22 de noviembre de 2010

Y de repente un libro...


      Su vida transcurría pausadamente, tejida entre esquemas básicos que con el tiempo había convertido en un hábito de meticulosa rutina. No solía dejarse llevar por impulsos repentinos, ni corazonadas. Todo medido, todo calculado. Se levantaba cada día exactamente a la misma hora, justo cuando sonaba el despertador, ni un minuto más, ni un minuto menos. Se calzaba las zapatillas, colocadas estratégicamente donde caían sus pies al levantarse. Caminaba hacia la cocina y ponía la cafetera a calentar; mientras se daba una ducha rápida que terminaba con el silbido de la cafetera, matemáticamente calculado. Desayunaba con el albornoz y después se vestía; la ropa metódicamente elegida la noche anterior y colgada con esmero sobre la silla del dormitorio. Cogía siempre el mismo autobús, al que apenas esperaba tres minutos en su parada. A la salida del trabajo, realizaba la compra y volvía a casa a comer. La comida siempre lista para servir, preparada desde la tarde anterior; y después de echar una pequeña cabezada en el sofá, preparaba la del día siguiente. Por la noche, la ropa de nuevo elegida para la mañana siguiente y colocada sobre la silla, sin olvidar las zapatillas estratégicamente situadas donde amanecerían sus pies.

      Abrió los ojos alertada por una sensación instintiva, el despertador no había sonado, pero al mirarlo, sobre la mesilla, marcaba exactamente la hora a la que sonaba cada día, ni un minuto más, ni un minuto menos. Sin embargo, dio un salto de la cama con tanto ímpetu que sus pies no cayeron sobre las zapatillas, las introdujo de una patada debajo de la cama, sin darse cuenta, y no lograba alcanzarlas. Se fue descalza a la cocina, puso la cafetera, volvió con el palo del cepillo, rescató las zapatillas y se metió en la ducha. Al salir de la ducha, no oyó el silbido de la cafetera, pero un olor a café quemado inundaba la estancia. Cuando limpió la vitrocerámica y desayunó, corrió a vestirse, eran unos minutos más tarde que de costumbre y al llegar al ascensor se encontró con que lo tenía retenido la familia del quinto, que apuraban ese tiempo para coger los abrigos y las mochilas del colegio. Decidió bajar por la escalera. Al doblar la esquina, a veinte metros de distancia, vio desaparecer su autobús habitual, no tuvo más remedio que esperar siete minutos a que llegara el siguiente. Encontró un sitio libre al fondo, en la última fila de asientos, y al sentarse, notó que pisaba algo. Era un libro cuyo título ni autor le sonaban. Estaba marcado hacia la mitad con una entrada de cine gastada, de un título que aún seguía en cartelera y que ella se había resistido a ver porque no le llamaron la atención ni el argumento ni el reparto.

      Al día siguiente, decidió dejar pasar su autobús habitual y coger el del día anterior, y así poder devolver el libro al conductor, arrepentida del impulso que la empujó a llevárselo. Cuando subió el escalón, a su izquierda, en primera fila, había un chico que miraba el libro que ella llevaba en la mano, con mucho interés. Pensó que sería el propietario del libro y, arrastrada por la corriente de pasajeros ansiosos por encontrar sitio, pasó su ticket y le entregó el libro al chico, que le dio las gracias muy contento, mientras la veía alejarse con la marea de gente, hacia los asientos del fondo.

      Ese día sintió una curiosidad tremenda por ver la película que aquel chico había usado como marcador, y decidió no esperar al fin de semana. Por la tarde, no se molestó en preparar la comida del día siguiente, se vistió y se fue al cine, para que no se le hiciera muy tarde. La película le gustó tanto que no pudo resistirse a acercarse a una librería y comprar aquel libro, pensó que también podría gustarle, y no se equivocó.

      Al cabo de un tiempo, una mañana, en su parada de autobús, estaba el chico del libro esperando a que llegase ella. Le devolvió el libro con la entrada de cine dentro y le dio las gracias por habérselo prestado sin conocerle de nada. Ella le explicó la confusión que había tenido, y se rieron durante un buen rato, contándose lo que cada uno había pensado de la situación, cuando ella le entregó el libro, pensando que era su dueño; y él, a su vez, pensando que era una chica bastante rara, por haberle prestado el libro sin mediar palabra.

      Ella decidió regalárselo, ya tenía otro y era demasiado tarde para devolverlo a su verdadero dueño. Y él la invitó al cine, alegando que le había quedado la curiosidad de ver aquella película, y eso que nunca le había llamado la atención en el cartel. Ella no mencionó que ya la había visto, pensó que aquello era un pequeño detalle sin importancia.

3 comentarios:

  1. Bonito detalle sin importancia.

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  2. Que estupenda puede ser la vida cuando nos salimos de los planes. Qué narices, cuando nos salimos de los planes es cuando vivimos!
    Bsos

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  3. Daniel, un detalle sin importancia que nos enseña que, muchas veces, la sinceridad está de más ;)

    Markos, cuando nos salimos de los planes es justo cuando salen a la perfección!!

    Un abrazo a los dos.

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