20 de octubre de 2010

Senderos de papel (Cap. IX)


Una burbuja de aire

      Adela quedó convencida con los argumentos que le dio el padre de Israel, y como habían acordado, esperaría a que fuese su amigo quien desvelase el parentesco entre ellos. Habían pasado tres meses desde que se marchó a Londres, y siempre tenía algún imprevisto que le impedía hacer una escapada, así que se planteó la posibilidad de ser ella la que le sorprendiese.

      Israel se sentía absorbido por el trabajo. Echaba de menos su vida en Madrid, el clima, sus costumbres, odiaba la comida inglesa y, para colmo de males, llevaba casi tres meses sumergido en una relación que no le llevaba a ninguna parte. Se llamaba Lucia y era española, llevaba un año estudiando en Londres, y la conoció en la cola de unos grandes almacenes al darse cuenta ambos, que llevaban en la mano libros en español, pero no se dijeron nada con palabras, sólo algún gesto con la mirada. Al salir de los grandes almacenes llovía, y cuando ella abrió su paraguas, él, sin pensárselo dos veces, se coló dentro. Ella no entendía muy bien su atrevimiento, pero como le pareció un chico muy mono, no le importó la intromisión y siguió caminando junto a él. Israel, sintiendo una especie de “dèjá vu”, la invitó a tomar un café. Pero ni el lugar, ni la compañía, ni la atmósfera, lograron revivir aquel lejano momento ya vivido, ni ningún otro de los que había pasado con Adela. Aún así, y siguiendo aquel empeño que traía en la maleta para sacar a Adela de su cabeza, terminaron la velada en el apartamento de él; un loft de noventa metros cuadrados, cuya única estancia independiente era el baño, y donde vivía solo.

      Llevaba casi desde el primer día que la conoció, intentando buscar una buena excusa para dejarla. Lucia era encantadora y cada día que pasaba estaba más entusiasmada con él, con la misma intensidad con la que él, cada vez estaba más distante de ella.

      ―¿Sería posible tomarme el próximo viernes libre? Tengo que hacer un viaje ―le preguntó Adela al gestor de personal, que se encontraba en ese momento delante de su mesa.
      ―No hay ningún problema ―le contestó este, sin darse cuenta de que tenía detrás al director.
      ―Pues claro que hay problema, que no lo sepa ella que, al fin y al cabo, acaba de aterrizar… pero te recuerdo que empieza la campaña de Navidad.
      ―¿Con tanta antelación? ―preguntó Adela
      ―¿Y cuándo quieres comenzar, en Nochebuena?
      ―Lo he dicho sin pensar, no me había fijado en las fechas ―se disculpó el gestor de personal.
      ―La campaña de Navidad es la más importante, Adela, y nada de lo que has vivido hasta ahora aquí, tiene comparación con la locura que vas a encontrarte en los próximos meses ―y al decir esto, se marchó tan sigiloso como había aparecido. Adela le siguió hasta su despacho, aún había algo que necesitaba conseguir.
      ―¿Puedo pasar un momento? ―preguntó, antes de que cerrase él la puerta a su espalda.
      ―No insistas, Adela, no voy a darte el día libre.
      ―No vengo por eso, es que no tengo la dirección de Israel en Londres, y quiero viajar el próximo fin de semana para darle una sorpresa.
      ―Tengo sólo la de su oficina, pero puedo averiguarla sin levantar sospechas. ¿Para ese viaje necesitabas el día? ―preguntó él, cambiando el tono que había utilizado al principio.
      ―No es tan necesario, tendré tiempo de coger el último vuelo, era sólo por aprovechar más el viaje. Y tranquilo, el domingo estaré de vuelta como un clavo.
      ―Entiendes que no te conceda el día libre ¿verdad? Si lo hiciese volverías a estar en el punto de mira.
      ―Lo entiendo perfectamente.

      Cuando Adela bajó del taxi, llovía menos que cuando lo cogió. Se alegró de que ese día también hubiese llovido en Madrid, y no haber olvidado coger el paraguas, no le apetecía presentarse en la casa de Israel hecha un cuadro por la lluvia. La noche había cubierto la ciudad y los nervios no le permitieron disfrutar de sus primeras impresiones en suelo londinense. Llamó al timbre cruzando los dedos, y pidiendo mentalmente que su amigo estuviese en casa. Al oír sus pasos estuvo a punto de esconderse para darle un susto, pero estaba tan nerviosa que sus pies no se atrevieron a moverse del sitio. Una chica de pelo castaño y bastante guapa, le abrió la puerta. Cruzó los dedos, de nuevo, pidiendo haberse confundido de puerta; pero la chica llamada Lucia, se presentó como la novia de Israel y la invitó a pasar, Israel se encontraba aún en la oficina. Adela entró en el apartamento, era tal y como se lo había descrito él. No sabía si quedarse o marcharse, aquello no estaba resultando como lo había imaginado. Mientras Lucia llevaba su paraguas al baño, para no mojar el suelo de madera, pensó en salir corriendo, pero recordó que ya se había presentado y quedaría como una niñata estúpida si reaccionaba así. Lucia, que se había percatado de la incomodidad que sentía Adela, y que sabía perfectamente de su existencia, pues Israel no había parado de hablarle de ella, se lo puso fácil.

      ―¿Israel no te había hablado de mí? ―preguntó Lucía, algo contrariada.
      ―No, la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo para hablar últimamente, se le habrá pasado.
      ―Quizás no quería herir tus sentimientos, llevamos casi tres meses juntos, difícilmente se le puede haber pasado.
      ―¿Mis sentimientos?... Sólo somos amigos.
      ―Aquí, entre nosotras, tu viaje… ¿Él no sabe que venías verdad?
      ―No, era una sorpresa. Pero si hubiese sabido…
      ―Sin rodeos, Adela ―Lucia no la dejó terminar― Israel y yo tenemos una relación muy especial y creo que tu viaje no nos beneficia a ninguno, y a ti a quien menos, te sentirías incómoda todo el tiempo… Ahora mismo, tal y como te sientes, te gustaría no haber venido ¿verdad?
      ―Sí, tienes razón.
      ―Pues te propongo algo. Si quieres te guardo el secreto. Busca un hotel lo más lejos que encuentres, y disfruta de Londres, realmente es una ciudad con mucho encanto.

      Adela se marcho sin entender muy bien por qué se había dejado llevar por aquella chica. La situación era verdaderamente incómoda, pero quizás hubiese sido más razonable esperarle. Toda la información le daba vueltas en la cabeza. ¿Por qué Israel no le había contado que salía con alguien? ¿Por qué seguía ocultando su vida? Adela se sintió más lejos que nunca, en vez de separarles la distancia, lo estaba haciendo la falta de comunicación. Israel había construido una burbuja de aire entre ellos, una burbuja donde ya no estaban los dos dentro.

2 comentarios:

  1. Espero que después de haber conseguido que Israel y su padre se comunicarán mejor, sea éste quien descubra el "pequeño secreto"...
    Ay Adela... parece que salió ayer del pueblo.

    Un saludo.

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  2. Me parto contigo, Daniel... Tú te has propuesto destriparme la historia antes de que salga a la luz ¿verdad? Jajaja la próxima si eso la escribimos a medias!!

    Un abrazo

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