18 de marzo de 2010

¡Salta!


      Cuando la inspectora Montilla entró en la casa, fue abordada por su compañero Gómez, quién se adelantó a presentarle las primeras impresiones del caso.

      –Ha habido un asesinato. Una mujer joven, llamada Laura Reus, que vivía a aquí con su hijo, ha fallecido por asfixia.
      –¿Y el hijo? –preguntó la inspectora Montilla con impaciencia.
      –Desconocemos su paradero. Hemos registrado toda la casa y no lo hemos encontrado. Se lo habrán llevado los que han matado a su madre, para no dejar testigos. El móvil ha sido el robo.  Hemos hecho un pequeño inventario y faltan cosas como los pequeños equipos audiovisuales, incluido un ordenador portátil; hemos encontrado esta funda vacía. Y el joyero también está vacío.
      –¿Y el marido?
     –Estaban separados. La vecina de enfrente asegura que la mujer sufría malos tratos, y aunque hemos comprobado que la víctima no había realizado ninguna denuncia, el vecino de arriba nos ha contado que una vez tuvo que separarlos. Esa fue la última vez que vio al marido. Y aunque intentó convencerla para que lo denunciase, ella no quiso hacerlo.

      –¿Se sabe el paradero del marido?
      –Es un feriante que vino de los países del este. Según la vecina, le echaron de la feria por estafa y se puso a trabajar en un circo ambulante. No sabemos el nombre de él, no estaban casados. Tampoco sabemos si era el padre del niño, en el registro civil el niño aparece con los apellidos de la madre.
      –¿Hay alguna certeza de que el niño se encontrase en casa en el momento del crimen?
     –La vecina nos ha confirmado que en la tarde de ayer la madre entró en su casa con el niño. Llevaba una mochila azul, supone que vendría del colegio. Y ya no volvió a escuchar la puerta. Ni para salir, ni para entrar nadie. Se despertó a las 3h de la madrugada con un ruido muy fuerte, como de caer algo. Y después escuchó un grito que decía: ¡Salta, salta por la ventana! Se quedó adormilada, toma pastillas para el insomnio y pensó que estaba soñando. Pero cuando recapacitó, llamó a la comisaría, sin saber muy bien si lo había escuchado. Cuando hemos llegado, a las tres y media exactamente, esto es lo que nos hemos encontrado.
      –¿Has fotografiado todo?
      –Sí, incluso el cuarto del niño.
      –Acompáñame, hay algo que no me queda claro.
     –Esto nos confirma que el niño estaba en su cuarto. La puerta tiene un pequeño cerrojo y debía de estar cerrado porque el asesino la abrió de una patada, mira esta abolladura; y una parte del cerrojo está arrancada del marco, la hemos encontrado en el suelo tirada. Pudo haber saltado por la ventana, es un primer piso, y además coincidiría con lo que escuchó la vecina de enfrente.
      –Pero la ventana está cerrada, y es abatible. ¿Vosotros la habéis cerrado?
      –No, nosotros no hemos tocado nada.
     –No es muy probable que el asesino entrara, se asomase por la ventana para ver dónde había caído el niño, y después la cerrara. No es imposible, pero es poco probable. Y si hubiese estado abierta, habría dado por hecho que el niño escapó y saldría corriendo a buscarlo, no se pone a vaciar los armarios.
      La habitación no tenía más de quince metros cuadrados. Había una cama de ochenta centímetros, un armario de madera azul turquesa, que había sido vaciado por el asesino, la ropa estaba caída en el suelo. A los pies de la cama había un baúl pintado a mano, del mismo color del armario, y terciopelo negro forrando el interior; una mesita pequeña con una silla y, encima de esta, colgaba una estantería de pared con cuentos.
      –Entonces, ¿se ha llevado al niño?
      –Esto me parece aún menos probable. Si no tuvo escrúpulos para cargarse a la madre, ¿por qué los tuvo para matar al hijo?
      –¡A no ser que sea su padre! –dijeron los dos al unísono
      –¡Vamos, deprisa, hay que buscar al padre!

      Se pasaron toda la mañana en la comisaría, revisando la información. Era muy extraño, porque parecían dos personas muy solitarias. Los padres de ella habían fallecido. No tenía tíos ni hermanos. En el colegio le dijeron que jamás habían visto al padre. La madre era la que todos los años rellenaba la matrícula, y decía que no dejaba el teléfono del padre porque no hablaba muy bien español y estaba casi siempre viajando con el circo ambulante. Llevaba un año separada, eso lo sabía, en una tutoría solicitada por la profesora para comentarle un cambio en la actitud del niño, le comentó que la separación le había afectado muchísimo; ellos estaban muy unidos, y el niño admiraba a su padre.
      –Gómez, volvamos a la casa. La vecina nos ha avisado de que ha vuelto a escuchar ruidos.

      Cuando llegaron, se encontraron la puerta entreabierta. Un ruido de unos pequeños golpes o martilleo, procedía de la habitación del niño.
      –¡Quieto, no se mueva! Mantenga las manos donde podamos verlas y levántese.
      Un hombre, moreno, con nariz aguileña y cara de huraño, se encontraba en el suelo a cuatro patas, golpeando con los nudillos las tablillas del parquet.

      Ya teníamos al asesino, pero en el asunto aún quedaba una parte sin resolver. Confesó que entró en la casa para robar, pero no esperaba encontrarse a los habitantes despiertos. Entró escalando la terraza de la cocina, que daba a un callejón trasero. Llevaba una mochila de acampada y la llenó con todo lo que se encontró en el salón de valor: un móvil, un portátil, un DVD, un video juego, algunos adornos de plata, un pequeño cuadro que le pareció antiguo. Cuando entró en el cuarto de la mujer para sedarla y robar las joyas, esta se levantó y le golpeó, con poca fortuna, porque la agarró y para hacerla callar le tapó con una almohada la cara. Después cruzó el pasillo y abrió la puerta del niño de una patada. Pero allí no se encontraba. Vació el armario, abrió el baúl, movió la cama, era como si se le hubiese tragado la tierra. Decidió coger su mochila y marcharse, por miedo a que los gritos de la mujer hubiesen alertado a alguien. Encima de la mesa había unas llaves y se las llevó para entrar más tarde, si no se daba la voz de alarma. Acudió por la mañana, haciéndose pasar por un vecino curioso, y la vecina de enfrente le puso al día del suceso, y de que el niño no había salido del cuarto. Así que decidió entrar para buscar una trampilla secreta en el suelo, o alguna pista que le llevara a encontrar al niño antes que ellos.
      –Inspectora Montilla, tenemos que volver a la casa; la vecina de enfrente ha vuelto a escuchar ruidos.

      Esta vez, la puerta estaba cerrada, tuvieron que hacer uso de la llave. Entraron sigilosamente y todo estaba en perfecto estado; no orden, porque la casa seguía como el día anterior. Revisaron cada rincón y todo estaba igual. Decidieron marcharse. Cuando bajaban por la escalera, Montilla paró en seco.
      –¡Había orina en el wáter!
      –¿Y eso qué importancia tiene? Puede haber sido cualquiera, incluso la madre o el niño antes de acostarse.
      –Sí, pero no olía mal. Y una orina que lleva 24 horas estancada, desprende olor.
      Subieron y abrieron a toda prisa. Esta vez escucharon un ruido en la habitación. Pero no había nadie. Sin embargo, había unas miguitas en el fondo negro del baúl.
      –¡Lo tengo! –dijo la inspectora, mientras levantaba un compartimento que hacía de doble fondo del baúl.
      Allí, acurrucado y asustado, estaba el niño. Les contó que su padre le prometió que volvería algún día a buscarlo. Que cuando tuviese miedo se escondiese en este baúl que le regaló un mago del circo, era mágico y le haría desaparecer. Siempre se escondía allí cuando jugaban al escondite y su madre nunca lograba encontrarlo.

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