      Volvió a sonar el teléfono.
      ―Hola, soy la del kiosco, nada más irse llegó el coleccionable.
      ―Gracias, me pasaré esta tarde a recogerlo.
      ―No hay prisa, yo se lo guardo.
      ―Gracias, muy amable.
      ―De nada.
      Y nada más colgar, volvió a sonar de nuevo.
      ―Llamaba para reservar mesa para dos.
      ―¿No ha llamado usted antes?
      ―Sí, pero comunicaba.
      ―No, me refiero a antes, cuando le he dicho que esto es una casa particular.
      ―¿He vuelto a marcar mal?
      ―Sí, lo ha hecho.
      ―Perdone.
      ―No pasa nada.

      Por la tarde, como había acordado, se marchó a recoger su ejemplar de colección. A la vuelta, el piloto del contestador automático estaba encendido.
      ―Buenas tardes, llamaba para hacer una reserva para dos, mañana sábado a las nueve de la noche. A nombre de María Fernández. Gracias.
      Al escuchar el mensaje no pudo evitar una carcajada. Se imaginaba a la pobre chica y a su acompañante en la entrada del restaurante, discutiendo con el maître por una mesa que no había sido reservada. Decidió solucionarlo y llamó al número correcto cambiando el final.
      ―Buenas tardes, llamaba para reservar una mesa para dos.
      ―¿Una reserva? Se equivoca usted, esto no es un restaurante.
      ―¿Cómo dice? ¿No es el 1531265?
      ―Sí.
      ―¿Y no es un restaurante?
      ―No.
      ―¿Y entonces qué es?
      ―¿Qué es qué? ¿Con quién quiere hablar?
      ―Es que alguien ha hecho una reserva en mi número y creo que… es igual. Disculpe.
      Colgó el teléfono desconcertado ¿Dónde estaría aquel restaurante?  ¿Cómo podría localizar a la mujer de la reserva? Revisó las llamadas recibidas del teléfono pero, aparte de los teléfonos de la memoria de su agenda con nombre incluido, sólo aparecían llamadas con número oculto que eran, sin lugar a dudas, las de la mujer misteriosa.

      A la mañana siguiente volvió a recibir una llamada con número oculto.
      ―Buenos días, ayer dejé reservada una mesa en el contestador automático, quería confirmar si tomaron nota.
      ―Sí, tomé nota, el problema es que volvió a llamar a mi casa, volvió a confundir el teléfono.
      ―¿Está seguro?
      ―Pues claro, ¿no ve que ha vuelto a llamar de nuevo a mi casa?
      ―¿Entonces no tengo ninguna reserva hecha?
      ―En mi casa sí, pero en ese restaurante me temo que no. Es más, llamé a ese número para cambiar su reserva y también es un particular. ¿De dónde ha sacado ese restaurante? Estoy completamente intrigado.
      ―¿Por qué quiere saberlo, es que quiere venir? Le agradezco que haya intentado arreglar mi reserva.
      ―No. Bueno, iría aunque sólo fuera para salir de dudas.
      ―Pues acompáñeme si quiere.
      ―Pero no nos conocemos. ¿Y su acompañante qué dirá?
      ―Ah por eso no se preocupe. Tenga, le doy la dirección… Nos vemos a las nueve en la puerta.
      ―Pero no hay reserva.
      ―Ahora vuelvo a llamar y reservo.

      Se quedó sentado al lado del teléfono, sabía que en breve volvería a sonar y sería María Fernández pidiendo mesa. El teléfono no volvió a sonar a lo largo del día, y a medida que se acercaba la hora de la reserva, se arrepentía de haber aceptado. ¿Por qué había aceptado? ¿Y si era una loca que le estaba tomando el pelo? ¿Y si aquel restaurante ni existía? Decidió meterse en las páginas amarillas y buscarlo. Allí estaba, justo donde ella le había dicho, la dirección era correcta. Anotó el teléfono y llamó.
      ―Buenas tardes, llamaba para confirmar una reserva a nombre de María Fernández.
      ―Sí, la tenemos, para dos personas a las nueve ¿verdad?
      ―Sí, a las nueve. Gracias.


      La chica del kiosco se arregló para su cita. Por fin lo había conseguido. Se había quedado prendada de aquel tipo desde que hizo su primera colección. Nada más recibir los pedidos, reservaba el que consideraba más cuidado para él y cuando descatalogaban alguna colección, tiraba de contactos para conseguirle algún ejemplar más. El día que anotó su teléfono para avisarle si se retrasaba una entrega y descubrió que sus números eran prácticamente idénticos salvo la cifra final que estaba invertida, su mente se puso en marcha, aquello no podía ser otra cosa que una señal.


      Cuando la vio aparecer en el restaurante, todas las piezas comenzaron a encajarle. Llevaba horas preguntándose de dónde habría sacado aquella desconocida su teléfono que, desde luego, no tenía nada que ver con el original del restaurante. Se alegró de ver aquella cara conocida y le intrigaba más aún, conocer los detalles de aquella historia.

7 de junio de 2011

Historia de un botiquín...

      Hace tres semanas me llamaron de un sitio de mensajería o transportes para decirme que tenían un botiquín y que les confirmase la dirección de la empresa: se la confirmé. Hasta ahí todo normal. Unos días más tarde me llaman para decirme que han ido pero que estaba cerrado, que les diga el horario: se lo doy. Unas horas más tarde me llaman de la misma empresa de transporte y me ponen con una máquina tele operadora:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío, calle…
  • Si la dirección es correcta pulse 1
  • Si es incorrecta pulse 2
  • Si no quiere recibir el envío pulse 3

      Yo pulsé 1.

      A la semana siguiente el botiquín aún no había llegado y recibo otra llamada de la máquina tele operadora con la misma retahíla. Esta vez pulsé el 2 y me pasaron con una operadora de carne y hueso para indicarles la nueva dirección. Les ofrecí que si les venía mejor entregármelo por la mañana, lo enviasen a mi casa. Unos días más tarde me llama el transportista para verificar la dirección de mi casa y, por fin, llegó el botiquín.

      Esta semana me llama un transportista:

―Buenos  días, ¿hablo con fulanita de la empresa tal?
―Sí, soy yo. 
―Mire es que tengo que llevar un paquete y necesito que me verifique la dirección. 
―¿Un paquete? ¿Qué paquete? 
―Un botiquín.―Ah vale, pues la dirección es tal ―y en ese momento me vino como un "déjá vu" «¿Esto no lo he vivido ya antes?»―. Perdone, ¿ustedes no han traído ya un botiquín?
―¿Cómo?
―Sí, hace una semana nos lo trajeron.
―¿Seguro?
―Yo juraría que sí.
―Pues no sé… ¿Entonces qué hace le dejo el envío o me lo llevo?
―Lléveselo, para qué quiero yo dos botiquines ―Aún así me aseguré de que lo había recibido por si acaso lo había soñado, no sería la primera vez. Pero no, había sido una entrega real.

      Ayer me llaman de la empresa de transportes:

―Perdone,  me dice el transportista que usted rechazó un envío que estaba pendiente de entrega.
―Sí. 
―¿Por qué? 
―Porque ya me lo habían traído. 
―No, eso me ha dicho el transportista, pero en esa dirección no me consta haber entregado nada. 
―Ya, lo entregaron en mi casa en tal... dirección. 
―Espere, no se retire que voy a comprobarlo. Es verdad, ¿entonces lo devuelvo?
―Pues, evidentemente, sí.

      Horas más tarde me llama la señorita electrónica:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío…

  • Si la dirección es correcta pulse 1
  • Si es incorrecta pulse 2
  • Si no quiere recibir el envío pulse 3

       Pulsé 3

      Esta mañana vuelve a llamarme la señorita electrónica:

―Buenos días, le llamamos para confirmar la dirección de un envío...

      He pulsado 2, no para cambiar la dirección, sino para que me pasara con alguien de carne hueso a quien cantarle las cuarenta… Y les he dicho que no vuelvan a llamarme ni ellos ni la máquina del demonio y que se metan el maldito botiquín por dónde les quepa (bueno, con palabras algo más educadas pero cargadas de ira igualmente). Me dice que no puede atender mi reclamación porque no le aparezco en pantalla y tendrían que llamarme de nuevo ellos. Le digo que no hace falta, que yo le doy mis datos en un periquete y me dice que no, que ese no es el procedimiento (¿procedimiento? ¿Y llamarme a todas horas para entregarme botiquines como si fuera un remake de la película "Atrapado en el tiempo" qué clase de procedimiento es?) Pues nada, insisten que tienen que llamarme ellos y coger yo la opción correcta de la máquina diabólica...

      , me ha vuelto a llamar la señorita electrónica… He respirado hondo y contado hasta diez. Después he pulsado el  1 con tanta fuerza que casi atravieso la pantalla del móvil... ¡Que me envíen el puñetero botiquín otra vez y todas las que hagan falta! Lo mismo cambio de negocio y pongo una farmacia, oíga.

5 de junio de 2011

Robando el sol


      Me encuentro en ese lugar donde nace cada día. Llevo años viniendo a este sitio a mirarlo, admirarlo, añorarlo y, por qué no, a robarlo.


      ―Te puedo regalar el sol, si lo quieres ―me decía, atrapándolo y enredándolo entre sus dedos, con cuidado, como si temiera que se le fuera a caer.

      ―¿Y dónde lo voy a guardar? ―le contestaba yo, sin saber de qué forma corresponder aquella oferta.

      ―Pues en un bolsillo ―contestaba ella, sin parar de jugar con aquella esfera luminosa.

      Otras veces, mientras nos tumbábamos en el césped, buscaba formas con las nubes y me decía: 

     ―A ver si encuentras un caracol o un conejo con una piruleta o un sombrero de copa...

    Para mí era dificilísimo encontrarlos, pero en cuanto me los señalaba con el dedo y dibujaba su contorno en el aire, se perfilaban perfectamente aquellas formas ante mis ojos.

      Fueron los mejores años. Nuestra vida se mecía en el vaivén de las tardes de playa en verano, dormidos sobre la arena con la mente en blanco o llena de proyectos. Los olores del césped recién cortado y a tierra húmeda, en aquel parque donde nos gustaba devorarnos hasta con la mirada. Las tardes de domingo y café con tostadas o quizá eran mañanas o las dos cosas, porque a veces amanecíamos en el mismo sitio donde habíamos anochecido.

      Después llegaron otros tiempos menos pausados y más dispersos. Donde cada uno luchaba por tener su parcela y a la vez por recuperar el tiempo que se nos escapaba entre los dedos como puñados de arena en un reloj caprichoso. Un tiempo donde habíamos dejado de ser dos, o mejor dicho, de ser uno. Esperábamos un “más adelante” que todo lo cambiase, que hiciera que la vida volviera a ralentizarse. Pero aquello que deseábamos que sucediese sin saber exactamente lo que era, nunca llegó, o caminaba junto a nosotros mientras lo esperábamos, sin darnos cuenta de que nos acechaba allí mismo, en todos aquellos instantes. 

      Entonces no sabíamos que ya nada volvería a ser lo mismo. No habría ninguna playa esperándonos para cerrar los ojos y escuchar el vaivén de las olas sin pensar en nada o en todo. Ni una parcela de césped donde tumbarnos a mirar las nubes, esas que han vuelto a tener una forma indefinida porque ella no me dibuja sus perfiles con su dedo. Las mañanas de domingo ya no se confundirán más con las tardes, porque el sol dejó de estar en mi bolsillo después de aquel accidente donde, juntos, se apagaron.

28 de mayo de 2011

Veía llover


      Veía llover a través de la ventana y aquellas gotas de agua que jugaban a permanecer tras el cristal, a mezclarse unas con otras para después separar esa unión y precipitarse hasta desembocar sobre el marco de madera, también le permitían ver otra lluvia igual de húmeda y transparente, a ratos fría y otros más cálida.

      Allí, de pie, mirando fijamente tras el cristal, o quizás no al otro lado y su mirada se concentraba en ese punto desenfocado donde no se ve más allá de los recuerdos, pensaba en esa otra lluvia, la de las horas que ya no volverán a recordar que aún es ayer y falta mucho para mañana. La lluvia de besos entregados sin reparar, si quiera, o los que se quedaron esperando una señal para salir disparados. La de las sonrisas que surgieron espontáneas y que ahora luchan por no perderse, ni caer en el olvido de la caja donde están guardadas. La lluvia de momentos dormidos que aguardaron esperando un abrazo y que, escurridizo, se posó sobre la almohada buscando algún sentido. La de los sueños ligeros que se fundieron al despertarlos, dejando una estela de incertidumbre y un deseo ávido de atraparlos. La lluvia de los paseos sin retorno y las vueltas sobre lo mismo, o las palabras que por miedo a salir se encallaron al borde un precipicio, el mismo por donde se arrojaron las que, imprudentes, saltaron con sus alas inútiles.

      Veía llover a través de la ventana, aguacero del tiempo.

(Inspirado en la frase de Atenea: “Veía llover a través de la ventana” para El CuentaCuentos)

19 de mayo de 2011

Baila bailarina

     
      Recluida entre las cuatro paredes de aquel cuarto, soñaba con ser bailarina. Se imaginaba haciendo complicadas piruetas en el aire, girando sobre sí misma sin parar o deslizándose como una pluma arrastrada por el viento. Aquellas figuras representaban para ella una inalcanzable quimera.
      También disfrutaba con sueños sencillos como salir a pasear a la calle y descubrir el mundo tras aquel ventanal. Pero el reloj jugaba en su contra y cada vez se sentía más frágil y apagada. A veces ni los sueños conseguían levantar sus esperanzas.
      Cuando sintió que sus fuerzas habían llegado a su límite, en el último suspiro de vida, pidió un deseo, era lo único que le quedaba por intentar. Al instante, la joven que minutos antes había puesto agua en el jarrón, pudo sentir su perfume en la piel, y unas ganas irresistibles de bailar.