5 de noviembre de 2010

Palabras al viento


      ―Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa.
      ―¿Cómo puedes estar tan segura? Ha dicho que me envió una carta al mes de desaparecer.
      ―Porque fui yo quien te ocultó aquella carta. Te vi más animada y pensé que era lo mejor, pero ahora sé que me equivoqué. ―Le comunicó Blanca a su hermana, cuando volvían del cine―. No pensé que fuera a cambiar las cosas, tan solo ponía una frase, decía que ya podía ver. Pensé que eso significaba que lo estaba superando, y como vi que tú también, deduje que sólo te traería malos recuerdos.
      ―¿Quién te crees que eres para decidir por mí? Ni siquiera sabes lo que significa esa frase.


      María estaba sentada en la sala de lectura de Fnac, cuando Pedro apareció buscándola. Se quedó un rato observando sin ser visto. Ella ojeaba un libro de pinturas sin mucho interés, pues pasaba las páginas demasiado deprisa, sin darle tiempo a observarlas. Cerró el libro y se puso a enrollar un mechón de su pelo en el dedo índice, mientras su mirada permanecía concentrada en la punta de sus zapatos. Pedro guardó aquella imagen, tan habitual en ella, como recuerdo. Cuando se acercó, ella se levantó, y después de un escueto saludo, se marcharon del edificio.

      A penas se dirigieron la palabra. Llevaban una semana intentando alargar aquel encuentro que marcaría el final de su relación. Los dos lo sabían, aunque ninguno había sacado el tema, la tensión entre ellos era insostenible. Ella supo, desde el primer momento, que él jamás lograría perdonarla, a pesar de estar arrepentida de sus actos. No entendía cómo había podido dejarse llevar así por un impulso sin sentido, y menos aún entendía, el motivo que la llevó a contárselo a Pedro, quizás fue una forma de limpiar su conciencia. Pedro intentó, por todos los medios, perdonar a María. Luchó contra su ataque de rabia, se tragó su orgullo y decidió seguir como si no hubiese pasado nada. Pero su falta de confianza empezó a minar su relación por dentro, y cuando se quiso dar cuenta, la desconfianza era tal, que le impedía la visión.

      Un año más tarde de aquel último encuentro, en el que con sus palabras no se dijeron lo que se querían decir, y sí lo que no querían saber; se encontraron en la cola de un cine. Ella iba con su hermana Blanca, y él iba acompañado de una chica que María no había visto nunca. Cuando sus miradas se cruzaron, se sintieron extraños e incómodos, y ambos se plantearon si acercarse a saludar al otro, pero ninguno se decidió a hacerlo.

      Durante la película, María pensó en lo mal que lo había pasado en el transcurso de aquel año. Había echado de menos a Pedro, y cada día pensaba que quizás ese día sonaría el teléfono; pero eso nunca ocurrió. Pedro, por su lado, se preguntaba por qué ella se habría negado a contestar su carta. Más de una vez fue tentado a llamar por teléfono, pero pensó que ella ya había tomado una decisión con su silencio.

      A la salida del cine, Pedro se acercó donde estaba María, y Blanca se alejó para dejarles intimidad, al ver que había aparecido solo. En pocos minutos se pusieron al día del año que habían pasado separados. Pedro se iba a casar al año siguiente, y María recibió la noticia como un aguijón en plena diana.


(Inspirado en la frase de Emma: "Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa" para El CuentaCuentos)

6 comentarios:

  1. Yo he vivido lo mismo que María y he optado por ser también sincero. Lo peor es que creo que a larga me va a pasar factura.

    Muy oportuna Sara,un beso.

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  2. Nunca se sabe, Daniel, cada persona es un mundo, pero estas cosas sólo las madura el tiempo. La sinceridad es importante, sobre todo para uno mismo, pero pienso que también hay que meditarla, y medirla.

    Un abrazo, y siento haber sido oportuna en este caso.

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  3. Las relaciones entre parejas son complejas, todas se parecen y todas son diferentes. Y la falta de comunicación, por culpa del cartero o de quién quiere ser cartero, lo complica todo más.
    Me ha gustado sobre todo la incomodidad de la cola de entrada al cine, y el deterioro de la confianza por un perdón que no era sincero :-)
    Bsos

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  4. Puede que su corazón sí tuviese la intención de perdonarla, pero su cabeza no se lo permitió... O puede que fuera al revés.

    Un saludo.

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  5. Prefiero la sinceridad a vivir en la ignorancia tejida de una mentira. Puede que duela sí, pero lo prefiero. Me ha gustado tu historia, aunque temo que sea real para muchos. Un besazo.

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  6. Desdeluego la ignorancia no es un lugar donde a nadie le guste vivir, no me refería con lo de medir la sinceridad a este tema que trata mi relato en concreto, me referia a la sinceridad en general. Ya lo comenté una vez en otra entrada (de una forma más irónica) titulada Falsas apariencias, y creo que a veces está sobrevalorada. Hay gente que en su apego a la sinceridad, con o sin darse cuenta, consigue hacer daño con sus palabras, y hay veces que un silencio, vale más que mil palabras. Al menos yo opino así.

    Besotes nuncajamasiana ;)

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