22 de marzo de 2010

Falsas apariencias



      Hay cosas que nos cuesta reconocer abiertamente. En unos casos damos un rodeo para eludir el tema, en otros nos justificamos o nos apoyamos en quienes actúan de la misma forma, y hay veces en que directamente, lo negamos y nos quedamos tan anchos. A quién no le ha pasado siendo adolescente, pasarse una semana hablando a tu mejor amiga de Fulanito: «Fulanito dice. Fulanito dijo. Fulanito va. Fulanito viene. Mira, ahí está Fulanito».... Y en el momento en el que la amiga te dice: «Tía, ¿a ti te gusta Fulanito?» Le dices: «No, ¡qué va! ¿Por qué?» Y te quedas tan fresca. Aunque por dentro piensas: «¡Me cago en la leche! ¿Tanto se me nota?»

      Otra cosa muy frecuente y que cuesta mucho reconocer, a pesar de que se están poniendo muy de moda por la televisión, Internet, etc. son los juguetes sexuales. En una reunión de mujeres todas ignoran el tema y ninguna parece saber de lo que se está hablando. Eso sí, en el preciso instante en que una de las presentes admite tener, por ejemplo, unas bolas chinas, se revoluciona la reunión, se da la vuelta a la tortilla, y aquí la que no tiene bolas, tiene un tanga vibrador que se conecta al iPod y produce orgasmos al ritmo de la música o todo un kit completo de San Valentín.

      También está el caso del fumador en una reunión con no fumadores y ese preciso instante en el que sale a relucir el tema del tabaco: « ¿Y tú cuántos cigarros te fumas al día?» Y el fumador, que se siente acorralado, suelta: «Pues yo un paquete cada dos días, más o menos. Los fines de semana algo más.» Y en ese momento echa un vistazo al cenicero que se encuentra en la mesa evidenciando su realidad: diez colillas en dos horas.

      Y cuando paseando unas amigas, por delante de una obra, y esos albañiles ávidos de entretenimiento, se ponen a soltar perlitas a modo de piropo y entre nosotras comentamos: «¡Qué descarado el tío!¡Qué grosero el otro!¡No tendrán otra cosa que hacer!» Aunque en el fondo señores, estamos encantadas de la vida. Porque los piropos ¡nos gustan! Vamos de duritas, de chulitas y de que pasamos de todo, pero no. Si vamos por una obra y a la tía de la minifalda que va delante caminando coquetamente le dicen algo y a nosotras no... ¡Envidia cochina! y la que diga que no ¡miente! Porque un piropo venido a tiempo te levanta hasta el ánimo. Sobre todo en esos momentos, en los que te da por hacer un uso intensivo de la báscula y la maldita te dice que pesas dos kilos más que la última vez que te pesaste (es decir ayer) Y le haces a tu pareja la típica pregunta esa que ellos llaman “pregunta trampa”: ¿Me ves más gorda? Ellos ya saben que contesten lo que contesten la van a cagar, pero lo que no saben es que nosotras también lo sabemos incluso antes de pesarnos, aunque después lo neguemos todo para defendernos. Pero tienen que entenderlo, nosotras lo que queremos es que nos digan la verdad. En el fondo conservamos la esperanza de que la máquina esa del demonio se haya equivocado, queremos pesar lo mismo siempre, aunque nos hayamos metido entre pecho y espalda un Bigmac con patas de lux grandes para comer, y una pizza cuatro quesos para cenar.

      Y aunque no se lo crean, esto no nos pasa sólo con ellos, también nos ocurre entre nosotras. Te tiras meses o años hablando con una amiga, que siempre tiene alguna anécdota que contarte de Fulanita (otra amiga suya a la que sólo conoces de vista, pero que ya es igual que si la hubieses parido, porque tu amiga te ha puesto al día de todos los pelos y señales de su vida). Un día quedas con las dos para tomar algo y Fulanita te saluda diciendo amablemente: «Hola ¿qué tal? ¡Qué bien te veo! Te noto más delgada que la última vez.» ¡Ahí le ha dado! Ya está ganando puntos la niña, fíjate. Empiezas a pensar que quizá tu amiga es un poco exagerada. Después de dos cafés, has congeniado tanto con Fulanita que ahora tienes remordimientos por haberla prejuzgado de oídas y sólo de haberla visto un par de veces de refilón. Cuando Fulanita se marcha, tu amiga te comenta:
      ―¿Has visto que falsa la tía, para hacerte la pelota te ha dicho que te ve más delgada?
      ―Hombre, a lo mejor lo estoy.
      ―¡Que va tía, no le hagas caso! Es muy pelota. Tú ya sabes que yo soy muy sincera, y si te veo más delgada te lo digo, y si te veo más gorda también.
      Y en ese momento estás pensando: «Pues ya podías ser un poquito más falsa como tu amiga ¡Y meterte la sinceridad por donde te quepa, bonita!»

Y es que la sinceridad a veces, está muy sobre valorada. Sin embargo otras veces no se la tiente en consideración. Es como cuando tu pareja se salta la comida, te deja con el plato en la mesa y se presenta por la tarde. En vez de decir: «Es que me apetecía un montón tomarme unas cañas y unas raciones con mis compañeros, y contigo como todos los días. Me apetecía variar y pasar un rato con ellos fuera de la rutina del trabajo, hablar y reír a mis anchas». Lo que realmente te dice es: «Ufffff me liaron, me liaron... Yo iba ya camino del coche, sacando las llaves para abrir (Y mientras habla te representa la escena con llaves incluidas en mano para que sea más convincente) y me encontré con ellos. Que si vente, que si sólo una caña, que si una sólo de verdad... Y yo que no, que mi mujer me está esperando con la comida puesta...¡venga vale una y me voy! Y se me pasó la hora.»

      O como cuando te vas de compras y como te has pasado con la tarjeta, guardas unas cuantas cosas en el armario (arrancando primero las etiquetas) y le enseñas a tu marido sólo la mitad de las compras. Y un día que se fija en algo nuevo que te has puesto de lo guardado, te dice: «¿Eso es nuevo?» Y tú le dices: «¡Qué va! Ufffff pues no tiene años esto... ¿No lo recuerdas?» Y lo que realmente estás pensando y te gustaría decirle es: «¿Esto? Me lo compré un día que, sin darme cuenta, fundí la tarjeta. Exactamente aquel mismo día en que tú tomabas unas cañas con tus compañeros, sí aquellos que te obligaron a punta de pistola»

18 de marzo de 2010

¡Salta!


      Cuando la inspectora Montilla entró en la casa, fue abordada por su compañero Gómez, quién se adelantó a presentarle las primeras impresiones del caso.

      –Ha habido un asesinato. Una mujer joven, llamada Laura Reus, que vivía a aquí con su hijo, ha fallecido por asfixia.
      –¿Y el hijo? –preguntó la inspectora Montilla con impaciencia.
      –Desconocemos su paradero. Hemos registrado toda la casa y no lo hemos encontrado. Se lo habrán llevado los que han matado a su madre, para no dejar testigos. El móvil ha sido el robo.  Hemos hecho un pequeño inventario y faltan cosas como los pequeños equipos audiovisuales, incluido un ordenador portátil; hemos encontrado esta funda vacía. Y el joyero también está vacío.
      –¿Y el marido?
     –Estaban separados. La vecina de enfrente asegura que la mujer sufría malos tratos, y aunque hemos comprobado que la víctima no había realizado ninguna denuncia, el vecino de arriba nos ha contado que una vez tuvo que separarlos. Esa fue la última vez que vio al marido. Y aunque intentó convencerla para que lo denunciase, ella no quiso hacerlo.

16 de marzo de 2010

Un mal día...



     Mi calvario empezó a las siete de la mañana, cuando en vez de apagar el despertador, que amenizaba con una balada de Aerosmith en la banda sonora de Armageddon, y levantarme; decidí no apagarlo y dejarme soñar con Ben Affleck. No sé cuánto tiempo había transcurrido, cuando una nueva melodía, por llamarlo de alguna forma, exactamente era “Los rockeros van al infierno” de Barón Rojo, amenazaba con romperme los tímpanos. Lo apagué de un manotazo mientras seguía soñando que me levantaba, elegía el vestuario en el armario, desayunaba, me duchaba...

      Un estridente sonido me sacó la cabeza de la almohada.

      —¡Maldita sea!... ¿Sí?... No, no, perdona, es que... me he tropezado. Sí, ya estoy de camino. Vale no te preocupes que yo lo recojo.

      Después de mi desliz matutino, me pasé por la tienda de antigüedades, como le había prometido a mi compañera. Mi jefe había encargado un reloj de arena para decorar su nuevo despacho. Y qué mejor forma de justificar mi retraso que cumplir con un encargo y limpiar mi historial de deslices.

      Cuando salía de la tienda de antigüedades, me fijé en un escaparate. ¡Acababa de enamorarme de un bolso de piel negro con forma de saco! Entré a echar un vistazo, y ya que estaba allí dentro, me probé el bolso y tres pares de zapatos. Como no sabía por cual decidirme, y corría el tiempo, le dejé al chico de la tienda que eligiese por mí. Los metí dentro del bolso nuevo y le pedí que me lo envolviese en papel de regalo, ya que no sería buena idea presentarme al trabajo tarde y con bolsas. Comprar un regalo es más un compromiso que un capricho.

      Al entrar por la puerta de la oficina, me di cuenta de que me faltaba un paquete ¡No podía ser cierto! Me había dejado el reloj de arena en la tienda de los bolsos. Volví corriendo a buscarlo. Y aquí estoy, pero no veo ni el paquete del reloj, ni al chico que me atendió.
      —Perdone señorita, me he dejado un paquete y...
      —Sí, mi compañero salió a buscarte al minuto de salir tú, es raro que no os hayáis cruzado.
      En mi cabeza empezaron a revolverse las peores de mis pesadillas. Esperaba que el chico no fuera un rufián que se había marchado al rastro a vender el reloj de mi jefe. Ya le estaba imaginando gritándome y redactando una carta de despido inminente... cuando ¡por fin! apareció en la tienda el rufián. Por lo visto, no soy la única que se entretiene en asuntos personales en los trayectos laborales.

      Salí disparada de nuevo a la oficina. Esta vez subí por la escalera, el ascensor estaba ocupado y el tiempo seguía jugando en mi contra. Las piernas me flaqueaban por el cansancio de subir los escalones de dos en dos y por los nervios. Giré el picaporte de la puerta para entrar, y una fuerza desde el otro lado me impulsó, precipitándome hacia dentro y descontrolando la mercancía que llevaba encima. El dueño de la mano que abrió desde el otro lado, no era otro que mi jefe, miró descompuesto donde yacían los paquetes y preguntó.

      —¿Eso que ha sonado a cristales rotos, no será...?

11 de marzo de 2010

No queda nadie en el andén...


   
      Viernes, ocho de la tarde. En una estación de cualquier parte, un hombre observa a una mujer que está sentada en un banco del andén. Ella saca algo del bolsillo, es un papel, lo lee, lo mira, lo arruga, lo guarda. Su rostro adopta el gesto de la angustia y la desesperación. Abre de nuevo el papel, lo lee, lo mira, lo arruga y lo tira con rabia al suelo del andén.

      El tren realiza su llegada y, mientras la mujer desaparece dentro de los vagones, el hombre que la observaba recoge del suelo el papel arrugado. Lo guarda en su bolsillo y sube al tren. Busca a la mujer con la mirada, la encuentra. Se sienta en frente de ella, la observa. Ella nota su mirada, levanta la cabeza y le mira. Se siente incómoda, pero le sigue mirando, con una mirada de esas que traspasan los límites del espacio y se proyectan al infinito, dejando incluso de ver al hombre que tiene enfrente.

      El tren efectúa otra parada, ella se baja y una vez en el andén, mira hacia dentro, donde está él, que la observa a través de la ventana del vagón. El tren se pone en marcha, ellos continúan sin dejar de mirarse, hasta que poco a poco ella desaparece entre la multitud. Entonces él saca del bolsillo la nota que ella arrojó en el andén, la abre y lee:

“Espérame el domingo a las ocho de la tarde en la estación, tenemos que hablar, esto no puede seguir así”

      Domingo, ocho de la tarde, en la misma estación. Un hombre observa a una pareja discutiendo en el andén. La mujer está triste y llora, el hombre que discute con ella está desconcertado. Finalmente dejan de discutir, su acompañante se da la vuelta y se aleja por el andén hacia la salida, dejándola sola. Ella se sienta en el mismo banco del viernes, con la mirada perdida, secando sus lágrimas. El hombre que observaba la escena se acerca y le entrega un papel arrugado, ella lo abre y lo lee:

“Espérame el domingo a las ocho de la tarde en la estación, tenemos que hablar, esto no puede seguir así...
...me muero por saber lo que tus ojos les decían a los míos cuando se miraban ayer”.

     Suben al tren. No queda nadie en el andén.

9 de marzo de 2010

El viaje de la memoria...



      Casi todos los viajes comienzan con un proyecto. Se elige el destino, se planifica la fecha, se busca toda la información posible sobre el lugar a visitar, se organiza lo necesario para llevar, etc. El final del viaje no llega con la vuelta, aún quedan unos cuantos días más en los que entre deshacer la maleta, descargar las fotos o videos, y entregar los regalos de recuerdo a los parientes y amigos, sigues rememorando y disfrutando de la experiencia viajera.

      Hay otros viajes que no comienzan con un proyecto, sino que somos proyectados hacia ellos. Son viajes mágicos sin planes, sin fechas, sin horarios, sin transporte, sin equipaje... Nos llevan a cualquier parte. Podemos viajar a un lugar que deseamos, o bien viajar a cualquier sitio donde hayamos estado y disfrutado. Si tenemos los ojos abiertos nos llevan donde queremos. Otras veces, cuando los tenemos cerrados, pueden llevarnos a lugares inesperados; y otras, las más especiales, nos dejan compartir el viaje, durante un efímero espacio de tiempo, con alguien a quien añoramos, aprovechando así, ese trayecto para contarle todo lo que nos faltó en su momento.

      Algunas veces, las más angustiosas, puede ocurrir en uno de esos viajes, que intentemos avanzar para llegar a un destino que no conseguimos encontrar, o bien porque no sabemos el camino o quizás porque se nos van entrelazando obstáculos... hasta que al final, ese lugar se desvanece y terminamos olvidando dónde queríamos ir, dejándonos con impresión de vacío y mal estar.

      El mejor viaje es a aquel lugar donde cuando llegamos, tenemos la intuición de haberlo visitado antes. Todo está un poco oscuro y silencioso, das una vuelta a tu alrededor y sabes exactamente lo que va a pasar, porque ahí has tenido que haber estado antes. Pero al abrir los ojos te embriaga una sensación de desconcierto, intentas recordarlo todo y no es posible verlo con la misma nitidez, entonces la duda que se plantea es si realmente ese lugar pertenece a un recuerdo, o si lo recuerdas porque se ha convertido en un hábito de tus viajes.

4 de marzo de 2010

Necesito un manual...

      Si para conducir es necesario aprobar un examen, para ejercer una profesión, en la mayoría de los casos, se necesita de unos estudios previos, ¿por qué para tener hijos nos dejan a nuestro aire, siendo una tarea tan difícil para la que, la mayoría, no estamos ni física ni psicológicamente preparados? 

Todo empieza durante el embarazo. Te crees que porque hayas coleccionado todas las suscripciones de "Ser Padres", "Mi bebé y yo", "Cosas de bebés", etc.; hayas leído el libro "¿Qué se puede esperar cuando se está esperando?"; y visitado 200 páginas de bebés por Internet... Ya está todo aprendido. Y eso sin contar con la escuela de la calle: esas madres experimentadas que cuando te ven con la barriga te conviertes en un imán de sus recuerdos, y no paran de contarte sus experiencias en la sala de partos, que cuando se juntan unas cuantas aquello parece la mili de los tíos, compitiendo a ver cuál fue más duro y más sanguinolento. Y si no les parece suficiente carnaza, empiezan a contarte los casos extremos y aislados que ha sufrido una amiga de una conocida que vio en un documental... ¡Apaga y vámonos! Así que, aunque todas alguna vez hayamos criticado a esa pandilla de madres portadoras de “Diario de... El parto perfecto”, al final te acabas convirtiendo en una de ellas. ¿Por qué? Porque parir duele y eso hay que amortizarlo de alguna manera.

      Y de repente llega el rey de la casa. Y te encuentras ahí en el hospital con un Nenuco sin pilas, para ti para siempre. Pero estás feliz porque es precioso, porque es lo mejor que te ha pasado en la vida, y porque las revistas y los libros que has leído te lo han dejado todo clarísimo... hasta que llegas a casa. El niño llora por la noche, te levantas zombi 24 veces. Al día siguiente quieres estrangular al niño que duerme plácidamente, pero entonces lo miras y dices: ¡Pobre angelito, mira cómo duerme! Pero llega la noche y se vuelve a repetir la misma historia, y así durante tres meses hasta que se te hinchan las narices. ¿Y qué puedes hacer? Pues irte a una librería y comprarte la panacea: “Duérmete niño” del doctor Stivill. ¿Y qué dice allí? Pues básicamente que acuestes al niño en su cuna, despierto, con un objeto que le guste, y le digas: "Duérmete cariño, que mamá está en el salón y si necesitas cualquier cosa, mamá estará aquí..." Y como es de esperar el niño llora. Vuelves, le dices lo mismo. Te vas. Llora. Tardas un poco más, pero vuelves, le sueltas lo mismo. Llora. Y así hasta que a las 3 horas, bien por cansancio o porque se queda sin lágrimas, deja de llorar y se queda frito. Pero esa era solo la teoría, la realidad es muy distinta. Después de torturar al niño durante media hora, decides cogerlo en brazos y ya si eso mañana lo intentas con el método Stivill. Al día siguiente en vez de acostarlo despierto, le das la cena y lo acunas un poco en brazos, ¡ya realizarás el método de Stivill cuando se despierte de madrugada!. Cuando se despierta de madrugada y te aproximas a la cuna, muerta de sueño, te sientes ridícula de lo que tienes que decirle a un bebé de 3 meses, que no sabes si te entiende pero sí estás segura de que con su llanto no te oye, y te estás acordando del doctor Stivill y de su madre, y de lo agustito que estarán durmiendo en sus puñeteras camas.

      Otro ejemplo de aprendizaje son los capítulos de Supernanny que me tragué siendo mi hijo un bebé. ¡Pan comido! Cuando alguna madre me contaba lo insoportable que se había vuelto su hijo y que no era capaz de dominarlo, ahí estaba yo, hecha una experta en el asunto, porque no me había perdido ni un capítulo de Supernanny, dándole consejos para un buen hacer... "Tienes que premiarle y valorar todo lo que hace bien, porque hace travesuras para llamar la atención, entonces cuando el niño vea que llama más tu atención con lo que hace bien y que con las travesuras no le haces ni caso, se dará cuenta, porque los niños son como esponjas y todo os irá mejor. Haz una pizarra y pega gomets y premiale por todo lo que haga bien, bla, bla bla..." Claro, que fácil era hablar cuando lo que tenía en los brazos seguía siendo el Nenuco sin pilas, que como máxima travesura me tiraba la papilla de un manotazo... Cuando tienes que tratar al rebelde en tus propias carnes, Supernanny es tan solo un personaje televisivo, posiblemente una actriz, y lo que parecen niños transformados a su paso, en el fondo son niños diabólicos que están disimulando portándose bien para que se vaya la bruja esa de su casa, que ha manipulado a sus padres y que se vayan preparando éstos, porque ¡¡la venganza será terrible!!

      Y los dibujos de Caillou son otro claro ejemplo. Les pones a los niños a ver a Caillou, porque ves que es un niño muy bien educado, con unos valores excepcionales y vive en un entorno de amor y amistad, ¡vamos, una influencia buenísima para tus hijos, dónde va a parar! Hasta que conoces a sus padres. Esos padres comprensivos y dulces, que por más que Caillou haga trastadas, le corrigen con la más dulce de las voces, le explican templadamente que eso no se debe hacer, que pida perdón a su hermana, y sin alterarse ni una gota, le enseñan cómo debe hacerlo la próxima vez... Ahora tu hijo después de ver eso ¿Qué va a pensar? Que su madre es una bruja insoportable e histérica. Porque ya me gustaría a mí ver a la madre de Caillou en mi situación del otro día, que aparecieron mis hijos en el salón para enseñarnos su nuevo look, ya que al mayor le había entrado la vena artística y vocación repentina de peluquero, y me había dejado los rizos del pequeño en la parte frontal y alta de la cabeza reducidos a la nada... clavadito a Juan Tamariz en sus mejores tiempos... La madre de Caillou le habría dicho: “Hijo, eso no está bien, los niños no deben usar las tijeras porque es una herramienta muy peligrosa. Coge tu abrigo que vamos a llevar a tu hermanito a la peluquería del señor Flinston, para que le arregle el corte y así de paso aprendes a cortarlo adecuadamente, para cuando seas mayor”... ¿Y tú qué, no habrías puesto el grito en el cielo, soltando sapos y culebras por la boca y enfadándote con el maldito niño? "¡vete para la cama anda, sinvergüenza, que me tienes contenta, que te, que te, que te..." ¡¡Porque yo sí!!


... ¡Qué daño están haciendo los padres de Caillou!