12 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. VI)



Un mundo a medida

      El padre de Israel llamó a Adela, para una entrevista, a primera hora de la mañana. Israel sabía que Adela era una mujer valiente, y que no tendría ningún problema para desempeñar el trabajo con calidad y perseverancia. Le dijo a su padre que no se arrepentiría de hacerle ese favor, que si le concedía la oportunidad de entrevistarse con ella, no quedaría defraudado con su recomendación.

      El trato pactado con su padre era que, de momento, ella no se enterase de su parentesco. Prefería ocultar por un tiempo la identidad del que, estaba seguro, decidiría ser su jefe. Conocía la personalidad que ella poseía, y no quería restarle el mérito de haber conseguido el puesto por su valía. El carácter de eterna autosuficiencia de Adela, había enseñado a Israel a manejar las situaciones delicadas entre ellos, con habilidad y maestría. Con el tiempo, cuando ella se sintiese segura y reconfortada en su puesto, le explicaría que él tan sólo había sido la vía de contacto.

       Adela, por su parte, no cabía en sí de gozo, a punto estuvo de llamar a su madre para contarle la buena nueva de su entrevista. Suerte que un ramalazo de serenidad le hizo toparse con su engaño. No sabía qué le hacía más ilusión, si la posibilidad de conseguir el puesto o la de convertir su mentira en una realidad.

      Había una cosa que no entendía. Llevaba casi un año sin enviar ningún currículum ¿Cómo era posible que aquel hombre lo hubiese conservado durante tanto tiempo? Tampoco estaba acostumbrada a que el director de una empresa la llamase personalmente, sino a recibir esas llamadas por parte de gestores de personal o alguna antipática secretaria. Su ego se había elevado hasta las nubes, irradiaba alegría por todos sus poros. Confiaba en sí misma, y eso la transportaba a un estado de plena tranquilidad.

      El despacho del director era bastante amplio. Tenía una mesa con un sillón de piel, en la que reposaba un ordenador portátil; dos sillas situadas enfrente, también de piel de color negro; y una estantería llena de libros que revestía casi todo el perímetro del despacho. Le pareció bastante sobrio en cuanto a su decoración. Una amable joven, tendría una edad similar a la suya, le dijo que esperase sentada en una de las sillas frente a la mesa. En la parte de la estantería que tenía a su derecha, delante de los centenares de libros, reposaba una fotografía, en blanco y negro, de una mujer abrazada a un niño de unos tres años. Pasó un rato imaginando un jefe bastante joven, casado y con un niño pequeño. Esa imagen de su cabeza cayó en picado, cuando un señor de unos cincuenta y pico años, hizo su aparición por la puerta del despacho.

     
      ―Israel, no te lo vas a creer, me han dado el trabajo ―le dijo en cuanto le vio, saltando a horcajadas sobre su cintura y dándole un enorme abrazo, que él correspondió girando sobre sí mismo. Se habían citado en la Puerta de la Independencia, del parque del Retiro.
      ―No me lo creo, seguro que te has puesto a llorar y a suplicar por el puesto.
    ―¡Mira que eres idiota! ―contestó Adela, saltando de nuevo al suelo―. Ha sido increíble, la mejor entrevista de mi vida. Me ha preguntado de todo, y lo más sorprendente, me hacía participar en la entrevista como si no lo fuera, como si quisiera conocerme realmente. Ni siquiera le importó que no tuviese experiencia, me dijo que alguna vez tendría que ser la primera. Debe de ser una buena persona. Creo que voy a estar muy a gusto trabajando a su lado. Aunque estoy un poco asustada, no te voy a engañar.
      ―No tienes por qué asustarte, tampoco tenías experiencia en la cafetería y mira que bien te has desenvuelto. Aunque también, si he de serte sincero, podrías hacerlo mejor, tus cafés no están hechos con suficiente mimo.
      ―¿Serás bobo? ¿Y es esa la razón de que ya no aparezcas por allí?
     ―Sí, entre otras… Venga, te invito a un café que prepara una chica muy maja, no muy lejos de aquí, a ver si se te pega algo.
      ―Creo que ya no necesito que se me pegue nada, y por bocazas no pienso invitarte a un café en la vida, ni en mi casa, ni en ninguna otra parte.
      ―¡Anda tonta! No te hagas la ofendida —contestó Israel con una sonrisa burlona.
      —Era broma, estoy demasiado eufórica como para jugar a hacerme la ofendida, creo que nada de lo que me digas hoy podrá hacer que me pique.
      —Tengo algo que contarte —le comunicó él, cambiando su tono de voz y adoptando un semblante serio— dentro de unas semanas viajo a Londres, voy a montar allí mi negocio, he encontrado dos socios interesados en el proyecto y será en Londres.
      —No vas a conseguir tomarme el pelo —contestó ella en tono musical.
     —Va en serio —dijo él, mientras se sentaban en la misma mesa donde se sentaron aquel día lluvia de la primera vez.
      ―Eso significa que vas a vivir en Londres.
    ―Bueno, sí, aunque estaré allí y aquí, no creas que vas a perderme de vista tan fácilmente. ―le había mentido un poco, sabía que pasaría la mayor parte del tiempo en Londres, pero no quería chafarle la alegría que traía con su nuevo empleo.
      ―Pues venga, esto hay que celebrarlo, vaya coincidencia, iniciamos proyectos a la par.
      —¿Te has fijado dónde estamos?
      —Que extraño, es como si hubiese pasado un siglo desde aquel día... Y
      —... Y sin embargo parece que hoy es ayer —terminó él la frase.

      Adela no se dio cuenta, pero llevaba todo el día sin pensar en Marcos. Israel, por su lado, sí lo notó, pero lo disfrutó y calló.

      Cuando Adela llamó a su madre aquella noche, como era natural, no pudo contarle la verdad, se limitó a hablarle de un bonito día de trabajo, en el que su jefe se había reunido con ella y habían charlado. La ruptura con Marcos ya la había zanjado en una conversación anterior con ella, Adela disimuló su rabieta y la disfrazó de una incompatibilidad entre ellos, como si hubiese sido de mutuo acuerdo. También le habló sobre los proyectos de Israel y de lo mucho que iba a echarle de menos en sus estancias en Londres. La madre sintió a su hija más cerca que nunca, parecía como si Adela hubiese vuelto de un viaje lejano.

2 comentarios:

  1. Pero por qué? Por qué ahora tan cerca, pero tan lejos? Algunas cosas se veían venir, pero ahora no tengo idea de qué puede pasar en el siguiente capítulo.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Pues si te digo lo perdida que estoy yo... que tengo dos posibles finales y aún no me decido... lo mismo busco un tercero para que sea más fácil la decisión jajajaja

    ResponderEliminar