23 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


      No soy una gran amante de la Navidad, y no pensaba hacer una felicitación en el blog, porque no me salen las palabras necesarias, peeeero… tras darle unas cuantas vueltas, he pensado que tampoco es justo que quienes lo sois, no recibáis una felicitación por mi parte.

      Por ello, a los que las disfrutáis con pasión, a los que comenzáis a disfrutarlas, a los que les importan un rábano pero no por ello se pierden una buena fiesta, y a los que os producen nostalgia, soledad o algún tipo de malestar… para todos y cada uno de vosotros.

¡Feliz Navidad y un año nuevo cargado de sueños y sonrisas!

      Y recordad, que el regalo ideal no se vende en el corte inglés ni en ninguna otra tienda, el regalo ideal se encuentra en los sueños. Así que escuchad atentamente a  aquellos que tenéis a vuestro alrededor, porque quizá no es un perfume, una joya, una prenda, o un aparato de última generación con lo que sueñan, a lo mejor sueñan con ser príncipes o princesas de cuento por un día, o niños durante un rato, o dar un paseo por un lugar insólito, o ver las estrellas a vuestro lado… Pero sssshhhhhhh no lo digáis muy alto, no vayan a ponerlos a la venta.

“Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”
A.    Machado

21 de diciembre de 2010

Aquello que olvidé en Kenia


      Recomiendo no leer este relato sin haber leído los anteriores capítulos:
          Cuando subí al coche le di al conductor la dirección de nuestra antigua casa. Sabía que Paul se enfadaría cuando descubriese que no había entregado la carta de Eva, pero pensé que tampoco tendría por qué enterarse. Y si algún día lo descubría, sería tarde y entendería que lo hice pensando en su bien y el de su familia. Pero… ¿qué estaba pensando? Paul me conocía lo suficiente como para notar en mi cara que le estaba mintiendo, en cuanto me preguntase si la había entregado y le dijera que sí. Tenía que pensar en algún plan mejor, como que la había perdido… pero eso no le impediría volverla a escribir… o tal vez esa fuera la solución, podría reescribirla yo, y zanjar el asunto definitivamente. El trayecto se me hizo muy corto, y mientras pensaba en el asunto de la carta, evité mirar por la ventanilla el recorrido que hacía el coche, me sentía inquieta y me asustaba más de lo que imaginaba, enfrentarme a los recuerdos. Nairobi en mi cabeza constituía la alegría y la tristeza a partes iguales, pero la parte negativa era tan dolorosa, que inconscientemente obligué a mis recuerdos felices a esconderse, y me centré en Londres, aquella ciudad que me daba la paz interior. En Londres un accidente no les había quitado la vida a mis padres. En Londres me esperaban mi marido y mis hijos. Londres era un lugar perfecto para cerrar una puerta que me producía dolor abrir.

          El coche paró justo en la puerta de casa. Por un momento pensé que si tocaba al timbre, quizá se abriera la puerta, y con ella la sonrisa de mamá al otro lado, pero no lo hice. Me dirigí a casa de los Sherman, para pedirles la llave que Paul les había dejado. El paso del tiempo había hecho mella en aquellos rostros tan familiares, que me transportaron  a las fiestas de jardín que habíamos compartido, cuando sus hijos Philip y Joey, eran los amigos inseparables de Paul, y los tres se pasaban la vida fastidiándome. En aquella época, Paul y yo no nos podíamos soportar, para mí era el niñato insoportable que me había tocado como hermano, empezamos a llevarnos bien cuando él volvió de España, y se vino a estudiar conmigo a Londres. Nuestra infancia estaba pavimentada con peleas y riñas entre nosotros, no podíamos pasar más de quince minutos sin discutir, y nunca nos poníamos de acuerdo en nada.

          Abrí la puerta de entrada, con la mano temblorosa. Mientras caminaba por el pasillo, miles de imágenes pasaron por mi cabeza, como una presentación de diapositivas, pero a la velocidad de seis imágenes por segundo. Todo estaba en su sitio como dijo Paul, todo menos el olor. Faltaba la calidez de aquel olor de mi hogar, que no lograba traer a la memoria pero que en ese momento echaba en falta. Tampoco estaba la fruta que a mamá le gustaba poner en un recipiente, en medio de la mesa de la cocina, y el bote de cristal de las galletas, sobre la encimera, estaba vacío, al igual que la despensa. Comencé a sentir aquella angustia que durante tantos años me había impedido volver, quizá Paul no tenía razón, para mí  no servía lo de enfrentarme al pasado, quería cerrar los ojos y encontrarme en Londres al abrirlos, junto a mi familia, aquel sitio donde me encontraba no podía ser mi casa, era tan frío como el decorado para una película. Las lágrimas comenzaron a amontonarse en mis ojos y corrí a mi habitación como cuando era niña, y me disgustaba por algo, sólo que esta vez nadie corría detrás de mí para consolarme. Mi habitación me recibió como si el tiempo nunca hubiese pasado por allí y al poner mi cara sobre la almohada, lo percibí, era el olor de siempre, el olor de mi infancia, el que durante tanto tiempo acompañó mis sueños. Y al recuperar el aroma de mi infancia, encontré el sabor de mis recuerdos, de los buenos, de los que había enterrado junto con los que me producían angustia.

          En la estantería, junto con mis libros, reposaba una fotografía de mi graduación, en ella aparecíamos los cuatros. Al verla, recordé por qué decidí no llevarla conmigo a Londres, allí se reflejaba el fin de aquellos tiempos en los que los cuatro vivíamos juntos en casa, después de aquello me marché a estudiar fuera, una año más tarde lo hizo Paul, y ya comenzamos una vida independiente de encuentros en fechas señaladas.

          Tenía un nudo en la garganta, quería salir de la casa, necesitaba tomar el aire que allí dentro no encontraba, y decidí centrarme en la carta que me había entregado Paul, y que tenía que reescribir para entregarla. Me senté en mi viejo escritorio y abrí la carta con cuidado de no romper el sobre, y al desdoblar el papel me encontré con algo que no entiendo por qué no se me había pasado por la cabeza, estaba escrita en español, y no tenía ni idea de traducir aquel idioma. Pensé en la posibilidad de traducirla con el portátil en mi hotel, pero mis ojos volvieron a encontrase con aquella vieja fotografía de mi graduación, y con la cara de felicidad que todos teníamos, y me crucé con los ojos Paul,  irradiaban la alegría de aquel niño que más tarde marcharía  a España, y se convertiría a su vuelta en el hermano y amigo de confidencias, más maduro, porque había dejado de ser el niñato que me había tocado por hermano, para convertirse en un hombre enamorado, que repartía su cariño a raudales con todos nosotros. Y luego pasó lo del accidente, y jamás volvió a ser el mismo, por la gran pérdida y porque se sentía el culpable de que aquello hubiese sucedido. Y a mí sólo me quedaba preguntarme, quién era yo para interferir en su vida, cuando la vida ya le había dado la espalda más veces, y yo no podía permitirme hacer ahora lo mismo, la persona en quien había confiado.

          Introduje la carta en su sobre y la cerré, me dirigí al Protea hotel Cairo Road y la entregué en recepción. Y en ese momento, por primera vez, deseé con todas mis fuerzas que aquella carta llegase a su destino.


          (Vale, sí, lo reconozco niñas, no me matéis, ya sé que estoy mareando la carta y que estáis deseando abrirla… pero la culpa es de las jefas por no dejarme usar mis personajes a mi antojo ¬¬… al final yo no sé a quién demonios voy a inventar para que entregue la carta… lo mismo le robo a Tolkien a Frodo Bolson o al mismísimo Gollum… o ya puestos a Aragorn jajajaja y así me perdonáis el mareo de la carta :P)

    10 de diciembre de 2010

    Aquella Navidad...



          No recordaba cuándo fue la última vez que había creído en la Navidad. No se llevaba bien con el brío que despertaba en la gente aquellas fechas, en las que todo el mundo parecía flotar en una poción mágica de la felicidad, mientras que otros parecían naufragar en silencio, luchando por mantenerse a flote y no quedar sumergidos en una profunda soledad.
         
           Pero aquella Navidad no había comenzado con la misma apatía. Algo dentro le pedía sonreír y compartir su alegría, respirar profundamente cada partícula de aquel aire frío de diciembre, admirar aquellas luces que adornaban su ciudad. Y ese algo que había cambiado su mundo eran los ojos de aquel niño que paseaba arropado en sus brazos, su hijo. Un niño de mirada espléndida que había nacido ese año y que le estaba enseñando una bonita lección. Porque aquello que estaba sintiendo no podía ser otra cosa, debía de ser lo que todos llamaban: “El espíritu de la Navidad”.

    (Para Elena, espero que te guste y te sirva para lo que quieres. Un fuerte abrazo)

    9 de diciembre de 2010

    De mentirijillas y chantajes...


          Hace unas semanas leí en algún sitio, un artículo donde se hablaba de las mentirijillas que los padres decimos a nuestros hijos, y me sentí completamente identificada con el asunto. Trataba sobre cuando nos piden que les compremos cosas, y les decimos que no llevamos dinero, o que a la vuelta se lo compramos, conscientes de que cuando volvamos no lo haremos por esa calle… pero el caso es no caer en la tentación de comprar lo que nos piden, no ceder al chantaje emocional para ahorrarnos llevarlos enfadados por la calle.

          El otro día fue mi primera vez como ratoncito Pérez (aunque les haga ilusión, hay que reconocer que  también es una trola que les estamos echando) y no me conformé con dejarle dinero debajo de la almohada, sino que, encima, me permití el lujo de llevar la mentirijilla más allá, y le dejé una minúscula nota firmada por Pérez… Pero es que al día siguiente, no contenta con eso, mientras me ayudaban a hacer la cama del pequeño, que está justo debajo de la del mayor (el propietario del diente), vi una especie de pelotilla de pelusa, o de plastilina, o un Pops de Kellogs de chocolate “empelusado”, o vete tú a saber lo que sería aquello que estaba encima del edredón... y no se me ocurrió otra cosa que decirles que era una caca del ratoncito Pérez, y se partieron de risa, claro, porque se nos plantearon un montón de ideas sobre cómo se le habría escapado dicho "elemento no identificado" encima de la cama del hermano. Yo pensando que la cosa iba a quedar ahí, en la intimidad familiar… Pues no fue así, pasaron del diente, de la nota y del dinero, y llegaron al colegio anunciando a bombo y platillo, a todo el que se encontraron, que el ratoncito Pérez se les había hecho caca en la cama, como si aquello fuera un trofeo que les había dejado. Yo no sabía dónde meterme, pensando en si llegaba el asunto a  oídos de las seños de ambos, qué clase de madre chiflada se iban a pensar que soy, que les deja cacas de ratón para llevar la credibilidad del asunto hasta el extremo… Como cuando les dejamos a los Reyes Magos leche y dulces, que mordisqueamos para que al día siguiente se crean que han sido ellos… que a veces me pilla con los dientes lavados y maldita la gracia que me hace mordisquear los preparativos. Sólo espero que dentro de unos años, cuando se enteren de las mentirijillas del pasado, no me pasen factura: «Mamá, mira que eras trolera, que nos hiciste creer que el ratón de las narices se hizo caca en mi cama y mis compañeros aún no se han olvidado de aquel turbio asunto» ¬¬ Y yo: «Hijo, entiéndeme, era mi primera vez, no sabía lo que hacía...»


          Uno de los días de este pasado puente, como no tenían cole y no era festivo, decidí llevármelos de compras, advirtiéndoles que si pasábamos por la zona de los juguetes sólo podían mirar, porque si no, los Reyes Magos no sabrían qué regalarles si les compraba yo juguetes… El pequeño se puso de morros, pero el mayor que ya tiene respuestas para todo, me soltó: «No te preocupes, mamá, que como ya tenemos la carta hecha, te pedimos cosas que no estén en la carta»… ¡Chico listo! Así que tuve que pasar al "Plan B", me abandoné al mundo del chantaje y el soborno, saqué un billete de 10€ y se lo guardé en un bolsillo del vaquero al mayor, con las siguientes instrucciones: «Mamá tiene que comprar cosas en varios sitios de mayores, si estáis a mi lado, sin toquetear nada, ni pelearos, ni armar jaleo y sin que os tenga que regañar, os podéis comprar algo cada uno con ese billete (Ilusa de mí que pensaba que con 5€ cada uno, todavía se podía comprar algo que no fuera un sobre de cromos…) pero si os portáis mal, me devolvéis el billete y para casa». Pues dio resultado, en mi vida les había visto tan pegados a mí, tan tranquilos, y hasta haciéndome la pelota en los probadores «¡Eso te queda genial, mamá!» Eso sí, cada dos por tres «¿Mamá, cuándo vas a terminar de ver tus cosas?» Y yo, por supuesto, en mi línea «¡miro una cosa más y nos vamos!» Cuando en realidad me quedaban unas cuantas secciones por mirar…

          Y cuando llegó su ansiado momento de la sección de juguetes, nos encontramos con que pedían todo lo que superaba los 30€ (lógico) y yo explicándoles que tenían que buscar cosas pequeñas, que seguramente se adaptaban más al presupuesto… Así que el pequeño (3 años) quería un Omnitrix, que es una especie de reloj con el que Ben10 se transforma en distintos alieníjenas, y le dije que no, que si le gustaba el Omnitrix que se lo pidiese a los Reyes Magos, a lo que contestó todo indignado: «¿Tú qué quieres, que no me transforme?» Y claro, no iba a ser yo quien le sacara de aquella ilusión… Así que le dije, intentando contener la risa: «Sí, cariño, yo quiero que te transformes, pero pídeselo a los Reyes Magos que les va a encantar hacerte ese regalo» (...y ya si el niño, cuando se ponga el Omnitrix, comprueba que no se transforma en alien… pues que le pida cuentas a quienes se lo hayan regalado, que ya bastante tengo  yo con cargar con las mentiras que les suelto...)

    4 de diciembre de 2010

    La despedida


          No sabía en qué momento empezó a formar parte de su vida, pero tenía la impresión de que llevaban juntos desde siempre. Había llegado el momento de dejarla. Estaba siendo uno de los peores retos a los que se había enfrentado, aunque no tenía más remedio si quería progresar en su profesión. Sabía que sería una ardua tarea adaptarse a una nueva vida sin ella, pero sobre todo, sería imposible olvidar su silueta muda en las mañanas frías de invierno, sentado frente a ella, observándola mientras tomaba una taza de té hirviendo que después depositaba en la mesa, a su lado, para pasar sus dedos, ahora templados, sobre ella, que dejaba de estar fría y respondía  a la intimidad de sus dedos a un ritmo pausado en la parte preliminar, y exaltado, furioso y algo enajenado, en aquellos momentos álgidos, en los que su mente era asaltada por ráfagas de imágenes rebosantes de palabras, que formaban  las historias de los personajes que inventaba; transformándose en una extensión de sus manos, un mismo ser, ensamblado su pensamiento a las palabras que ella dejaba tatuadas sobre el papel.

          Su sustituto llevaba varias semanas  junto a ella, era un modelo de ordenador que tenía el último software  salido a la venta. No podía evitar sentirse intimidado sentado frente a aquel moderno equipo, ni que sus ojos se desviaran a su vieja máquina, que tantas historias le había reportado.

          Desplazó la silla hasta situarse frente a ella, puso una hoja en su rodillo y posó los dedos suavemente sobre sus letras, desgastadas ya por el uso y el paso del tiempo; tomó aire, y adoptando la postura de un instruido pianista, se dispuso a interpretar su última melodía en forma de prosa,  a modo de despedida.

    26 de noviembre de 2010

    Aquel viejo parque



          La última vez que se vieron tan solo eran unos niños, y aunque habían pasado muchos años, en cuanto cruzaron tres palabras se reconocieron. No era fácil hablar a aquella distancia, pero ello no les impidió ponerse al día de todo lo acontecido en sus vidas desde aquel día en que sus caminos se separaron.

    (Momentos antes)

          Sintió un hormigueo en los pies al cruzar aquella calle. Estaba segura de no haber estado nunca en ese lugar, pero todo lo que veía a su alrededor le resultaba extrañamente familiar. Aquel viejo parque donde sus pies la detuvieron, desgastado por el uso del tiempo y cuyos árboles ofrecían una sombra antigua, de historias enredadas entre sus ramas; hizo que Isabel viajase a una época de su infancia que apenas se dejaba vislumbrar en su memoria. Nunca entendió por qué tenía la sensación de haber conocido a alguien a quien no lograba recordar. Guardaba retazos de fotogramas fugaces e inconexos, donde se veía con alguien cuyo rostro se mostraba nebuloso. Su madre, durante algún tiempo, estuvo preocupada por su salud mental, pensaba en la posibilidad de que Isabel tuviera un amigo invisible y hubiese creado un mundo paralelo. Nunca la escuchó hablar sola, ni hacer nada que no hiciera una niña de su edad, pero de vez en cuando tenía sueños agitados y se despertaba preguntando por un niño llamado Jesús Fuentes, y durante los días siguientes a los sueños, no paraba de hablar de ellos y de aquel niño al que ella aseguraba conocer, aunque no recordaba de qué ni cuándo ni dónde. En su entorno, no conocían ni habían conocido entre sus compañeros del colegio a ningún niño llamado así. Isabel, para no seguir preocupando a sus padres y consciente de que estos no la entendían, no volvió a mencionarlo más. A medida que iba creciendo, aquellos sueños fueron disminuyendo y haciéndose cada vez más imprecisos. Y aunque de mayor llegó a la conclusión de que todo fue producto de un sueño reiterativo, creció con la sensación de tener un paréntesis en blanco dentro de su memoria que se obligaba a intentar abrir sin ningún éxito.

          Se acostumbró a pasear por aquel viejo parque todos los domingos. Se había convertido en un lugar que le producía una sensación placentera. Se sentaba en un banco y disfrutaba viendo a los niños jugar. No tenía hijos, la maternidad no había llamado aún a su puerta, pero disfrutaba escuchando sus risas y alboroto; era la banda sonora de aquellos recuerdos prendidos en algún lugar apartado de su memoria. Poco a poco, las caras de la gente que frecuentaba aquel parque empezaron a resultarle familiares. Se sentía testigo silencioso de la evolución de aquellos bebés que ya comenzaban a dar sus primeros pasos, o de las mamás que lucían sus incipientes barrigas. Incluso había aprendido los hábitos de algunos de los asiduos al parque, como la señora que se sienta siempre junto a la fuente y saca una bolsa de pipas que devora mientras hace crucigramas; o el chico del perro que sólo se sienta en los bancos que no están ocupados, y si se le coloca alguien al lado mira el reloj para hacer ver que se le ha hecho tarde, se levanta y se marcha; o los padres del saco de juguetes,  que nunca dejan a su hijo subir a los columpios por miedo a que se caiga, y discuten con él  porque pretenden que el niño se quede pegado a ellos jugando.

          Aquella tarde de domingo, el aire olía a tierra mojada, anunciando la llegada inminente de una tormenta. Unas gotas gruesas de lluvia y el parpadeo fugaz de un relámpago, provocaron la estampida de los transeúntes. Isabel se marchó, cubriéndose de la lluvia en cada techado que iba encontrando por las aceras de las calles. Tenía el pelo y la chaqueta empapados. Un chico con un perro, cuya cara le resultaba familiar y que rápidamente identificó como “el chico del perro” del parque, le ofreció pasar a su portal para resguardarse, gesto que ella agradeció amablemente. Cuando chico y perro desaparecieron tras las puertas del ascensor, ella sacó pañuelos de papel de su bolso y se secó las gotas que le resbalaban por la cara, mientras leía distraídamente los nombres en los buzones del portal. Una punzada  la alertó como si se tratara de un radar, al leer en uno de ellos: Jesús Fuentes.  Las ideas se le agolpaban en la mente mientras barajaba si meter la mano en la ranura del buzón y sacar alguna información sobre su propietario, o subir directamente a la planta segunda y llamar al timbre; la primera era más tentadora que la segunda, pues no se le ocurría ninguna excusa lógica, si le abrían la puerta, que justificase su presencia allí. El ruido del ascensor la sacó de sus pensamientos, y sin saber muy bien por qué, como si hubiese cometido algún acto vandálico, salió corriendo de allí, sintiéndose una intrusa al pretender invadir la intimidad de alguien que, paradójicamente, invadió la intimidad de sus sueños durante mucho tiempo.

          El domingo siguiente Isabel estaba impaciente por que llegara al parque el chico del perro. Había decidido acercarse a él, con la excusa de agradecerle el gesto que tuvo, e intentar sonsacarle información sobre su vecino. Al principio pensó en la posibilidad de que él fuese Jesús Fuentes, pero luego dedujo que de ser así habría sentido, la primera vez que le vio, lo mismo que al leer aquel nombre en el buzón. Cuando apareció el chico del perro, no esperó a que se cruzase con ella, fue directamente hacia él.

          ―Hola, quería agradecerte lo del otro día, ¡menudo chaparrón!
          ―No hay nada que agradecer, no te preocupes.
          ―Me llamo Isabel.
          ―Te va a sonar rara esta pregunta ―le dijo él―, se la hago a todas las personas que encuentro con tu nombre… ¿por casualidad tu apellido no será Cantiero?
          ―¿Nos conocemos? ―preguntó ella asombrada por el acierto.
          ―No lo sé.
          ―¿Eres Jesús Fuentes? ―se atrevió a preguntar.
          ―¿A ti también te pasa? ―agregó él, abriendo mucho los ojos.
          ―¿De qué nos conocemos?
          ―No lo recuerdo. Quizás íbamos a la misma guardería. Al colegio sé que no, revisé uno por uno todos los alumnos de mi colegio y de todos los cursos, incluso en los años que yo aún no estaba en el colegio. Y la única duda que me queda es la guardería, que fue cerrada casi a la misma vez que empezaron mis sueños. Pero nunca me atreví a contarle a nadie nada sobre ti. Eres la primera persona con la que comparto esto.
          ―¿Siempre has vivido en esta ciudad? ―preguntó Isabel.
          ―Sí ¿y tú?
          ―Yo no soy de aquí. Llevo viviendo aquí unos cuantos años.

          Hablaron durante horas, sentados en un banco, intentando descubrir cuál era el nexo de aquel enigma que se remontaba a la infancia. No lograron encontrar el misterio ese día, ni los siguientes, sólo encontraron que a medida que hablaban, coincidían en muchas de las cosas que contaban, como si en algún momento de sus vidas, ya fuera en la realidad o en sus sueños, hubiesen coincidido y compartido algún tiempo juntos. Hasta recordaban algunos sabores que al otro le gustaban, o detalles que estaban seguros no haber mencionado.

          Siguieron viéndose con asiduidad en aquel lugar. Con el tiempo, dejaron de preguntarse por todo aquello que les habría llevado a encontrarse, se acostumbraron a disfrutar de esos momentos sin más, por el simple placer que les producía conocerse, y se deleitaban imaginando las cosas que sentían que les apetecería compartir.

          Junto a ellos, silenciosos, se encontraban los cómplices de su encuentro, las sombras que una vez, hacía muchísimos años, habían jugado incansables por todos los rincones de aquel viejo parque, felices por haberse encontrado y de que aquel anciano estuviera equivocado en su versión de los hechos, ignorando que no se desvanecían para siempre, sino que perdían su libertad y volvían con sus cuerpos. 

          Cuando la sombra niño se enteró de lo que ocurría realmente, hizo lo imposible por encontrarla, consciente de que ella no podría hacerlo al estar privada ya de su libertad. En su empeño, y sus intentos fallidos, también perdió su libertad; y con el paso de los años se resignó a pensar que no volverían a verse. Hasta que una tarde de domingo, sin saber cómo, aquellas sombras descubrieron que, de algún modo, habían conseguido conectar con sus respectivos cuerpos.

          (Esta historia, para quien no haya leído antes “El niño que perdió su sombra” no tiene ni pies ni cabeza. Pensé hacer la referencia al principio, pero después pensé que estropearía la historia)

    23 de noviembre de 2010

    Testigo silencioso


          Aquel silencio se convirtió en un mudo tratado de nostalgias, donde todo quedaba en aquel color sepia de las imágenes que guardó en la vieja caja de galletas, que durante años había reposado sobre la alacena, y que ahora dejaba en su maleta.

          La casa conservaba el olor de la última taza de café que había sido preparada, y el sonido del péndulo de aquel reloj, que colgaba allí desde tiempos inmemorables, se mezclaba con sus propios sonidos internos, los del recuerdo, los de las risas mudas y las palabras sin voz ni aliento, los ojos que miran y ya no ven porque han quedado atrapados en otro tiempo, los del silencio.

          Cerró la puerta después de echar un último vistazo a su alrededor, ochenta años de recuerdos grabados en cada poro de aquellas paredes, flotaban como motas de polvo expuestas a la luz. Sabía que esa sería la última vez que vería aquel espectáculo quieto, aquel escenario de representaciones dormidas. Cogió su maleta y se marchó, dejando atrás aquella estructura impasible, testigo silencioso de toda su vida.

    (Inspirado en "a partir de una frase" para el foro de Nuncajamás)

    22 de noviembre de 2010

    Y de repente un libro...


          Su vida transcurría pausadamente, tejida entre esquemas básicos que con el tiempo había convertido en un hábito de meticulosa rutina. No solía dejarse llevar por impulsos repentinos, ni corazonadas. Todo medido, todo calculado. Se levantaba cada día exactamente a la misma hora, justo cuando sonaba el despertador, ni un minuto más, ni un minuto menos. Se calzaba las zapatillas, colocadas estratégicamente donde caían sus pies al levantarse. Caminaba hacia la cocina y ponía la cafetera a calentar; mientras se daba una ducha rápida que terminaba con el silbido de la cafetera, matemáticamente calculado. Desayunaba con el albornoz y después se vestía; la ropa metódicamente elegida la noche anterior y colgada con esmero sobre la silla del dormitorio. Cogía siempre el mismo autobús, al que apenas esperaba tres minutos en su parada. A la salida del trabajo, realizaba la compra y volvía a casa a comer. La comida siempre lista para servir, preparada desde la tarde anterior; y después de echar una pequeña cabezada en el sofá, preparaba la del día siguiente. Por la noche, la ropa de nuevo elegida para la mañana siguiente y colocada sobre la silla, sin olvidar las zapatillas estratégicamente situadas donde amanecerían sus pies.

          Abrió los ojos alertada por una sensación instintiva, el despertador no había sonado, pero al mirarlo, sobre la mesilla, marcaba exactamente la hora a la que sonaba cada día, ni un minuto más, ni un minuto menos. Sin embargo, dio un salto de la cama con tanto ímpetu que sus pies no cayeron sobre las zapatillas, las introdujo de una patada debajo de la cama, sin darse cuenta, y no lograba alcanzarlas. Se fue descalza a la cocina, puso la cafetera, volvió con el palo del cepillo, rescató las zapatillas y se metió en la ducha. Al salir de la ducha, no oyó el silbido de la cafetera, pero un olor a café quemado inundaba la estancia. Cuando limpió la vitrocerámica y desayunó, corrió a vestirse, eran unos minutos más tarde que de costumbre y al llegar al ascensor se encontró con que lo tenía retenido la familia del quinto, que apuraban ese tiempo para coger los abrigos y las mochilas del colegio. Decidió bajar por la escalera. Al doblar la esquina, a veinte metros de distancia, vio desaparecer su autobús habitual, no tuvo más remedio que esperar siete minutos a que llegara el siguiente. Encontró un sitio libre al fondo, en la última fila de asientos, y al sentarse, notó que pisaba algo. Era un libro cuyo título ni autor le sonaban. Estaba marcado hacia la mitad con una entrada de cine gastada, de un título que aún seguía en cartelera y que ella se había resistido a ver porque no le llamaron la atención ni el argumento ni el reparto.

          Al día siguiente, decidió dejar pasar su autobús habitual y coger el del día anterior, y así poder devolver el libro al conductor, arrepentida del impulso que la empujó a llevárselo. Cuando subió el escalón, a su izquierda, en primera fila, había un chico que miraba el libro que ella llevaba en la mano, con mucho interés. Pensó que sería el propietario del libro y, arrastrada por la corriente de pasajeros ansiosos por encontrar sitio, pasó su ticket y le entregó el libro al chico, que le dio las gracias muy contento, mientras la veía alejarse con la marea de gente, hacia los asientos del fondo.

          Ese día sintió una curiosidad tremenda por ver la película que aquel chico había usado como marcador, y decidió no esperar al fin de semana. Por la tarde, no se molestó en preparar la comida del día siguiente, se vistió y se fue al cine, para que no se le hiciera muy tarde. La película le gustó tanto que no pudo resistirse a acercarse a una librería y comprar aquel libro, pensó que también podría gustarle, y no se equivocó.

          Al cabo de un tiempo, una mañana, en su parada de autobús, estaba el chico del libro esperando a que llegase ella. Le devolvió el libro con la entrada de cine dentro y le dio las gracias por habérselo prestado sin conocerle de nada. Ella le explicó la confusión que había tenido, y se rieron durante un buen rato, contándose lo que cada uno había pensado de la situación, cuando ella le entregó el libro, pensando que era su dueño; y él, a su vez, pensando que era una chica bastante rara, por haberle prestado el libro sin mediar palabra.

          Ella decidió regalárselo, ya tenía otro y era demasiado tarde para devolverlo a su verdadero dueño. Y él la invitó al cine, alegando que le había quedado la curiosidad de ver aquella película, y eso que nunca le había llamado la atención en el cartel. Ella no mencionó que ya la había visto, pensó que aquello era un pequeño detalle sin importancia.

    10 de noviembre de 2010

    El silencio


          Ese lugar donde habitamos cuando estamos dormidos, cuando perdemos la consciencia del murmullo que nos rodea. Donde nos refugiamos cuando queremos mirar con atención, como si nos iluminara la visión y, sumergidos en él, nos ayudase a ver mejor.

          A veces no sabemos usarlo y en vez de recurrir a él cuando no encontramos las palabras necesarias, nos lanzamos al abismo de las frases sin sentido para envolverlo, sin darnos cuenta que él es más sutil y preciso. No nos encadena como lo hacen ellas, las palabras. Se mantiene esquivo e inconexo.

          El silencio puede ser un lugar muy frío y árido, donde cueste permanecer largo tiempo, o donde un instante parezca una larga estancia incómoda. Pero también hay silencios que se transforman en lugares apacibles, donde deseas que se detenga el tiempo para poder recrearte en sus rincones, pasear sus sendas, sentarte en sus parajes más hermosos a observar las vistas, o simplemente descansar entre sus ecos sordos. Cerrar los ojos y poner todos los sentidos a su merced para formar parte de él, transformándote en silencio.

    7 de noviembre de 2010

    Blogplagios

          
          Como anuncia el título, sobre ese tema trata esta entrada. Nunca imaginé que el robo de textos pudiera ser tan descarado, pero ayer pude comprobar con mis propios ojos, que hay gente que carece de dignidad en este sentido.

          Tengo una amiga a quien le han robado, de momento, más de una decena de textos de su blog, con todos sus puntos y sus comas. Me parece lamentable este asunto, pues los textos de los blogs son gratuitos, están ahí para el disfrute de todos, y lo único que se pide es que si tomas prestado uno, al menos, tener la decencia de decir de dónde lo has sacado o nombrar a su autor, te va a quedar igual de bonito colgado en tu blog, pero el verdadero autor no se sentirá ninguneado.

          Intentando meterme en el pellejo de los que hacen esto, sólo llego a esta conclusión: Si a la gente no le gusta lo que escribo, pero a mí me gusta, sigo adelante con mi afición porque me llena; pero si ni a mí me gusta lo que escribo y tuviese que robar textos a otro, haciendo ver que son míos, para sostener mi blog... Entonces, amigo mío, me buscaría otra afición, porque sólo me estaría engañando a mí misma.

          Se ha creado un blog No deberías copiar, ahí están las pruebas de los plagios junto con los originales. No sabemos si servirá para algo, pero al menos es una forma de evidenciar al plagiador, en plan lista negra, y para poder sentir lo que suele decir otro bloguero amigo: "¡Qué agustito me quedao!" (Pero en castellano 2.0)

          Os animo a participar, y si encontráis algún texto vuestro que ha sido vilmente plagiado, solo tenéis que comunicarlo allí y será debidamente publicado. La forma de encontrarlos es muy sencilla, coges una frase larga de un texto y lo pegas en google… si ha sido plagiado salen como churros. En Fotolog es una pasada la de plagios que se realizan. Hasta una página de Facebook  con 431 usuarios (o "me gusta" ) había plagiado un texto,  y ni se habían molestado en nombrar a su verdadera autora. La verdad es que se han ensañado con ella, así que voy a sacar algo positivo en esta historia: 

    “Angelical, tu pluma es buena, y ellos lo saben ;)”

    5 de noviembre de 2010

    Palabras al viento


          ―Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa.
          ―¿Cómo puedes estar tan segura? Ha dicho que me envió una carta al mes de desaparecer.
          ―Porque fui yo quien te ocultó aquella carta. Te vi más animada y pensé que era lo mejor, pero ahora sé que me equivoqué. ―Le comunicó Blanca a su hermana, cuando volvían del cine―. No pensé que fuera a cambiar las cosas, tan solo ponía una frase, decía que ya podía ver. Pensé que eso significaba que lo estaba superando, y como vi que tú también, deduje que sólo te traería malos recuerdos.
          ―¿Quién te crees que eres para decidir por mí? Ni siquiera sabes lo que significa esa frase.


          María estaba sentada en la sala de lectura de Fnac, cuando Pedro apareció buscándola. Se quedó un rato observando sin ser visto. Ella ojeaba un libro de pinturas sin mucho interés, pues pasaba las páginas demasiado deprisa, sin darle tiempo a observarlas. Cerró el libro y se puso a enrollar un mechón de su pelo en el dedo índice, mientras su mirada permanecía concentrada en la punta de sus zapatos. Pedro guardó aquella imagen, tan habitual en ella, como recuerdo. Cuando se acercó, ella se levantó, y después de un escueto saludo, se marcharon del edificio.

          A penas se dirigieron la palabra. Llevaban una semana intentando alargar aquel encuentro que marcaría el final de su relación. Los dos lo sabían, aunque ninguno había sacado el tema, la tensión entre ellos era insostenible. Ella supo, desde el primer momento, que él jamás lograría perdonarla, a pesar de estar arrepentida de sus actos. No entendía cómo había podido dejarse llevar así por un impulso sin sentido, y menos aún entendía, el motivo que la llevó a contárselo a Pedro, quizás fue una forma de limpiar su conciencia. Pedro intentó, por todos los medios, perdonar a María. Luchó contra su ataque de rabia, se tragó su orgullo y decidió seguir como si no hubiese pasado nada. Pero su falta de confianza empezó a minar su relación por dentro, y cuando se quiso dar cuenta, la desconfianza era tal, que le impedía la visión.

          Un año más tarde de aquel último encuentro, en el que con sus palabras no se dijeron lo que se querían decir, y sí lo que no querían saber; se encontraron en la cola de un cine. Ella iba con su hermana Blanca, y él iba acompañado de una chica que María no había visto nunca. Cuando sus miradas se cruzaron, se sintieron extraños e incómodos, y ambos se plantearon si acercarse a saludar al otro, pero ninguno se decidió a hacerlo.

          Durante la película, María pensó en lo mal que lo había pasado en el transcurso de aquel año. Había echado de menos a Pedro, y cada día pensaba que quizás ese día sonaría el teléfono; pero eso nunca ocurrió. Pedro, por su lado, se preguntaba por qué ella se habría negado a contestar su carta. Más de una vez fue tentado a llamar por teléfono, pero pensó que ella ya había tomado una decisión con su silencio.

          A la salida del cine, Pedro se acercó donde estaba María, y Blanca se alejó para dejarles intimidad, al ver que había aparecido solo. En pocos minutos se pusieron al día del año que habían pasado separados. Pedro se iba a casar al año siguiente, y María recibió la noticia como un aguijón en plena diana.


    (Inspirado en la frase de Emma: "Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa" para El CuentaCuentos)

    2 de noviembre de 2010

    Otro sobre, otro reto...




           Parecido al reto que nos propusieron en Travesía literaria allá por el mes de mayo, donde teníamos que escribir un relato usando diez palabras obligadas... Nos piden en este caso narrar una escena veraniega con diez palabras prohibidas: VERANO-PLAYA-CALOR-TERRAZA-PISCINA-SOL-BIKINI-BAÑADOR-ABANICO-VACACIONES... A ver qué sale...
         
          Era una tarde de finales de julio. El astro rey aún amenazaba con fervor, haciendo que los cuerpos tumbados sobre la arena, sufrieran el ardor de sus rayos y fueran impulsados a refrescarse con las aguas saladas de aquel mar que lucía, durante aquella época de estío, sus mejores galas de transparentes olas y refrescantes aguas.

          Me encontraba en el mirador de la cafetería del hotel donde me hospedaba. Las vistas eran magníficas, y el aire del ventilador de techo me producía una sensación placentera, frente a la calina que inundaba el ambiente. Decidí unirme a los bañistas y renunciar a mi puesto privilegiado en aquel balcón. Subí a mi habitación y cogí mi bolsa con la toalla.

          Cuando legué a la orilla, una nube amenazaba con hacer de improvisada sombrilla, agradecí su posición, el ambiente sofocante era aún peor de lo que se vislumbraba desde la terraza. Cuando la nube siguió su camino, decidí darme un chapuzón. Observé a mi alrededor que todo el mundo me miraba, así que aceleré el paso para adéntrame cuanto antes en el agua. Una vez allí, revisé mi indumentaria, y no encontrando nada extraño en mi traje de baño, ni en mi cuerpo, me animé a salir del agua.

          La gente seguía mirándome extrañada, me envolví con la toalla, recogí mis cosas precipitadamente y me marché incomodada por aquellas miradas.

           Cuando me acerqué a recepción para pedir mi llave de habitación, observe mi imagen en la portada de una revista ¡No podía ser! Lo había hecho de nuevo. Mi hermana gemela había conseguido robarle un beso a un famoso para cobrar una exclusiva millonaria.

    26 de octubre de 2010

    La brisa tras su espalda



          Paseaba por la orilla a diez metros de distancia sin saberlo. Ella comenzó a seguir sus huellas, pisando una tras otra, sin hacer ruido; el murmullo del mar se encargaba de acallar los sonidos de todo cuanto se hallaba a su alrededor. Él no estaba seguro de que ella fuese a aparecer. Ella ahora sí lo estaba, le tenía delante, cortando el viento a su paso.

          Él seguía caminando, silencioso, sin mirar atrás, pendiente de cada uno de los movimientos de aquel mar revuelto que, aquella tarde, parecía querer ofrecer su más fría mirada. Ella iba ganando terreno en cada paso y reducía aquella distancia que les separaba. Tan sólo eran segundos, nada en comparación con el tiempo que había pasado desde la última vez, y una eternidad ahora que le tenía tan cerca.

          De pronto él detuvo sus pasos. Ella frenó los suyos haciendo un movimiento de negación con la cabeza, no quería que él se volviera para mirarla, sabía que se formaría un muro de cristal entre ellos, ganando así el control de la situación y volviendo a dejar a cada uno en su lugar, a una distancia de años luz.

          Justo cuando comenzó a girarse, ella echó a correr y chocó contra su cuerpo, fundiéndose en un abrazo y hundiendo su rostro tras su espalda; inspirando su aroma, mezclado con el de la brisa, e impidiendo el acceso a aquel muro que ya no podría forjarse entre sus cuerpos.

    21 de octubre de 2010

    Mi mayor enemigo




    A veces, intentando salvar los obstáculos que nos coloca la vida,
    me encuentro de bruces con el mayor de todos ellos,
    y siento que colisiono contra mi propio yo.

    Cuando esto ocurre, reconozco en él a mi mayor enemigo,
    por ser quien mejor me conoce y al que más me cuesta apartar;
    pues las fuerzas de empuje y resistencia están equilibradas,
    y tengo que encontrar un punto débil, un mismo talón de Aquiles,
    antes de que lo haga mi oponente y gane la partida,
    haciendo que dé un paso hacia atrás.

    Tiendo a pensar que si me dejo vencer una vez o si encuentra mi debilidad,
    se hará más fuerte; y cada vez que nos encontremos,
    me mirará con ojos de invicto,
    logrando que pierda la confianza y renuncie a mi fortaleza.

    Por eso no quiero bajar la guardia,
    tengo que buscarlo antes de que me encuentre desprevenida,
    porque cuando lo tengo enfrente y sus ojos desprenden duda,
    siento que ya está vencido.

    Senderos de papel (Cap. X)



     Rotación


          Adela llegó a Madrid al día siguiente. En su buzón encontró un pequeño paquete procedente de Londres, y que por la fecha, debía de llevar allí unos cuantos días. Lo abrió sin mucho interés, imaginando que sería algún catálogo de la publicidad que, de vez en cuando, Israel solía enviarle. Pero lo que encontró dentro fue un libro titulado «Senderos de papel» El autor ¡no podía creerlo! era Israel. En la primera página, donde habitualmente aparece la fecha de edición, editorial o ISBN del libro entre otras cosas, sólo ponía: Edición limitada. Un sólo ejemplar. En la siguiente página había un párrafo manuscrito que decía:

    «La vida está formada por senderos que se entrelazan. Unos son sólidos como el acero, otros son frágiles como el papel. Los caminos frágiles suelen romperse con facilidad, y nos llevan a constantes idas y venidas; subidas y bajadas; convirtiendo nuestra existencia en un mar de sensaciones.»

          El libro estaba impreso como uno de verdad. Hablaba sobre la historia de la vida de Israel, contada en primera persona, desde que era un niño hasta que se hizo adulto. Todo aquello que ella nunca había escuchado salir de sus labios, estaba allí escrito. Contaba cómo una vez, había conocido a una chica debajo de un paraguas rojo, y después había compartido un café en un lugar donde el tiempo se había detenido… sobre las sensaciones que había sentido cuando alguien se cruzó en sus caminos… Adela devoraba el libro sin parar, ni siquiera se había quitado el abrigo, ni los zapatos. Cada párrafo que leía le dolía más que el anterior ¿Por qué le había enviado aquel libro, abriendo su corazón, si ella había visto con sus propios ojos que compartía su vida con Lucia? ¿Y si Lucia se lo había inventado todo? Pero no tenía sentido, ella vivía allí, estaba en su casa... Y si no vivía tenía sus llaves.

          El libro terminaba en una despedida en el aeropuerto, rumbo a Londres, cuando ella sintió su primer abrazo, que él también percibió así, pues explicaba que había notado algo distinto en ella, como si esperase algo más… Pero él se había guardado sus ganas por miedo a no poder dar marcha atrás y perderlo todo en un segundo. El libro terminaba ahí, sin embargo sobraban infinidad de hojas en blanco, y en la última de todas, ponía: fin.

          Cuando terminó de leerlo, eran las doce de la noche, decidió darse una ducha e irse a dormir, estaba hecha un lio con tantas contradicciones. Pensó que sería mejor esperar a que fuese él quien diese señales de vida, de no haberlo hecho ya, significaba que Lucía había cumplido con su palabra.

           El lunes llegó a la oficina con una sensación rara, parecía que había estado fuera una eternidad, y tan sólo había sido un fin de semana. Cuando se cruzó con el padre de Israel y le preguntó por su viaje, pensó: ¡Tierra trágame! Pues había olvidado que había otro testigo, y si hablaba con su hijo, podría enterarse de su estampida. Suerte que en el último segundo se le ocurrió decirle que perdió el vuelo, y que ya le daría la sorpresa en otra ocasión.

          Llegó a su casa agotada, no tanto por el trabajo como por las horas que le había robado al sueño. Al salir del ascensor se encontró colgado del pomo de la puerta, su paraguas. No recordaba haberlo dejado allí olvidado, de hecho la última vez que lo usó fue…

          ―Sí, es el tuyo, no le des más vueltas ―dijo una voz a su espalda, procedente de la escalera.
          ―¡Israel! ¿Qué haces aquí?
          ―Pues nada, que el sábado iba a darme una ducha y me encontré compartiéndola con tu inconfundible paraguas rojo que, por cierto, deberías jubilar… Y decidí traértelo, por si llovía, no quería que te mojaras.
          ―Lo siento… no debí marcharme así, yo no sabía cómo…
          ―No tienes que justificarte ―la interrumpió― quizás yo habría hecho lo mismo, de hecho una vez lo hice.
          ―¿Cuándo?
          ―Una vez que se me olvidó la existencia de Marcos, y al ir a buscarte a la cafetería, te vi salir con él.
          ―No entiendo por qué nunca me dijiste lo que sentías
          ―No había nada que decir, se trataba de sentir o no sentir, y tú no estabas aquí en la tierra.
          ―Ya… mis viajes a la luna ¿no?
          Ninguno se había atrevido a acercarse al otro, un encuentro que en otro momento habría sido celebrado con risas, abrazos y una conversación escandalosa; estaba siendo recibido con un aura de timidez. Ella apoyaba la espalda contra la puerta de su casa, con el paraguas en la mano, y él apoyado en la del ascensor. Era como si sintiesen el movimiento de rotación de la tierra y necesitasen un punto de apoyo. El aire que circulaba por el rellano, pesaba sobre sus cuerpos como una losa, cuando les faltaban las palabras y se envolvían en incómodos silencios.
          ― ¿Te gustaría volver a Londres? El último vuelo sale en dos horas. No me puedo creer que estuvieses allí y regresaras al día siguiente, al menos podías haber aprovechado el viaje.
          ―¿Cómo sabes que no lo hice?
          ―Porque tu jefe me sopló que volvías el domingo, y yo lo pasé en el aeropuerto, cruzando los dedos como sueles hacer tú, y pidiendo mentalmente que no hubieses adelantado el vuelo. Por cierto, eso de mentir a tu jefe…
          ―De mentiras ya hablaremos, porque mira que ser el hijo de mi jefe a mis espaldas… Pero veo que ahora tenéis muy buen rollo…
          ―Y tanto… sé que lo sabías desde el primer día, me lo contó el mismo día que hablasteis.
          ―¿Será canalla? Y el rollo aquel que me soltó de esperar a que fueras tú… ¡De tal palo tal astilla!
          ―Fueron las armas que encontró para convencerte, pero te lo dijo de corazón. Él siente que indirectamente nos has hecho un gran favor, y yo también lo creo así.
          ―Lo de ir a Londres no va en serio ¿no? Tu padre me mataría.
          ―Si no quieres no, pero por mi padre no te preocupes, de eso me encargo yo.
          ―No, no me apetece, prefiero pasear por Madrid.
          Había anochecido en la calle cuando bajaron, y el aire traía un aroma húmedo y cálido, de una lluvia que estaba por llegar.
          ―No has dicho nada sobre mi regalo.
          ―Lo leí del tirón nada más llegar. Fue como regresar a un lugar donde ya había estado, pero disfrutarlo a través de tus ojos. Nunca imaginé que podría sentir caricias al leer palabras. Es el regalo más bonito que me han hecho. ¿Por qué has dejado medio libro en blanco, piensas escribir una segunda parte?
          ―Tenía otros planes, pensé que de esa parte te encargarías tú.
          ―Vaya responsabilidad… no creo que me quedase tan bonito.

          No se habían dado cuenta de que caía una fina lluvia que apenas les mojaba, ni de que el sendero por el que paseaban, a cada paso que daban, se volvía más frágil. Sólo se habían dado cuenta de que sus manos se habían cogido para pasear aquella maravillosa ciudad, y de que el tiempo, una vez más, se les había detenido.

    FiN

    20 de octubre de 2010

    Senderos de papel (Cap. IX)


    Una burbuja de aire

          Adela quedó convencida con los argumentos que le dio el padre de Israel, y como habían acordado, esperaría a que fuese su amigo quien desvelase el parentesco entre ellos. Habían pasado tres meses desde que se marchó a Londres, y siempre tenía algún imprevisto que le impedía hacer una escapada, así que se planteó la posibilidad de ser ella la que le sorprendiese.

          Israel se sentía absorbido por el trabajo. Echaba de menos su vida en Madrid, el clima, sus costumbres, odiaba la comida inglesa y, para colmo de males, llevaba casi tres meses sumergido en una relación que no le llevaba a ninguna parte. Se llamaba Lucia y era española, llevaba un año estudiando en Londres, y la conoció en la cola de unos grandes almacenes al darse cuenta ambos, que llevaban en la mano libros en español, pero no se dijeron nada con palabras, sólo algún gesto con la mirada. Al salir de los grandes almacenes llovía, y cuando ella abrió su paraguas, él, sin pensárselo dos veces, se coló dentro. Ella no entendía muy bien su atrevimiento, pero como le pareció un chico muy mono, no le importó la intromisión y siguió caminando junto a él. Israel, sintiendo una especie de “dèjá vu”, la invitó a tomar un café. Pero ni el lugar, ni la compañía, ni la atmósfera, lograron revivir aquel lejano momento ya vivido, ni ningún otro de los que había pasado con Adela. Aún así, y siguiendo aquel empeño que traía en la maleta para sacar a Adela de su cabeza, terminaron la velada en el apartamento de él; un loft de noventa metros cuadrados, cuya única estancia independiente era el baño, y donde vivía solo.

          Llevaba casi desde el primer día que la conoció, intentando buscar una buena excusa para dejarla. Lucia era encantadora y cada día que pasaba estaba más entusiasmada con él, con la misma intensidad con la que él, cada vez estaba más distante de ella.

          ―¿Sería posible tomarme el próximo viernes libre? Tengo que hacer un viaje ―le preguntó Adela al gestor de personal, que se encontraba en ese momento delante de su mesa.
          ―No hay ningún problema ―le contestó este, sin darse cuenta de que tenía detrás al director.
          ―Pues claro que hay problema, que no lo sepa ella que, al fin y al cabo, acaba de aterrizar… pero te recuerdo que empieza la campaña de Navidad.
          ―¿Con tanta antelación? ―preguntó Adela
          ―¿Y cuándo quieres comenzar, en Nochebuena?
          ―Lo he dicho sin pensar, no me había fijado en las fechas ―se disculpó el gestor de personal.
          ―La campaña de Navidad es la más importante, Adela, y nada de lo que has vivido hasta ahora aquí, tiene comparación con la locura que vas a encontrarte en los próximos meses ―y al decir esto, se marchó tan sigiloso como había aparecido. Adela le siguió hasta su despacho, aún había algo que necesitaba conseguir.
          ―¿Puedo pasar un momento? ―preguntó, antes de que cerrase él la puerta a su espalda.
          ―No insistas, Adela, no voy a darte el día libre.
          ―No vengo por eso, es que no tengo la dirección de Israel en Londres, y quiero viajar el próximo fin de semana para darle una sorpresa.
          ―Tengo sólo la de su oficina, pero puedo averiguarla sin levantar sospechas. ¿Para ese viaje necesitabas el día? ―preguntó él, cambiando el tono que había utilizado al principio.
          ―No es tan necesario, tendré tiempo de coger el último vuelo, era sólo por aprovechar más el viaje. Y tranquilo, el domingo estaré de vuelta como un clavo.
          ―Entiendes que no te conceda el día libre ¿verdad? Si lo hiciese volverías a estar en el punto de mira.
          ―Lo entiendo perfectamente.

          Cuando Adela bajó del taxi, llovía menos que cuando lo cogió. Se alegró de que ese día también hubiese llovido en Madrid, y no haber olvidado coger el paraguas, no le apetecía presentarse en la casa de Israel hecha un cuadro por la lluvia. La noche había cubierto la ciudad y los nervios no le permitieron disfrutar de sus primeras impresiones en suelo londinense. Llamó al timbre cruzando los dedos, y pidiendo mentalmente que su amigo estuviese en casa. Al oír sus pasos estuvo a punto de esconderse para darle un susto, pero estaba tan nerviosa que sus pies no se atrevieron a moverse del sitio. Una chica de pelo castaño y bastante guapa, le abrió la puerta. Cruzó los dedos, de nuevo, pidiendo haberse confundido de puerta; pero la chica llamada Lucia, se presentó como la novia de Israel y la invitó a pasar, Israel se encontraba aún en la oficina. Adela entró en el apartamento, era tal y como se lo había descrito él. No sabía si quedarse o marcharse, aquello no estaba resultando como lo había imaginado. Mientras Lucia llevaba su paraguas al baño, para no mojar el suelo de madera, pensó en salir corriendo, pero recordó que ya se había presentado y quedaría como una niñata estúpida si reaccionaba así. Lucia, que se había percatado de la incomodidad que sentía Adela, y que sabía perfectamente de su existencia, pues Israel no había parado de hablarle de ella, se lo puso fácil.

          ―¿Israel no te había hablado de mí? ―preguntó Lucía, algo contrariada.
          ―No, la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo para hablar últimamente, se le habrá pasado.
          ―Quizás no quería herir tus sentimientos, llevamos casi tres meses juntos, difícilmente se le puede haber pasado.
          ―¿Mis sentimientos?... Sólo somos amigos.
          ―Aquí, entre nosotras, tu viaje… ¿Él no sabe que venías verdad?
          ―No, era una sorpresa. Pero si hubiese sabido…
          ―Sin rodeos, Adela ―Lucia no la dejó terminar― Israel y yo tenemos una relación muy especial y creo que tu viaje no nos beneficia a ninguno, y a ti a quien menos, te sentirías incómoda todo el tiempo… Ahora mismo, tal y como te sientes, te gustaría no haber venido ¿verdad?
          ―Sí, tienes razón.
          ―Pues te propongo algo. Si quieres te guardo el secreto. Busca un hotel lo más lejos que encuentres, y disfruta de Londres, realmente es una ciudad con mucho encanto.

          Adela se marcho sin entender muy bien por qué se había dejado llevar por aquella chica. La situación era verdaderamente incómoda, pero quizás hubiese sido más razonable esperarle. Toda la información le daba vueltas en la cabeza. ¿Por qué Israel no le había contado que salía con alguien? ¿Por qué seguía ocultando su vida? Adela se sintió más lejos que nunca, en vez de separarles la distancia, lo estaba haciendo la falta de comunicación. Israel había construido una burbuja de aire entre ellos, una burbuja donde ya no estaban los dos dentro.

    19 de octubre de 2010

    Senderos de papel (Cap. VIII)


     En un barco de papel

         ―¿Nerviosa? ―preguntó Israel, que había aprovechado la incorporación de Adela a su trabajo, para desearle un buen día.
          ―Más de lo que esperaba.
          ―Tranquila, todos pasamos constantemente por una primera vez en algo, mi padre el primero.
          ―¿Tu padre? ¿Israel estás bien? Sólo una vez me habías mencionado a tu padre, y fue para decirme que no querías hablarme de él… ¿Ha ocurrido algo?
          ―No sé por qué he dicho eso… ―contestó Israel titubeando. Era el primer día y a punto estaba de meter la pata―. Es un hombre muy exigente, y aún así siempre ha sido muy considerado en este aspecto… Me ha salido sin pensar.
          ―Mi jefe es de la misma opinión, me lo dijo en la entrevista, seguro que se llevarían bien ―Insistió Adela, aprovechando que por fin Israel soltaba prenda sobre un tema prohibido.
          ―Pues nada, te dejo no vayas a llegar tarde, mucha suerte. Cuando tengas un hueco escríbeme un correo y me cuentas qué tal te ha ido. Yo tengo… ―Israel se quedó callado, había algo que quería contarle pero pensó que aquel no era el mejor momento.
          ―¿Qué?... ―se impacientó ella.
         ―Nada, suerte en tu primer día ―contestó, colgando precipitadamente para no darle tiempo a insistir.

          Adela se presentó en su puesto a la hora acordada y prestaba atención a Patricia, que sería su compañera de trabajo, y por unos días su instructora. Patricia era un poco arisca, y se mostraba algo reacia a sonreírle, pero no a hacerle una radiografía exhaustiva de arriba abajo.
          ―¿De qué conoces al jefe? ―se animó a preguntarle a Adela.
          ―De nada, envié un currículum y me llamó.
          ―No trates de engañarme, no olvides que seremos compañeras por mucho tiempo, espero... A quien le has quitado el puesto llevaba aquí seis meses, y se esfumó sin explicación alguna, de la noche a la mañana.
          ―No te miento, fue así.
          ―A ver, compañera, los currículum los filtro yo, y los dejo en el despacho del gestor de personal. Ni tu nombre, ni tu cara me suenan, y el jefe te llamó personalmente para la entrevista, eso no lo había hecho en la vida.
          ―¿Y qué tratas de insinuar, que soy una enchufada?
          ―Eso lo has dicho tú solita.
          Después de aquella conversación, Adela quedó desconcertada ¿Qué estaba pasando allí? Cierto era que ella tampoco recordaba haber enviado allí su currículum, pero aquello no era de extrañar, había pasado demasiado tiempo y fueron muchos los que envió. Pero si no había enviado el currículum, como afirmaba Patricia, ¿Cómo podían tener sus datos? A no ser que alguien los hubiese enviado por ella, ¿Y si…? Una llamada la sacó de su ensimismamiento, el director quería darle la bienvenida personalmente y la citó en su despacho.

          ―¡Muy bien! Ahora me encuentro un poco a la deriva, dejándome llevar por todos los consejos que me van aportando, y absorbiendo toda la información que puedo. Espero no tardar demasiado en coger el timón.
          ―Tranquila, en una semana te sentirás como en tu propia casa, o tu propio barco, como prefieras llamarlo.
          ―¿Son su familia? ―Preguntó Adela, tomando la fotografía de la estantería, que había visto el día de la entrevista, con una mujer y un niño pequeño.
          ―Sí ―le contestó, sin ni siquiera mirar la fotografía que ella había vuelto a dejar en su sitio.
          ―¿Cómo se llama el pequeñín? ―preguntó Adela, más por decir algo que por curiosidad.
          ―Isra… el ―se le escapó, sin darle tiempo a rectificar.
          ―Ahora lo entiendo todo ―pensó en alto.
          ―Verás, Adela, mi hijo no quería que sintieras que el puesto te había sido regalado.
          ―¿Y no lo ha sido? ―Preguntó Adela con un tono escéptico.
          ―Él sólo pensaba que necesitabas un pequeño empujón para darle experiencia a tu currículum, y sabía que no aceptarías a sabiendas… y yo tampoco te habría aceptado si en la entrevista no hubiese encontrado lo que Israel me mostró. Él me conoce, me ha sufrido como jefe, nunca iría en contra de mis principios. Y si no das la talla, tampoco dudaría en despedirte, seas amiga, prima, o lo que seas de mi hijo.
          ―Lo siento, pero no puedo aceptarlo. He escuchado por la oficina que habían despedido a la chica que he sustituido, no quiero ser la enchufada del ningún sitio, ni que me regalen nada, no sería yo si lo acepto.
          ―No hagas caso a las habladurías de la oficina, esto es a veces como un patio de vecinos. Se habla de lo que no se sabe, y se tergiversa lo que sí. Mercedes no fue despedida, sencillamente no fue renovada, y eso fue mucho antes de que apareciese Israel a hablarme de ti. Que te hice la entrevista y no quise saber nada de las candidatas que tenían seleccionadas para entrevistar en gestión de personal, eso sí, pero nada más.
          ―Aún así… ―estaba desconcertada, por un lado no quería perder aquel trabajo, pero se sentía defraudada, era como si le hubiesen vertido una jarra de agua fría sobre la cabeza, y su barco se hubiese convertido en uno de papel.
          ―Adela, entiendo tu postura, y eso me hace querer aún más que te quedes con nosotros, no me gusta la gente sin sangre en las venas. No te tomes el trabajo como un favor que te hemos hecho Israel o yo, tómalo como un favor que tú nos estás haciendo a nosotros. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que Israel y yo no compartíamos algo? Desde que se acercó a mí para preguntarme si tenía alguna vacante, no hemos perdido el contacto. No sabía nada de sus proyectos. Hemos compartido más en un mes que en cinco años. Tienes que quedarte, Adela, nuestra relación pende de un hilo, y tengo miedo a fallarle una vez más. Espera, al menos, hasta que él decida contártelo, dijo que lo haría cuando volviese y viera que tú te sentías cómoda en tu puesto.

          La reunión fue larga y distendida, se prolongó hasta la comida. Adela supo en unas horas, sobre la vida de Israel, más de lo que había sabido desde que se habían conocido. Ella siempre había imaginado a aquel hombre, como al más vil de los villanos, y no por boca de Israel, sino por haberle encontrado siempre tan huérfano. Ahora lo veía todo con otra luz, eran dos hombres enfrentados y asomados al mismo abismo, el de la soledad, el rencor y la falta de cariño; que habían sido incapaces de construir un puente para unir sus caminos con las herramientas de la empatía.

    16 de octubre de 2010

    Senderos de papel (Cap. VII)



    Palabras que se queman dentro



          Adela siempre había procurado mirar a Israel con los ojos de la amistad, se había convencido de que él no era su perfil ideal, como si aquella norma que le había impuesto a su cabeza pudiera ser aceptada por su corazón sin más; ignorando que los sentimientos no entienden de perfiles, ni de reglas, ni de intención. Estaba acostumbrada a compartir su vida con él, cualquier mínima inquietud que tenía era un buen motivo para llamarle y pasar un buen rato al teléfono, o bien para quedar para tomar algo y pasear las calles de la ciudad. No había un rincón del casco antiguo madrileño, que no tuviese una instantánea, como testigo, de sus encuentros. Sin embargo Israel no actuaba de la misma forma, él guardaba celosamente su intimidad, nunca hablaba de su familia, ni de su vida de antes de conocerse, y esto hacía que siempre quedase entre ellos una pequeña distancia, una muesca en aquella burbuja de cristal que habían construido.

          El día que se despidieron en el aeropuerto, Adela tenía una sensación muy extraña, parecía que de repente había perdido toda la complicidad con él. Se sentía incómoda a su lado y, a la vez, no quería despegarse de él. Era como si al aire que transitaba a su alrededor se le hubiese terminado el oxígeno y ello le dificultara respirar; y entonces necesitase acercarse más a él para robarle parte del suyo.

          Por otro lado, Israel se sentía más tranquilo que nunca, había decidido no arriesgar la amistad que tenían, por un error sentimental. Pensó que la distancia haría que fuese más fácil borrarlo, quería sentirse como ella, libre de las argollas de los sentimientos; y para ello pondría todo su empeño en centrarse en su trabajo. Nunca imaginó que un proyecto no relacionado con la música, le llegaría a entusiasmar como lo estaba haciendo aquel. Quizás se refugió demasiado en el violín, y no supo mirar más allá. Se alegró de que una absurda competición de su orgullo herido, por Adela, le hubiese animado a buscar otro camino que él nunca vio. La música siempre estaría ahí, cuando él fuese a su encuentro. También había conseguido enterrar el hacha de guerra con su padre; Habían pasado de las obligadas llamadas para no perder definitivamente el contacto, a reunirse para comer y compartir opiniones sobre la evolución de su proyecto. Se dejaba aconsejar por la experiencia de su progenitor en su campo, ahora hablaban de igual a igual, y el muro que un día les había separado se había disuelto en un charco de complicidad, que nadaban día a día.

          Llegaron a la zona de embarque. Habían hecho todo el recorrido del taxi y la facturación de las maletas, sin apenas pronunciar palabra, cada uno abstraído en sus pensamientos. Adela notaba cómo las palabras le quemaban en la garganta, pero no lograba expulsarlas, se habían quedado adheridas junto con sus ganas de abrazar a Israel, como había hecho tantas y tantas otras veces, de una forma natural.
          ―Bueno, ya no me puedes acompañar más, a no ser que quieras hacerte pasar por mi equipaje de mano.
          ―No te dejarían pasar el control, demasiado líquido.
          ―No irás a llorar ¿no?
          ―No seas idiota, no me refería a eso. Ni que te fueras a ir para siempre.
          ―Ya me echarás de menos… Seguro que en cuanto me dé la vuelta, estás llorando como una niña pequeña.
          ―Pues no, listo, no pienso derramar ni una sola lágrima, no soy tan llorica como crees.

          Israel se despidió con un cariñoso abrazo que ella recibió como si hubiera sido el primero que le daba, le hubiera gustado detener el tiempo en aquel instante, pero duró sólo algunos segundos, o al menos a ella le pareció así. Cuando le vio alejarse, se dio cuenta de lo tonta que había sido por no haber sabido disfrutar de todos aquellos que ya le había dado, que habían sido infinitos.

    12 de octubre de 2010

    Senderos de papel (Cap. VI)



    Un mundo a medida

          El padre de Israel llamó a Adela, para una entrevista, a primera hora de la mañana. Israel sabía que Adela era una mujer valiente, y que no tendría ningún problema para desempeñar el trabajo con calidad y perseverancia. Le dijo a su padre que no se arrepentiría de hacerle ese favor, que si le concedía la oportunidad de entrevistarse con ella, no quedaría defraudado con su recomendación.

          El trato pactado con su padre era que, de momento, ella no se enterase de su parentesco. Prefería ocultar por un tiempo la identidad del que, estaba seguro, decidiría ser su jefe. Conocía la personalidad que ella poseía, y no quería restarle el mérito de haber conseguido el puesto por su valía. El carácter de eterna autosuficiencia de Adela, había enseñado a Israel a manejar las situaciones delicadas entre ellos, con habilidad y maestría. Con el tiempo, cuando ella se sintiese segura y reconfortada en su puesto, le explicaría que él tan sólo había sido la vía de contacto.

           Adela, por su parte, no cabía en sí de gozo, a punto estuvo de llamar a su madre para contarle la buena nueva de su entrevista. Suerte que un ramalazo de serenidad le hizo toparse con su engaño. No sabía qué le hacía más ilusión, si la posibilidad de conseguir el puesto o la de convertir su mentira en una realidad.

          Había una cosa que no entendía. Llevaba casi un año sin enviar ningún currículum ¿Cómo era posible que aquel hombre lo hubiese conservado durante tanto tiempo? Tampoco estaba acostumbrada a que el director de una empresa la llamase personalmente, sino a recibir esas llamadas por parte de gestores de personal o alguna antipática secretaria. Su ego se había elevado hasta las nubes, irradiaba alegría por todos sus poros. Confiaba en sí misma, y eso la transportaba a un estado de plena tranquilidad.

          El despacho del director era bastante amplio. Tenía una mesa con un sillón de piel, en la que reposaba un ordenador portátil; dos sillas situadas enfrente, también de piel de color negro; y una estantería llena de libros que revestía casi todo el perímetro del despacho. Le pareció bastante sobrio en cuanto a su decoración. Una amable joven, tendría una edad similar a la suya, le dijo que esperase sentada en una de las sillas frente a la mesa. En la parte de la estantería que tenía a su derecha, delante de los centenares de libros, reposaba una fotografía, en blanco y negro, de una mujer abrazada a un niño de unos tres años. Pasó un rato imaginando un jefe bastante joven, casado y con un niño pequeño. Esa imagen de su cabeza cayó en picado, cuando un señor de unos cincuenta y pico años, hizo su aparición por la puerta del despacho.

         
          ―Israel, no te lo vas a creer, me han dado el trabajo ―le dijo en cuanto le vio, saltando a horcajadas sobre su cintura y dándole un enorme abrazo, que él correspondió girando sobre sí mismo. Se habían citado en la Puerta de la Independencia, del parque del Retiro.
          ―No me lo creo, seguro que te has puesto a llorar y a suplicar por el puesto.
        ―¡Mira que eres idiota! ―contestó Adela, saltando de nuevo al suelo―. Ha sido increíble, la mejor entrevista de mi vida. Me ha preguntado de todo, y lo más sorprendente, me hacía participar en la entrevista como si no lo fuera, como si quisiera conocerme realmente. Ni siquiera le importó que no tuviese experiencia, me dijo que alguna vez tendría que ser la primera. Debe de ser una buena persona. Creo que voy a estar muy a gusto trabajando a su lado. Aunque estoy un poco asustada, no te voy a engañar.
          ―No tienes por qué asustarte, tampoco tenías experiencia en la cafetería y mira que bien te has desenvuelto. Aunque también, si he de serte sincero, podrías hacerlo mejor, tus cafés no están hechos con suficiente mimo.
          ―¿Serás bobo? ¿Y es esa la razón de que ya no aparezcas por allí?
         ―Sí, entre otras… Venga, te invito a un café que prepara una chica muy maja, no muy lejos de aquí, a ver si se te pega algo.
          ―Creo que ya no necesito que se me pegue nada, y por bocazas no pienso invitarte a un café en la vida, ni en mi casa, ni en ninguna otra parte.
          ―¡Anda tonta! No te hagas la ofendida —contestó Israel con una sonrisa burlona.
          —Era broma, estoy demasiado eufórica como para jugar a hacerme la ofendida, creo que nada de lo que me digas hoy podrá hacer que me pique.
          —Tengo algo que contarte —le comunicó él, cambiando su tono de voz y adoptando un semblante serio— dentro de unas semanas viajo a Londres, voy a montar allí mi negocio, he encontrado dos socios interesados en el proyecto y será en Londres.
          —No vas a conseguir tomarme el pelo —contestó ella en tono musical.
         —Va en serio —dijo él, mientras se sentaban en la misma mesa donde se sentaron aquel día lluvia de la primera vez.
          ―Eso significa que vas a vivir en Londres.
        ―Bueno, sí, aunque estaré allí y aquí, no creas que vas a perderme de vista tan fácilmente. ―le había mentido un poco, sabía que pasaría la mayor parte del tiempo en Londres, pero no quería chafarle la alegría que traía con su nuevo empleo.
          ―Pues venga, esto hay que celebrarlo, vaya coincidencia, iniciamos proyectos a la par.
          —¿Te has fijado dónde estamos?
          —Que extraño, es como si hubiese pasado un siglo desde aquel día... Y
          —... Y sin embargo parece que hoy es ayer —terminó él la frase.

          Adela no se dio cuenta, pero llevaba todo el día sin pensar en Marcos. Israel, por su lado, sí lo notó, pero lo disfrutó y calló.

          Cuando Adela llamó a su madre aquella noche, como era natural, no pudo contarle la verdad, se limitó a hablarle de un bonito día de trabajo, en el que su jefe se había reunido con ella y habían charlado. La ruptura con Marcos ya la había zanjado en una conversación anterior con ella, Adela disimuló su rabieta y la disfrazó de una incompatibilidad entre ellos, como si hubiese sido de mutuo acuerdo. También le habló sobre los proyectos de Israel y de lo mucho que iba a echarle de menos en sus estancias en Londres. La madre sintió a su hija más cerca que nunca, parecía como si Adela hubiese vuelto de un viaje lejano.