23 de febrero de 2010

Lo que valoramos...


      Tengo comprobado que no puedo mirar durante más de dos minutos seguidos, cualquier programa nuevo o serie de televisión, pues corro el serio peligro de engancharme a todo lo que se mueve. Esto me pasó hace unas semanas con “Perdidos en la tribu”, un reality donde tres familias españolas viajan a tres lugares distintos del mundo, donde viven tribus con sus taparrabos incluidos y se alimentan de lo que van cazando, pescando o encontrando por los alrededores. Aunque algunas tribus son más “sofisticadas” que otras (tienen cabras, gallinas, áticos de lujo en los árboles...) las tres coinciden en una cosa ¡las mujeres, a la cocina! Pobre Arguiñano, allí sería un marginado...

      Hay una cosa que me llamó la atención. Los hombres de la tribu que está en Etiopía, cuando se hacen hombres, se fabrican con sus propias manos una especie de taburete que siempre llevan encima. Sólo ellos tienen derecho a tenerlo y lo usan para las tres cosas siguientes: Sentarse, reposar la cabeza mientras duermen y ...atizar a la parienta en la cabeza.

      Otra cosa en la que coinciden es que los hombres duermen juntos y las mujeres por su cuenta... supongo que se tratará de algún medio anticonceptivo.

      Y lo más increíble de todo es ver lo felices que son, poseyendo prácticamente lo que llevan puesto, con la cabeza llena de piojos y siempre se les ve riendo.

      Alucinaban los de la tribu etíope, porque los hombres de la familia adoptada por ellos, tenían que matar una cabra para comer, y no entendían por qué el hijo mayor (18 años creo) lloraba por la cabra, decía el jefe de la tribu: ¿Por qué llora, si no es de su familia? En ese momento se me ocurrió preguntarme lo que pensarían si nos observaran en momentos de nuestra vida cotidiana:
...Cuando discutimos porque uno quiere pizza y el otro hamburguesa, cuando nos irritamos delante del armario porque lo que hay ya nos lo hemos puesto más de tres veces, cuando refunfuñamos encima de la báscula porque hemos cogido 1Kg de peso, cuando tenemos un debate existencial entre amigas, porque no me decido entre ponerme mechas o cortarme el flequillo... Lo pienso fríamente y me siento verdaderamente RIDÍCULA

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