30 de abril de 2010

Sólo una cita



      ―Alba, tengo una cita y aprovecho para escaparme un poco antes. Cualquier cosa me llamas ―le comunicó Julia a su compañera, mientras se ponía la chaqueta vaquera y se colgaba el bolso.
      ―¿Una cita? ¿Con quién? ―le preguntó Alba entusiasmada.
      ―Con un chico que conocí por Internet, en un foro de mascotas ―respondió, ordenando los papeles de su mesa.
      ―¿Y qué hacías tú en un foro de mascotas, si no te gustan los animales?
      ―Pues si te digo la verdad, no lo sé. Buscaba información sobre “cómo construir tu propia casita de muñecas”. El buscador me dio un montón de opciones: “cómo construir una casita de madera”, otro sobre “construir una casita con recortes de muebles viejos” y cuando me quise dar cuenta, estaba metida en “cómo fabricarle una casita original a tu perro”. Y allí estaba Jaime, mi cita.
      ―No si original... sí que es, no te voy a decir que no...
     ―Lo siento Alba, pero no me puedo quedar charlando, tengo que coger el metro hasta Gran Vía y no quiero llegar tarde.

      Cuando llegó a la estación de metro acordada y salió en dirección a la calle, se encontró a Jaime sentado en el último escalón de la salida.

      ―Hola, soy Julia, ¿eres Jaime?
      ―¡Hola Julia, encantado de conocerte!
    ―Pensé que no te iba a reconocer, en la foto que me enviaste estabas tan lejos... Ya me podías haber enviado una en primer plano, como yo hice.
      ―¡Eres muy guapa, Julia!
      ―¿Quieres que nos tomemos algo? ―preguntó Julia sonrojada―. Hay una heladería en Sol que me encanta.
      ―Vale, buena idea. Si me invitas... no llevo dinero.
      ―Sí, claro, no hay problema, yo te invito.

      Julia le observó extrañada. Era la primera vez que quedaba con un chico, y era ella la que pagaba.

      ―Sí que están buenos estos helados, nunca los había probado ―le explicó él, sin levantar la vista de su tarrina.
     ―¿Y qué tal tu perro? ―le preguntó Julia, más por sacar tema de conversación que por verdadero interés hacia el animal.
      ―Muy bien. ¿Y el tuyo?
      ―Yo no tengo, ¿recuerdas? Entré en el foro de casualidad ―le contestó Julia, un poco irritada.
      ―¿Puedo dormir en tu casa?
      ―Pero ¿qué dices?¿Estás loco? ―le contestó Julia, malhumorada.
      ―Es que no tengo dónde ir y no quiero volver con ellos, volverán a llevarme a ese sitio.
      ―¿Quienes son ellos? ¿De qué me estás hablando?
      ―Mi familia. No quieren que viva con ellos.
      ―¿Pero tú dónde vives? ―le preguntó Julia, cada vez más desconcertada.
      ―Vivo en la casa blanca, la de las verjas verdes. Pero no me gusta, no me tratan bien, yo quiero vivir contigo y comer helados de estos cada día.
      ―Jaime, me estás asustando.
      ―No te asustes, yo no soy malo. Son ellos que dicen que estoy loco.
      ―¿Y ellos quienes son?
      ―Pues todos, ese que está ahí sentado en esa mesa, ¿no le oyes?... Y el que habla por la tele y me señala con el dedo... Y el camarero. Mira ha cogido el teléfono, está llamando a la casa blanca. Quieren encerrarme, ¿no lo entiendes?

      Julia salió corriendo de la heladería. No sentía los pies. El corazón le latía a mil pulsaciones por minuto y le faltaba el aire. Se había dejado el bolso colgado del respaldo de la silla, pero no quería volver. Estaba demasiado asustada y sólo pensaba en escapar. Cuando llegó a la parada de metro y bajaba las escaleras corriendo, sintió unos pasos tras ella. Se acercó a la ventanilla de la taquilla y gritó pidiendo ayuda. Un chico joven que venía tras ella la cogió por los hombros y le dio la vuelta para que le mirara.
      ―Julia ¿estás bien? ¿Qué te ocurre?
      Ella le miró fijamente, su cara le resultó familiar.
      ―Julia, soy yo Jaime. ¿Qué te pasa?
      ―¡Eres Jaime!
     ―Te reconocí en seguida por la foto. Siento haber llegado tan tarde, debimos darnos los teléfonos. Ya me marchaba.
      ―Pero yo... le confundí contigo.

      Un hombre con delantal de camarero y la frente sudando a chorro por la carrera, se acercó hasta donde estaban ellos.

     ―Señorita, su bolso, se lo dejó colgado de la silla. Llevo corriendo detrás de usted desde que salió, pero me ha resultado muy difícil alcanzarla.
      ―¿Y el chico que estaba conmigo?
     ―¿Jesús? Es un buen muchacho, es del barrio de toda la vida. Está mal de la azotea, pero es inofensivo. Sigue un tratamiento psiquiátrico y por lo visto le va muy bien. Su familia son clientes nuestros desde que abrimos. Se quedó muy afectado con tu huida; fue él quien me entregó tu bolso, no quería volver a asustarte.

24 de abril de 2010

Cayendo




Se perdió el fin del mundo, su mundo,
decidió cerrar sus puertas
y no mirar hacia atrás.
Atrás quedaron sus sueños,
metidos en las maletas,
con las que no viajará más.
Mas no quiso contemplar sus recuerdos,
había perdido el rumbo,
ya no sabía continuar.
Continuar dormido o despierto,
le producía un desasosiego
difícil de soportar.
Soportar la soledad siniestra,
la pérdida no le dio tregua,
le hizo confundir la realidad.
La realidad le dio la espalda
y naufragando en sus esperanzas
decidió no darse una oportunidad.

(Inspirado en la frase de Drusylla: "Se perdió el fin del mundo" para El cuentacuentos)

23 de abril de 2010

La chica del paraguas rojo



       La chica del paraguas rojo
no podía imaginarse lo que le esperaba a la vuelta de la esquina. De haberlo sabido se habría dado media vuelta y tomado otro camino hacia su casa. O se hubiera detenido a probarse ese precioso vestido azul que había visto en el escaparate de la tienda contigua a su trabajo. También podría haber tomado el café que con tanta insistencia Julio, el mensajero de la oficina, llevaba toda la semana intentando invitarla y que ella, con su natural y tímida sonrisa, tantas veces le había rechazado. O bien podría haber ido a recoger el libro que tenía encargado en la librería de la acera de enfrente y echar un vistazo sobre el mostrador de las novedades. Pero decidió seguir el habitual camino de regreso a casa. Estaba cansada, había sido una dura jornada de trabajo y una larga semana. Quería aprovechar, ya que había salido tan pronto, los vestigios de luz que a aquella tarde de otoño aún le quedaban, para pasear bajo la fina lluvia. Por fin era viernes, y el abrigo de su viejo sofá, del café recién hecho, de su pijama de franela y de su libro sobre la mesa; le aportaban a su retorno el mayor de los placeres para disfrutar de una bonita tarde de tormenta entre sus cuatro paredes. Ensimismada en el regocijo de su magnifico plan, la chica del paraguas rojo dio la vuelta a la esquina y allí, sin tener tiempo siquiera para cubrirse el rostro tras su paraguas, se encontró sin remedio con el final de su agradable propósito. Su jefe, agradecido con su casual y afortunado encuentro, organizó para ella otro plan alternativo y menos atractivo que su tarde de lluvia otoñal.

(Inspirado en la frase de Sara: "La chica del paraguas rojo" para El cuentacuentos)

19 de abril de 2010

El iris



      Cuando se miró al espejo notó una presencia extraña. Todo parecía estar en su sitio, pero se sentía de otro modo, como si su cuerpo fuese un traje que llevase puesto. Probó a escurrirse y se dejó caer. Después miró hacia arriba, allí seguía su cuerpo, delante del lavabo. Se levantó y se puso a su altura, quería ver aquella imagen duplicada en el espejo. Cuando consiguió mantenerse erguido, la salida de su cuerpo le había agotado sus fuerzas, una cara con mirada inquisitiva de un verde intenso, le observaba a través del espejo. Eran como dos gotas de agua, excepto el iris, que en su caso era marrón tirando a negro.

      No habían dicho ni una palabra, cuando entró en el baño Elena, su mujer, que al ver la desconcertante escena cayó al suelo desmayada. Cuando recuperó el conocimiento y preguntó quién era su marido, hubo un yo unánime por respuesta.

      La mujer se zafó de ellos, asustada, cogió el teléfono móvil de la mesa y se encerró en el baño de la entrada. Marcó el número de la policía, pero las líneas estaban colapsadas. Ella no lo sabía, pero en todas las cadenas de televisión, se emitía un comunicado: Una especie de virus desconocido estaba mutando a la población.

      Fuera, en el pasillo de su casa, Elena escuchaba un forcejeo. Un golpe seco y el sonido de cristales rotos cayendo, sentenció el final de la pelea.

      ―Abre cariño, ya pasó todo.
      ―¿Cómo sé que eres tú?
      ―¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estabas preciosa con tus dos coletas y te sentaste a mi lado, al final de la clase, nadie quería compartir el sitio con el nuevo.

      Ella abrió la puerta, sus brazos se colgaron del cuello de él en un abrazo y sus ojos observaron el brillo verde de su desconocida mirada. Se desvaneció y observó, mientras permanecía en el suelo, que su cuerpo seguía abrazándolo.

14 de abril de 2010

En el probador...



      Mientras se observa en el espejo del probador, piensa que esa talla corresponde exactamente con la suya. Es la primera vez que se pone un tanga de encaje negro, con su picardías a juego. Observar su cuerpo desnudo a través de ese tejido tan transparente, le proporciona una sensación de reservado placer. Cuando termina de probarse el mencionado conjunto, vuelve a vestirse con su ropa. En un ramalazo de pura atracción, tiene la efímera tentación de coger las minúsculas prendas y guardarlas en un bolsillo de su chaqueta. Presa del pánico que le produce la idea de que un pequeño hilo o etiqueta del sistema de alarma delate su tentativa de hurto, decide dejar el conjunto perfectamente colgado de su percha dentro del probador.

      Al abrir la cortina, se topa con la cara de un chico joven que lleva varias prendas en la mano, y cuyos ojos miran fijamente el conjunto colgado a su espalda.

      ―Eso... Eeeeeeso ya estaba ahí cuando llegué ―le comunica al joven, ajustándose el nudo de la corbata.

12 de abril de 2010

Donde mueren las mariposas



      Permanecía sentada al lado de su cama desde hacía más de una semana. A menudo le hablaba y le contaba momentos de su vida juntos. Otros, simplemente callaba y le observaba, escuchando el leve ruido del respirador y el monitor. Esos sonidos eran como una especie de cantinela, un murmullo de su interior. Al principio ese rumor la atormentaba. Era el sonido del sufrimiento, del dolor. El recuerdo del momento que, por un descuido que tuvo el conductor del coche que le adelantaba, hizo que el de Rubén saliese despedido de la calzada. Era el sonido de la soledad y el desamparo; pero también de la permanencia y de la esperanza.

      Recuerdo una vez, cuando era pequeña, que llegó a casa con una caja de zapatos llena de gusanos de seda. Eran minúsculos y raquíticos. Todos los días se iba en busca de hojas de morera, con su caja a cuestas. Allí donde iba ella, se llevaba sus gusanos. Los sacaba de la caja, se los ponía en la mano, los colocaba en fila... Alguna vez la encontré con el brazo lleno de gusanos. «¡Son pulseras vivientes, mamá, mira!», me decía.

      Poco a poco, cada gusano fue haciendo su capullo. Le expliqué que de ahí se sacaba la seda, y ella se quedó maravillada. Dijo que eran los animalillos más fantásticos del mundo. No le conté que cuando se abriera el capullo, el gusano se habría convertido en mariposa, quise mantener la emoción para que se llevase una grata sorpresa.

      El día que abrió la caja y se encontró tres mariposas revoloteando, tiró la caja por los aires y se puso a gritar como una loca. Por más que lo intenté, no supe cómo consolarla. Me sentí culpable por no haberla advertido, olvidé que quizá era demasiado pequeña. Dijo que odiaba a las mariposas, que eran insectos asquerosos con alas y se habían comido a sus gusanos. Más tarde comprendería la verdad, y nos reiríamos millones de veces recordando esta historia.

      Siendo ya una adolescente, observé que todavía les guardaba rencor a las mariposas. Nunca lo admitía, pero era acercarse una, por muy blanca y bonita que fuese, y Marta salía despavorida como si de una avispa se tratase.

      Tenía diecisiete años cuando llegó a casa un día, muy eufórica, y me contó que miles de mariposas revoloteaban en su estómago. Rubén, un chico de su clase, era el dueño de todas ellas. El día que Marta le contó a Rubén su efímera historia con los gusanos de seda y su atropellado encuentro con las mariposas, éste, no pudo parar de reír. Al día siguiente, Marta se presentó en casa con una mariposa de papel en la mano, que él le había fabricado. No dejaba de observarla, embobada, parecía como si creyese que en cualquier momento echaría a volar. Quizá ya lo hacía por dentro, en su corazón.

      Durante todos estos años, Rubén le ha ido regalando mariposas de papel, casi me atrevería a decir que una por mes, de todos los colores, tamaños y texturas. Más de cincuenta mariposas que ahora reposaban en una caja, en una habitación de hospital, sobre su regazo; esperando a que él despierte y poder retomar su vuelo.

      Yo no me atrevía a romper ese silencio, me limitaba a permanecer a su lado, callada. Hay dolores del alma que ni siquiera una madre puede calmar. La mía, discordando con la suya, rebosaba de felicidad. Hubiese querido no sentirme así y compartir más parte de su sufrimiento, pero en mi corazón prevalecía la dicha de no haberla perdido, de que ese trágico día el destino hubiese tenido otros planes para ella y decidiera no subirla en el coche de Rubén.

      El día que él despertó, ella se había quedado dormida sentada a su lado, como siempre, con su caja de mariposas en el regazo. Fue la madre de Rubén quien se dio cuenta; nos abrazamos, lloramos, gritamos, llamamos a las enfermeras. Rubén nos observaba como hipnotizado, asustado. Los médicos desalojaron la habitación, querían hacerle un examen.

      Quiso el destino ese día, romperle el alma a Marta en mil pedazos. Nunca la había visto tan desolada, ni siquiera cuando le dijeron que había entrado en coma; ahí, al menos, le quedaban esperanzas. Cuando los médicos nos comunicaron el parte, Marta no pudo más, se acercó a Rubén que la miraba fijamente, le dio un beso en los labios, puso la caja en la cama, a su lado, sacó la primera mariposa que le regaló, y posándola en su mano le dijo: «Algún día, a pesar de lo que dicen los médicos, puede que vuelvas a sentir sus alas en tu corazón»

      Al salir del hospital, compró un ramo de flores y me pidió que la llevara al lugar del accidente. Le dije que eso no estaba bien, que Rubén no había muerto, tan sólo habían muerto sus recuerdos. «No son para Rubén, mamá, son para las mariposas»

      Ironías de la vida, cuando nos bajamos del coche y nos acercábamos al sitio del accidente, mientras yo observaba algunos restos de cristales que se habían quedado olvidados en el suelo, Marta observaba el ramo de flores que llevaba abrazado, con mucha atención. Una mariposa blanca se había posado en una de ellas. Esta vez no se asustó. No gritó. Esta vez sonrió, la contempló y lloró. Quiso el destino, tal vez, devolverle la esperanza.

7 de abril de 2010

En memoria...


Hace más de seis años se fue una de las personas más importantes de mi vida. Recuerdo su cara con sus arrugas, vestigio del paso del tiempo; sus gestos tranquilos y serenos; su voz siempre amable y cariñosa; sus paseos con mi mano cogida; sus tirones en mi pelo con el peine; sus guisos, con el sabor de toda la vida; sus besos. Forman parte de mi pasado, de mi niñez, de mi historia.

Mil veces he tratado de evocar aquellos momentos lejanos, para revivirlos y disfrutarlos como entonces. Que mi memoria me obsequiase con un presente, como si volviese de un largo viaje o como si fuese Navidad. Pero mi mente a veces se vuelve perezosa y difusa, y no me deja rememorarlo con pulcra nitidez.

Hace un año siguió sus pasos su compañero, su alma gemela, su mejor amigo. Él pudo compartir más momentos, conocer a sus bisnietos, abrazarles, pasear con ellos de la mano, besarles. Ahora vuelve a mi cabeza otro pedazo de mi historia que se mezcla con la antigua hasta conseguir una fusión, donde mis dos seres tan queridos comparten sus reliquias y disfrutan de su conmemoración.


5 de abril de 2010

Consciencia (Cap. I)

      La primera vez que fue consciente de su presencia, estaba situada delante del objetivo de su cámara.

      Los niños de la primera comunión hacían su entrada por la puerta de la iglesia. Miguel estaba valorando el campo visual para ajustar la profundidad de campo, en el punto exacto donde los niños avanzarían en procesión por el pasillo central de la iglesia, camino de los bancos laterales, dispuestos a ambos lados del altar. De esta forma conseguiría una panorámica general del recorrido.

      Se había colocado delante de una columna, justo al lado de la sacristía. Delante, desplazada hacia la izquierda, había otra columna y pegado a ella un lampadario con casi todas las velitas encendidas, excepto dos o tres que en breve serían encendidas por la mujer que se interpondría en su objetivo.

      Pensó que sería una buena idea, aprovechar el encuadre con parte del lampadario con las velas encendidas en primer plano, algo desenfocado para así dar todo el protagonismo a la procesión de los nuevos comulgantes.

      La mujer, en cuya presencia no habría reparado, de no haber ocupado un lugar en su punto de enfoque, vestía una camisa blanca, una falda de tubo que le quedaba por debajo de la rodilla, azul marino y unos zapatos de tipo salón del mismo color de la falda. Tenía el pelo negro, agarrado a la nuca con un escueto moño. Su cara delgada, tirando a huesuda, con los ojos oscuros y un poco hundidos, conferían al conjunto una apariencia fría e impersonal.

      Cuando los niños llegaron al punto de enfoque marcado por sus hipótesis, el motor de su cámara realizó una ráfaga de disparos seguidos. Fue en ese preciso instante cuando el fotógrafo tomó consciencia de ella. El perfil izquierdo de una intrusa había invadido su campo visual. Le hizo un gesto con la mano para que se apartase, retirando su ojo del visor de la cámara. La mujer le miró fijamente mientras, de un soplo, apagaba la cerilla. Cuando volvió a mirar a través de su objetivo, la mujer ya se había marchado.

      La segunda vez que fue consciente de su presencia, ella no estaba. Fue entonces cuando esa consciencia se apoderó de él.

      Llegó a casa reventado. Llevaba un mes trabajando para la iglesia, sustituyendo a su tío que había tenido un accidente de moto, y con la llegada del mes de mayo, los fines de semana, se le acumulaba el trabajo con las comuniones por la mañana y las bodas por la tarde.

      Sacó la tarjeta de memoria de la cámara y la introdujo en la CPU, para hacer la selección de las mejores fotografías. No fue hasta la tercera clasificación, cuando se dio cuenta de que algo no estaba en su sitio. Al observar los primeros disparos de la procesión de los niños, donde debía aparecer el perfil de la mujer que encendía las velas, esta, no aparecía. Sin embargo reparó en que una de las niñas de la procesión, con el pelo largo y suelto, en vez de mirar al frente, como todos los demás niños, lo estaba mirando a él fijamente. Su mirada era profunda e infinita. Estuvo varios minutos observándola, tenía algo diferente, aparte de su vestido que no era blanco, como los demás, era de un tono rosa pálido. Daba la impresión de estar como perdida o fuera de lugar. Intentó aumentar el tamaño de la imagen ayudado por el zoom, para observarla con más detalle, pero su rostro parecía estar desenfocado, al contrario de los otros que revelaban una absoluta nitidez.

      Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al comprobar que ni la mujer de las velas, ni la niña del vestido rosa, aparecían en el resto de las fotografías.

Continuará...