9 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. V)




Un mar de lágrimas

      Israel permanecía sentado delante de su ordenador mientras su teléfono móvil en modo de vibración, no paraba de retumbar en la mesa. No quería coger la llamada. La pantalla le mostraba que se trataba de Adela y estaba cansado de sus conversaciones, de que pasara la mayor parte del tiempo describiendo encuentros que no eran los suyos, y admirando cada detalle con el que su adorado Marcos le sorprendía a cada instante.

      Adela tenía razón en una cosa, Israel le tenía totalmente atragantado: “Que si Marcos dice esto... que si Marcos hace lo otro... mi madre está muy contenta con Marcos y me pregunta por él a todas horas...”. Lo que Adela quizá ignoraba era la naturaleza de esa manía, a veces contenida, hacía su pareja.

      No entendía por qué Adela era tan superficial. No estaba seguro si había sido así siempre o se había vuelto de repente. Quizá había estado demasiado ciego dejándose llevar por sus sentimientos. Cuando estaban juntos se olvidaba del mundo y sólo tenía ojos y oídos para ella. Se preguntaba dónde estaría aquella chica que una vez le desgranó el alma. Estaba siendo demasiado iluso engañándose a sí mismo, Adela seguía teniendo, olvidado en algún cajón de su desordenado cuarto, un enorme pedazo de su corazón.

      Por ella decidió dejar la música estacionada, hacía ya cerca de un año, y el rumbo de su vida se adaptaba a otros nuevos retos. Si lo que Adela buscaba era un hombre serio y responsable, alguien cuya ambición no se limitase a ser feliz con lo que hace, sino a hacer lo que a ella le hacía feliz, no sería su profesión lo que la alejase de él. Si una vez renunció a sus sueños por las ambiciones de un padre, cómo no habría de hacerlo por la mujer que casi había conseguido curarle el dolor de su alma.

      Fue al día siguiente cuando le devolvió la llamada. Adela estaba nadando en un mar de lágrimas, casi no pudo entender lo que balbuceaba, pero fue algo así como que el capullo de Marcos la había dejado tirada. Se vistió rápidamente, con lo primero que encontró encima de la cama, y se marchó corriendo a su casa.

      En el trayecto, una parte de su orgullo herido, se alegró de la desventura de su amiga. No sería justo culparle por aquel sentimiento, formaba parte del egoísmo propio de la naturaleza humana. Cuando ella se echó en sus brazos, ese sentimiento de su orgullo se diluyó junto con sus lágrimas. Le hubiese gustado retenerla entre sus brazos para toda la vida. Sintió que volvía a formar parte del cariño, de la ternura y de los sentimientos que de ella emanaban. Pero Adela, en un alarde de vanidad, soberbia y desilusión; se enjugó las lágrimas con las mangas de su gracioso pijama de Mickey rosa, se levantó de un salto de la cama y se prometió que no volvería a llorar por semejante cobarde e insignificante patán. Se maldijo por haber dejado a un lado sus verdaderas metas y juró, por lo más sagrado, que a partir de ese día empezaría su “tercera nueva vida”. Volvería con empeño a su labor de buscar un trabajo digno del que su familia pudiese sentirse feliz y orgullosa.

      Fue entonces cuando Israel fue consciente de la importancia que para Adela tenía conseguir un buen trabajo. Por eso se fascinaba tanto con Marcos, por eso a Israel nunca le había mirado con los mismos ojos que a él. No se trataba de superficialidad, se trataba de autoestima. Y quedaba claro que Marcos, la de ella, se la había arrancado de cuajo y después pisoteado.

      Israel también tomó una decisión. Una de las más difíciles que había tenido que tomar en esos últimos tiempos. Más difícil aún que dejar aparcada la música y sumergirse en el mundo laboral. Decidió tragarse su orgullo y entregarle a Adela en bandeja, el pasaporte para ese destino que tanto deseaba.

2 comentarios:

  1. Pero cómo nos dejas así! Con la miel en los labios... Por cierto, me encantan las fotografías que pones en los post de esta historia.

    Un saludo.

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  2. No tardaré mucho en publicar el siguiente ;)

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