6 de julio de 2010

La guardiana de sueños


En la travesía nos han propuesto sacar a un personaje de su libro y transformar su historia en una pantalla de cine. Quien no haya leído “La ladrona de libros” y tenga intención de hacerlo, le recomiendo que no lea este relato, pues contiene bastante spoiler. Era muy difícil transformar la historia sin remitirme a la verdadera. Y a los que lo habéis leído, no me tiréis muchos tomates por profanarlo, recordad que estamos en crisis.


      Liesel esperaba en la cola del cine impaciente por entrar al estreno. Hacía mucho tiempo que su mente no le llevaba de paseo por Molching, el pueblo de su infancia. Para liberar a su corazón del dolor que le producían aquellos recuerdos, pero a la vez saciar la necesidad de evocar los buenos momentos, unos años más tarde de aquella fatídica noche del bombardeo en Himmesltrasse, decidió reescribir aquella historia, al igual que ya lo hiciera en aquel viejo sótano. Ahora vivía en una cómoda casa, en un barrio de las afueras de Sidney, y habían pasado veinte años desde que dejó Alemania.

      Cuando sus recuerdos lograron reconstruir la historia de su infancia, mermada en parte por el olvido y el dolor que le producía, y aún no había llegado a aquella parte en que un libro y un sótano salvaron su vida; decidió que este libro no terminaría inmerso entre los escombros. La guerra devastó Himmesltrasse y la muerte se llevó las vidas de aquellos que más había querido, se negaba a que lo hicieran también con sus recuerdos. De ese modo decidió no acercarse a aquella parte que la muerte tituló “El fin del mundo”, a cambio resolvió terminar aquel libro escribiendo los sueños de sus protagonistas. Pensó que si escribía sus sueños, al no haber tenido ellos la oportunidad de cumplirlos, perderían su calidad de latentes para adquirir una nueva forma, la de las palabras, quedarían así guardados para siempre entre sus cosas, como si fuese ella la guardiana de aquellos sueños no alcanzados.

      Y así fue como Liesel escribió sobre los sueños de Rosa, su madre, a la que tantas veces le hubiese gustado decirle, te quiero, y nunca se atrevió. Realmente no sabía cuales eran los sueños de ella, porque hablaron muy poco, pero escribió que vivía en una casita preciosa donde no tenía que cocinar sopa de guisantes, ni planchar la ropa de los demás.

      También para Hans, su padre, al que siempre recordaría unido a su acordeón y a quién más había querido. Escribió y soñó por él, que leían miles de libros juntos, en la cocina en la que Rosa Hubermann cocinaba algo delicioso y reía con ellos.

      Soñó para Max, el joven judío que vivió en su sótano sin ver el cielo, a quien ella daba el parte meteorológico y una vez regaló dos puñados de nieve; escribió que construía su casa al lado de la de ellos, con un enorme árbol en el jardín, cuyas hojas contenían millones de palabras que jugaban con el cielo.

      Y escribió también el sueño de Rudy Steiner, el pequeño Jesse Owens, su Rudy, el niño que soñaba con darle un beso y que ella siempre le negó en aquella vida.

      Cuando abrieron las puertas del cine y tomó asiento, se preguntaba si habrían conseguido caracterizar a los personajes fieles a la realidad. Intentó imaginarlos como ella los recordaba, pero su mente traicionera sólo le transportaba a aquel  momento en el que descubrió sus cuerpos entre los escombros, mezclados con el polvo y la muerte. Quería borrar aquella imagen inerte de su memoria y para ello sacudió la cabeza, cerró los ojos y se concentró en pensar lo afortunada que era de que alguien hubiese encontrado su libro entre las ruinas de Himmesltrasse, y se alegró de que alguien llamado Henry Wiklins decidiese dirigir una película basándose en la historia que contenía.

      Empezó la película, aunque no donde ella comenzó su libro, el tren, la nieve y la tos de su hermano... La película comenzaba con el plano de una calle y una casa que ella reconoció, a la perfección, como el 33 de Himmesltrasse. La imagen se iba acercando, lentamente, al interior de aquella casa y allí se encontraban todos, Rosa Hubbermann cocinando sopa de guisantes que removía con su cuchara de palo. En la mesa estaban sentados Hans y ella, la pequeña Liesel, nunca se había visto así de pequeña y se le hacía raro. Cogía un plato de comida y lo bajaba al sótano, donde se encontraba Max.

      El corazón de Liesel, la Liesel que estaba en el cine, palpitaba a una velocidad que desafiaba todas las leyes de la naturaleza. No le parecía que aquellos que veía en la pantalla fuesen actores, sentía que eran ellos ¿Cómo podía estar ocurriendo aquello?. Se negaba a parpadear, incluso a respirar, no quería perderse ni un instante de aquella magia que estaba transcurriendo ante sus ojos. Aquello era como asomarse a la ventana de una vida paralela, donde existían dos Liesel, la de delante y la de detrás de la pantalla.

      Cuando la película avanzó al funesto día del bombardeo, se dio cuenta de que todo aquello era distinto a como ella lo recordaba. Observó cómo sacaban el cuerpo de la pequeña Liesel del sótano, estaba dormida. A su alrededor no se encontraba el cuerpo de Rudy, ni de Rosa, ni de Hans, ni siquiera vio el acordeón. La película dio fin con una escena que conmovió a todos los espectadores menos a ella. Allí, entre los escombros se encontraba un libro lleno de polvo. Lo reconoció perfectamente, era el otro libro, el que le salvó la vida. Un hombre se agachó a recogerlo y lo abrazó conmocionado. Cuando la cámara enfocó su rostro, el corazón de Liesel dio un salto al vacío al reconocer a su padre, Hans Hubermann.

      Los créditos produjeron en Liesel una sensación vertiginosa.  Trataba de ordenar todas las ideas que navegaban por su cabeza, no entendía qué había sucedido ¿A caso fue ella la que falleció en Himmesltrasse? Pero no era posible, ella estaba allí, se pellizcó para comprobarlo ¿Su paseo por aquellos escombros formó parte de un sueño? Quizás entre la confusión, el ir y venir de heridos, cadáveres, y vivos desolados por la tragedia; ella confundió su sueño con su realidad. Recordaba cómo relató la perdida de los suyos a todo el que le había preguntado y todos dieron por hecho aquella historia sin ni siquiera contrastarla ¿Sería posible algo así?

      Se levantó de la butaca y salió del cine decidida. Tenía un viaje que realizar, tenía que comprobar si aquella ventana realmente existía, y si así era, había llegado el momento de devolver  los sueños que durante tanto tiempo había tenido guardados. Los suyos acababan de cumplirse.

4 comentarios:

  1. ¿Te lo habías leído? Creo recordar que te lo recomendé no?

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  2. No, se lo compró Jose y lo leímos los dos. A lo mejor te lo recomendé yo, jajajaja.

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  3. Jajajaja yo lo saqué de las magníficas reseñas de un club de lectura. Pero me alegro que lo tengas leído, porque la locuela de María ha leído el relato y ahora se quiere leer el libro... ¡¡reventaito se lo he dejado!! jajajajaja

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