31 de julio de 2010

El último vals



   ―¿Bailarás conmigo un último vals?

   ―Ya sabes que no sé bailar, te pisaré los pies.

   ―No lo harás si te dejas guiar. Es muy fácil. Tú mírame a los ojos y escucha la música.

    Era “El vals del emperador”, de Johann Strauss, el que ella eligió para aquella ocasión. Al principio de la pieza musical, la suave melodía hacía que sus cuerpos apenas se movieran del sitio. Según avanzaba la marcha en crescendo, sus cuerpos comenzaron a derrochar toda la energía y a desplazarse de un lado a otro con giros y vueltas.

    La melodía permanecía de fondo, pero sus oídos ya no la escuchaban. Entre deslizamientos y giros, mantenían sus cuerpos bien sujetos para no dejarlos escapar, sus ojos no paraban de buscarse, y la mente volcada en aquel instante que no querían ver culminar. Aquella era una despedida a lo grande, no habían dejado nada pendiente, nada que les debiera una próxima vez.

    Aquel vals de diez minutos parecía querer terminarse cuando los violines hicieron un solo, preludiando aquel inevitable final. Entonces ella, que conocía aquel disco, le hizo un guiño a su compañero de baile, y el vals volvió a comenzar.


(Inspirado en la frase de Juan Cuquejo: "¿Bailarás conmigo un último vals?" para el cuentacuentos)

26 de julio de 2010

Aquellos días de verano



      Nunca volví a tener amigos como los que tuve cuando tenía doce años, decía el estribillo de aquella canción que bailaban sin parar aquel verano, el último que pasarían así, como una piña que había luchado unida, enfrentándose a los límites impuestos por sus padres e incluso los de la propia sociedad.

      Contaban por aquel entonces con diecisiete años. Llevaban juntos formando esa piña desde principios de la adolescencia, cuando los cambios hormonales llamaron a sus puertas y los juegos infantiles de pelota, muñecas y calle, pasaron a ser sustituidos por juegos de besos, caricias y alguna que otra gamberrada. Aquel grupo estaba formado unas veces por cinco, otras por seis, pero la base eran cuatro, Rubén, Carlos, Marta y Rebeca.

      Seremos amigos para siempre, se prometían dentro del coche que Carlos le había cogido a su padre, sin permiso, divagando sobre el futuro que les esperaba, soñando despiertos a conducir sus caminos de una forma paralela en la que los cuatro siguiesen como hasta entonces. Otras veces recorrían las calles a toda velocidad, con la música desafiando a sus tímpanos. Sus vidas, de vez en cuando, eran expuestas a límites absurdos que ellos alimentaban para hacerse merecedores de pertenecer a aquella piña. No siempre salían bien parados con sus ridículas ocurrencias.

      De vez en cuando se atrevían con juegos menos agresivos y se enredaban con sentimientos bastante definidos desde el principio. Rubén y Marta habían llevado una relación, más o menos, lineal hasta ese verano. Pasado este, ella eligió otro camino, dejando a Rubén un poco hundido. Carlos y Rebeca llevaban varios años buscándose y encontrándose, mirando para otro lado y desapareciendo, para volver a encontrarse después, o bien cuando uno veía que el otro elegía un nuevo candidato, reclamaba su atención marcando su territorio, una especie de “ni contigo ni sin ti”. Ese verano fue el mejor para ellos dos, se dijeron todo lo que no se habían atrevido nunca, quizás conscientes de que ese verano separaría sus vidas.

      Veinte años han pasado desde entonces, y cada uno, como era de esperar, ha elegido un camino distinto, separados incluso por cientos de kilómetros, nada que ver con los mundos paralelos que, en aquel coche, tantas veces habían planificado. Nunca volvieron a verse los cuatro juntos, y por separado apenas han compartido unas horas entre ellos, desde aquel verano en el que se prometieron ser “amigos para siempre”.

(Inspirado en la frase del Señor de las historias: "Nunca volví a tener amigos como los que tuve cuando tenía doce años" para el cuentacuentos)

22 de julio de 2010

Números infinitos




Uno es el resultado de dos cuerpos que están fundidos

Dos es la suma perfecta cada vez que estás conmigo

Tres son los secretos que guardan tus ojos rendidos

Cuatro son los brazos que se enredan para quedar unidos

Cinco son los minutos que me adelanta tu reloj confundido

Seis son las promesas que jamás hemos cumplido

Siete son los deseos que como pecados se han escondido

Ocho son los días que me gusta soñar contigo

Nueve canciones guardan los recuerdos de un principio

Diez palabras describiendo a diez números infinitos


21 de julio de 2010

¿Cuánto queda para la telemedicina?



      El otro día leí esta noticia en Internet sobre la telemedicina y reclamó mi atención. Al principio pensé que se trataba de un programa televisivo del tipo “Saber vivir” que a las señoras de cierta edad, incluidas mi madre y mi abuela, les encantan. Eso junto con recetarse la una a la otra, a las vecinas y a todo el que se encuentran, es uno de sus hobbies preferidos. Cuando voy de visita lo temo, en cuanto me notan algo raro, diez pecas más de la cuenta o el rímel un poco desmarcado por debajo del ojo, ya están ahí con su consejo del saber vivir: ¿Tú te hidratas niña? Porque en "Saber vivir" han dicho que hay que tomar zumo de piña con coco, leche y azúcar, que es lo mejor para hidratarse en verano. ¿Y omega-3? ¿tomas omega-3?  Que sólo les falta contarme su fórmula química estructural con sus dieciocho carbonos y usar el nombre de ácido linolénico... ¿Y no estás muy flaca? Tienes que ir a hacerte una revisión a ver si vas a tener la enfermedad de Gaucher. ¿La enfermedad de qué? De Gaucher, y encima lo pronuncia con acento la jodía...

      Pero no, la noticia no trataba de un nuevo "Saber vivir", hablaban de la medicina a distancia, sí, sí, a distancia.

      Hacen bien en desarrollar este asunto, y no sólo porque no me guste nada ir al médico y tirarme dos horas en una sala de espera, para que luego la doctora en cinco minutos me diga: "Sí, es un catarro, toma paracetamol y quédate en casa" ¿Perdona? ¿No me vas a dar un chute intravenoso que me elimine los mocos de cuajo y me quite el dolor de cabeza?... Hacen bien en desarrollar la telemedicina porque a los que nos gusta buscar todo en Internet, en algunos casos nos pasamos de hipocondríacos, pero no es sólo culpa nuestra, es que hay

19 de julio de 2010

Un mundo de papel



     Paseaban por la vida sobre un mundo de papel. Eran los príncipes de los cuentos, los villanos de las historias, los soldados de un ejército o los protagonistas de una obra. Mientras paseaban por su mundo de papel podía ocurrir cualquier cosa, no había un guión establecido, ni normas, ni compromisos, sólo las ganas de soñar. Los paseos podían comenzar con una pregunta o simplemente entrelazando unas cuantas palabras o enredándolas con silencios, para finalmente terminar aquel paseo en el mismo punto donde lo habían comenzado. De vez en cuando las palabras se les iban de las manos, y terminaban discutiendo por una mínima tontería que había comenzado como un juego infantil. Pero la mayoría de las veces, los paseos eran infinitos, podían empezar en un país y terminar en otro continente. Les encantaba coger flores por el camino, tumbarse a mirar las estrellas, o escapar... a veces tardaban años en encontrarse de nuevo. Con frecuencia se planteaban dejar aquel mundo de papel, hacer de él una pelota y depositarlo en una papelera. Pero ese papel es tan largo y guarda paseos tan bonitos, sueños aún no alcanzados, lugares no visitados, secretos por descubrir, rincones por compartir;  que su mundo de papel ahí les sigue esperando.

      Quizás alguna vez hayáis paseado por alguna de las veredas de ese mundo, solos o en compañía, quién sabe, la vida está llena de mundos de papel, de historias, de cuentos y de libros.

15 de julio de 2010

¿Te apetece un día redondo?


    Se levantó malhumorada y con el pie izquierdo en alerta. La noche había sido calurosa, y el alboroto de la gente en las terrazas junto con el ruido de los coches, la habían desvelado hasta altas horas de la madrugada. No se le podía pedir más a un lunes tedioso.

    Cuando entró en la cocina, encontró a Jaime tomando café y unos donuts, mientras leía un catálogo de productos del supermercado. Se preparó un café y se sentó a su lado sin decir una sola palabra.

   ―¿Te apetece un donuts?
   ―No, gracias.
   ―¿No vas a tomar nada, sólo el café?
   ―Sí, sólo el café.
   ―¿A caso no te apetece tener un día redondo?
   ―Déjate de chorradas, ya sabes que por las mañanas no estoy de humor.

    Ahí acabó la conversación. Sin más dilación, cada uno terminó su desayuno y, cuando habían terminado de arreglarse, salieron de casa para realizar sus rutinas habituales. Ella cogió el autobús para ir al centro de la ciudad y él cogió su coche, para ir al trabajo.

    Cuando llegó al centro se dio cuenta de que se había dejado el bolso en el autobús, así que se presentó en la oficina de transportes más cercana, para que avisasen al conductor, si no era ya demasiado tarde. Le dijeron que en cuanto terminase la ruta, lo encontrasen o no, se pondrían en contacto con ella.

    Decidió volver a casa, sin bolso, tarjetas, ni dinero... no pintaba nada allí. Pero no sabía cómo volver, no tenía ni una sola moneda en el bolsillo para hacer una llamada o para comprar un billete de vuelta.

    Al otro lado de la calle, en una cafetería que hacía esquina, vio al marido de Blanca, una amiga suya, sentado en una mesa tomando un café. Le hizo un gesto con la mano mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones y poder cruzar hasta la cafetería. Él no se dio cuenta de su saludo, y siguió tomando su café. Se sintió aliviada, él podría acercarla a su casa. Cuando el semáforo se puso en verde y comenzaba a caminar, una chica pasó corriendo por su lado y casi se la lleva por delante, iba a reprender su acción cuando vio que la chica ya había cruzado, y se había sentado en la mesa del marido de su amiga, plantándole un beso en los morros.

    Se quedó petrificada en mitad de la calle, no sabía si tirar para adelante o volver para atrás. Los coches que esperaban comenzaron a pitarla porque ya estaba el semáforo abierto; y ella, presa del pánico, para no ser descubierta por ellos, salió corriendo hacia atrás y se alejó de la zona.

    No sabía qué hacer, vaya mañanita estaba teniendo. Ahora, más que pensar en el problema de cómo llegar a su casa, le preocupaba el haber descubierto aquella historia «¡Maldita sea! Esto ha tenido que ser por no comerme el puñetero donuts»,pensó.

    Volvió a la oficina de transportes y les contó su problema, el de no poder volver a casa, cosa que resolvieron amablemente, entregándole un billete de autobús.

    Estuvo todo el día dándole vueltas a lo sucedido en el centro. No sabía cómo actuar ante aquella situación. A última hora de la tarde recibió una llamada de la oficina de transportes diciéndole que habían encontrado su bolso y que se pasase a recogerlo. Quedó en hacerlo al día siguiente a primera hora, y después llamó a Blanca para quedar después de recogerlo, y desayunar juntas. Había llegado el momento de ejercer de buena amiga y contarle lo que había visto.

    Fueron a una cafetería que estaba cerca del trabajo de Blanca, como no había mesas disponibles se sentaron en la barra, y pidieron un café cada una.

   ―Qué mala suerte lo de tu bolso, ¿no? Menos mal que apareció.
   ―Sí, menos mal. ¿Qué tal te va con Andrés?
   ―Muy bien, como siempre, ¿y tú con Jaime?
   ―Yo también, como siempre.
   ―¿Te puedo hacer una pregunta?
   ―Claro, mujer, qué cosas tienes.
   ―Si tú vieses al novio de una amiga con otra, ¿qué harías?
   ―No lo sé, eso son cosas muy difíciles de plantearse... Si sólo son novios, o si llevan poco tiempo... no sé, habría que tener toda la información.
   ―Esto es solo una suposición, ¿eh? Y si tú fueras la amiga ¿Te gustaría saberlo?
   ―Pues depende, si la cosa es seria sí, si es una tontería... ojos que no ven, corazón que no siente.
   ―¿Y cómo sabes si una cosas es seria o es una tontería?
   ―¡Ay chica, qué pesada estás! ¿A quién has visto? ¡A mí no me engañas!
   ―A nadie, sólo era una suposición. Vamos a cambiar de tema. ¡Toma un donuts, anda, que dicen en la tele que van muy bien!

14 de julio de 2010

El beso de Iker



      La chica apenas reaccionó tras el beso de Iker. Entre emocionada por las lágrimas de él, y perpleja por el arranque que tuvo, sólo se le pasaba por la cabeza lo que a partir de ese momento se le vendría encima, cosa que le hizo reaccionar de una forma un tanto esquiva.

      Ella esperaba que todo transcurriese con normalidad, igual que otras veces. Una entrevista calculada y comedida, manteniendo la distancia de seguridad establecida, donde no se apreciase, aparentemente, nada que pudiese relacionar a dos personas como pareja, sino como dos profesionales que están efectuando su trabajo.

      Una pregunta inofensiva desencadenó una reacción, quizás, reprimida desde el principio. Fue cuando ella le preguntó por sus sensaciones tras el partido. Sensaciones, bonita palabra, una palabra capaz de liberar todo lo que se tiene dentro, emociones concentradas, lágrimas contenidas, deseos escondidos... y cuando él ya no podía soportar más la presión de su pecho, su corazón, y su garganta; cuando se jugaba el romper la entrevista sin más, y dejarla tirada con su trabajo realizado sin éxito, entonces el titular hubiese sido “Iker se derrumba en lágrimas ante su novia”... Salió ese niño escondido en su cuerpo, esa impulsividad inocente e imposible de aplacar; y se atrevió con un precioso gesto, dándole un efusivo beso a la chica, que cambiaría ese titular en las páginas de todos los periódicos de ese día y de los siguientes, arrancando un trocito del protagonismo al gran evento deportivo.


      MORALEJA: Esto es para que ahora las malas lenguas sigan hablando sobre quién distraía a quién, mientras ejercía su trabajo...

(Inspirado en la frase de Fantasmín: "La chica apenas reaccionóó tras el beso de Iker” para el cuentacuentos)

10 de julio de 2010

El chico del vaquero y la camisa blanca


      Pensó abrigarse más, el norte de Europa a principios de Marzo sigue siendo frío. Sin embargo era muy supersticioso y decidió no hacerlo, al fin y al cabo recordaba claramente que siempre habló de unos vaqueros y una camisa blanca, cuando meses atrás se lanzó a un juego de destinos, deseos y casualidades.

      Caminaba por las calles adoquinadas de la ciudad aterido de frío, las manos en los bolsillos y pensando que de aquella noche sólo iba a sacar una decepción y posiblemente un fuerte resfriado. A pesar del frío el trayecto se le hizo bastante corto, y por un instante pensó que o bien el frío había afectado a su sentido de la orientación, o bien estaba tan absorto en tratar de encontrar una explicación a qué hacía allí, que se había confundido de calle. Sin embargo, se dio cuenta de que ni una cosa ni la otra. Donde buscaba un pequeño restaurante que conoció tiempo atrás hoy se levantaba una pequeña tienda de libros viejos.

      No pudo evitar soltar una carcajada, sin duda era un final muy apropiado, ahora podría decir que sólo el “destino” era el culpable de que nunca se hubiese producido esa cena.

      Decidió, pasar a la tienda y por lo menos entrar un poco en calor. Nada más entrar reconoció perfectamente el lugar, prácticamente no había cambios. Era como si un día se hubiesen dejado de servir cenas por falta de clientes que supieran disfrutarlas, y los viejos libros que contaban historias se hubiesen apoderado del lugar. Al fondo, sobre lo que en su día fue la barra, se encontraba un hombre mayor con una larga barba cana y una lupa de relojero colocada en el ojo izquierdo, que hacía que pareciese que tuviera un ojo 10 veces más grande que el otro. Estaba restaurando un viejo ejemplar en italiano de “Romeo y Julieta” y parecía no haberse percatado aún de su presencia.

      No había dado todavía un paso, cuando el viejo levantó la vista, se levantó, le ofreció un jersey de lana y le dijo:

―Arrivare in tempo e freddo come il ghiaccio, ha detto. Vai alla schiena, si aspettano la ragazza in abito verde. Poi li servire la cena: penicci al forno.*

*(―Llega puntual y helado de frío, tal y como predijo que sucedería  la chica del vestido verde. Por favor pase a la sala, ella le espera para la cena. El asado de perdiz está listo)

9 de julio de 2010

La chica del vestido verde


      Se bajó del taxi algo confundida, la dirección que llevaba apuntada era correcta, pero en vez de ser un restaurante el cartel de la fachada rezaba: Biblioteca.

      Aquella cena a la que se dirigía fue planificada unos cuantos años atrás. Un día, un amigo que creía fielmente en el destino le propuso una invitación, se trataba de cenar en un restaurante de una ciudad lejana y en una fecha futura, varios años más tarde. Ella no creía en el destino ni pensaba que las cosas sucedían porque tienen que suceder, sino que son fruto de la casualidad y las decisiones tomadas en cada instante. Acordaron aquel día que si, yendo cada uno por su cuenta a la cena y sin avisarse de antemano, esa cena se efectuaba en aquel restaurante acordado y el día señalado; ella creería en el destino. Y de no celebrarse, él creería en las casualidades.

       Una sonrisa maliciosa quiso venir a su rostro al recordar aquel pacto mientras leía "Biblioteca" en el cartel. En el fondo se sentía desilusionada por perder la cena, pero también pensaba que no tendría precio ver la cara de su amigo ante aquella derrota de su destino.

      Se preguntó si él estaría dentro de la biblioteca buscándola, pues pasaban quince minutos  y era raro que no se encontrase allí en la puerta. Decidió subir a mirar, al ver que aún quedaban treinta minutos para el cierre, segura de que él la esperaría fuera si no se encontraban dentro.

      La bibliotecaria la miró de arriba a abajo un poco intrigada por el atuendo de aquella rezagada lectora, que vestía unas sandalias de tacón y un vestido de color verde. Ella a su vez miró a la bibliotecaria con desconfianza, el parche del ojo izquierdo, la verruga  debajo de la nariz y el semblante malhumorado, proporcionaban al conjunto una apariencia de bruja de cuento.

      Le preguntó si entró un chico con vaqueros y camisa blanca, que era lo que su amigo solía ponerse para las cenas; a lo que contestó de mala gana, que ese era un atuendo muy común allí y que quizás sería mejor idea que su amigo la buscase a ella. Aún así permitió que entrase a mirar, no sin antes recordarle que en breve cerraría.

      La biblioteca era enorme y aunque era de nueva construcción, guardaba una apariencia de aire antiguo conservando el característico olor de la madera mezclado con el de los libros. Los pocos lectores que se encontraban en las mesas, no dudaron en echarle miradas de reprobación a la chica del vestido verde, por el ruido que emitían sus tacones. Decidió quitárselos y buscar descalza, así además tardaría menos.

      Por otro lado, la bibliotecaria vio entrar a un chico moreno vestido con pantalón vaquero y camisa blanca. Enseguida se dio cuenta de que aquel debía de ser a quien buscaba la chica del vestido verde. Lo vio reflejado en su mirada, era la misma que traía ella. Entonces se dirigió al chico y le indicó que ella estaba dentro, sin darle tiempo ni a preguntar. Sorprendido por la información recibida, aprovechó para preguntarle por el antiguo restaurante, y como le encantaba enrollarse con desconocidos, se entretuvo también contándole todos los detalles de aquella cena truncada.

      La chica del vestido verde, mientras tanto, aburrida de esperar, se encontraba sentada en el suelo con los zapatos abandonados en la otra punta del pasillo, enfrascada en la lectura de un libro, y sin reparar en que estaba completamente sola. Al rato dejó el libro en el suelo y empezó a preocuparse pensando que su amigo se olvidó de la cena y la dejó tirada. Un rato antes, al ver que no estaba la bruja en su mostrador, se asomó a la calle por si esperaba fuera. Eran treinta minutos de retraso, así que cogió sus zapatos y guardando el libro en su sitio decidió marcharse.

      Una sensación extraña provocó que parase de caminar y mirase atrás. Allí, en la pared del fondo del pasillo se proyectaba un parpadeo de sombras. Dio la vuelta y con el corazón en un puño por el miedo que le producía aquel silencio, sólo faltaba que se le apareciese de golpe la bruja del parche para matarla allí mismo de un infarto, se fue acercando al lugar de donde procedía la luz.

      Al doblar la esquina se topó con un precioso espectáculo. Una improvisada cena reposaba sobre una de las mesas de lectura, con pizza, velas y una botella de vino con dos copas. Y allí se encontraba también su amigo, con una enorme sonrisa, esperándola para cenar.  Su corazón seguía amenazando con batir el récord de pulsaciones por minuto.  Observó que al fondo la bibliotecaria se disponía a marcharse y le guiñó el ojo visible a la chica del vestido verde, a quien en ese momento se le antojó aquella señora del parche, como una especie de duendecilla buena salida de alguno de aquellos libros de las estanterías.

      El primer brindis de la noche selló un nuevo pacto que dejaría todo tal y como estaba, él seguiría creyendo en el destino y ella, por su parte, en las casualidades. Aquella cena no podía encontrarse bajo un clima más perfecto. Arropados por los libros, el silencio y la luz de las velas, pasaron una velada inolvidable.

Y como acaban los cuentos, colorín colorado...


(Escrito para "El decimoquinto reto general", de Nuncajamás)

El niño guerrero



Os vuelvo a llevar de paseo por Kenia, esta vez nos vamos de boda. No es exactamente la segunda parte de "Una puesta de sol", pero voy a intentar encontrar un nexo, a parte del país, en todas las historias de esta liga. (Si las  que ponen las premisas me lo permiten, porque parecen duendecillos traviesos ¬¬) En este capítulo encontraréis a Raquel, la amiga de la protagonista del anterior.


Cap. anterior: Una puesta de sol

    Mi nombre es Tuebe y hace diez años que renuncié a mi vida de guerrero masai. Desde que tuve uso de razón, ese fue mi único objetivo, y sin embargo sólo duré diez años subido a aquel sueño que ahora siento como borroso y lejano, como si el niño que tenía aquellos sueños fuese un desconocido que me hubiese contado sus planes futuros. Mis pensamientos se encuentran situados en esa línea meridiana de mi historia, donde he sido mitad guerrero masai y mitad hombre globalizado.

    Estos pensamientos vienen a mi memoria, porque hace unos días viajé con Raquel, a un poblado llamado Nanyuki, cerca de la reserva nacional de Samburu, en la parte central de Kenia. Allí vive toda mi familia, y el motivo de aquel viaje fue la celebración de la boda de mi hermana pequeña.

    A Raquel la conocí hace un par de meses en la recepción del hotel donde trabajo. Se dedica a hacer fotos a los turistas, en los sitios más emblemáticos de Nairobi y con el morro que le echa, también la he visto hacer de guía, como si llevase viviendo aquí toda la vida. Así fue como me conquistó, su cara dura y su gracia te hacen no querer perderla de vista ni un momento cuando la tienes delante. Se paseaba por el hotel como si estuviese en su casa, y un día, uno de los guías de las excursiones del hotel, me informó que había una chica española llevándose a los clientes de excursión a mitad de precio. No tuve otro remedio que despedirla, por llamarlo de alguna manera. Y de ahí surgió nuestra amistad, o como quiera que se llame lo nuestro.

   ―Estoy pensando, Tuebe ―me comentó Raquel en el coche, camino a Nanyuki, con su inglés chapucero― que quizás el vestido rojo es muy atrevido para la boda ¿Tú crees que he hecho bien en traerlo?
   ―Cualquier cosa que te pongas te quedará bien, pero ya verás como allí todo el mundo va con ropa muy colorida.
   ―Sí, eso lo sé, ya te he dicho que no es la primera vez que visito un poblado masai, pero las otras veces no conocía a nadie y no me importaba, ahora quiero causar buena impresión.

   Me hubiese gustado decirle que de ninguna manera causaría buena impresión, ya que la única manera de hacerlo, sería que fuese una de nosotros. También me hubiese gustado decirle que tampoco yo les iba a causar una buena impresión, porque abandoné hace diez años a mi mujer y a mis hijos, y aunque me he ocupado de comprar ganado y de que no les falte de nada, mi padre y mi suegro jamás serán capaces de perdonarme si no enmiendo mi falta y vuelvo.

    Tenía veinte años cuando me casé con Uleke. No fue un matrimonio pactado desde que éramos niños, como lo han sido los de casi todos mis hermanos. La conocí en una especie de feria donde los jóvenes hacíamos saber nuestras intenciones de matrimonio (algo parecido a pedir la mano) mediante una campanilla que hacíamos sonar, cerca de la elegida, tantas veces como cabezas de ganado tenía nuestro padre. Así de romántico y desinteresado fue el asunto, aunque todo hay que decirlo, también influyó la atracción física, y Uleke fue para mí la más guapa. Tuvimos tres hijos, uno casi detrás de otro. Pero un día, el mundo del turismo llamó a mi puerta y no supe decirle que no.

    Llevo diez años trabajando en Nairobi. Poco a poco fui aprendiendo Suahili e Inglés por mi cuenta, mi lengua natal es el Maa. Mi sed por aprender y comerme el nuevo mundo, me llevaron a trabajar muy duro, ahorrar dinero y pagarme unos modestos estudios. Diez años más tarde, sigo trabajando en el mismo hotel que me dio la oportunidad, pero ya no llevando maletas, ahora soy jefe de recepción, tampoco es que sea gran cosa pero me da para vivir.

    Quiero a mis hijos, y me gustaría llevarlos conmigo, pero eso sería clavarle otro puñal en la espalda a mi padre, ya me dijo en su día, “Perdí a un hijo, ahora me quedaré con los tuyos y el ganado que me costó tu dote”. Uleke me sigue esperando, aunque mantiene relaciones con otros hombres del poblado. En nuestra cultura se pueden mantener relaciones extra matrimoniales, siempre y cuando sea con un hombre de edad similar a la del marido y a sabiendas de este. También el marido puede prestar a su mujer a un amigo que esté de paso, si este otro siente la necesidad. En el tiempo que llevo fuera de mis raíces, mi visión sobre nuestras costumbres ha dado la vuelta completamente, y lo que antes me parecía algo normal, ahora lo percibo de otro modo; No sería capaz de compartir a Raquel con nadie, no sólo su cuerpo, tampoco sus miradas, sus sonrisas, sus palabras cuando son mías. El primer día que pasé con Raquel supe que jamás había estado enamorado de Uleke, ni de otras mujeres que han pasado por mi vida.

    Cuando divisé las cabañas con forma de iglú de Nanyuki, un pellizco interno estremeció mi cuerpo. Raquel lo notó porque se pegó a mí y me arropó en un abrazo, sin perder de vista ni un detalle del paisaje al que íbamos acercándonos.

    Al ver llegar nuestro coche, el jefe del poblado, los hombres y los niños se acercaron a darnos la bienvenida. Había mucha gente, más de la que podíamos imaginar, habían venido parientes de los poblados vecinos y se escuchaba la algarabía formada por los niños, aderezada con los miles de colores de los atuendos que engalanaban sus cuerpos, incluidas las cabelleras de león en las cabezas de algunos guerreros.

    Mi padre se encontraba entre ellos, me dirigió una mirada menos severa que la última vez que nos vimos. Quizás el aporte económico haya cicatrizado su orgullo y sus heridas. Llevé a Raquel a la cabaña donde las mujeres preparaban a Mwajabu, mi hermana, para la ceremonia. La rodearon y le hicieron un buen recibimiento, mejor de lo que yo esperaba, mis hermanas le tocaban el pelo que llevaba suelto y rizado a la espalda, y comentaban que por qué no se raparía la cabeza como ellas para estar más guapa. Dejé a Raquel sola con ellas, intentado comunicarse mediante gestos, le dije que volvería enseguida, que se vistiese con ellas y que nos veríamos en la ceremonia.

    Cuando salía me encontré con Uleke, me miró con ojos vacíos, ni siquiera le quedaba odio en su cara, así que comprendí que me había olvidado y que quizás algún día podría perdonarme. Me informó dónde estaban mis hijos, y fui en busca de ellos; ya era hora de que ellos decidiesen cual iba a ser su futuro, me negaba a que tomasen las decisiones tan tarde como lo hice yo, dejando mi otra vida casi al comienzo.

    Volví al cabo de una hora, encontré a Raquel ataviada como una masai, era raro verla así con su melena pelirroja cogida en un moño y su piel tan blanca; destacaba a kilómetros de distancia. Ella, sin embargo, tardó en localizarme.

   ―¡También vas vestido como ellos! ―me dijo, cuando se fijó en el masai que le hacía un guiño.
   ―Era lo menos que podía hacer. Eres la masai más guapa del poblado ¿lo sabías?
   ―Yo no me he visto porque no hay espejos, pero no creo que me quede tan bien como a ellas.
  ― Así vestido, lo mismo me cambiabas por cualquiera de ellos.
   ―¿Qué dices? Ellos me miran raro, tú eres el único que me mira con ojos sonrientes.
   ―¿Ojos sonrientes? Que cosas se te ocurren...

    Mwajabu salió de casa. Las mujeres habían envuelto su cuerpo con toallas de colores, y la habían adornado con cuentas de piedras preciosas, sobre todo blancas, por todo el cuello, las orejas y los brazos. Cogió el fimbo, que es el palo de pastoreo, y se puso frente a mi padre, que le dio la bendición tradicional escupiéndole un sorbo de leche en el cuello. Durante este momento, en vez de mirar hacia ellos, me dediqué a observar la cara de Raquel que reaccionó abriendo los ojos de par en par y tapándose la boca, imagino que para reprimir un pequeño grito que casi se le escapa. Después me miró y me costó no echar a reír cuando me preguntó al oído, si mi padre le había escupido porque no iba virgen al matrimonio.

   Mwajabu partió a casa de Kikanae, su futuro esposo, con paso firme y seguro; sabía que no debía dar marcha atrás  porque se convertiría en una piedra. Sé que Kikanae será un buen marido para Mwajabu, ella es su segunda esposa. Mentiría si dijera que la vida que le espera a mi hermana será feliz, sabiendo lo difícil que es la vida en un poblado masai para una mujer. Pero ella no conoce otra cosa, y esa ignorancia no le ofrecerá el anhelo de un mundo mejor.

    Mientras Mwajabu iba de camino a casa de Kikanae, varias mujeres le regalaban cabras y terneros. El novio la esperaba cocinando carne de cabra a la brasa, mientras que las mujeres de su familia, incluida la primera esposa de Kikanae, estaban preparando ugali, una mezcla a base de huevos y harina de chapati para el banquete. Cuando llegó, fue acogida en la casa de su futuro marido con insultos, esto simboliza la vida difícil que comienza para ella, y así se fortalece su carácter. Raquel me preguntó, qué le estaban gritando, ya que había notado sus caras enfadadas y sus gestos. Le mentí explicándole que era una especie de ritual para pedir a nuestros ancestros, fertilidad a su nueva hija.

   Cuando Mwajabu se sentó en una colchoneta, Kikanae le ofreció una calabaza con leche agría que ella bebió, después ella ofreció a los niños que se habían acercado. Este fue el momento cumbre de la ceremonia. Los ojos de Mwajabu no desprendían el brillo y la ilusión que despiertan los de una novia europea. Hace un año asistí a la boda de un amigo inglés, y sé de lo que hablo. Los ojos de Mwajabu traen a mi memoria a aquella niña que en su día prepararon, con un duro rito de iniciación, para ser apta en el matrimonio y la procreación; le practicaron la ablación, le enseñaron a cuidar del ganado y a fabricar la choza que tendrá que hacerse para vivir, a base de ramas, barro y estiércol de vaca; ahora sabe que pertenece al patrimonio de su marido, al igual que el resto del ganado que posee este.

    La ceremonia terminó con cánticos y bailes masai, dando cuenta de los alimentos que prepararon Kikanae y su familia.

    Al atardecer, Raquel y yo partimos del poblado. Un aura de tranquilidad envolvía mi cuerpo mientras nos alejábamos caminando hacia el coche. Era la paz interior de saberme quizás perdonado, de encontrarme libre de las garras del remordimiento, y de haberle encontrado a la vida el sentido que mi corazón necesitaba.

    Cuando Raquel ocupó su asiento en el coche y yo aún permanecía fuera, eché un último vistazo a mi alrededor. Allí, a lo lejos, vi la silueta de mis hijos con sus amigos y las inconfundibles lanzas afiladas, soñando ser los guerreros que hoy me han asegurado que quieren llegar a ser. Y allí, junto a ellos, vi también la silueta del pequeño Tuebe, aquel niño que soñaba despierto y dormido en convertirse en el mejor guerrero de la historia de su pueblo. En ese instante, admirando aquellas siluetas perfectas, lo sentí claramente, en los diez años que fui guerrero, jamás lo fui tanto como lo fue aquel niño que se perfilaba majestuoso con su lanza al hombro en el horizonte.

Cap. siguiente: En días de disturbios

7 de julio de 2010

Latente


      Había escuchado muchísimas veces la palabra latente antes de prestarle la más mínima atención. Para mí era lo mismo que escuchar lenteja o libélula, una palabra sin más. La primera vez que tuve consciencia de ella fue hace muchísimos años, en una clase teórica de fotografía. Nos explicaban que en una película o papel fotográfico, la imagen formada después de la acción de la luz y antes de entrar en contacto con el líquido revelador, se considera imagen latente, y por tanto invisible para nosotros. Fue ahí donde pensé: latente, ¡qué  bonito! Es una imagen secreta, escondida... Recordé las veces que había ido a la tienda de revelado con un carrete en la mano y sin pensar en esa palabra tan especial, no me daba cuenta de que llevaba la mano llena de imágenes latentes y sin embargo ahí estaban. Todavía fue más fantástico cuando vi la transformación de la latencia con mis propios ojos, la primera vez que introduje un papel fotográfico dentro de una cubeta con líquido revelador y apareció esa imagen que hacía tan sólo un momento no existía para mis ojos, sino que permanecía dormida plácidamente sobre el papel. 

      Imagino que ahora que la fotografía química ha pasado a la historía y el mundo digital ha ocupado su lugar, el mundo ha perdido millones de imágenes latentes. Es mucho más práctica la era digital, eso no lo voy a discutir, ahora haces veinte disparos tranquilamente y sabes si tienes una fotografía buena sobre la marcha; pero también se ha perdido aquella incertidumbre o incluso factor sorpresa, cuando revelabas tus fotos y encontrabas una que ni recordabas haber hecho, había permanecido latente para darte una sorpresa.

      Esta palabra ha vuelto a mi cabeza hace unos días, cuando la utilicé en el anterior relato para referirme a los sueños. Me encantó utilizarla, no sé si es una palabra que se puede utilizar para todo lo que uno quiera, pero yo pienso hacerlo.

      En el diccionario encontré calor latente, esto ocurre con ese calor que produce los cambios de estado, sólido a líquido, líquido a gaseoso; me parece que sigue siendo preciosa la palabra también aquí. Otra que encontré fue dolor latente, no es agudo pero es sin interrupción, y aun así me parece un dolor poético.

      Algunos recuerdos también me gusta definirlos como latentes, esos que sabes que están dentro de tu cabeza, pero que sólo los despiertas cuando te apetece o cuando se desvelan por la acción de algún componente externo como una canción, una frase, un perfume, un sabor...

      No sé si para las relaciones entre las personas cabría la posibilidad de poder usarlo, una relación latente podría ser entonces aquella que está aparentemente inactiva hasta que un día, bien por unas condiciones favorables o por pura casualidad, vuelve a brindarse.

      Hay temas en los que no me gusta pensar, pero ahora se me plantea la duda de si cuando la gente se va de este mundo, su alma adquiere un estado latente, y permanece así hasta que un efecto que no sé si llamar físico, químico o mágico, les transforma en otro estado distinto al inicial. Aunque soy más partidaria de creer que se trata de una latencia infinita y para siempre.

6 de julio de 2010

La guardiana de sueños


En la travesía nos han propuesto sacar a un personaje de su libro y transformar su historia en una pantalla de cine. Quien no haya leído “La ladrona de libros” y tenga intención de hacerlo, le recomiendo que no lea este relato, pues contiene bastante spoiler. Era muy difícil transformar la historia sin remitirme a la verdadera. Y a los que lo habéis leído, no me tiréis muchos tomates por profanarlo, recordad que estamos en crisis.


      Liesel esperaba en la cola del cine impaciente por entrar al estreno. Hacía mucho tiempo que su mente no le llevaba de paseo por Molching, el pueblo de su infancia. Para liberar a su corazón del dolor que le producían aquellos recuerdos, pero a la vez saciar la necesidad de evocar los buenos momentos, unos años más tarde de aquella fatídica noche del bombardeo en Himmesltrasse, decidió reescribir aquella historia, al igual que ya lo hiciera en aquel viejo sótano. Ahora vivía en una cómoda casa, en un barrio de las afueras de Sidney, y habían pasado veinte años desde que dejó Alemania.

      Cuando sus recuerdos lograron reconstruir la historia de su infancia, mermada en parte por el olvido y el dolor que le producía, y aún no había llegado a aquella parte en que un libro y un sótano salvaron su vida; decidió que este libro no terminaría inmerso entre los escombros. La guerra devastó Himmesltrasse y la muerte se llevó las vidas de aquellos que más había querido, se negaba a que lo hicieran también con sus recuerdos. De ese modo decidió no acercarse a aquella parte que la muerte tituló “El fin del mundo”, a cambio resolvió terminar aquel libro escribiendo los sueños de sus protagonistas. Pensó que si escribía sus sueños, al no haber tenido ellos la oportunidad de cumplirlos, perderían su calidad de latentes para adquirir una nueva forma, la de las palabras, quedarían así guardados para siempre entre sus cosas, como si fuese ella la guardiana de aquellos sueños no alcanzados.

      Y así fue como Liesel escribió sobre los sueños de Rosa, su madre, a la que tantas veces le hubiese gustado decirle, te quiero, y nunca se atrevió. Realmente no sabía cuales eran los sueños de ella, porque hablaron muy poco, pero escribió que vivía en una casita preciosa donde no tenía que cocinar sopa de guisantes, ni planchar la ropa de los demás.

      También para Hans, su padre, al que siempre recordaría unido a su acordeón y a quién más había querido. Escribió y soñó por él, que leían miles de libros juntos, en la cocina en la que Rosa Hubermann cocinaba algo delicioso y reía con ellos.

      Soñó para Max, el joven judío que vivió en su sótano sin ver el cielo, a quien ella daba el parte meteorológico y una vez regaló dos puñados de nieve; escribió que construía su casa al lado de la de ellos, con un enorme árbol en el jardín, cuyas hojas contenían millones de palabras que jugaban con el cielo.

      Y escribió también el sueño de Rudy Steiner, el pequeño Jesse Owens, su Rudy, el niño que soñaba con darle un beso y que ella siempre le negó en aquella vida.

      Cuando abrieron las puertas del cine y tomó asiento, se preguntaba si habrían conseguido caracterizar a los personajes fieles a la realidad. Intentó imaginarlos como ella los recordaba, pero su mente traicionera sólo le transportaba a aquel  momento en el que descubrió sus cuerpos entre los escombros, mezclados con el polvo y la muerte. Quería borrar aquella imagen inerte de su memoria y para ello sacudió la cabeza, cerró los ojos y se concentró en pensar lo afortunada que era de que alguien hubiese encontrado su libro entre las ruinas de Himmesltrasse, y se alegró de que alguien llamado Henry Wiklins decidiese dirigir una película basándose en la historia que contenía.

      Empezó la película, aunque no donde ella comenzó su libro, el tren, la nieve y la tos de su hermano... La película comenzaba con el plano de una calle y una casa que ella reconoció, a la perfección, como el 33 de Himmesltrasse. La imagen se iba acercando, lentamente, al interior de aquella casa y allí se encontraban todos, Rosa Hubbermann cocinando sopa de guisantes que removía con su cuchara de palo. En la mesa estaban sentados Hans y ella, la pequeña Liesel, nunca se había visto así de pequeña y se le hacía raro. Cogía un plato de comida y lo bajaba al sótano, donde se encontraba Max.

      El corazón de Liesel, la Liesel que estaba en el cine, palpitaba a una velocidad que desafiaba todas las leyes de la naturaleza. No le parecía que aquellos que veía en la pantalla fuesen actores, sentía que eran ellos ¿Cómo podía estar ocurriendo aquello?. Se negaba a parpadear, incluso a respirar, no quería perderse ni un instante de aquella magia que estaba transcurriendo ante sus ojos. Aquello era como asomarse a la ventana de una vida paralela, donde existían dos Liesel, la de delante y la de detrás de la pantalla.

      Cuando la película avanzó al funesto día del bombardeo, se dio cuenta de que todo aquello era distinto a como ella lo recordaba. Observó cómo sacaban el cuerpo de la pequeña Liesel del sótano, estaba dormida. A su alrededor no se encontraba el cuerpo de Rudy, ni de Rosa, ni de Hans, ni siquiera vio el acordeón. La película dio fin con una escena que conmovió a todos los espectadores menos a ella. Allí, entre los escombros se encontraba un libro lleno de polvo. Lo reconoció perfectamente, era el otro libro, el que le salvó la vida. Un hombre se agachó a recogerlo y lo abrazó conmocionado. Cuando la cámara enfocó su rostro, el corazón de Liesel dio un salto al vacío al reconocer a su padre, Hans Hubermann.

      Los créditos produjeron en Liesel una sensación vertiginosa.  Trataba de ordenar todas las ideas que navegaban por su cabeza, no entendía qué había sucedido ¿A caso fue ella la que falleció en Himmesltrasse? Pero no era posible, ella estaba allí, se pellizcó para comprobarlo ¿Su paseo por aquellos escombros formó parte de un sueño? Quizás entre la confusión, el ir y venir de heridos, cadáveres, y vivos desolados por la tragedia; ella confundió su sueño con su realidad. Recordaba cómo relató la perdida de los suyos a todo el que le había preguntado y todos dieron por hecho aquella historia sin ni siquiera contrastarla ¿Sería posible algo así?

      Se levantó de la butaca y salió del cine decidida. Tenía un viaje que realizar, tenía que comprobar si aquella ventana realmente existía, y si así era, había llegado el momento de devolver  los sueños que durante tanto tiempo había tenido guardados. Los suyos acababan de cumplirse.

4 de julio de 2010

El viejo desván



Once metros pueden parecer miles, 
y mil kilómetros pueden ser dos centímetros, 
si la unidad de medida es de dos niños que juegan en un desván.

Un segundo puede durar un día, 
y diez años pueden ser un suspiro,
si el reloj que lo vigila lleva el ritmo de aquel lugar.

Mil cuentos pueden resumirse en una palabra, 
y una mirada entre ellos contar toda una historia, 
mientras sus cuerpos se alejan como las partes de un mismo imán.

Una foto puede esconder mil instantes, 
incluso la esencia de toda una vida, 
eso decían aquellos álbumes en la estantería del desván.

Un baúl puede contener un valioso tesoro, 
y una vieja caja de disfraces guardar las almas 
de aquellos niños alegres que jugaban a soñar.

Un vaso de agua puede parecer un río, 
y un mar ser la lágrima resbalando en la mejilla, 
cuando se cierran las puertas de un abandonado desván.

(Inspirado en la frase de Fantasmín "Once metros pueden parecer miles" para el cuentacuentos)

3 de julio de 2010

Cosas del azar



      No soy aficionada a los juegos de azar. Me encanta el poker, porque aunque el azar interviene en el sorteo de cartas, la que lleva el juego soy yo. Soy una jugadora camicace, eso me dicen los que entienden y esto hace que juegue demasiado al farol y que me arriesgue a lo loco, las consecuencias es que soy una jugadora sin medias tintas, o gano o lo pierdo todo (lo mío y lo de el de más allá). Otro fallo que tengo es que cuando tengo buenas cartas mis ojos brillan y lo huelen rápido, así que la próxima vez que juegue pienso disfrazarme como los de los torneos de la tele.

      Ayer estuve en el casino. (Ahora viene cuando pensáis que soy ludópata por lo menos) Era mi primera vez, bueno, nuestra primera vez, íbamos dos parejas. Decidimos antes de entrar probar sólo con 25 euros cada uno y cuando se fundiesen marcharnos, (yo les pedí que aunque rogara y pataleara, por favor, no se les ocurriese dejarme comprar más fichas) se trataba sólo de pasar un buen rato. La traducción de 25 euros en el casino eran 10 miserables fichas... con ellas nos fuimos a una mesa de la ruleta. Hacía unos cuantos meses me había leído “El jugador” de Dostoievski y creo que me faltó tomar algunos apuntes, ya que cuando llegamos se notó a la legua que éramos novatos, y el crupier nos endosó, nada más vernos, un manual de instrucciones...

      Un amigo que entiende bastante de esto, cuando iba de camino me indicó que tirase de poquito en poquito, por ejemplo al rojo, y que si no salía en dos veces seguidas, que no me cambiase al negro, porque justo si me cambiaba saldría el rojo... Yo no sé si es que no le entendí bien o que me tomé su recomendación demasiado al pie de la letra, aposté todas las veces al rojo, el negro ni lo pisé, incluso me atreví con los números. Le pregunté al Crupier en un momento dado, por qué todos apostaban al negro, yo estaba solita en el rojo, y me contestó que porque ya había salido cuatro veces seguidas el rojo. Yo, que seguía empeñada en ir contra las estadísticas, las supersticiones y todas esas pamplinas, seguí fiel a la roja como en el mundial. Vi en una columna un panel donde aparecían los números que habían ido saliendo en las distintas tiradas, así que decidí apostar siempre por los que ya habían salido anteriormente.

      Resultado de la noche, mis tres acompañantes perdieron sus 25 euros, yo me fui con 100 euros en el bolsillo y una lección bien aprendida. "En este juego no hay reglas,  la suerte es cosa del azar".


      Se me olvidaba, el rojo salió nueve veces seguidas ;)