26 de noviembre de 2010

Aquel viejo parque



      La última vez que se vieron tan solo eran unos niños, y aunque habían pasado muchos años, en cuanto cruzaron tres palabras se reconocieron. No era fácil hablar a aquella distancia, pero ello no les impidió ponerse al día de todo lo acontecido en sus vidas desde aquel día en que sus caminos se separaron.

(Momentos antes)

      Sintió un hormigueo en los pies al cruzar aquella calle. Estaba segura de no haber estado nunca en ese lugar, pero todo lo que veía a su alrededor le resultaba extrañamente familiar. Aquel viejo parque donde sus pies la detuvieron, desgastado por el uso del tiempo y cuyos árboles ofrecían una sombra antigua, de historias enredadas entre sus ramas; hizo que Isabel viajase a una época de su infancia que apenas se dejaba vislumbrar en su memoria. Nunca entendió por qué tenía la sensación de haber conocido a alguien a quien no lograba recordar. Guardaba retazos de fotogramas fugaces e inconexos, donde se veía con alguien cuyo rostro se mostraba nebuloso. Su madre, durante algún tiempo, estuvo preocupada por su salud mental, pensaba en la posibilidad de que Isabel tuviera un amigo invisible y hubiese creado un mundo paralelo. Nunca la escuchó hablar sola, ni hacer nada que no hiciera una niña de su edad, pero de vez en cuando tenía sueños agitados y se despertaba preguntando por un niño llamado Jesús Fuentes, y durante los días siguientes a los sueños, no paraba de hablar de ellos y de aquel niño al que ella aseguraba conocer, aunque no recordaba de qué ni cuándo ni dónde. En su entorno, no conocían ni habían conocido entre sus compañeros del colegio a ningún niño llamado así. Isabel, para no seguir preocupando a sus padres y consciente de que estos no la entendían, no volvió a mencionarlo más. A medida que iba creciendo, aquellos sueños fueron disminuyendo y haciéndose cada vez más imprecisos. Y aunque de mayor llegó a la conclusión de que todo fue producto de un sueño reiterativo, creció con la sensación de tener un paréntesis en blanco dentro de su memoria que se obligaba a intentar abrir sin ningún éxito.

      Se acostumbró a pasear por aquel viejo parque todos los domingos. Se había convertido en un lugar que le producía una sensación placentera. Se sentaba en un banco y disfrutaba viendo a los niños jugar. No tenía hijos, la maternidad no había llamado aún a su puerta, pero disfrutaba escuchando sus risas y alboroto; era la banda sonora de aquellos recuerdos prendidos en algún lugar apartado de su memoria. Poco a poco, las caras de la gente que frecuentaba aquel parque empezaron a resultarle familiares. Se sentía testigo silencioso de la evolución de aquellos bebés que ya comenzaban a dar sus primeros pasos, o de las mamás que lucían sus incipientes barrigas. Incluso había aprendido los hábitos de algunos de los asiduos al parque, como la señora que se sienta siempre junto a la fuente y saca una bolsa de pipas que devora mientras hace crucigramas; o el chico del perro que sólo se sienta en los bancos que no están ocupados, y si se le coloca alguien al lado mira el reloj para hacer ver que se le ha hecho tarde, se levanta y se marcha; o los padres del saco de juguetes,  que nunca dejan a su hijo subir a los columpios por miedo a que se caiga, y discuten con él  porque pretenden que el niño se quede pegado a ellos jugando.

      Aquella tarde de domingo, el aire olía a tierra mojada, anunciando la llegada inminente de una tormenta. Unas gotas gruesas de lluvia y el parpadeo fugaz de un relámpago, provocaron la estampida de los transeúntes. Isabel se marchó, cubriéndose de la lluvia en cada techado que iba encontrando por las aceras de las calles. Tenía el pelo y la chaqueta empapados. Un chico con un perro, cuya cara le resultaba familiar y que rápidamente identificó como “el chico del perro” del parque, le ofreció pasar a su portal para resguardarse, gesto que ella agradeció amablemente. Cuando chico y perro desaparecieron tras las puertas del ascensor, ella sacó pañuelos de papel de su bolso y se secó las gotas que le resbalaban por la cara, mientras leía distraídamente los nombres en los buzones del portal. Una punzada  la alertó como si se tratara de un radar, al leer en uno de ellos: Jesús Fuentes.  Las ideas se le agolpaban en la mente mientras barajaba si meter la mano en la ranura del buzón y sacar alguna información sobre su propietario, o subir directamente a la planta segunda y llamar al timbre; la primera era más tentadora que la segunda, pues no se le ocurría ninguna excusa lógica, si le abrían la puerta, que justificase su presencia allí. El ruido del ascensor la sacó de sus pensamientos, y sin saber muy bien por qué, como si hubiese cometido algún acto vandálico, salió corriendo de allí, sintiéndose una intrusa al pretender invadir la intimidad de alguien que, paradójicamente, invadió la intimidad de sus sueños durante mucho tiempo.

      El domingo siguiente Isabel estaba impaciente por que llegara al parque el chico del perro. Había decidido acercarse a él, con la excusa de agradecerle el gesto que tuvo, e intentar sonsacarle información sobre su vecino. Al principio pensó en la posibilidad de que él fuese Jesús Fuentes, pero luego dedujo que de ser así habría sentido, la primera vez que le vio, lo mismo que al leer aquel nombre en el buzón. Cuando apareció el chico del perro, no esperó a que se cruzase con ella, fue directamente hacia él.

      ―Hola, quería agradecerte lo del otro día, ¡menudo chaparrón!
      ―No hay nada que agradecer, no te preocupes.
      ―Me llamo Isabel.
      ―Te va a sonar rara esta pregunta ―le dijo él―, se la hago a todas las personas que encuentro con tu nombre… ¿por casualidad tu apellido no será Cantiero?
      ―¿Nos conocemos? ―preguntó ella asombrada por el acierto.
      ―No lo sé.
      ―¿Eres Jesús Fuentes? ―se atrevió a preguntar.
      ―¿A ti también te pasa? ―agregó él, abriendo mucho los ojos.
      ―¿De qué nos conocemos?
      ―No lo recuerdo. Quizás íbamos a la misma guardería. Al colegio sé que no, revisé uno por uno todos los alumnos de mi colegio y de todos los cursos, incluso en los años que yo aún no estaba en el colegio. Y la única duda que me queda es la guardería, que fue cerrada casi a la misma vez que empezaron mis sueños. Pero nunca me atreví a contarle a nadie nada sobre ti. Eres la primera persona con la que comparto esto.
      ―¿Siempre has vivido en esta ciudad? ―preguntó Isabel.
      ―Sí ¿y tú?
      ―Yo no soy de aquí. Llevo viviendo aquí unos cuantos años.

      Hablaron durante horas, sentados en un banco, intentando descubrir cuál era el nexo de aquel enigma que se remontaba a la infancia. No lograron encontrar el misterio ese día, ni los siguientes, sólo encontraron que a medida que hablaban, coincidían en muchas de las cosas que contaban, como si en algún momento de sus vidas, ya fuera en la realidad o en sus sueños, hubiesen coincidido y compartido algún tiempo juntos. Hasta recordaban algunos sabores que al otro le gustaban, o detalles que estaban seguros no haber mencionado.

      Siguieron viéndose con asiduidad en aquel lugar. Con el tiempo, dejaron de preguntarse por todo aquello que les habría llevado a encontrarse, se acostumbraron a disfrutar de esos momentos sin más, por el simple placer que les producía conocerse, y se deleitaban imaginando las cosas que sentían que les apetecería compartir.

      Junto a ellos, silenciosos, se encontraban los cómplices de su encuentro, las sombras que una vez, hacía muchísimos años, habían jugado incansables por todos los rincones de aquel viejo parque, felices por haberse encontrado y de que aquel anciano estuviera equivocado en su versión de los hechos, ignorando que no se desvanecían para siempre, sino que perdían su libertad y volvían con sus cuerpos. 

      Cuando la sombra niño se enteró de lo que ocurría realmente, hizo lo imposible por encontrarla, consciente de que ella no podría hacerlo al estar privada ya de su libertad. En su empeño, y sus intentos fallidos, también perdió su libertad; y con el paso de los años se resignó a pensar que no volverían a verse. Hasta que una tarde de domingo, sin saber cómo, aquellas sombras descubrieron que, de algún modo, habían conseguido conectar con sus respectivos cuerpos.

      (Esta historia, para quien no haya leído antes “El niño que perdió su sombra” no tiene ni pies ni cabeza. Pensé hacer la referencia al principio, pero después pensé que estropearía la historia)

23 de noviembre de 2010

Testigo silencioso


      Aquel silencio se convirtió en un mudo tratado de nostalgias, donde todo quedaba en aquel color sepia de las imágenes que guardó en la vieja caja de galletas, que durante años había reposado sobre la alacena, y que ahora dejaba en su maleta.

      La casa conservaba el olor de la última taza de café que había sido preparada, y el sonido del péndulo de aquel reloj, que colgaba allí desde tiempos inmemorables, se mezclaba con sus propios sonidos internos, los del recuerdo, los de las risas mudas y las palabras sin voz ni aliento, los ojos que miran y ya no ven porque han quedado atrapados en otro tiempo, los del silencio.

      Cerró la puerta después de echar un último vistazo a su alrededor, ochenta años de recuerdos grabados en cada poro de aquellas paredes, flotaban como motas de polvo expuestas a la luz. Sabía que esa sería la última vez que vería aquel espectáculo quieto, aquel escenario de representaciones dormidas. Cogió su maleta y se marchó, dejando atrás aquella estructura impasible, testigo silencioso de toda su vida.

(Inspirado en "a partir de una frase" para el foro de Nuncajamás)

22 de noviembre de 2010

Y de repente un libro...


      Su vida transcurría pausadamente, tejida entre esquemas básicos que con el tiempo había convertido en un hábito de meticulosa rutina. No solía dejarse llevar por impulsos repentinos, ni corazonadas. Todo medido, todo calculado. Se levantaba cada día exactamente a la misma hora, justo cuando sonaba el despertador, ni un minuto más, ni un minuto menos. Se calzaba las zapatillas, colocadas estratégicamente donde caían sus pies al levantarse. Caminaba hacia la cocina y ponía la cafetera a calentar; mientras se daba una ducha rápida que terminaba con el silbido de la cafetera, matemáticamente calculado. Desayunaba con el albornoz y después se vestía; la ropa metódicamente elegida la noche anterior y colgada con esmero sobre la silla del dormitorio. Cogía siempre el mismo autobús, al que apenas esperaba tres minutos en su parada. A la salida del trabajo, realizaba la compra y volvía a casa a comer. La comida siempre lista para servir, preparada desde la tarde anterior; y después de echar una pequeña cabezada en el sofá, preparaba la del día siguiente. Por la noche, la ropa de nuevo elegida para la mañana siguiente y colocada sobre la silla, sin olvidar las zapatillas estratégicamente situadas donde amanecerían sus pies.

      Abrió los ojos alertada por una sensación instintiva, el despertador no había sonado, pero al mirarlo, sobre la mesilla, marcaba exactamente la hora a la que sonaba cada día, ni un minuto más, ni un minuto menos. Sin embargo, dio un salto de la cama con tanto ímpetu que sus pies no cayeron sobre las zapatillas, las introdujo de una patada debajo de la cama, sin darse cuenta, y no lograba alcanzarlas. Se fue descalza a la cocina, puso la cafetera, volvió con el palo del cepillo, rescató las zapatillas y se metió en la ducha. Al salir de la ducha, no oyó el silbido de la cafetera, pero un olor a café quemado inundaba la estancia. Cuando limpió la vitrocerámica y desayunó, corrió a vestirse, eran unos minutos más tarde que de costumbre y al llegar al ascensor se encontró con que lo tenía retenido la familia del quinto, que apuraban ese tiempo para coger los abrigos y las mochilas del colegio. Decidió bajar por la escalera. Al doblar la esquina, a veinte metros de distancia, vio desaparecer su autobús habitual, no tuvo más remedio que esperar siete minutos a que llegara el siguiente. Encontró un sitio libre al fondo, en la última fila de asientos, y al sentarse, notó que pisaba algo. Era un libro cuyo título ni autor le sonaban. Estaba marcado hacia la mitad con una entrada de cine gastada, de un título que aún seguía en cartelera y que ella se había resistido a ver porque no le llamaron la atención ni el argumento ni el reparto.

      Al día siguiente, decidió dejar pasar su autobús habitual y coger el del día anterior, y así poder devolver el libro al conductor, arrepentida del impulso que la empujó a llevárselo. Cuando subió el escalón, a su izquierda, en primera fila, había un chico que miraba el libro que ella llevaba en la mano, con mucho interés. Pensó que sería el propietario del libro y, arrastrada por la corriente de pasajeros ansiosos por encontrar sitio, pasó su ticket y le entregó el libro al chico, que le dio las gracias muy contento, mientras la veía alejarse con la marea de gente, hacia los asientos del fondo.

      Ese día sintió una curiosidad tremenda por ver la película que aquel chico había usado como marcador, y decidió no esperar al fin de semana. Por la tarde, no se molestó en preparar la comida del día siguiente, se vistió y se fue al cine, para que no se le hiciera muy tarde. La película le gustó tanto que no pudo resistirse a acercarse a una librería y comprar aquel libro, pensó que también podría gustarle, y no se equivocó.

      Al cabo de un tiempo, una mañana, en su parada de autobús, estaba el chico del libro esperando a que llegase ella. Le devolvió el libro con la entrada de cine dentro y le dio las gracias por habérselo prestado sin conocerle de nada. Ella le explicó la confusión que había tenido, y se rieron durante un buen rato, contándose lo que cada uno había pensado de la situación, cuando ella le entregó el libro, pensando que era su dueño; y él, a su vez, pensando que era una chica bastante rara, por haberle prestado el libro sin mediar palabra.

      Ella decidió regalárselo, ya tenía otro y era demasiado tarde para devolverlo a su verdadero dueño. Y él la invitó al cine, alegando que le había quedado la curiosidad de ver aquella película, y eso que nunca le había llamado la atención en el cartel. Ella no mencionó que ya la había visto, pensó que aquello era un pequeño detalle sin importancia.

10 de noviembre de 2010

El silencio


      Ese lugar donde habitamos cuando estamos dormidos, cuando perdemos la consciencia del murmullo que nos rodea. Donde nos refugiamos cuando queremos mirar con atención, como si nos iluminara la visión y, sumergidos en él, nos ayudase a ver mejor.

      A veces no sabemos usarlo y en vez de recurrir a él cuando no encontramos las palabras necesarias, nos lanzamos al abismo de las frases sin sentido para envolverlo, sin darnos cuenta que él es más sutil y preciso. No nos encadena como lo hacen ellas, las palabras. Se mantiene esquivo e inconexo.

      El silencio puede ser un lugar muy frío y árido, donde cueste permanecer largo tiempo, o donde un instante parezca una larga estancia incómoda. Pero también hay silencios que se transforman en lugares apacibles, donde deseas que se detenga el tiempo para poder recrearte en sus rincones, pasear sus sendas, sentarte en sus parajes más hermosos a observar las vistas, o simplemente descansar entre sus ecos sordos. Cerrar los ojos y poner todos los sentidos a su merced para formar parte de él, transformándote en silencio.

7 de noviembre de 2010

Blogplagios

      
      Como anuncia el título, sobre ese tema trata esta entrada. Nunca imaginé que el robo de textos pudiera ser tan descarado, pero ayer pude comprobar con mis propios ojos, que hay gente que carece de dignidad en este sentido.

      Tengo una amiga a quien le han robado, de momento, más de una decena de textos de su blog, con todos sus puntos y sus comas. Me parece lamentable este asunto, pues los textos de los blogs son gratuitos, están ahí para el disfrute de todos, y lo único que se pide es que si tomas prestado uno, al menos, tener la decencia de decir de dónde lo has sacado o nombrar a su autor, te va a quedar igual de bonito colgado en tu blog, pero el verdadero autor no se sentirá ninguneado.

      Intentando meterme en el pellejo de los que hacen esto, sólo llego a esta conclusión: Si a la gente no le gusta lo que escribo, pero a mí me gusta, sigo adelante con mi afición porque me llena; pero si ni a mí me gusta lo que escribo y tuviese que robar textos a otro, haciendo ver que son míos, para sostener mi blog... Entonces, amigo mío, me buscaría otra afición, porque sólo me estaría engañando a mí misma.

      Se ha creado un blog No deberías copiar, ahí están las pruebas de los plagios junto con los originales. No sabemos si servirá para algo, pero al menos es una forma de evidenciar al plagiador, en plan lista negra, y para poder sentir lo que suele decir otro bloguero amigo: "¡Qué agustito me quedao!" (Pero en castellano 2.0)

      Os animo a participar, y si encontráis algún texto vuestro que ha sido vilmente plagiado, solo tenéis que comunicarlo allí y será debidamente publicado. La forma de encontrarlos es muy sencilla, coges una frase larga de un texto y lo pegas en google… si ha sido plagiado salen como churros. En Fotolog es una pasada la de plagios que se realizan. Hasta una página de Facebook  con 431 usuarios (o "me gusta" ) había plagiado un texto,  y ni se habían molestado en nombrar a su verdadera autora. La verdad es que se han ensañado con ella, así que voy a sacar algo positivo en esta historia: 

“Angelical, tu pluma es buena, y ellos lo saben ;)”

5 de noviembre de 2010

Palabras al viento


      ―Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa.
      ―¿Cómo puedes estar tan segura? Ha dicho que me envió una carta al mes de desaparecer.
      ―Porque fui yo quien te ocultó aquella carta. Te vi más animada y pensé que era lo mejor, pero ahora sé que me equivoqué. ―Le comunicó Blanca a su hermana, cuando volvían del cine―. No pensé que fuera a cambiar las cosas, tan solo ponía una frase, decía que ya podía ver. Pensé que eso significaba que lo estaba superando, y como vi que tú también, deduje que sólo te traería malos recuerdos.
      ―¿Quién te crees que eres para decidir por mí? Ni siquiera sabes lo que significa esa frase.


      María estaba sentada en la sala de lectura de Fnac, cuando Pedro apareció buscándola. Se quedó un rato observando sin ser visto. Ella ojeaba un libro de pinturas sin mucho interés, pues pasaba las páginas demasiado deprisa, sin darle tiempo a observarlas. Cerró el libro y se puso a enrollar un mechón de su pelo en el dedo índice, mientras su mirada permanecía concentrada en la punta de sus zapatos. Pedro guardó aquella imagen, tan habitual en ella, como recuerdo. Cuando se acercó, ella se levantó, y después de un escueto saludo, se marcharon del edificio.

      A penas se dirigieron la palabra. Llevaban una semana intentando alargar aquel encuentro que marcaría el final de su relación. Los dos lo sabían, aunque ninguno había sacado el tema, la tensión entre ellos era insostenible. Ella supo, desde el primer momento, que él jamás lograría perdonarla, a pesar de estar arrepentida de sus actos. No entendía cómo había podido dejarse llevar así por un impulso sin sentido, y menos aún entendía, el motivo que la llevó a contárselo a Pedro, quizás fue una forma de limpiar su conciencia. Pedro intentó, por todos los medios, perdonar a María. Luchó contra su ataque de rabia, se tragó su orgullo y decidió seguir como si no hubiese pasado nada. Pero su falta de confianza empezó a minar su relación por dentro, y cuando se quiso dar cuenta, la desconfianza era tal, que le impedía la visión.

      Un año más tarde de aquel último encuentro, en el que con sus palabras no se dijeron lo que se querían decir, y sí lo que no querían saber; se encontraron en la cola de un cine. Ella iba con su hermana Blanca, y él iba acompañado de una chica que María no había visto nunca. Cuando sus miradas se cruzaron, se sintieron extraños e incómodos, y ambos se plantearon si acercarse a saludar al otro, pero ninguno se decidió a hacerlo.

      Durante la película, María pensó en lo mal que lo había pasado en el transcurso de aquel año. Había echado de menos a Pedro, y cada día pensaba que quizás ese día sonaría el teléfono; pero eso nunca ocurrió. Pedro, por su lado, se preguntaba por qué ella se habría negado a contestar su carta. Más de una vez fue tentado a llamar por teléfono, pero pensó que ella ya había tomado una decisión con su silencio.

      A la salida del cine, Pedro se acercó donde estaba María, y Blanca se alejó para dejarles intimidad, al ver que había aparecido solo. En pocos minutos se pusieron al día del año que habían pasado separados. Pedro se iba a casar al año siguiente, y María recibió la noticia como un aguijón en plena diana.


(Inspirado en la frase de Emma: "Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa" para El CuentaCuentos)

2 de noviembre de 2010

Otro sobre, otro reto...




       Parecido al reto que nos propusieron en Travesía literaria allá por el mes de mayo, donde teníamos que escribir un relato usando diez palabras obligadas... Nos piden en este caso narrar una escena veraniega con diez palabras prohibidas: VERANO-PLAYA-CALOR-TERRAZA-PISCINA-SOL-BIKINI-BAÑADOR-ABANICO-VACACIONES... A ver qué sale...
     
      Era una tarde de finales de julio. El astro rey aún amenazaba con fervor, haciendo que los cuerpos tumbados sobre la arena, sufrieran el ardor de sus rayos y fueran impulsados a refrescarse con las aguas saladas de aquel mar que lucía, durante aquella época de estío, sus mejores galas de transparentes olas y refrescantes aguas.

      Me encontraba en el mirador de la cafetería del hotel donde me hospedaba. Las vistas eran magníficas, y el aire del ventilador de techo me producía una sensación placentera, frente a la calina que inundaba el ambiente. Decidí unirme a los bañistas y renunciar a mi puesto privilegiado en aquel balcón. Subí a mi habitación y cogí mi bolsa con la toalla.

      Cuando legué a la orilla, una nube amenazaba con hacer de improvisada sombrilla, agradecí su posición, el ambiente sofocante era aún peor de lo que se vislumbraba desde la terraza. Cuando la nube siguió su camino, decidí darme un chapuzón. Observé a mi alrededor que todo el mundo me miraba, así que aceleré el paso para adéntrame cuanto antes en el agua. Una vez allí, revisé mi indumentaria, y no encontrando nada extraño en mi traje de baño, ni en mi cuerpo, me animé a salir del agua.

      La gente seguía mirándome extrañada, me envolví con la toalla, recogí mis cosas precipitadamente y me marché incomodada por aquellas miradas.

       Cuando me acerqué a recepción para pedir mi llave de habitación, observe mi imagen en la portada de una revista ¡No podía ser! Lo había hecho de nuevo. Mi hermana gemela había conseguido robarle un beso a un famoso para cobrar una exclusiva millonaria.