21 de febrero de 2010

Baby test

      Hay cosas que me ocurren y que, después de ponerme colorada, preguntarme: "¿Cómo puedo ser tan despistada?" o hacer jurar y perjurar al testigo, si lo hay, que no se lo cuente a nadie, por favor, porque me moriría de la vergüenza, al final las acabo contando yo misma. Y cuando a mi alrededor veo y escucho sus carcajadas, me siento menos avergonzada; en ese momento reconozco que mi despiste valió la pena.

      Hace algunos años ya, me disponía a ir a la farmacia con mi marido a comprar un test de embarazo. Al llegar a la esquina, paró el coche y se quedó en doble fila, mientras yo me acercaba al establecimiento. Cuando me encontraba delante del mostrador, le pedí a la dependienta el test de embarazo, ella con cara de no saber lo que le estaba pidiendo, me respondió: ―¿Cómo dice?. Y yo, que ya pensaba que había pedido un BABY TEST, que es como mi marido lo llamaba, y pensando que lo mismo ella no conocía ese término, insistí más despacio y recreándome en cada palabra. Le dije: ―Quiero un test de embarazo. A lo que ella me respondió, más segura de su respuesta que la vez anterior:Es que esto es el estanco, la farmacia está en la puerta de al lado... No sabía dónde meterme, observé a mi alrededor y le pedí disculpas (creo) y me marché a toda prisa al otro establecimiento. Imagino que en algún momento, antes de ponerme colorada y salír de allí disparada, la dependienta pensó que podía tratarse de una cámara oculta, pues no paraba de mirar a su alrededor, o lo mismo sólo trataba de que yo me fijara en lo que había en las estanterías, para no repetir la misma frase y volver a pedirle el ya mencionado objeto.

      Cuando llegué al coche, le dije a mi marido: ―¡No te vas a creer lo que me ha pasado!. A lo que me respondió: Sí me lo voy a creer porque te he visto entrar en el estanco, imagino que al ver los paquetes de tabaco te diste cuenta y te habrás dado la vuelta ¿no?...

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