21 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. X)



 Rotación


      Adela llegó a Madrid al día siguiente. En su buzón encontró un pequeño paquete procedente de Londres, y que por la fecha, debía de llevar allí unos cuantos días. Lo abrió sin mucho interés, imaginando que sería algún catálogo de la publicidad que, de vez en cuando, Israel solía enviarle. Pero lo que encontró dentro fue un libro titulado «Senderos de papel» El autor ¡no podía creerlo! era Israel. En la primera página, donde habitualmente aparece la fecha de edición, editorial o ISBN del libro entre otras cosas, sólo ponía: Edición limitada. Un sólo ejemplar. En la siguiente página había un párrafo manuscrito que decía:

«La vida está formada por senderos que se entrelazan. Unos son sólidos como el acero, otros son frágiles como el papel. Los caminos frágiles suelen romperse con facilidad, y nos llevan a constantes idas y venidas; subidas y bajadas; convirtiendo nuestra existencia en un mar de sensaciones.»

      El libro estaba impreso como uno de verdad. Hablaba sobre la historia de la vida de Israel, contada en primera persona, desde que era un niño hasta que se hizo adulto. Todo aquello que ella nunca había escuchado salir de sus labios, estaba allí escrito. Contaba cómo una vez, había conocido a una chica debajo de un paraguas rojo, y después había compartido un café en un lugar donde el tiempo se había detenido… sobre las sensaciones que había sentido cuando alguien se cruzó en sus caminos… Adela devoraba el libro sin parar, ni siquiera se había quitado el abrigo, ni los zapatos. Cada párrafo que leía le dolía más que el anterior ¿Por qué le había enviado aquel libro, abriendo su corazón, si ella había visto con sus propios ojos que compartía su vida con Lucia? ¿Y si Lucia se lo había inventado todo? Pero no tenía sentido, ella vivía allí, estaba en su casa... Y si no vivía tenía sus llaves.

      El libro terminaba en una despedida en el aeropuerto, rumbo a Londres, cuando ella sintió su primer abrazo, que él también percibió así, pues explicaba que había notado algo distinto en ella, como si esperase algo más… Pero él se había guardado sus ganas por miedo a no poder dar marcha atrás y perderlo todo en un segundo. El libro terminaba ahí, sin embargo sobraban infinidad de hojas en blanco, y en la última de todas, ponía: fin.

      Cuando terminó de leerlo, eran las doce de la noche, decidió darse una ducha e irse a dormir, estaba hecha un lio con tantas contradicciones. Pensó que sería mejor esperar a que fuese él quien diese señales de vida, de no haberlo hecho ya, significaba que Lucía había cumplido con su palabra.

       El lunes llegó a la oficina con una sensación rara, parecía que había estado fuera una eternidad, y tan sólo había sido un fin de semana. Cuando se cruzó con el padre de Israel y le preguntó por su viaje, pensó: ¡Tierra trágame! Pues había olvidado que había otro testigo, y si hablaba con su hijo, podría enterarse de su estampida. Suerte que en el último segundo se le ocurrió decirle que perdió el vuelo, y que ya le daría la sorpresa en otra ocasión.

      Llegó a su casa agotada, no tanto por el trabajo como por las horas que le había robado al sueño. Al salir del ascensor se encontró colgado del pomo de la puerta, su paraguas. No recordaba haberlo dejado allí olvidado, de hecho la última vez que lo usó fue…

      ―Sí, es el tuyo, no le des más vueltas ―dijo una voz a su espalda, procedente de la escalera.
      ―¡Israel! ¿Qué haces aquí?
      ―Pues nada, que el sábado iba a darme una ducha y me encontré compartiéndola con tu inconfundible paraguas rojo que, por cierto, deberías jubilar… Y decidí traértelo, por si llovía, no quería que te mojaras.
      ―Lo siento… no debí marcharme así, yo no sabía cómo…
      ―No tienes que justificarte ―la interrumpió― quizás yo habría hecho lo mismo, de hecho una vez lo hice.
      ―¿Cuándo?
      ―Una vez que se me olvidó la existencia de Marcos, y al ir a buscarte a la cafetería, te vi salir con él.
      ―No entiendo por qué nunca me dijiste lo que sentías
      ―No había nada que decir, se trataba de sentir o no sentir, y tú no estabas aquí en la tierra.
      ―Ya… mis viajes a la luna ¿no?
      Ninguno se había atrevido a acercarse al otro, un encuentro que en otro momento habría sido celebrado con risas, abrazos y una conversación escandalosa; estaba siendo recibido con un aura de timidez. Ella apoyaba la espalda contra la puerta de su casa, con el paraguas en la mano, y él apoyado en la del ascensor. Era como si sintiesen el movimiento de rotación de la tierra y necesitasen un punto de apoyo. El aire que circulaba por el rellano, pesaba sobre sus cuerpos como una losa, cuando les faltaban las palabras y se envolvían en incómodos silencios.
      ― ¿Te gustaría volver a Londres? El último vuelo sale en dos horas. No me puedo creer que estuvieses allí y regresaras al día siguiente, al menos podías haber aprovechado el viaje.
      ―¿Cómo sabes que no lo hice?
      ―Porque tu jefe me sopló que volvías el domingo, y yo lo pasé en el aeropuerto, cruzando los dedos como sueles hacer tú, y pidiendo mentalmente que no hubieses adelantado el vuelo. Por cierto, eso de mentir a tu jefe…
      ―De mentiras ya hablaremos, porque mira que ser el hijo de mi jefe a mis espaldas… Pero veo que ahora tenéis muy buen rollo…
      ―Y tanto… sé que lo sabías desde el primer día, me lo contó el mismo día que hablasteis.
      ―¿Será canalla? Y el rollo aquel que me soltó de esperar a que fueras tú… ¡De tal palo tal astilla!
      ―Fueron las armas que encontró para convencerte, pero te lo dijo de corazón. Él siente que indirectamente nos has hecho un gran favor, y yo también lo creo así.
      ―Lo de ir a Londres no va en serio ¿no? Tu padre me mataría.
      ―Si no quieres no, pero por mi padre no te preocupes, de eso me encargo yo.
      ―No, no me apetece, prefiero pasear por Madrid.
      Había anochecido en la calle cuando bajaron, y el aire traía un aroma húmedo y cálido, de una lluvia que estaba por llegar.
      ―No has dicho nada sobre mi regalo.
      ―Lo leí del tirón nada más llegar. Fue como regresar a un lugar donde ya había estado, pero disfrutarlo a través de tus ojos. Nunca imaginé que podría sentir caricias al leer palabras. Es el regalo más bonito que me han hecho. ¿Por qué has dejado medio libro en blanco, piensas escribir una segunda parte?
      ―Tenía otros planes, pensé que de esa parte te encargarías tú.
      ―Vaya responsabilidad… no creo que me quedase tan bonito.

      No se habían dado cuenta de que caía una fina lluvia que apenas les mojaba, ni de que el sendero por el que paseaban, a cada paso que daban, se volvía más frágil. Sólo se habían dado cuenta de que sus manos se habían cogido para pasear aquella maravillosa ciudad, y de que el tiempo, una vez más, se les había detenido.

FiN

4 comentarios:

  1. Anónimo21/10/10

    "Redondo", me ha encantado.

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  2. Uff Sara me ha parecido una preciosidad. Les he dedicado a tus diez capítulos los mejores momentos del día y ha merecido la pena. Los personajes, llenos de personalidad. Me has colocado justo dentro de sus emociones, atrayentes y llena de encanto. Espero con muchísimas ganas volver a leer una nueva travesía. ¡ Enhorabuena ! Ha sido una delicia leerte!

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  3. El detalle del paraguas ha sido estupendo, pero lo del libro... me ha encantado. Me ha recordado a una vez que escribí un diario compartido con alguien a quien quise mucho, precioso.

    Me ha parecido un relato muy fluido, denota gusto al escribirlo y provoca placidez al leerlo. Siento que Adela e Israel queden detenidos en el tiempo como si este último capítulo se tratara de una fotografía.

    Un beso Sara.

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  4. Muchas gracias por vuestros comentarios. La verdad es que para haberme quedado atascada casi en la mitad de la historia, al final se me ha hecho corta y todo, a pesar de ser el relato más largo que he escrito.

    Le daré vueltas a una segunda gran travesía, a ver si se me ocurre un tema que me de juego...

    Y tú, María, a ver si empiezas la tuya ;)

    Me encantó, Daniel, lo de tu diario. Me alegro de haber despertado ese recuerdo.

    Besotes!!

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