28 de febrero de 2010

Confusiones y reincidencias...


      Un día, hace ya seis o siete años, haciendo la compra en un supermercado, o más bien terminando de hacerla, pues me encontraba sacando los artículos del carro y dejándolos en la cinta transportadora, me di cuenta de que ninguno de los alimentos que se movían por la cinta se correspondían con los que yo había escogido —¡Oh no! Me había equivocado de carro—. Mientras recogía de nuevo los artículos de la cinta para devolverlos al carro, me iba planteando si buscar el mío o realizar la compra de nuevo. Esto último lo descarté enseguida, porque a ver con qué cara me presentaba de nuevo en la carnicería y charcutería a pedir los mismos productos... Así que decidida por la primera opción, desanduve al camino hecho y me puse a buscarlo. Al llegar a la frutería lo encontré abandonado, y mientras aparcaba el robado y cogía el mío, un señor que intervino en mi quehacer me comunicó que había un señor desesperado buscando su carro. En ese momento aparecía en escena el propietario, venía corriendo, acalorado, sudando, acudiendo al rescate de su carro al más puro estilo Manolo Escobar, que bien hubiera podido ser aquello un remake del videoclip del cantante en versión siglo XXI... Por lo visto se había recorrido todo el supermercado y ya, incluso, se había planteado hacer la compra de nuevo. ¡Pobre hombre! Estaba tan centrada en mí, que en ningún momento me di cuenta del daño colateral. Me disculpé por el despiste, cosa que el señor me perdonó encantado —por la cara que traía yo pensaba que me iba a caer la del pulpo—, supongo que la alegría de encontrar su carro lo compensaba todo.

      Hace unas semanas, distinta ciudad, distinto supermercado, lo volví a hacer. ¡Lo reconozco, soy reincidente! Esta vez, la propietaria me pilló infraganti cuando me daba a la fuga con el botín. No había recorrido ni tres metros y ya llevaba metidos en el carro ajeno, una lechuga y un kilo de plátanos (es curioso que el despiste me ocurra siempre en la frutería...)

      Y dicho esto, ya sabéis: no perdáis de vista el carro cuando estéis escogiendo el tipo de manzanas, no vaya a estar por allí merodeando la ladrona de carros...

23 de febrero de 2010

Lo que valoramos...


      Tengo comprobado que no puedo mirar durante más de dos minutos seguidos, cualquier programa nuevo o serie de televisión, pues corro el serio peligro de engancharme a todo lo que se mueve. Esto me pasó hace unas semanas con “Perdidos en la tribu”, un reality donde tres familias españolas viajan a tres lugares distintos del mundo, donde viven tribus con sus taparrabos incluidos y se alimentan de lo que van cazando, pescando o encontrando por los alrededores. Aunque algunas tribus son más “sofisticadas” que otras (tienen cabras, gallinas, áticos de lujo en los árboles...) las tres coinciden en una cosa ¡las mujeres, a la cocina! Pobre Arguiñano, allí sería un marginado...

      Hay una cosa que me llamó la atención. Los hombres de la tribu que está en Etiopía, cuando se hacen hombres, se fabrican con sus propias manos una especie de taburete que siempre llevan encima. Sólo ellos tienen derecho a tenerlo y lo usan para las tres cosas siguientes: Sentarse, reposar la cabeza mientras duermen y ...atizar a la parienta en la cabeza.

      Otra cosa en la que coinciden es que los hombres duermen juntos y las mujeres por su cuenta... supongo que se tratará de algún medio anticonceptivo.

      Y lo más increíble de todo es ver lo felices que son, poseyendo prácticamente lo que llevan puesto, con la cabeza llena de piojos y siempre se les ve riendo.

      Alucinaban los de la tribu etíope, porque los hombres de la familia adoptada por ellos, tenían que matar una cabra para comer, y no entendían por qué el hijo mayor (18 años creo) lloraba por la cabra, decía el jefe de la tribu: ¿Por qué llora, si no es de su familia? En ese momento se me ocurrió preguntarme lo que pensarían si nos observaran en momentos de nuestra vida cotidiana:
...Cuando discutimos porque uno quiere pizza y el otro hamburguesa, cuando nos irritamos delante del armario porque lo que hay ya nos lo hemos puesto más de tres veces, cuando refunfuñamos encima de la báscula porque hemos cogido 1Kg de peso, cuando tenemos un debate existencial entre amigas, porque no me decido entre ponerme mechas o cortarme el flequillo... Lo pienso fríamente y me siento verdaderamente RIDÍCULA

21 de febrero de 2010

¿Esclavos del móvil?

      Algunas veces, intento imaginarme cómo era la vida antes de la era digital, cuando no había teléfonos móviles, y los sistemas operativos de los ordenadores, eran tan obsoletos, que para utilizarlos había que ser poco menos que un “hacker”...

      Hoy día, cuando quedamos con alguien, nos obsesionamos con la reducción de los tiempos de espera, salimos de casa, llamada: ¡que ya salgo para allá! Nos surge un retraso, llamada: ¡que hay atasco, me retraso un poco! Se cancela el plan, llamada: ¡Oye que no voy a poder ir, lo siento si ibas de camino!

      Antiguamente, en la misma situación, salias con la hora pegada al culo, y “no problem”. Si pillabas un atasco, no pasaba nada ¡que espere!. Y si tenías que dar plantón por fuerza mayor... pues ya lo aclararías cuando llegases a casa y pudieses llamar... Eramos como pájaros libres, salíamos de casa y nadie sabía cuanto íbamos a tardar, era una incógnita que nadie se planteaba.

      Y el o la que quisiera echar una canita al aire... lo tenía mucho más fácil, sólo tenía que encontrar una excusa para explicar, dónde había estado. Hoy en día necesitas tres: dónde has estado, por qué no has cogido el teléfono y por qué no me has devuelto la llamada... ¡¡manda cojones, que pereza!!

      Y otra pregunta que me hago es: ¿Cómo teníamos los huevos suficientes para viajar totalmente incomunicados? Ahora viajas, si es necesario con 3 baterías, y el cargador del coche para no quedarte tirado en la carretera a pelo, que eso es inconcebible hoy día.

      ¿Y meterte en un centro comercial y perder a tu acompañante? ¿Cómo se resolvía eso? Porque ahora, unas veces por despiste, otras por dejadez, me dejo el móvil en casa y salgo en plan suicida, a la aventura y lo que más suele preocuparme es despistarme del resto de la familia.

      La sensación, cuando salgo sin móvil, es que recupero el estado ese de libertad y de hacer lo que me sale de las narices, con la escusa de que me dejé el teléfono, no tengo que dar explicaciones (si me llaman) de dónde estoy (que vaya una pregunta indiscreta por otra parte y siempre la hacemos...) cuándo vuelvo o dónde voy. Pero esa sensación dura poco, porque en el fondo siento un cosquilleo algo incómodo y empiezo a pensar que lo mismo ha pasado algo malo y me están intentando localizar. Entonces, el momento ese de placer y libertad comienza a desvanecerse convirtiéndose en una sensación de intranquilidad, que se esfuma cuando llego a casa, miro el móvil y compruebo que no tengo ni llamadas perdidas ni mensajes ¡Que a gusto me quedo!

      No conozco personalmente a nadie que no tenga móvil, y si conociera a alguien así, seguramente le tendría envidia. Hubo un tiempo, hace muchos años, en el que me deshice de él, y fui libre... pero no duré mucho, era muy difícil nadar a contracorriente, todo el mundo me regañaba porque no podían localizarme a cualquier hora...

Baby test

      Hay cosas que me ocurren y que, después de ponerme colorada, preguntarme: "¿Cómo puedo ser tan despistada?" o hacer jurar y perjurar al testigo, si lo hay, que no se lo cuente a nadie, por favor, porque me moriría de la vergüenza, al final las acabo contando yo misma. Y cuando a mi alrededor veo y escucho sus carcajadas, me siento menos avergonzada; en ese momento reconozco que mi despiste valió la pena.

      Hace algunos años ya, me disponía a ir a la farmacia con mi marido a comprar un test de embarazo. Al llegar a la esquina, paró el coche y se quedó en doble fila, mientras yo me acercaba al establecimiento. Cuando me encontraba delante del mostrador, le pedí a la dependienta el test de embarazo, ella con cara de no saber lo que le estaba pidiendo, me respondió: ―¿Cómo dice?. Y yo, que ya pensaba que había pedido un BABY TEST, que es como mi marido lo llamaba, y pensando que lo mismo ella no conocía ese término, insistí más despacio y recreándome en cada palabra. Le dije: ―Quiero un test de embarazo. A lo que ella me respondió, más segura de su respuesta que la vez anterior:Es que esto es el estanco, la farmacia está en la puerta de al lado... No sabía dónde meterme, observé a mi alrededor y le pedí disculpas (creo) y me marché a toda prisa al otro establecimiento. Imagino que en algún momento, antes de ponerme colorada y salír de allí disparada, la dependienta pensó que podía tratarse de una cámara oculta, pues no paraba de mirar a su alrededor, o lo mismo sólo trataba de que yo me fijara en lo que había en las estanterías, para no repetir la misma frase y volver a pedirle el ya mencionado objeto.

      Cuando llegué al coche, le dije a mi marido: ―¡No te vas a creer lo que me ha pasado!. A lo que me respondió: Sí me lo voy a creer porque te he visto entrar en el estanco, imagino que al ver los paquetes de tabaco te diste cuenta y te habrás dado la vuelta ¿no?...

20 de febrero de 2010

Tres horas sin luz...


      Parece pan comido ¿verdad? Pues he comprobado que hoy en día no es nada fácil pasar tres horas sin luz.

      Málaga, julio de 2009, 21.30h. Niños viendo dibujos en no sé qué canal del tdt, se va la luz. Me levanto miro el cuadro de automáticos y todo en orden. Sale la vecina a la terraza y da el parte a su familia (y a cualquiera que en ese momento estuviera asomado a la terraza) ¡¡ No ha sido aquí, ha sido en todo el barrio, mira, asómate, está todo apagado!!

      Bueno, no pasa nada ya volverá. Pasan 5 minutos a oscuras (lo equivalente a 30 minutos si hubiera luz) y los niños empiezan a protestar y a decir que ponga la tele. Les explico que no hay electricidad. ¡Bueno pues enciende la luz que no veo, mamá!. Busco con la linterna de la pantalla del móvil unas velas (menos mal que estas no han dejado de fabricarse, aunque sólo sean para adorno o perfume) pero no tengo con qué encenderlas. ¡El calentador! Mierda, lo cambié y ahora es eléctrico. ¡La vitrocerámica! Ídem. ¡La vecina!... ¿y si nos quedamos a oscuras? Total hay muchas cosas que se pueden hacer a oscuras ¿no? Pues no. En el siglo XXI se pueden hacer cosas a oscuras, pero cuando no hay niños delante. Bueno en este momento los tenía detrás, porque tenían un poco de miedo y me seguían a todas partes en fila india.

      Ha pasado media hora y el calor es… ufffff, sin aire, sin luz, sin tele, sin ordenador, sin libro, sin cocina, sin horno, con hambre… ¡Mamá, me aburro! ¿Jugamos al veo-veo? El pequeño: No, yo quiero peli. No se puede no hay luz. ¿Y por qué? Porque se ha roto ¿Y por qué no la arreglan? La estarán arreglando ¿Y por qué no la enciendes?... El pequeño ya ha dado a todos los interruptores de la casa por su cuenta.

      Hago un intercambio de velas con la vecina y de paso me entero de lo que hubieran cenado, de lo que podrían cenar, de lo que van a cenar… entro en casa y al calor y luz de las velas, sigo oyendo a la vecina por la terraza con su retahíla de ingredientes y víveres para pasar la noche.

      Se abre la puerta, es mi marido que ha subido cinco plantas a pie porque no funciona el ascensor. Le pongo al tanto de la situación y decidimos esperar un poco más para cenar, ya que traía pizzas congeladas para cenar y un DVD… en fin.

      Han pasado dos horas, los niños fritos a la luz de las velas aunque fresquitos por un improvisado abanico.

      Decidimos cenar, ya que no nos quedan esperanzas de que la luz vuelva esa noche y las velas se están consumiendo. Nos copiamos de la vecina y sacamos latas y víveres de la despensa. Pensándolo bien, eso fue lo mejor de toda la noche, la cena era una mierda, pero ¡Cuanto tiempo hacía que no cenaba a la luz de las velas!…

      Doce de la noche, nos vamos a dormir. ¿Alguien se ha quitado alguna vez las lentillas a la luz de las velas? Todavía no entiendo cómo fui capaz de meter cada una en su compartimento… Por fin, a la cama, mañana será otro día. Nos dormimos.

      Doce y media, nos despertamos con la tele puesta y todas las luces de la casa que el peque había encendido.

MORALEJA: ¡mucha tecnología y mucho adelanto… pero si se va la luz nos dan con un canto!

¿Quién se ha comido mi tiempo?


      Llevo unos años pensando que cuando se acaba el verano, empieza la Navidad, y que cuando se acaba la Navidad, empieza el verano. Como si para mí no existieran cuatro estaciones. Siento que un año son seis meses y quizás mañana, sin darme cuenta, cumpla setenta años.

      Recuerdo los veranos de pequeña. Eran interminables. Me daban las vacaciones del colegio y, para mí, era como si la mitad del año fueran vacaciones y la otra mitad colegio. Esas horas de siesta interminables, con las calles del pueblo vacías, el sonido de las chicharras y demás insectos entre la maleza de los solares sin edificar. Terminaba de comer y aún me quedaban un millón de horas para jugar, pintar, soñar… Después de ese millón de horas, todavía me quedaba otro tanto después de la cena. Allí me reunía, en el frescor de la calle y las sillas en la puerta, con todos mis amigos, arropados por ese manto negro de estrellas; a seguir jugando, inventando y soñando con todas las miles y miles de cosas que me quedaban por hacer en ese interminable verano.

      Ahora, llega el verano, y entre planificar dónde endoso a los niños para trabajar, y si no trabajo, cómo hago para ocupar el día sin que se aburran, ni pongan la casa patas arriba, ni se peleen… se van pasando los días, y si ayer era junio y hoy es agosto, mañana será septiembre. ¿Y qué ha pasado con el verano? Que nos lo hemos ventilado y no ha quedado ni un rastro que marque un antes y un después.

       He escuchado decir, a varias personas mayores de 80 años, que se acordaban perfectamente y con total nitidez de su vida en la infancia, y, sin embargo, no recordaban con tanto detalle la vida adulta. Quizás en ese empeño que tenemos los adultos de planificarlo todo, de estar más pendiente de lo que tenemos que hacer mañana que de disfrutar lo que estamos haciendo ahora, hacemos una especie de desfragmentación del disco duro y simplemente vamos rellenando huecos vacíos. Y quizás son eso, tiempos vacíos sin nada destacable que recordar de ellos.

      Me preocupa que mis hijos, siguiendo mi ritmo frenético de rellenar huecos, pierdan su infancia sin retener la esencia de su niñez. No puedo regalarles el ruido silencioso de las chicharras, ni el manto negro de estrellas de las noches de sillas y juegos de calle. Sólo les puedo regalar el tiempo para jugar a su aire, para inventar, para soñar.

Mis huellas...


No puedo seguir mis huellas cuando estoy despierta, atrás quedaron marcando un rastro, el de mi pasar por la vida, el de mi camino a un lugar incierto. Pero ahí quedaron mis huellas que puedo seguir mientras duermo, las veo marcadas delante de mí como si fueran de otro, imborrables, nítidas... Ahora puedo aprender de ellas al seguirlas, revivirlas; aunque hay algo imposible, no me puedo desviar del camino ni cambiar de lado. Quiero detenerme y enlazar otro sendero, probar un qué hubiera sido si... Llego al final del camino marcado, y a mi alrededor parten un millón de trayectos sin huellas, están por todas partes, hacia todas las direcciones; pero ninguno me conduce hacia atrás.