8 de septiembre de 2010

Los niños de hoy...



      Muchas veces hemos recibido correos con presentaciones en PowerPoint de comparativas con los tiempos de antes, incluso anuncios de televisión, y nos hemos sentido orgullosos de ser treintañeros o cuarentones, y de haber sobrevivido a todas aquellas inclemencias de nuestra infancia, donde si seguimos vivos es por pura casualidad. El otro día me contaba mi marido, entre orgulloso y aterrado, sus hazañas en bicicleta por “El caminito de la muerte”, así lo habían bautizado. Un camino de medio metro de ancho, cuyo borde interior era una roca vertical, y el exterior un precipicio de quince metros ¡Pá haberse matao! Estas anécdotas me hacen plantearme serias preguntas ¿Seré capaz algún día de dejar a mis hijos ir solos con la bici? O lo que es peor… ¿Les dejaré salir solos aunque sea a pie? Supongo que sí, no creo que vaya a ser una madre coñazo de por vida, pero me aterra la idea, será porque aún son pequeños…

      No era esto lo que quería contar, sino lo sibaritas que se han vuelto ahora los niños, al menos los míos. Anoche le doy una rodaja de sandía al pequeño, 3 años, y me dice que esa sandía no le gusta, porque tiene “pititas” (¡Pero niño, la madre que te parió!) Si es una sandía de las buenas, de las de antes, de las que saben a sandía… Y la culpa aquí es de los supermercados, que nos venden las sandías de diseño, esas de alta costura que ni tienen pepitas, ni a penas sabor,  por no hablar de su cáscara de tres centímetros de grosor… pero ellos están acostumbrados a esas.

      Un día, mi hijo mayor me dejó en evidencia en casa ajena… le habían preparado un sándwich, y el niño miraba el sándwich como si se tratase de un plato de lentejas o de alubias... ¡¡Ponía una cara de asco!!

―¿Qué le pasa? ―me preguntaron― ¿No le gusta el jamón York?
―Sí, sí, le gusta. ¡Venga niño, cómete el sándwich!
―Es que no me gusta con eso marrón, mamá…

      Vale, lo reconozco, aquí la culpa no es del supermercado, es de la madre por comprar siempre el pan de molde con la corteza blanca o sin ella… ¿pero me quejaba yo cuando me plantaban la merienda de pequeña, y ni me preguntaban qué quería merendar?... Se merendaba lo que te ponían y punto, y no como hago yo con ellos, que les presento una carta de menús para que cada uno elija el que le guste… Y así están de caprichosos, que anoche les pongo la cena en la mesa y el mayor me suelta:

―¡Es que, mamá, hoy preferiría cenar fuera!
―¿Que preferirías qué? ―Repipi, encima, me ha salido el niño… Pero esta vez la culpa no es del supermercado, ni de la madre; esta vez la culpa es del verano, y de las terracitas que nos incitan a comer fuera a todas horas…

      Miedo me está dando cuando lleguen al colegio, y las profesoras les pregunten qué han estado haciendo en verano… Con las ideas que se gastan los niños, no me extrañaría nada que les contasen que no les hemos dejado hacer ni una sola tarea del libro, ni leer un cuento, y que les hemos obligado a estar de aquí para allá, sin descanso... incluso obligándoles a trabajar de sol a sol… Porque los niños, a veces, son muy traicioneros…

      Una tarde, este verano, les ofrezco el repertorio merendero después de la siesta, y el mayor no quiso merendar, porque le apetecía un poco más tarde. Le di la merienda al pequeño, y entre pitos y flautas, se me olvidó dársela al mayor. Nos íbamos al parque a dar una vuelta y tomar algo, a eso de las ocho, y me suelta el niño por la calle:

―¡Mamá tengo hambre, no me has dado la merienda!El padre venía justo detrás con el pequeño y como vi que no lo había oído, bajé la voz y le dije:
―Ssssssssssssshhhhhhh cuando volvamos te preparo una cena estupenda, pero cállate que no te oiga papá decir que no has merendado. ―Qué queréis que os diga, no me apetecía quedar como una mala madre; bastante mal me sentía ya con el hecho. Al ratillo, estábamos ya sentados en la terraza pidiendo unas bebidas, y dice el niño:
―¡Me muero de hambre!
―¿Y eso? ¿Qué has merendado? ―le preguntó el padre. Y el niño me miraba fijamente, sin saber si contestar o no, hasta que salí al rescate.
―Pues yo también tengo hambre, ¿pedimos algo aquí y así no tengo que preparar nada en casa?
―¿Tan temprano?
―¿Y qué más da?... Si tenemos hambre… ―Genial, al final se quedó convencido y salí del paso. Me libré, además, de mi cargo de conciencia por el pobre niño, que devoraba la cena como si hubiese estado en un día de ramadán.

      Ya estábamos en casa, cuando los niños se ponen a discutir porque el mayor le había quitado al pequeño un Gormiti. Y en plena pelea intervenimos, justo a tiempo de interceptar otro Gormiti que sobrevolaba la cabeza del mayor; y para zanjar el asunto, les quitamos las armas arrojadizas. Así que el mayor, con un rebote de tres pares, ni corto ni perezoso y sin venir  a cuento, suelta: ―¡Mamá hoy no me ha dado ninguna merienda, ala!

… En la vida vuelvo a comprar al jodío niño… Creo que este es el primer paso para convertirse en un perverso Shinchan: ―Si no me compras mis galletas de chocolate favoritas, le diré a papá que te has comprado un vestido nuevo…

¡Y una leche!¡No pienso ceder al chantaje!

6 comentarios:

  1. ... Miedo me está dando la adolescencia... ¡¡Tierra trágame!!

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  2. Y la pregunta es ¿¿¿ Dónde aprenden los niños esas técnicas de manipulación y chantaje ???
    Espero que en el cole no jajaja.... el curso empieza y tiene visos de ser laaaaargo...
    Ha estado genial Sara, como siempre.

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  3. JAJAJA...

    El humor es imprescindible en todo momento. Nos hace más inteligentes ;-)

    Cariños desde Argentina.

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  4. Yo no mas dire, mira este video:
    http://www.youtube.com/watch?v=wD6hXSER7SY

    a ver si en mis tiempos mis padreas me dejaban hacer semenjates escenas jajajaja
    oh que años maravillosos!

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    Respuestas
    1. Madre mía la niña!!! si es que tiene respuestas para todo, qué bueno!

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