28 de junio de 2010

Entre la vigilia y el sueño



      Algunas veces sólo somos sombras, perfiles de la oscuridad, o bosquejos de un cuadro inacabado buscando un refugio donde escondernos del universo por un instante, para encontrar nuestras reflexiones y pensamientos. Un singular momento en el que nada de lo que nos rodea existe para nosotros, como una especie de paréntesis de nuestra existencia. Algo parecido a un agujero espacio temporal, donde todo lo que hay alredor queda congelado y ajeno, y la única vida que se mueve es la de las sombras sin cuerpo.

      Nos proyectamos a una gravedad vacía donde perdemos el control del tiempo, la distancia y la energía. El silencio y la luz son los mejores aliados, nos permiten mantener el contacto con nuestro juicio y razonamiento. Cuando se rompe la barrera del agujero donde se encuentran nuestras coordenadas espacio temporales, la gravedad tira de nosotros y caemos al vacío sin remedio, el golpe es fuerte y doloroso incluso para una silueta sin cuerpo.

      El retorno al universo se recibe como un despertar, pues se crea la duda entre la vigilia y el sueño. Nuestro cuerpo sigue intacto tras la caída, pero sentimos que nos duele algo por dentro, quizás se nos quedó un brazo dormido y le cuesta volver a la realidad. Y al levantarnos, somos conscientes por primera vez de que la  fuerza de la gravedad no es sólo un valor numérico, sino que realmente nos pega los pies al suelo. El cuerpo también ha recuperado su peso  habitual  y lo percibimos como una cárcel de nuestros pensamientos.

24 de junio de 2010

Una hebra de hilo...


      Si yo fuera una hebra de hilo, querría ser tejida para un bonito pañuelo que se anudase al cuello o a modo de diadema. Me encantaría impregnarme con mil perfumes y pasear a la luz de las estrellas; o bien salir volando con una racha de viento huracanado desde un crucero, para ver el mundo desde el aire, usando mis propias alas por un pequeño instante en el tiempo. Después caería en el agua y disfrutaría de un agradable baño salado, mientras soy transportada con el vaivén de las olas, a una hermosa playa peinada por la brisa y el silencio.

       Una vez el sol me hubiese ayudado a abandonar el húmedo lastre, volvería a retomar el vuelo, de nuevo a merced del viento; y como la semilla de un diente de león acabaría posándome en algún lugar recóndito, donde otras manos hallarían mi refugio incierto.

    Nuevos paisajes misteriosos y efímeros volverían a ser compartidos, y otros perfumes impregnarían mis sentidos. Y cuando ya no me quedasen fuerzas y de jirones estuviese rasgado mi cuerpo, no querría quedarme quieta en un cajón como recuerdo; soltaría el nudo de mi hebra para volver a ser tejida de nuevo.


(Escrito para "Si yo fuera..." en Nuncajamás)

22 de junio de 2010

Un bello rostro



      Su mirada ante el espejo era altiva y arrogante. La naturaleza le había obsequiado con una belleza sublime que rozaba la perfección. Ella lo sabía, desde que era una niña había sido admirada por su hermosura y gracia naturales, para más tarde convertirse en su principal obsesión. El grado de admiración que despertaba a su paso era tal, que empezó a mellar en su alma, y poco a poco se fue transformando en un ser orgulloso y altanero, incapaz de simpatizar con aquellos que no sentía dignos de su aprecio, tan sólo por no poseer en su fachada, unas cualidades de belleza inmediata. Nunca miraba más allá, con sus cautivadores ojos.

      Consiguió encontrar, con mucho esfuerzo, un hombre acreedor de sus encantos. Ardua tarea fue aquella, ya que a cada uno le buscó un defecto, por nimio que fuera, para apartarlo de su vista. Eligió quizás al más elegante, sencillo y noble, no hacía sombra a su belleza, pero tampoco la descompensaba. Su edad, diez años mayor, hacían que ella pareciese aún más joven, y eso era exactamente lo que pretendía.

      Él aceptó, aunque no de buen grado, su deseo de no tener hijos. Semejante cuerpo y finura, aludía ella, no debe estropearse con algo tan engorroso como un embarazo. Así transcurrían los días, ella admirando su belleza, distante de su pareja y del entorno social, y utilizando mil potingues y ungüentos, para que no se deteriorase su fino rostro del paso del tiempo. Cada vez que el espejo le revelaba una cana o una arruga, emitía un grito histérico y se encerraba colérica en su cuarto con cerrojo, ni siquiera dejaba entrar a su marido que tenía que pasar la noche en otro dormitorio, hasta que se le pasaba la crisis de soberbia, provocada por el espejo.

      Las estaciones fueron pasando, y su rostro cada vez lucía más menguado y marchito. Se había quedado sola, encerrada con sus miedos y su miserable vida. Su marido hacía años que la había abandonado, cansado de vivir con un fantasma al que ni de noche veía. Empezó a recordar entonces, lánguida y perdida, tantas oportunidades malgastadas. Echó de menos a familiares, y amigos que nunca conoció. A aquel que la había acompañado, en silencio, durante tantos años y al que no supo amar. Añoró a los hijos que nunca tuvo y que hubiesen llenado su vacía existencia. Pensó en su bello rostro, aquel que una vez adoró por encima de todo, y lloró desconsolada su maldición. Por primera vez en la vida encontró su real desdicha.

21 de junio de 2010

Pompas de jabón


      Se sentó en la pendiente más alta del parque para hacer pompas de jabón. Era una tarde cálida de principios de primavera. Me hubiese gustado decirle que no había elegido el mejor día para las pompas, que esas criaturas transparentes y ligeras gustan de la humedad de la atmósfera, y que el calor rompe su tensión superficial con facilidad; pero quién era yo para racionalizar un concepto que a simple vista se muestra mágico y misterioso.

      Salió una pompa gigante que intentó sujetar con la palma de su mano sin mucho éxito, mi mente ya se había adelantado a ese desenlace, segundos antes de que estallase.

      Me senté en un banco a leer el periódico. Sentí una gota húmeda rozar mi mejilla y otra que me acarició el brazo. Al instante me di cuenta que se trataba de una pompa de jabón. El aire cálido de sus pulmones hacía que se elevasen para después terminar cayendo.

      Mi manía de buscarle una explicación a todo, hizo que me preguntase cómo podían haber caído sobre mí, si el aire soplaba en dirección opuesta y ella no se había movido de su sitio; esta apreciación me hizo cerrar el periódico, para continuar observándola.

      Ella seguía haciendo pompas como si hubiese encontrado dentro de una, su refugio. Comencé a seguir la trayectoria de una pompa que se acercaba, con verdadero entusiasmo, desde que era niño no me había vuelto a fijar en ellas con expectación. Admiré su figura perfecta, su textura invisible y su efímera existencia. Fue entonces cuando no sólo entendí, si no que comprendí que algunas esencias se pierden con el razonamiento, que a veces es necesario no reflexionar ni buscar explicación a las cosas, si no disfrutarlas en su estado puro, como nos son ofrecidas.

      Eché un vistazo hacia el cielo, miles de pompas de jabón jugaban con los rayos de aquel sol de primavera, regalándome en su superficie reflejos del arco iris, y mostrándome dentro de su aliento recuerdos de alguna vez.

20 de junio de 2010

Laberinto de palabras



   ―¡No sé cómo ni dónde, pero acabaré con su vida un día de estos!
   ―¿Hablas en serio?
   ―¿Es que lo he pensado en alto?
   ―Sí, y me tienes intrigadísima.
   ―Estoy buscando el titular para un artículo que he escrito. ¿Quieres que te lo lea?
   ―Preferiría que hablásemos, hace siglos que no lo hacemos.
   ―Yo no tengo esa impresión, hablamos cada día.
   ―Pero no me refiero a hablar sin más, me refiero a hablar de verdad, a compartir palabras,  a escuchar con atención lo que nos contamos, a entender lo que queremos decir sin darlo por sentado...
   ―Yo hago eso siempre, ¿acaso tú no?
   ―Sí, pero quizás deberíamos esforzarnos un poco más.
   ―Creo que cuando una cosa tan sencilla como esa requiere un esfuerzo, deja de ser especial o simplemente ha desaparecido la complicidad.
   ―¿Tú no la echas de menos?
   ―No creo haberla perdido.
   ―Yo he estado mucho tiempo a años luz sin darme cuenta, me acostumbré sin más.
   ―¿Y por qué yo no me di cuenta?
   ―Porque también estabas a años luz, pero en otro planeta distinto.
   ―¿Y cómo ha podido suceder esto a nuestras espaldas?
   ―No tengo la respuesta, quizás cada uno se ha sumergido en sus rutinas particulares y no hemos mirado a ningún lado que no sea el de alcanzar nuestros objetivos. Nos hemos conformado con compartir una vida paralela.
   ―¡No sé cómo ni dónde, pero acabaré con su vida un día de estos, señorita!
   ―¿Otra vez pensando en ese artículo?
   ―No, esta vez lo digo de verdad, pienso acabar con tu vida paralela para que no tengamos más remedio que compartir la mía.
   ―¿Lo ves cómo hacía siglos que no hablábamos? Aunque eso habrá que discutirlo...

    Pasó la página del libro al mismo tiempo que se abría la puerta del baño. Ella levantó los ojos de la lectura y le miró, esperando la pregunta que anunciaba su cara. Después de tantos años juntos, sabía perfectamente interpretarla.

   ―¿Estabas hablando sola? ―le preguntó él.
   ―No, leía en alto.
   ―¡Qué cosas se te ocurren! ―le comentó, mientras se ponía el pijama.
   ―¿Te puedo hacer una pregunta? ―dijo ella, colocando el marcador en la página correspondiente de su libro.
   ―Pues claro, todas las que quieras.
   ―¿Nosotros hablamos de verdad?
   ―No sólo hablamos de verdad, también nos hablamos con la mirada ―contestó él en tono solemne que remató con un guiño.

    Ella cerró el libro con una sonrisa, lo depositó sobre la mesilla y apagó la luz de la lámpara. No quería perderse ni un recoveco del recorrido de aquel laberinto de palabras que les acompañaría hasta la madrugada.

(Inspirado en la frase de Jara: "No sé cómo ni dónde, pero acabaré con su vida un día de estos" para El cuentacuentos)

19 de junio de 2010

Historia de una cabina...

    Nunca me he considerado torpe con las nuevas tecnologías, pero ahora tengo serias dudas después de lo que me pasó esta mañana...

    Salgo de casa con el bolso lleno de artilugios, menos el teléfono móvil que se estaba  cargando. Como iba a un parque que está muy cerca, no me preocupó demasiado su falta. No llevaba media hora fuera de casa, cuando me doy cuenta de que necesito hacer una llamada, suerte que era a casa porque es el único número que sé de memoria a parte de mi DNI y alguna que otra fecha de cumpleaños. 

    Divisé una cabina telefónica a cien metros, cosa que me chocó porque pensaba que ya estaban extinguidas, y eso que paso cada día por su lado, debe ser que forma parte de mi paisaje cotidiano, al estilo árbol.

    Como no llevaba monedas pequeñas metí una moneda de euro que salió rodando por la ventanilla del cambio. Entonces miré fijamente al aparato y me di cuenta que ya no era como yo lo recordaba: auricular, ranura de moneda, teclado y ventanilla para el cambio (que nunca te devuelve); este sofisticado equipo llevaba una pantalla de navegación con sus múltiples teclas de flechas de direccionamiento y de selección. Seleccioné "llamar utilizando moneda", tardé unos cuantos minutos en averiguar cuál era el botón de seleccionar, ni un intro, ni un ok... era en la letra pequeña de la pantalla donde se encontraba la solución del jeroglífico... Cuando me pidió el número lo marqué, pero en ningún momento el auricular me dio señal... Pulsé todos los botones posibles, negro, verde, flecha de arriba, de abajo, de los lados, volumen, botón de devolver la moneda... La moneda empezó a descontar céntimos pero allí no contestaba nadie. Volví a repetir la llamada siguiendo los pasos uno tras otro, pero sin ninguna fortuna, allí ni señal, ni voz, ni la madre que lo parió ¡Pero la moneda se la ventiló enterita!.

    Desistí de la llamada, no era plan de regalarle otro euro a Telefónica, bastantes las pesetas que se llevó de mi bolsillo en su día con las vueltas robadas... y me fui con un cabreo de tres pares de narices...

   ¡Que tengo un teléfono de última generación por Dios y sé navegar por Internet con él y conectarlo a la wifi... cómo narices no sé manejar ahora una cabina telefónica! Pensaba mientras me alejaba de aquel aparato del demonio.

    Al rato llegó mi marido y le pregunto:

¿Ha sonado el teléfono de casa?
Sí, cómo lo sabes, ha llamado una loca dos veces, que encima se le oía despotricar y no me decía nada, hablaba sola...

18 de junio de 2010

Descanse



Arrancó el tren y la señora no paró de hablar hasta la llegada.

¿Va mucho a Madrid? Yo voy a menudo, tengo allí una hija ¿Tiene hijos? Yo tengo una y un nieto ¡mire que guapo!

Al principió contesté con monosílabos, después abrí un libro para disuadirla.

¿Quiere usted una rosquilla? Que sí, coma ¿Y a qué se dedica? ¡Médico! ¿Qué puedo tomar para la garganta? Mi nieto tiene ronchones en la espalda ¿Será alergia?

―No se pueden hacer diagnósticos sin tener al paciente delante.
―¿Y para mi dolor de garganta?
―Descanse señora, descanse y cállese un ratito.

"Ecrito para relatos breves tren de cercanías"


De haberlo sabido


      Cuando las puertas se cerraron y el tren inició su lenta marcha; le observé a través de la ventana en el andén, inmóvil, haciendo una leve señal de despedida con la mano alzada. A medida que el tren cogía velocidad, su figura se iba haciendo más pequeña.

     No sabía que esa sería la ultima vez que le vería, de haberlo sabido todo habría sido diferente, no le hubiese dado dos besos, ni despedido con un ¡volveré pronto! Le habría abrazado y, diciéndole mil veces cuanto le quiero, no me habría marchado de su lado.


"Escrito para relatos breves tren de cercanías"

17 de junio de 2010

Conexiones


      Hacía cuarenta años desde la última vez que se vieron. En aquella época aún eran jóvenes y les quedaba mucho mundo por recorrer. No hicieron grandes cosas juntos, pero compartieron buenos momentos charlando al calor de un café, mostrándose sus sueños, ilusiones, lecturas, viajes por hacer... Fue una relación de amistad enriquecida por la gran conexión que existía entre ellos.

      Unas veces relajada y otras alerta, aquella conexión se fue afianzando y haciendo intocable, indestructible y revoltosa. Así pasó mucho tiempo, ellos no se daban cuenta, pensaban que aquello era y sería una amistad de por vida. Pero el azar, que a veces deja de ser fortuito y se torna caprichoso, comenzó a hacer una fisura en aquella conexión. No fue una fisura cualquiera, fue de esas que se van extendiendo e hizo que cada uno comenzase a distanciarse. ¿Las razones? Nunca fueron claras, quizá hubo alguna confusión, conexiones periféricas... En definitiva, cada uno cogió sus respectivas riendas y caminó por su lado de la vida.

      Un día, cuarenta años después, se cruzaron por la calle. Ninguno de los dos reconoció al que tenía enfrente y nada les impidió seguir caminando. Pero según avanzaban por la acera, notaban que algo dentro les había rozado. Siguieron caminando serenamente, cada uno por su lado, no necesitaban nada más, tan sólo saber que seguían conectados.

En la cola del banco...


   Tenía al menos seis personas en fila delante de mí. Una señora con dos niños, que no paraban de corretear por la sala. Un hombre trajeado con maletín. Y ¡cómo no! cuatro jubilados contándose batallitas ellos, y enfermedades ellas. Es curioso cómo al llegar a cierta edad, se ponen a hablar de enfermedades como si se tratara de una competición: 
      ―A mí me operaron de cataratas.
      ―Pues yo tengo una cicatriz que me atraviesa el pecho, porque me pusieron una válvula en el corazón.
    ―Y la mía, cuando me operaron de la matriz, se me infectó y estuve una semana ingresada.
     ―Pero a mí me han operado dos veces de hemorroides. (¡Chúpate esa! ¡A ver quién me gana ahora!)

   Claro, que tampoco los de treinta y tantos podemos decir nada al respecto… sólo hay que observar cuando nos juntamos unos cuantos tíos y nos ponemos a contar las aventuras de la mili. Y ellas como se junten unas cuantas casadas con hijos… tienen dos mono temas: “mi marido no hace nada en casa” y “mi niño no me come”.

   Cada cosa tiene su edad. Los de mi generación vamos con prisas a todos lados. Y estos cuatro de delante, lo mismo hace un rato estaban frente a una obra, opinando y arreglando el país… y cuando se han dado cuenta de que llevaban mucho rato sin hacer nada, pues se han plantado en el banco a hacer algo útil, como por ejemplo: ¡actualizar la cartilla!. Que no es que sea imprescindible, pero nunca está de más. Porque esta gente eso de usar el cajero y las nuevas tecnologías:

       ―¿Cómo dice? ¿La tarjeta que me enviaron? Si yo pensaba que eso era publicidad. ¿Para qué dice que sirve? Si yo no tengo nada que hacer en toda la mañana. Si tengo que esperar cola pues espero y echo el rato. Me siento en una silla mientras me guardan el turno los que están de pie y ya me llamarán cuando me toque. Si total para estar en casa estoy aquí...


   Y cuando ya solo me quedaba uno delante, aparece Carmina “la quiosquera”, muy simpática ella va y me dice que se ha dejado el quiosco cerrado un momento, porque se ha quedado sin cambio, y claro, que por favor le deje pasar que va a ser sólo un momento. Pero mientras le toca no duda en soltarme la vida en verso: 

     ―Tú, Miguel, cada día estás más delgado. El día que no te dé tiempo a ir a comer a tu casa te plantas en la mía, que ya sabes que vivo al lado de tu oficina, y que donde comen dos comen tres. Lo que tienes que hacer es echarte una novia, ya le he dicho yo a mi Mari Carmen, lo buen mozo que tú eres, y lo trabajador… El otro día, mi vecina, la Conchi, la que vive en el primero, encima de vuestro luminoso, me dijo que te había visto salir con una rubia de la oficina. Ya le dije yo que eso era imposible, que si eso fuera verdad, yo ya me habría enterado… ¿Sabes que la vecina del tercero, la que tiene dos niños, se ha separado? No me sorprende ni lo más mínimo, trabajando ella de noche... ya se sabe…

   «¿Pero es que no va a parar ni para respirar?», pensaba, mientras intentaba desconectar un poco. Y eso que tenía prisa la “jodía”... Y cuando ya termina y le dan el cambio, me dice que  ya se espera a que me atiendan, para seguirme contando por el camino, después de haberle cedido mi turno. Y para colmo, mientras metía la mano en el bolsillo del abrigo, me he dado cuenta de que no llevaba el sobre con el dinero que tenía que ingresar en el banco.

16 de junio de 2010

Sueños...


Algunas veces sueño que camino por una calle y encuentro tantos obstáculos, que no
consigo llegar al destino que me hacía caminar por ella, gente interrumpiendo mis pasos
o pérdidas de memoria que de repente me hacen olvidar dónde voy...
naturalmente al despertar  lo entiendo, ya que siempre me ocurre cuando mi
trayectoria se dirige a la casa de alguien que sé que ya no existe en este mundo, debe
representar esa nostalgia de haber perdido la oportunidad tantas veces, y que ahora
alimenta la culpa... Otras veces consigo llegar a ese destino, ese momento es increíble y fugaz;
la casa está como siempre, todo mantiene su color especial, su aroma, su calma...
una voz inconfundible me dice que pase y pregunta, qué hago ahí mirando y acariciando el
zócalo de la entrada... Las palabras fluyen a borbotones, saben que les queda poco tiempo.

                   Fragmento de "El viaje de la memoria" con transparencia.

“Seguiré vagando por vuestra casa, mi casa”

15 de junio de 2010

El Capricho




      Respiraba con agitación por la carrera. Cuando llegó a la puerta del parque, casi sin aliento, un vigilante le anunció que ya estaban cerradas sus puertas, pues el horario de invierno había entrado en vigor y otro vigilante se encontraba dentro haciendo la ronda de desalojo. Sólo le quedaba esperar fuera a su acompañante.

      Ella le esperaba dentro con impaciencia, frotando sus frías manos y paseando de un lado a otro del punto de encuentro. Era la primera vez que se verían a solas y para ello habían elegido un parque llamado El Capricho. La escena se situaba en una tarde fría de finales de otoño. Las hojas de los árboles revoloteaban por el suelo al compás de la brisa, formando una alfombra viviente y mezclándose caprichosamente unas con otras. Los cisnes y patos del estanque, nadaban las gélidas aguas de los riachuelos que recorrían en parque, acostumbrados e inmunes a la presencia de la intrusa que vigilaba sus movimientos con los pensamientos en otro lugar.

      Empezó a impacientarse por la tardanza de él, las dudas comenzaron a formar parte del paisaje que se volvió inquieto por momentos. La brisa que antes le había parecido encantadora y sutil, se le antojó ahora furiosa. Decidió despojarse de los pensamientos negativos. Se relajó y paseó los alrededores del palacete. Se regocijó fantaseando con las fiestas que habrían sido disfrutadas en otra época de esplendor, en aquel hermoso salón de baile, con su riachuelo alrededor. Estaba segura de que no existía en aquella ciudad, un paraje más romántico que el que se encontraba ante sus ojos, iluminados por un momento con las luces que imaginaba y la música de aquel vals que sonaba en su cabeza. Envidió a aquellas damas que bailaban ante sus ojos, ataviadas con aquellos vestidos de princesa de cuento y admiradas por los caballeros que tenían a su alrededor.

      La voz de un vigilante hizo que despertara de su ensimismamiento, no podía creer que cerrasen el parque y haber sufrido semejante plantón. Mientras seguía de cerca al vigilante, una mano salió de entre unos arbustos que tiró de su brazo y le tapó la boca con la otra, haciendo que se perdiesen entre los pasillos de aquel laberinto de vegetación.

      No hubiese imaginado mejor final para aquella cita. Cuando sus ojos se encontraron no hubo lugar para las palabras, creyó ser una de aquellas damas del baile que había salido a dar un paseo para tomar aire y había sido abordada por el caballero más apuesto de la fiesta, y que le robó el primer beso de aquella hermosa cita de una tarde fría de otoño. El manto de hojas acompañó ese vals que seguía sonando en sus cabezas, ajenos al cierre de ese jardín  que esa tarde fue sólo para ellos. 

Escrito para "El paisaje romántico" de la Travesía literaria

14 de junio de 2010

Tardes de siesta


      "El calor hace que las terrazas se llenen y aumente el consumo de cerveza y refrescos. Según una encuesta realizada..." Escuchaba, somnolienta en el sofá, parlotear al presentador del telediario. Me levanté a tomar un vaso de agua fresca para saciar la sed que me había transmitido a modo de publicidad subliminal. Revisé el frigorífico de arriba abajo, pero no encontré ninguna botella dentro. La cubitera estaba guardada sin agua en el congelador, así que me resigné a tomar el agua del tiempo. Al abrir el grifo, un ruido sordo y a trompicones me indicó que habían cortado el suministro. Decidí abrir la ventana, no es que fuera a saciar mi sed, pero de pronto hacía un calor excesivo y noté que sudaba.

      Abrí una botella de vino tinto, era el único líquido que encontré en la despensa, a parte del aceite de oliva y el vinagre. Engullí media botella de un trago y habría terminado con ella, si no me hubiese interrumpido el sonido del timbre de la puerta.

      Un hombre bajito y con gafas, entró sin miramientos, ni invitación alguna. Me dijo que era de la compañía del agua y que venía por una avería. Le indiqué dónde estaba la cocina y volví a tumbarme en el sofá. A los dos minutos sonó de nuevo el timbre y entró una rubia gritona, con muy mala leche, diciendo que era la vecina de abajo y que tenía una gotera en el techo. Le contesté que era imposible tal cosa, que en mi casa no había ni una gota de agua y que me moría de sed. Agarré la botella de vino y le di otro gran trago, delante de sus atónitos ojos; en ningún momento me calmó la sed, pero me producía una somnolencia muy placentera de la que no me apetecía desprenderme. Dejé al fontanero discutiendo con la rubia a todo volumen y me tumbé de nuevo a dormir.

      Volví a despertarme sudando por los cuatro costados y desorientada. Mi casa estaba ya en silencio y en la mesa había un gran vaso de agua, que bebí con avidez, casi sin respirar. Cuando cogí el mando para cambiar de canal, encontré en la pantalla al fontanero con gafas y a la vecina gritona, que discutían acalorados por no sé qué asunto de un torero y una niña en su cumpleaños.

(Inspirado en la frase de Ártico: "El calor hace que las terrazas se llenen" para El cuentacuentos)

13 de junio de 2010

Una puesta de sol


En la Travesía literaria participo en una liga titulada “Letras que forman países”. Nos han propuesto escribir sobre un país que nunca hayamos visitado, a mí me tocó escogerlo de la parte de África de este a sur. En esta primera fase de la ronda, tengo que retratar el país desde el punto de vista de alguien que lo visita por primera vez. Ahí os dejo lo que ha salido.

      Me desperté sobresaltada por un griterío formado en la calle que atravesó el silencio que habitaba en mi habitación. Me desorienté por unos instantes al abrir los ojos, aunque reconocí de inmediato dónde me encontraba al ver las maletas a los pies de la cama. No había sido un sueño, después de tantos años dándole vueltas y barajando todas las posibilidades, me había decidido a emprender aquel viaje, sin saber lo que la vida allí me depararía ni si lograría encontrarle.

      La llegada había resultado menos complicada de lo que imaginé. Quizá el haber encontrado una compañera de aventura, hacía más sencillo el enfrentarme a un nuevo mundo, un encuentro incierto con mi destino paralelo; ese que decidí no escoger y que me dejó vagando en la inercia del sentido común y del hacer lo que se debe en estos casos.

      A mi compañera de travesía la conocí en un foro de viajes. Nunca me he fiado de la red en cuanto a las relaciones sociales, pero a base de buscar información, preguntar, planificar... obtuve uno de los mayores frutos: la amistad. Ella no lleva marcado un objetivo, viaja a la aventura por el placer de disfrutar de ella. Dice que desde que vio Memorias de África, cuando era una niña, se quedó enamorada del país y que nunca ha tenido la oportunidad de viajar a Kenia por fatla de acompañante. De este modo se enlazaron nuestros caminos.

      Ayer aterrizamos en Nairobi y en el paseo en bus, desde el aeropuerto al hotel, ya pudimos disfrutar de su paisaje variopinto. Es una ciudad de grandes contrastes. Impacta ver la mezcla que dibuja sus calles, predominando el estilo colonial y salpicado con pinceladas de edificaciones ultra modernas, que le dan un aire ambiguo y cosmopolita. Sus calles son paseadas por una gran diversidad de gente, una mezcla de sociedad moderna con otra de estructura tribal.

      Ahora entiendo lo que quería decir Paul cuando le pedía que me describiese la ciudad donde vivía y me contestaba: “Es muy diferente a Madrid y en algunas cosas es parecida, pero en lo que se diferencia es lo que hace que Nairobi sea especial, y de la misma forma, en otras diferencias, lo es Madrid”. Y yo no conseguía descifrar nada de lo que decía, pensaba que era su pésimo español lo que me confundía, ya que llevaba en España sólo ocho meses.

      Cuando bajamos del autobús que nos trajo del aeropuerto, disfrutamos paseando entre los pequeños mercados formados en las calles, donde se venden todo tipo de artículos y artesanía típica de la región, sobre todo de ébano. Quizá por eso a Paul le encantaba visitar los domingos “El Rastro”, le hacía sentir un poquito como en casa; pero es tan distinto de aquello... Recuerdo cuando me contaba historias sobre sus acampadas en la sabana con los amigos del colegio  y se reía de mí inventándose que, por las mañanas, la sombra de un león acechaba su tienda y se quedaban en silencio, casi sin respirar, hasta que lo veían alejarse; y justo cuando más atenta estaba yo a la historia, me daba un susto de muerte y después me confesaba, entre risas, que había sido una broma, que no se podía acampar allí a tus anchas.

      No recuerdo cómo nos conocimos ni cuando me fijé en él, sólo sé que hubo un momento en el que la magia de sus ojos se clavó en mis entrañas y ya no volvió a salir. Apenas recuerdo su cara si no miro una foto de entonces, también he olvidado sus gestos, su voz, su risa... Han pasado ocho años desde aquella época en la que fue a Madrid a estudiar  español por un año, y cinco desde que perdimos el contacto por carta. Al principio nos escribíamos cada semana, después en ocasiones especiales, cuando teníamos algo que contarnos o simplemente cuando recordábamos aquellos tiempos. Me pidió mil veces que me fuese con él a Kenia, y mil veces mis miedos y mi razón, le contestaron que no; aunque mi corazón luchaba por lo contrario. Yo contaba con dieciocho años y estaba estudiando, la independencia aún me quedaba demasiado grande. No sé en que punto exacto de esta historia, mi corazón ganó la batalla, y es extraño, ya que ahora mismo no experimenta con la misma intensidad lo que sentía entonces; puede que sea la razón la que necesite ganar la partida a mis miedos o simplemente darle descanso a mi inquietud.

      Me impacta ver el contraste entre el centro de la ciudad de Nairobi y los alrededores; están cubiertos por plantaciones tropicales que rodean la capital, para después extenderse a las reservas naturales. Me sorprendo respirando intensamente cada partícula de oxígeno que desprende la atmósfera a modo de suspiro. Raquel dice que desde que estoy aquí me nota melancólica y algo dispersa, no le falta razón, siento como si todos estos años hubiesen sido un paréntesis en mi vida y ahora continuase caminando por ella pero desde otro punto de vista, algo parecido a lo que hace un espectador, como lo que ocurre en los sueños. Lo que más me emociona es lo que veremos hoy, ya que nos vamos de safari rumbo a Masai Mara, armadas con el equipo fotográfico.

      Hace muchos años, antes de saber siquiera que planificaría este viaje y de que se convirtiera en una búsqueda de no sé exactamente qué; alguien me describió una puesta de sol en la sabana. Me explicó que es un paisaje inolvidable, como un truco de magia que realiza la luz con la gama de colores desde el amarillo, pasando por todo tipo de anaranjados hasta llegar al rojo fuego y al negro del contraluz, formando el fondo de la sabana a modo de estampa; y que consigue que no sólo los ojos disfruten, sino que cada uno del resto de los sentidos se acaba agudizando para retener cualquier minúsculo detalle del magnífico espectáculo cromático. Tal vez mañana, desde otro punto de Kenia, nuestros ojos estén disfrutando juntos de la misma puesta de sol.


No termino con un continuará, porque los relatos de estas rondas son independientes entre si.
Pero nunca se sabe por dónde saldrá el sol.

9 de junio de 2010

Carta desde Verona

carta desde verona

      “Si algún día nos encontramos en Verona te invito a cenar”  Fue la frase que daba fin a aquella carta que encontró en el buzón.  Realmente la carta no iba dirigida a ella, pero le hacía mucha ilusión pensar que si algún día visitaba aquella ciudad donde Shakespeare situó el escenario de la historia de amor más famosa del mundo, posiblemente, un desconocido estaría dispuesto a compartir su mesa con ella en un restaurante situado en algún lugar recóndito, y ambientado por la atmósfera que desprende la ciudad. 

      No acostumbraba a fisgar en buzones ajenos, pero en esta ocasión el cartero introdujo la carta en la ranura equivocada. Y no la hubiese leído de haber estado cerrada, pero se trataba de una postal. También la habría depositado en su lugar correspondiente de haber sabido cuál era, en la dirección de destino lo único que aparecía era el nombre de la calle; así que decidió, para no dejar aquellas palabras tan bonitas perdidas en el vacío, contestar al remitente:

“Por error llegó a mi buzón esta carta, se la envío de vuelta para que la pueda reenviar” 

        Unas semanas más tarde, de nuevo en su buzón, halló otra postal de Verona que decía:
 
“No tenía a quién enviarla, pero veo que ella sabía dónde llegar, la invitación sigue en pie”

7 de junio de 2010

Mejor el móvil...

      Había convertido en batuta la cucharilla del café y con los ojos cerrados, sentada a la mesa de la cocina, siguió el compás de aquella música que sonaba en el despertador de su mesilla en la habitación, a todo volumen.

      Mientras se deleitaba con placer en el punto álgido de la melodía, sintió una presencia extraña clavada en su espalda.  Se giró lentamente y fue abriendo los ojos muy despacio, encontrándose de frente con un completo desconocido mirándola fijamente. Soltó la cucharilla del café que cayó al suelo y agarró el cuchillo de la mantequilla ¡Cómo hubiese deseado estar cortando carne en vez de desayunando, y portar un arma mejor!. Fue retrocediendo poco a poco sin perder de vista al desconocido, mientras él no le quitaba ojo al cuchillo. Cuando se vio a la altura del pasillo, corrió hasta su dormitorio y cerró el pestillo por dentro.

      Dio unas cuanta vueltas por la habitación, no sabía dónde podía esconderse ni qué hacer, si hubiese  podido pedir un deseo, habría pedido una capa para hacerse invisible como Harry Potter, pero aquello era la vida real y el tiempo trabajaba en su contra. Su enemigo hurgaba con algo metálico en el mecanismo del picaporte, a la vez que envestía la puerta con fuertes empujones. Ella gritaba preguntándole qué quería, pero él no contestaba, se limitó a seguir con la tarea de intentar abrir la puerta de su prisionera.

      La única solución que encontró, fue sacar la cabeza por la ventana y gritar pidiendo ayuda. Su habitación daba a un patio interior y por más que gritaba, nadie parecía oírla. Era como si estuviese sola en todo el edificio. Pensó en la posibilidad de descolgarse por las ventanas, agarrándose a las cuerdas del tendedero, pero desistió rápidamente a su idea ya que el miedo a caer desde un cuarto era mayor, al que le producía que su asaltante lograse abrir aquella puerta. Así que colocó todos los muebles que pudo mover, detrás de ella y siguió pidiendo auxilio.

      Dejó de escuchar ruido al otro lado. Quizás sus gritos le habían hecho huir aunque, por si acaso, mantendría la calma y no saldría del cuarto. Mientras esperaba pensó que hubiese sido mejor idea coger el teléfono móvil de la mesa, que el cuchillo de la mantequilla, fue una reacción instintiva y poco racional.

      Cuando había pasado una hora, decidió salir de la habitación. Estaba temblando de miedo y le costó decidirse a girar el pomo de la puerta, pero ya no aguantaba ni un minuto más aquel encierro. El pasillo estaba silencioso y todo parecía estar en orden.
Hizo un recorrido visual desde el punto del pasillo donde se comunicaban todas las puertas de las distintas estancias, y mientras reparaba en el sofá colocado delante de la terraza del salón, le pareció haber visto un ligero movimiento en la cortina. Con el corazón encogido y sin decidirse a avanzar a la terraza o salir corriendo por la puerta de la calle, se acercó a la cocina para coger su teléfono móvil, y justo cuando lo tenía en la mano, este comenzó a sonar. Una voz que conocía perfectamente, al otro lado del teléfono, se puso a gritar en tono musical ¡Inocente, inocente...! A la vez que su presunto asaltante y un cámara de televisión, se acercaban a ella con la mejor de sus sonrisas y un ramo de flores.

      El teléfono móvil no terminó bien parado, o más bien lo paró la cabeza del actor del programa. Finalmente acabó siendo mejor arma que el cuchillo de la mantequilla.

(Inspirado en la frase de Asiria: "Había convertido en batuta la cucharilla del café" para El cuentacuentos)

3 de junio de 2010

Mujer joven busca...

MUJER JOVEN BUSCA: Al hombre de su vida para cambio de rumbo. Rubia, ojos azules, ni gorda ni delgada, apariencia normal, divertida.


      Al ver este anuncio imaginé a la mujer de mis sueños. Un bombón de ojos azules y tez delicada. Es lo que tiene la imaginación, que va sin límites.

      Llamé al teléfono del anuncio para concertar una cita y quedé con ella en una cafetería. Cuando entró con la flor en la mano,  tiré la mía debajo de la mesa y me dirigí al servicio. Mi imaginación me la había jugado, pues no era lo que esperaba. Era rubia, los ojos podían ser azules, estatura media; no estaba gorda, pero delgada tampoco, y por la edad podía ser perfectamente mi madre.

      Cuando salí del baño, vi que había ocupado mi sitio, me acerqué a la barra para pagar la cuenta y salir corriendo. El camarero me hizo un gesto como si hubiese descubierto que ella era mi acompañante. Pagué también lo de ella y salí sin mirar atrás.

      Al salir a la calle, una bofetada de frío me hizo saber que me había dejado la bufanda dentro. Seguí caminando, aunque me sentí como un colegial por aquella reacción absurda. El hecho de que fuese mayor, no era razón para no compartir un café juntos, entendería al verme que había habido un mal entendido. Volví corriendo y al mirar la mesa donde habíamos intercalado momentos, otros la ocupaban. El camarero al reconocerme, me llamó y me devolvió la bufanda con una nota:

      “Gracias por la invitación. Siento no haber sido la persona que esperabas, ella no pudo venir y para no dejarte plantado me envió en su lugar. Tu comportamiento ha revelado que no eres quien ella busca, es una pena, te habría encantado mi hija”




2 de junio de 2010

Estilismos varios...

      En muchas ocasiones nos obsesionamos por ir vestidos a la moda o más bien, por no ir pasados de ella para no dar el cante. Aunque en los tiempos en en los que vivimos, en que todo vale, más se da el cante por lo primero que por lo segundo; o quizá por salirse de los límites que marcan las tendencias y ser el más original o el primero en llevarlo.

      De esta forma hemos pasado por criticar lo que nos ha parecido estrafalario, para unos meses más tarde, sucumbir a sus encantos y pasear alegremente por las calles con eso mismo puesto. ¿Qué yo dije qué? Nos sorprendemos diciendo. Son cosas del ajuste visual frente a la moda.

      Aunque hay que reconocer, que de la moda que sale a la calle (en las pasarelas ni me meto, pues imagino que la mayoría de los modelitos calificados por mí como “imposibles de salir a  la calle”, son más bien la fantasía o el arte creado por los diseñadores para hacer el espectáculo que  se espera de ellos, que para vestir  fuera de ellas o de las alfombras rojas de los famosos) en algunos casos, más que llevar ropa cómoda, casual, urbana o como quiera llamarse; se trata de ir vestido en plan “Misión imposible” (Véase el caso de estos enlaces aletas con tacón y los zapatos con tacones imposibles)

      Las hombreras, decían que se iban a empezar a llevar de nuevo ¿Estáis seguros? Porque yo fui de la generación en la que no podíamos vivir sin ellas, por poco no me tienen que llevar a un centro de desintoxicación de hombreras, sólo me faltó ponerlas en el pijama para dormir o el biquini... Las tuve de todos los tamaños, colores y texturas. Cuanto más parecida ibas a un jugador de rugby, más molona te sentías. Y si encontrabas unas de ese tamaño, esas ya formaban parte de tu piel, pues usabas las mismas con todas las prendas ¡El sujetador en aquella época sí que era versátil! Te sujetaba lo mismo que ahora, y además las hombreras. ¿Y qué beneficios nos trajeron las hombreras? Pues que cuando se pasó la moda, fue muy duro volver a aceptar a tus hombros reales y pequeños.

      El caso de los pantalones que se llevan a la altura de la mitad del calzoncillo... eso es una situación, cuando menos, arriesgada. De hecho, cuando camino detrás de alguno vestido así, siempre voy pendiente, como esperando, que en algún  momento se le va a quedar el pantalón caído en los tobillos, y no es porque tenga ningún interés especial en ver algo nuevo , además de lo que ya me va enseñando, es más bien por curiosear su reacción al quedarse en calzoncillos.

     O como nosotras, con los vaqueros de talle bajo, que nos sentamos en cualquier terracita y, al menos en mi caso, si veo que el respaldo de la silla es opaco y sin hueco, reposo el trasero tranquila de saber que no estoy enseñando mis vergüenzas a los de la mesa de detrás; y si lo tiene, tengo que estar pendiente de estirarme la camiseta al máximo y  quedarme tiesa como una vela, para que todo se quede guardado en su sitio, cosa que nunca ocurre...

      … ¡¡Que síiiii!! que ya sé que a muchas no les supone un problema y lejos de suponerles, eligen el tanga más fashion que encuentran en el armario para lucirlo...

      … Y el tanga para mí... es otra de esas prendas de sólo usar en casos excepcionales de no ir marcando braga... Aún no entiendo a las que opinan que es comodísimo y lo usan a todas horas, ni a los que dicen que es la prenda más sexy... ¿Sexy?... Si te arreglan el culo con photoshop no te digo que no lo sea, pero ¿Cómodo?.. que se mete por el culo ¿recuerdas?...

En fin, para gustos los colores.

1 de junio de 2010

Consciencia (Cap. II)


Leer primero: Consciencia (Cap. I) enlace


      Nadie creyó su versión de los hechos. Por más que insistió a la policía, no hicieron caso a su explicación absurda de que le mató ver la foto de una niña mirando a su objetivo.

      Tardó en recuperarse de aquel incidente. Se sentía culpable de lo que le había sucedido a su tío y no sabía cómo afrontar la situación; si dejarlo estar o seguir indagando en aquella iglesia, donde no había vuelto a poner un pie desde el día de aquellas comuniones.

      Cuando tuvo aquella visión en las fotos, corrió al hospital donde se encontraba su tío en recuperación, para saber si había vivido este, una experiencia similar. Su tío, muy tranquilo e incluso riendo por la historia tan peculiar que le contaba el sobrino, le contestó que no le había ocurrido nada parecido, que si no sería producto de tantas películas de ciencia ficción que se tragaba en el cine. Pero cuando le enseño la fotografía de la niña del vestido rosa, su rostro adquirió una expresión de pánico absoluto, con un tono lívido en la piel que le llevó a sufrir un paro cardíaco. En aquel momento comprendió, que aquella imagen tenía algo que ver con su tío, pero no entendía cual podía ser su relación.

      Habían pasado ya seis meses desde su muerte, y era el tiempo que llevaba él sin trabajar. Le habían ofrecido el puesto de su tío en la iglesia, pero de ese sitio no quería ni oír hablar. Malvivía con sus ahorros en la casa de sus padres, sabía que aquella situación no le permitiría seguir adelante, y que debería buscar un nuevo trabajo que le reportase más beneficios que la fotografía. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto o paseando por la ciudad.

      Era una tarde fría aquel uno de noviembre. El espíritu de Halloween importado de las películas americanas, se respiraba por toda la ciudad, que se había vuelto anaranjada por las versiones de calabaza que se iba encontrando a su paso; si no eran caretas, eran improvisadas lámparas o cubitos para recolectar caramelos. ¡Truco o trato! Se escuchaba a los niños, cuando se abrían las puertas del vecindario.

      Cuando vio su figura esbelta, repartiendo caramelos entre los niños, no pudo evitar que el vello se le pusiese de punta. Esta vez vestía un jersey gris de punto, unos vaqueros y el pelo suelto; pero su cara... esas facciones huesudas y pálidas que se grabaron a fuego en su mente ¡Tenía que ser ella! Pensó, paralizado por la impresión del momento.

      Se acercó, haciendo acopio de valor, hasta donde estaban los niños, haciéndose pasar por el padre de alguno de ellos. En la corta distancia que les separaba, el rostro de la mujer adquirió una belleza que fue imperceptible de lejos. Le miró sonriendo y le ofreció caramelos. Los niños ya habían corrido con el botín a llamar a otra puerta. Él se quedó mudo, mirándola, no sabía qué hacer ni qué decir, pero sentía que debía hacer algo. Ella, con una naturalidad pasmosa, le invitó a entrar en su casa. No pudo resistirse a hacerlo, no sabía lo que aquello le depararía, pero cuando la mujer del rostro enjuto cerró la puerta a su espalda y ya se encontraban dentro, fue consciente de que su decisión ya no tenía marcha atrás.

                                                                                                      ... Continuará.